Vida santa de los jesuitas en las “reducciones” misioneras

El Cura en las reducciones

El milagro primero de Cristo en las reducciones fue, sin duda, la vida y ministerio de los propios misioneros jesuitas. La vida ascética de aquellos religiosos, cuidadosamente ordenada al modo ignaciano, implicaba una «distribución cuotidiana», igual en todas las reducciones. Tal como Cardiel la describe en el capítulo VI de su crónica resulta realmente impresionante, y en siglo y medio no conoció relajación, y apenas cambio alguno. Este «nuestro particular método y concierto», que alternaba armoniosamente oración y trabajo, silencio y conversación, era permanentemente guardado: «aunque haya muchos huéspedes, nunca se deja esta distribución».

El orden normal diario del misionero, tal como lo describe el padre Anton Sepp, era así: Levantarse «una hora antes del amanecer». Ya lavado y vestido, «voy a la iglesia, saludo el Santísimo Sacramento, me arrodillo y tengo mi meditación de una hora. Luego me confieso, caso que seamos dos los padres. Después se toca el Ave María con la gran campana; cuando salió el sol, se toca a misa. Después de la misa rezo durante un cuarto de hora mi Recessus [parte del Breviario]. Más tarde voy diariamente al confesionario. Luego enseño la doctrina cristiana a los chicos». Viene después la visita a los enfermos, con los sacramentos correspondientes, «pues entre tanta gente casi siempre hay alguien que va a morir, por lo cual también debo enterrar casi diariamente a algunos muertos. Luego inspecciono nuestras oficinas», a ver qué hacen los escolares, músicos y danzantes, los herreros, ebanistas y molineros, los pintores y escultores, los tejedores y carniceros. «Si me sobra tiempo voy al jardín, y examino si los jardineros» trabajan bien.

«A las nueve y media se entregan las vasijas, en las que los enfermeros llevan leche tibia, un buen trozo de carne y pan blanco a los enfermos en sus chozas. A las diez y media el chicuelo toca la campana para el examen de conciencia. Me encierro un cuarto de hora en mi habitación, examino mis pecados y luego me voy a comer». Durante la comida del padre, un niño hace la lectura espiritual, y si hay dos padres, tienen una hora de descanso y conversación. A la una «rezamos con los niños la letanía de todos los santos en la iglesia. Luego tengo tiempo hasta las dos de trabajar en algo para mí: de barro hago diversas imágenes de la Virgen, medallas y relicarios de seda. Un día compongo algo de música, y diariamente aprendo algo más de la lengua indígena. A las dos toca la gran campana la señal de trabajo». Otra vez inspección de talleres y visita a enfermos.

«A las cuatro enseño el catecismo, rezo el rosario con la gente, luego la letanía, y hago con ella el acto de contrición. Después debo enterrar casi diariamente a los muertos. A continuación rezo mis horas sacerdotales. A las siete ceno. Luego sigue un descanso de una hora. Después lectura religiosa, examen interior, preparación de la meditación del día siguiente y finalmente el reposo nocturno. Este es interrumpido a menudo por los enfermos, a quienes debo administrar por la noche los santos Sacramentos. Esta es la orden del día habitual» (Tentación 126-127). El bendito padre Sepp gozaba especialísimamente en la visita a los indios enfermos, viendo la bondad y paciencia con que morían sin una queja ni preocupación, bendiciendo a Dios: «aquí mi corazón es llenado de consuelo indescriptible, cada vez que entro en semejante pesebre de mi Señor Jesús, aquí mi alma se derrite» (116).

Verdaderamente es admirable el martirio diario de aquellos hombres encerrados en las reducciones con los indios, a veces durante muchos años, «gastándose y desgastándose por sus vidas» (+2Cor 12,15). Los padres tenían que emplearse enteros, las veinticuatro horas del día, para fomentar el bien de lo temporal -ésta era su mayor cruz-, y el bien de lo espiritual -aquí hallaban su mayor gozo y descanso-. Así vivieron en las reducciones entre 1608 y 1768, con pocos cambios, unos 1.500 jesuitas, sacerdotes o hermanos, de los cuales hubo 550 españoles, 309 argentinos, 159 italianos, 112 alemanes y austríacos, 83 paraguayos, 52 portugueses, 41 franceses, 22 bolivianos, 20 peruanos y 93 chilenos y de otras nacionalidades. Y lo más importante, hubo entre ellos treinta y dos mártires…


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.