Viviendo el Santo Rosario

El Papa Juan Pablo II se refirió a la fiesta litúrgica de la Natividad de la Virgen María, el 8 de Septiembre señalándola como una ocasión propicia “para emprender un itinerario espiritual”.

El nacimiento de la Virgen, dice, “constituye una suerte de prólogo de la Encarnación: María, como aurora, precede al sol del día nuevo, preanunciando el gozo del Redentor”. Así, con Ella, hagamos nuestro gran itinerario. Podemos decir que María fue destinada a ser Madre y el Espíritu Santo la educó en la fidelidad para conducirla a ser MADRE y en esta vocación vemos como tres grandes etapas:

La primera de la Inmaculada Concepción a la Anunciación, no se dice ni sabemos mucho de la infancia de María, sabemos de esta etapa, la presentación de María en el templo que significa toda esa preparación cuidadosa del alma de María que Dios realizó y que la orientó a una presentación espontánea y a una oblación continua de todo su ser. Conocemos lo esencial porque el Ángel Gabriel, Isabel y María misma enumeran los resultados “María está llena de Gracia, El Señor está en Ella, es Bendita entre las Mujeres, El Omnipotente realizó en Ella grandes maravillas”.

En síntesis: durante estos años María formada por el Espíritu Santo recibe el don de la Maternidad Divina como un germen sin saber que al ser Madre de Jesús es también Madre de una multitud y que desde que concibe a Jesús su Hijo, “El, su Hijo” es inseparable de sus hermanos.

El Santo Padre explicó que los misterios gozosos “nos hacen contemplar este gozo que irradia del evento de la Encarnación”; un gozo que no ignora el dramatismo de la condición humana, si no que surge de la certeza de que “el Señor está cerca, más aún, es un Dios con nosotros”.

Y podemos acercarnos a la segunda etapa de la existencia de María y lo que Ella va a aprender en esta que es lo que sucede entre las dos Anunciaciones, es decir entre la visita del Ángel y la palabra pronunciada por su Hijo desde lo alto de la Cruz y es necesario entonces que ese Corazón de Madre lleno plenamente de amor a su Hijo, lo forme Dios para hacerlo más hondo, más fuerte en su fidelidad. Su corazón se ensancha poco a poco para ser capaz de contener tantos hijos adoptivos y aprende en la fe la exigencia de esa Maternidad la del desprendimiento y el sacrificio.

Ella vivió con Jesús durante 30 años, años de una vida en apariencia inútil en la que tuvo que afrontar el misterio del crecimiento de un Dios hecho niño, que aprende a balbucir, que habla con las medias palabras de un párvulo, que aprende la ciencia de los hombres. Ella debe creer que el mundo será redimido por un carpintero, como si no hubiera venido al mundo sino para ejercer ese oficio en esa vida oculta, oscura; Ella acepta la voluntad de Dios sin esperar pruebas, sin buscarse a sí misma, sin preguntas inquietas y se mantiene firme toda una vida repitiendo en el silencio del corazón y en la oscuridad de la fe “Soy la esclava del Señor”.

Sus sufrimientos comienzan desde un principio; la profecía de Simeón hace penetrar la espada de dolor en su vida. Jesús mismo continúa este trabajo con las palabras desconcertantes ¿Por qué me buscabais? ¿Quién es mi Madre y mis hermanos? ¿Mujer y a ti qué? Cada una de esas palabras la invitaban a abandonar el plano del simple amor maternal necesariamente limitado para pasar al plano del amor universal y cada paso en este camino se logra al precio de un desprendimiento y de un sacrificio.

Después de haber aceptado en la fidelidad esta larga y penosa educación llega María al pie de la Cruz para escuchar la segunda Anunciación. Va a descubrir que ser Madre de Jesús es tener un corazón tan grande que pueda recibir al mundo entero, a todos los hermanos de su Hijo Primogénito.

“¡Alégrate!” La invitación gozosa del Ángel arroja un rayo de luz sobre los cinco misterios gozosos. En ellos, María nos conduce a comprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que “el cristianismo es sobre todo buena nueva”, que tiene su centro, más aún, su mismo contenido, en la persona de Cristo.

