El amor y las fracturas de la humanidad

Escuela de Vida Interior, Tema 8: El alma humana está hecha de amor, enseña Santa Catalina de Siena, indicando así que cuando se destruye o ensucia el amor, también se fractura o imposibilita nuestra capacidad misma de responder a los desafíos o dificultades que nos llegan. El sentido de la vida es simple en su expresión, y consiste sólo en amar, pero podrá amar sólo aquel que primero se descubierta amado. Los espacios para saberse amado son la familia y la comunidad, pero estas necesitan finalmente hallar su fuente de amor en el corazón de Jesucristo, que dijo: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…”

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Este tema pertenece al Capítulo 01 de la Escuela de Vida Interior; la serie completa de los diez temas de este Capítulo 01 está aquí:

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La serie de TODOS los temas de esta Escuela de Vida Interior está aquí:

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Necesidad de la redundancia afectiva

Al principio uno puede pensar que algo redundante es algo que "está de más" — un significado próximo a "estar de sobra."

Pero hay veces en que la redundancia es una tabla de salvación. La persona que tiene un solo amigo, y pelea con él, se encuentra en situación de caída libre en el vacío. La mayoría de nosotros, en cambio, tenemos varios o muchos amigos, de manera que las dificultades, deseablemente temporales, que tenemos con alguno pueden dar espera, mientras tomamos un poco de refugio y logramos una perspectiva diferente al abrigo de nuestros demás amigos.

Si esto es cierto, se entiende cómo es de grave la falta de redundancia afectiva. Muchas parejas que conozco han entrado o están entrando en una situación de aislamiento que equivale a muy pobre redundancia. En términos prácticos esto implica una terrible fragilidad porque cualquier dificultad entre ellos los va a dejar en una situación en la que lo único que cabe pensar es la separación.

El lugar natural de la saludable redundancia  emocional es la comunidad. Una familia extensa, que incluya abuelos, tíos, numerosos primos y hermanos, sirve a este propósito porque se convierte en un pequeño universo de afectos y lenguajes en constante proceso de elaboración, una especie de malla protectora flexible y cálida que puede levantar al que cae y contener al que pretenda creerse demasiado. La llamada familia "nuclear," en cambio, no alcanza a conseguir el mismo efecto. Vuelvo yo a esas parejitas de jóvenes que lo único que saben es apasionar su carne, de modo que su alfabeto de sentimientos y su depósito de recursos son extremadamente pobres. ¿Será maravilla que se separen en medio de crueles acusaciones y desengaños?

Más allá de la familia "extensa" está la comunidad eclesial, no basada en la carne y la sangre sino en la convocatoria viva del Evangelio. Hablo de personas que se saben redimidas, amadas, resguardadas por un mismo amor, el de Cristo. La comunidad creyente es necesaria para superar las limitaciones de la mentalidad del "clan." Si se quiere que los seres humanos nos abramos a algo más que una lógica tribal, hace falta un tipo de asociación que tenga motivos más altos que el gusto mutuo o la paternidad. Eso precisamente es lo que da el tipo de amor que se respira en la comunidad eclesial.

Cosas que resultan incomprensibles e incluso imposibles cuando uno no tiene comunidad son realizables y perfectamente posibles cuando hay la suficiente redundancia emocional, testimonial e intelectual. El ejemplo típico es la postura de la Iglesia sobre la anticoncepción artificial. Para las parejas que viven ensimismadas, con redundancia afectiva cercana a cero, el sexo es una combinación entre entretenimiento y desahogo que a menudo reemplaza la pobreza de formas y contenidos en la comunicación. Decir a una de esas parejas que no pueden tener sexo cada vez que alguno lo desee o necesite es como quitarles más de la mitad de su mundo. No tiene nada de extraño que protesten y se resistan. Por supuesto, si ellos conocieran una vida genuinamente humana, es decir, una vida con suficiente redundancia, pronto entenderían que lo dispuesto por a Iglesia es sabio y saludable.

–  Fr. Nelson Medina, OP

   

Publicado via email a partir de Palabras de camino