Saludo de Pascua

 

Fr. Nelson Medina, O.P.

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Todo empezó en la soledad y el frío, en la oscuridad amenazante de un sepulcro. Todo empezó allí precisamente, allí donde la muerte reinaba como señora y donde el vacío se burlaba con altanería de nuestros mejores sueños. Todo empezó  allí donde el cuerpo destrozado de Cristo debía convertirse en el recordatorio perpetuo del mandato del demonio, que quería repetir desde esa piel destrozada su consigna perversa: “No quieras ser bueno, porque mira cómo acaban los buenos.”

En la hora que sólo Dios conoce, y del modo que sólo Dios entiende, todo ese lenguaje del frío y de la noche, del poder de la muerte y del imperio del pecado, todo ello fue quebrantado, y la presa más preciosa de la señora muerte escapó de la red, abrió su propia tumba, puso en retirada a las tinieblas y humilló el imperio de Satanás con fuerza magnífica y poder incontenible.

En la hora que sólo Dios conoce, y del modo que sólo Dios entiende, algo inaudito y maravilloso, único sobre toda ponderación, vino a cambiar para siempre la historia de los hombres. Los lienzos están, el sudario está; las vendas están y los ungüentos están; Cristo no está. Su lugar no es ese. No busquéis entre los muertos al que vive.

La piedra de la entrada se ha movido dejando paso al Rey de los Siglos. La mañana de la pascua exhala su perfume. El sol asoma y contempla con asombro al Sol verdadero, Aquel que no tiene ocaso. Las mujeres se acercan porque quieren ofrecer el testimonio de su amor que se disuelve en llanto. No saben la noticia que les espera. No saben que llanto y canto riman bien en la métrica de los Cielos.

La Palabra que era desde el principio, engendrada en el silencio del Padre, sale del silencio de aquella tumba y es ahora el principio del universo renovado. Un estallido fantástico de luz, de aroma y canto avasalla con gozo a las multitudes de los cielos y los ángeles no saben cómo más cantar una alegría que sólo cabe en Dios. La melodía del amor victorioso se adueña de las almas piadosas, en primer lugar las de aquellas mujeres, que no saben si cantar o reír, si llorar o temer. Cantan de alegría, ríen con estupor, lloran inundadas de gozo y el santo temor de tocar la carne de Dios les invade en efluvios de un amor que nadie conocía. La evangelización ha empezado.

En la hora que sólo Dios conoce, y del modo que sólo Dios entiende, una voz de gracia ha brotado de la tierra sombría y de la tumba triste. Gracia que cure nuestras desgracias; compasión que sosiegue nuestras heridas; fuerza que se adueñe del que yacía en agonía; vida capaz de reclamar a la muerte sus muertos.

¡Es pascua! ¡Es pascua, aleluya! ¡Vive el que colgó del madero! ¡Vive el que traspasaron nuestras culpas! ¡Vive el que soportó nuestro castigo! ¡Vive Jesucristo y suyo es el imperio por los siglos! ¡Amén, Aleluya!

 

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