La tercera etapa María viviendo en la Iglesia que se funda y crece aquí va a descubrir las inmensas reservas de su amor maternal. Es la Madre del Cuerpo Místico, Madre que nunca termina de dar a luz a sus hijos, ni de formarlos al precio de la sangre de su corazón.

Ella sigue hoy la misión que cumplió durante la vida terrestre de Jesús, asociada a la misión de su Hijo, una misión dolorosa. La Cruz estaba siempre en la perspectiva de Cristo y la espada de dolor estaba siempre ante María.

Ella es Madre de los pecadores “Ruega por nosotros pecadores” y por eso su maternidad es dolorosa. Al mismo tiempo la Iglesia descubre más y más el lugar de María en su crecimiento, lo que quiere decir que la vocación de María aún esta en vías de desarrollo a la medida del desarrollo de la Iglesia. En realidad una vocación nunca termina, porque quien la recibió debe descubrir que la muerte no es otra cosa que una etapa más.

Dios tiene un plan de salvación para cada persona para cada alma Consagrada, plan que vamos descubriendo día a día con más amplitud pero cuando lleguemos ante Dios comprenderemos que nuestra tarea no termina y que Dios espera que nuestro corazón se ensanche a la medida de su Corazón Divino.

Terminamos este compartir de vida recordando que El Santo Padre concluyó en su encíclica pidiendo a la Virgen Maria para que ayude a los cristianos a “redescubrir el Santo Rosario como oración simple pero de gran profundidad. Bien rezado, éste nos introduce en la experiencia viva del misterio divino y obtiene a los corazones, a las familias y a toda la comunidad aquella paz que tanto necesitamos”.

Un Poquito

Un poquito,
sólo un poquito,
de dolor yo he conocido.

Y he visto
por ese poquito,
que del dolor sabe bien Cristo.

He oído
del día bendito
que murió nuestro Corderillo.

Y he visto
por ese sitio
que la Sangre llegó a ser río.

¡Oh Cristo!
Te canto y digo:
¡Dolor es Amor si estoy contigo!

Fr. Nelson Medina F., O.P.

Tú me Conoces…

Me senté en la mejor de mis estrellas y pensé en ti, solo en ti, porque sabes:

Te amo, y por eso hice un mundo, donde pudieras estar, hasta que llegara el momento en que vivieras junto a mi; en ese mundo puse la belleza en una flor, puse tierra y semillas para que pudieras comer, puse el cielo y le di el día y la noche; en el día puse un sol para que sintieras el calor de mi amor, y en la noche puse la frescura para que sintieras sin ver, puse la oscuridad y en ella la luna y las estrellas para que supieras que en la penumbra hay belleza, que la belleza no solo se ve, sino que también se siente y que hice las estrellas para tí.

Puse un mar, en ese mundo puse animales, todos diferentes de forma y color para que los pudieras distinguir, tambien pensé en ellos y les dí un lugar para vivir.

Pensé que te aburrirías si todo fuera del mismo color, por lo que a las plantas les dí el verde, al día el azul, a la noche el negro, a las estrellas su brillo y hasta a tus ojos les dí color.

Permití el mal para que pudieras conocer el bien, puse en tu corazón bondad, amor y también perdón.

Pensé que no podrías estar solo, e hice a una mujer, para que hubiera un cuerpo que diera vida y mandé muchos como tú, también pensé que no me entenderias, por lo que te di inteligencia.

Estaba yo feliz, pero luego ví que no sabías pensar
y sabes? Sentí decepción cuando creíste que yo no existía, que todo tenía una explicación científica, y la tiene, porque la puse para que pudieras entenderme con mayor facilidad.

Y como te amo, de vez en cuando o muy seguido te
mando un problema, que es un regalo que te doy para que aprendas a crecer, y aún asi, … dudas de mí.

Todo el tiempo pienso en tí, y todos los días mando
una señal especialmente para tí, y aunque te dí ojos te veo ciego, y en el mundo que te regalé sembraste semillas, pero no para comer, sembraste el odio, el egoísmo, la frialdad y las dejaste crecer; te pedí que las cortaras y no me hiciste caso, porque vives tu mundo material.

Y como te haces sordo a mi voz, decidí escribirte esta carta para recordarte que te amo, y si me has hecho daño te perdono; yo también siento, y sabes, te pido que me recibas en tu corazón, y que encuentres en mí… consuelo, paz y tranquilidad…

Acércate a mi, no necesito decirte quién soy……. Tú ya lo sabes.

Tres flores para María

1. Detalles de hijos

Este rato de conversación delante del Señor, en el que hemos meditado sobre la devoción y el cariño a la Madre suya y nuestra, puede, pues, terminar reavivando nuestra fe. Está comenzando el mes de mayo. El Señor quiere de nosotros que no desaprovechemos esta ocasión de crecer en su Amor a través del trato con su Madre. Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de hijos —cosas pequeñas, atenciones delicadas—, que se van haciendo grandes realidades de santidad personal y de apostolado, es decir, de empeño constante por contribuir a la salvación que Cristo ha venido a traer al mundo. (Es Cristo que pasa, 149, 5)

2. Nos enseña a ser hijos

Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima. Así lo escribí hace ya muchos años, en el prólogo a unos comentarios al santo rosario, y desde entonces he vuelto a comprobar muchas veces la verdad de esas palabras. No voy a hacer aquí muchos razonamiento, con el fin de glosar esa idea: os invito más bien a que hagáis la experiencia, a que lo descubráis por vosotros mismos, tratando amorosamente a María, abriéndole vuestro corazón, confiándole vuestras alegrías y vuestra penas, pidiéndole que os ayude a conocer y a seguir a Jesús. (Es Cristo que pasa, 143)

3. Rosario de amores

En nuestras relaciones con Nuestra Madre del Cielo hay también esas normas de piedad filial, que son el cauce de nuestro comportamiento habitual con Ella. Muchos cristianos hacen propia la costumbre antigua del escapulario; o han adquirido el hábito de saludar —no hace falta la palabra, el pensamiento basta— las imágenes de María que hay en todo hogar cristiano o que adornan las calles de tantas ciudades; o viven esa oración maravillosa que es el santo rosario, en el que el alma no se cansa de decir siempre las mismas cosas, como no se cansan los enamorados cuando se quieren, y en el que se aprende a revivir los momentos centrales de la vida del Señor; o acostumbran dedicar a la Señora un día de la semana —precisamente este mismo en que estamos ahora reunidos: el sábado—, ofreciéndole alguna pequeña delicadeza y meditando más especialmente en su maternidad. (Es Cristo que pasa, 142, 6)

Por: San José María Escrivá de Balaguer

Alabanza

Lirios del campo,
nubes del cielo,
frescos riachuelos,
peces y pájaros:
venid conmigo y cantad
toda la gloria de Dios,
Padre, Creador, Señor.

Brisas de otoño,
árboles bellos,
lluvias y vientos,
valles hermosos;
vamos, alzad vuestra voz;
vamos, cantemos al Rey,
¡a él gloria y poder!

Angeles santos,
lindas estrellas,
noches serenas,
días tan claros:
apresuraos, venid,
este es el día de Dios;
¡a él honor y amor!

Vírgenes fieles,
santos Pastores,
mártires nobles,
santas mujeres;
todos vosotros, venid,
dadle la gloria al Señor,
porque él os dio su amor.

Amén.

A la hora de mi muerte, llámame

¡Oh Señor Jesucristo!

Llegado el momento de partir de esta tierra hacia tu cielo,
recuerdo y bendigo el día glorioso
en que quisiste venir del cielo a la tierra,
a recorrer nuestros caminos para hacerte Camino nuestro,
a sanar nuestras heridas con óleo de tu Santo Espíritu,
a rescatarnos de la ceguera con la luz del padre Eterno,
y a cantar el sublime canto de la redención
desde el altar augusto de la Cruz.

Y nuestra tierra, que se abaja ante el sol que la besa,
se alegró con tus pasos,
hallando en ti por fin la manera
de honrar y servir dignamente a su Creador y Padre.

Resucitando de entre los muertos,
llenaste de tu Día la noche de nuestra muerte,
y así es verdad que todo te obedece,
Sabiduría del Padre, Cordero Inmolado, Cristo Glorioso.

Por eso me acerco a tu bondad,
porque sé que sólo por amor quisiste acercarte tanto a nosotros.
Y clamo a tu Sangre el perdón de mis pecados,
porque me duele haberte amado poco.

Por todo te doy gracias, ¡oh tú, mi Eucaristía!,
y contigo me ofrezco al Padre,
para aumento de su gloria,
salud de la Iglesia
y salvación de mi vida.

Sólo una súplica inflama mi espíritu en esta hora decisiva:
llámame.
Si ahora me llamas, todo habrá valido la pena.
Pero si callas mi nombre,
aunque todos lo pronuncien,
te habré perdido a ti, Tesoro mío,
y entonces jamás habrá nada valioso para mí
y nunca habrá nada bueno para mí.

¡Oh Señor Jesucristo!,
mira que anhelo amar el bien que amas
y detestar el mal que detestas.

Así pues, llámame desde tu Cruz redentora,
que mi nombre será hermoso en tus labios,
mi rostro será bello en tus ojos
y mi vida será preciosa en la tuya.

Mírame para que pueda mirarte,
y con los ángeles y santos me alegre alabándote,
en la gloria que desde siempre te pertenece,
junto con el Padre y el Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.

Amén.

Tiempo para el Evangelio – Más allá de toda Ley Escrita

Habiendo encontrado a su Señor, el cristiano se alegra y piensa maravillado en cuántas cosas buenas y bellas ha hecho el Altísimo. Mira con cariño la generosidad de la Bienaventurada Virgen María, la siempre fiel y siempre discí­pula, y siente que su alma está dispues­ta para lo grande, lo alto, lo santo. Levanta entonces su corazón a la altura, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios, y escucha la suave palabra de su Redentor, que dulcísimamente le dice:

De ahora en adelante ya no te llamaré siervo, sino amigo. Ya no tendré sólo preceptos para ti, porque para ti he reservado algo mejor. Es verdad que todo hace caso a mi voz, pero más cierto es que, ante mis ojos, la docilidad del amor que me atiende vale mucho más que la simple obediencia del temor que me acata.

Deja, pues, que mi voz te invite a lo mejor; hablemos un poco de lo más per­fecto; miremos juntos hacia el infinito de las pequeñas cosas. Porque has de saber, mi buen amigo, que en el actual estado del mundo, sólo es grande el que sabe hacerse pequeño, y sólo es sabio el que aprende a ser ignorante, y sólo es sensato el que acepta la locura de la Cruz. Prepárate, pues, para escucharme, porque he de hablarte de mis preferidos. Así los llamó, porque con ellos viví de camino por el mundo. Así los llamo, porque fueron mi escuela en Belén y Nazareth, en Galilea y Jerusalén.

Comenzaré por presentarte a una pequeña amiga, la Infancia. Te invito a que seas siempre como un niño. Es sólo una invitación. Mira el mundo con ojos fascinados y despiertos, y descubre en él la mano de mi Dios. Mira a mi Padre, y expón tus necesidades ante él con la confianza de los niños. Para que tu alma se renueve, ama la inocencia, la trans­parencia y la pureza. Ríete de la mucha seriedad y disfruta de las cosas sencillas y buenas. Olvídate de prejuicios y nunca discrimines a la gente por su color, dinero, raza o religión: ¡para todos es el Evangelio! En fin, que la virtud no sea una carga para ti, sino tu manera de andar presto y liviano por el mundo. Créeme que quienes así obran son como niños cristianos. Por ello, suelen ser despreciados. El mundo no los toma en cuenta, pero yo sí sé dónde viven, cuánto hacen y cuánto valen.

Te presento a mi amiga Pobreza. Te invito a que seas de veras pobre. Es sólo una invitación. Del pesebre a la Cruz, la pobreza fue mi vestido y mi compañía. Revestido de ella, llegué a donde no llegan los ricos, siempre tan seguros ¡y tan frágiles!detrás de sus rejas y candados. Hecho pobre, vi lo invisible y oculto para el mundo. La pobreza me hizo dueño del corazón de mis amigos, y así, no teniendo nada como mío, conquisté las riquezas de amor y generosidad que deseaba. Es verdad que fui despreciado como pobre, pero sólo por aquellos que ignoraban el precio de mi pobreza.

He aquí la Virginidad cristiana. Es bastante desconocida y muy poco apreciada. Pero yo te invito a que seas virgen de cuerpo y alma. Es sólo una invitación: a que ames exactamente a mi manera. Amar fue mi vida en esta tierra; amar es mi vida en el cielo. Con ar­diente corazón, humano y divino a la vez, amé; con fuego, con Sangre, con Sabiduría, con Espíritu. Así atraje y cautivé la creación entera. ¡Camino excelso, el amor virginal, camino digno de amoroso seguimiento! Tú, sin embargo, ten presente que este camino es ante todo un don: don del Espíritu Santo, don que mi Padre otorga a quien quiere. Y si alguien pretendiera avanzar temerariamente por este camino, sin haber sido llamado a él, se marchitaría sin pareja y sin hijos. Pero no temas. El generoso Espíritu sabe hablar a todo el que quiera oír, e indicar a cada cual su senda. A todos sin embargo, se les manifestará un día que más alto y raro es el amor virginal. Por ello, mayor es su alcance, más elevado su vuelo y mejor su mirar al cielo.

Te presento a mi amiga, la Obediencia. Así como un ojo sigue al otro cuando levantas tu mirada, así mi voluntad siguió en todo a la de mi Padre. Amor y obediencia fue mi alimento; amor y obediencia, mi consuelo. Te invito a que seas obediente en todo; aún más, te invito a que manifiestes y realices tu obediencia haciendo caso a una persona como tú. Te invito, pues, a que recibas con docilidad la instrucción y el mandato de quien te puede dirigir en la Santa Iglesia. De acuerdo con tu conciencia formada, y con la voz del Espíritu en tu interior, obra en esto de la mejor manera, sabiendo que estoy siempre con quien siempre quiere estar conmigo.

Lleno de gozo, el cristiano siente que el corazón se apresura, porque adivina que ha llegado el tiempo de darlo todo y de conquistar la vida eterna.

Tiempo para el Evangelio – El Cielo, el Altar, los Pobres

Andando siempre de prisa, el cristiano tropieza un día con el dolor de su hermano. Y entonces escucha la voz de Jesucristo, que le dice:

Si levantas tu oído al clamor de mis pobres, oirás voces sobrecogedoras. Hoy nacen niños cada hora y cada minuto. Su llanto, que es el canto del dolor y del amor a la vida, forma a lo largo y ancho de la tierra un coro sonoro y brillante, el coro de los que han podido arribar al mundo. Junto a ellos, una multitud anónima de pequeñuelos no lloran, porque no pudieron nacer, y tampoco cantan, porque no hubo oídos para ellos. Yo sí los escucho, los conozco y los amo.

Si levantas tu oído al clamor de mis pobres, oirás voces cargadas de angus­tia. Voces de aquellos que no pueden gritar, porque han sido aplastados y mutilados. Son las víctimas de las leyes injustas; los torturados por los centros de poder; los que un día se vieron sin palabras ante un arma, ante una sentencia abominable, o ante la indeseada visita de la muerte. Yo los escucho, los conozco y los amo.

Si levantas tu oído al clamor de mis pobres, oirás voces bien tristes. He aquí la voz del anciano llamando a sus amigos, que ya no viven, y a sus hijos, que un día prefirieron dejarlo en paz. He aquí también la voz de quien se halla perdido en el mundo, y pregunta a los que pasan: “¿qué debo hacer?”. Es la voz del amor defraudado y de la esperanza que se apagó por falta de alimento; la voz de la vida opaca y árida, la de los días grises, rutinarios y estériles; la voz de quien está solo en medio de la gente; la voz del deprimido. Yo los escucho, los conozco y los amo.

Si levantas tu oído al clamor de mis pobres, oirás voces oscuras: los pecados inconfesados, el rumor de la maldita superstición, el horrible invocar espíritus, los cultos satánicos, las tenebrosas propuestas de soborno, las risas torcidas de quienes trafican con la vida y la honra de otros, el tumulto de quienes hacen negocio divulgando el pecado, como si no tuvieran más oficio que alabar al demonio y provocar escándalo en mis niños. ¡Oh pobreza incalculable de quien me ha perdido! Dime: ¿hay alguna voz que escape a mis oídos? Pero estos pecadores, aunque se han cargado de cadenas por sus propias culpas y malos hábitos, todavía tienen aliento para hablar mal de mí. Yo los escucho, los conozco y los amo.

Si levantas tu oído al clamor de mis pobres, oirás mi propio clamor. Llagas y sangre: ese fue mi último sermón. Soledad y abandono: tal fue mi última predicación. En el cielo, en el altar, en mis pobres: ahí me tienes. Gloria, Eucaristía, Indigencia: eso soy para ti. Hablo por voz de los que sufren, sépanlo ellos o no. Hablo en ellos porque los amo. Y tú, ¿dirás que me amas, si no los escuchas? Mis ojos miran en los ojos de mis pobres. ¿Dirás que quieres verme, si rehuyes esos ojos? Mi cuerpo padece en ellos. ¿Dirás que estás conmigo, si odias estar con ellos? Búscame, pues, donde me hallo; ámame como te amo, y sírveme donde deseo ser servido.

Ha terminado la prisa. El cristiano se vuelve, y busca con sus ojos los ojos de Cristo en el pobre. Pero es tarde. Cristo ha pasado, porque también Cristo tiene prisa. Y en el silencio del día que termina, aquel cristiano eleva sus ojos al cielo, hace de su pecho un altar, y ora muy despacio diciendo: Jesús, mi Señor y Redentor, yo me arrepiento de todos los pecados que he cometido hasta hoy.

Tiempo para el Evangelio – El Canto de la Redención

Solíase preguntar un buen cristiano cuál sería el canto de Cristo en la Cruz. Porque había aprendido que aquel solemne grito al momento de partir de este mundo hacia el Padre, era en Cristo toda una proclama: era el recitativo de nuestra redención. Y mientras esto cavilaba, oyó la voz del Señor, que de lo alto le decía:

Ahora eres otro. Ahora que la luz besó tus ojos; ahora que mi voz abrió tus oídos; ahora que mi palabra halló nido en tu ser; ahora que crees y vives; ahora que esperas y amas; ahora eres otro. Eres tú y más que tú. Eres tú sin lo que te estorbaba; eres tú sin lo que te enfermaba; eres tú sin lo que te ensuciaba; eres tú sin lo que te ocultaba: eres más tú, para gloria de mi Padre del Cielo.

Ahora eres otro. Ahora cantas conmi­go, cuando canto a mi Padre; ahora lloras conmigo, cuando lloro el pecado del mundo; ahora ríes conmigo, cuando vemos reír a los niños; ahora vives conmigo: ahora eres otro. Eres tú y más que tú. Eres tú con mi vida; eres tú con mi sonrisa; eres tú con mi Sangre; eres tú con mi Espíritu: eres más tú, para gloria de mi Padre del Cielo.

Ahora eres otro y yo soy el mismo. Porque mi reino no es de este mundo. Mi reino no surge del dinero, no se sostiene con las armas, no se opaca con los años. Soy el mismo: el que era, el que es, el que viene. ¡Oh! Pero tú miras mi Cuerpo Crucificado y te preguntas si he cambiado. Amado de mi alma, precio de mi Sangre, sólo respóndeme una pregunta: Me revestí de tus culpas, pero te revestí de mi gracia, ¿quién cambió? Grabaste tus llagas en mi piel, pero yo grabé mi inocencia en tu cuerpo, ¿quién cambió? Derribaste mi alma con tus pecados, pero yo derribé tu egoísmo con mi amor, ¿quién cambió? Te diré la verdad: yo no he cambiado. No cambió mi gracia cuando te la daba, ni se perdió mi inocencia cuando la grababa en ti, ni cesó mi amor cuando te amaba. Yo soy el mismo y tú eres otro. Ahora eres más tú, para gloria de mi Padre del cielo.

Ahora eres otro. Tu cabeza brilla con agua del santo bautismo; el aroma de mi Sangre perfuma tu aliento; el fuego de mi Espíritu inflama tu pecho; el calor de mi madre, de la Virgen, rodea tu alma; mi Padre es tu Padre; mi Dios es tu Dios. Ahora eres otro porque yo he vencido al mundo; porque los siglos no han logrado ni lograrán ocultar la Cruz; porque la tierra entera será juzgada en mi presencia, y sólo quedarán en pie los que me aguardan.

Por tu parte, alégrate. Levanta la cabeza. Mírame a los ojos. Yo soy como tú; tú eres como yo.

Y callaba el cristiano oyendo cantar a su Señor. Y se maravillaba pensando que el Verbo se hizo hombre, y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria.

Tiempo para el Evangelio – Ora Et Labora

Como espesa niebla, la duda se había adueñado del corazón de aquel cristiano. Sabía de Cristo y lo amaba, pero amaba también la mediocridad, de modo que, arropado por el detestable calorcillo de la tibieza, no acababa de decidirse por el Señor.

A la vuelta de una esquina se ve la torre de una iglesia; como venidos del cielo, los ecos de la voz de un anciano sacerdote pregonan las grandezas de Cristo en la Eucaristía. Entonces el cristiano recapacita, y es la voz del mismo Cristo quien le interpela:

Has amado más tus harapos que el vestido de gloria que te di el día de tu bautismo. Has amado más los caminos de la tierra que los del cielo, y te atenaza la duda. Temes y te preguntas si es posible la santidad para ti. Temes, como todos; pero no todos se preguntan. Preguntar es una gracia, créeme.

A quienes tienen poca fe y aún desconfían de mi Dios, hay que decirles que se esfuercen mucho: así no retrocederán en el camino recién iniciado. Pero cuando crezca su fe y hayan aprendido a confiar en mí, habrá que recordarles quién les dio querer y obrar: así avanzarán con firmeza hasta el término de lo comenzado.

Pues aquel que aún se pregunta y duda sobre cuál es su parte y cuál la de Dios, ya presiente que tendrá que hacer mucho; en cambio, aquel otro que va descubriendo cuánto hice y sigo haciendo, tanto más logra cuanto más confía.

Tal parece, en efecto, que Dios será siempre un Juez despiadado para quien piensa sólo en sus propios esfuerzos y logros. Sin embargo, quien ha conocido los esfuerzos y logros de Dios en Cristo no duda en reconocer su propia impiedad e injusticia. Porque de tanto mirar tus propios intereses llegarás a temer por tu condenación; en cambio, de aprender a mirarme llegarás a reconocer la terrible fuerza del amor de Dios y el incomprensible interés que tiene por salvarte.

No pretendes, pues, escoger cuál es el Dios que te sirve; tampoco hagas un dios a tu imagen. Piensa más bien que si ahora te hablo, es porque quiero formarte en mí y formarme en ti. Que ahora tengas tiempo para Dios quiere decir que ahora Dios tiene tiempo para ti.

Han cesado las campanas. Se ha apagado la voz del anciano predicador. La gente sale de la iglesia. Pero Dios nunca sale del alma; Dios nunca se aleja del mundo.

Tiempo para el Evangelio – Despierta, tú que duermes, y te iluminará Cristo

El cristiano recuerda y revive su bautismo. Ora en silencio, y de repente, Cristo mismo le habla desde la altura:

Como de oscura noche, despertaste al fin. Mi luz, alegre y clara, bañó tus ojos entenebrecidos, y el resplandor de mi gloria alejó toda sombra de tu vida. Me gozo viéndote alegre, porque esa alegría quise para ti. Te saludo, hijo de mi llanto, precio de mi Sangre; te llevo escrito en mis llagas y grabado en mi corazón. Ya nadie podría arrancarte de mí, porque he llamado a juicio a tus enemigos y he atado para siempre a tus adversarios.

Levanta, pues, tu mirada, porque tu lugar es la altura. Aspira el aroma del cielo y aprende a detestar el pecado que te humilla. ¡Lejos de ti la ocasión de pecar! Levanta tus ojos a los míos, amado de mi alma, oveja de mi rebaño, y contempla en mí el mundo nuevo: mira lo que has de ser, cómo has de obrar y cuánto has de amar.

¡Alza la cabeza, hombre libre! Bien deseo que nada te sacie en esta tierra, porque de mucho amar lo pasajero te olvidarías de lo eterno. Bien deseo que conserves limpias tus manos, porque no tienen parte conmigo los soberbios, ni los sanguinarios, ni los mentirosos, ni los negligentes, ni los impuros. Y sobre todo: bien deseo que arda tu pecho con Fuego del mundo nuevo. Basta ya de esa mentira que tantos de este mundo llaman “amor”; lo tuyo ahora es la Verdad, la humildad, la alegría, la santidad. Lo tuyo ahora soy yo, y lo mío eres tú.

Por hoy, entonces, ocúpate de lo mío, y deja que yo me ocupe de lo tuyo. Escribe hoy, con tus hermanos, una página de Evangelio. Séllala luego con la unción de mi Espíritu y confíala a mi misericordia. Y que al despedir tu día, y al terminar tu vida, la paz de mis ojos salude tu rostro, y lea yo mi nombre en tu frente.

¡En pie, sé valiente! No olvides a dónde has de llegar, y no te olvidarás de cómo has de caminar. No olvides cuánto te espero, y no cesarás de aguardarme. Y nunca olvides cuánto te amo, porque ya sabes que nunca dejaré de amarte.

Así habla Cristo, y su voz resuena como fragor de muchas aguas, y su luz resucitada hace ver pálido este sol.

13. Descubrirte Creado

13.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

13.2. Hoy quiero meditar contigo la semejanza y la diferencia que hay entre la creación y la redención. Sabes que la redención o salvación ha sido llamada “nueva creación” (2 Cor 5,17; Gál 6,15), y no sin razón, porque la transformación realizada cuando el amor de Dios Padre se desborda en el alma humana en atención a los méritos de Cristo es sólo comparable a la obra de la creación.

13.3. Tú no fuiste testigo de tu creación, mientras que sí puedes notar mucho de la obra de tu redención. Digo esto, y sin embargo te invito a que descubras de modo nuevo lo que significa ser creado, que es algo muy próximo a presenciar tu propia creación. Revestido de este conocimiento tendrás la parábola más alta para saber qué fue lo que Cristo, Nuestro Señor, hizo por ti y por tus hermanos los hombres.

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En Misa

Hace poco celebraba la misa con un grupo grande de hispanos. Llegados al momento de la consagración de la Sangre, sentí un impulso de fervor y alabanza muy bonito, y le dije a Jesús:

–¡Más quisiera levantarte!

Para máxima sorpresa de mi alma, me respondió, y su voz brotaba de la Sangre misma:

–Tú no me levantas; tú estás colgado de mí.

En el Día de la Misericordia

Dame amor con que te ame

Dame amor con que te ame,
dame fe con que te sirva.

Dame un amor tan grande,
dame una fe tan viva,
que yo no pueda olvidarte,
porque tú, piadoso Padre,
nunca de mí te olvidas.

Dame un amor constante
y esa fe que no termina,
para que pueda escucharte,
y en el caer de la tarde
entregarte toda mi vida.

Dame amor perseverante,
fe que en amor se sublima,
y que tu Espíritu me inflame
porque tu Verbo consagre
las noches, Señor, y los días.

Pues con tu amor, Amado Padre,
y con la fe que ilumina,
podré por fin contemplarte
viendo al Hijo Adorable
en quien tú mismo te miras.

Amén.