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Fecha: 20100522

Título: Tres pasos que sigue el Espiritu Santo de Dios para santificarnos

Original en audio: 51 min. 49 seg.


Amados Hermanos:

Vivimos una época muy hermosa de la Iglesia, por lo menos eso puedo decir si comparo con el tiempo en el que yo era niño. Cuando yo tenía la edad de Nicolás o de Edwin o de Wilmar, la fiesta de Pentecostés no tenía toda la resonancia que, gracias a Dios, tiene hoy.

Esto mismo que estamos celebrando, esta vigilia es algo que yo no conocí de niño, puedo decir que durante el transcurso de mi vida he visto crecer el amor al Espíritu Santo en nuestra santa Iglesia Católica, y este es uno de los frutos de la oración del Papa y del Concilio Vaticano II, en este caso me refiero al Papa Pablo VI, a quien le correspondió también la clausura del Concilio en el año de 1965, por feliz coincidencia en el año en el que yo nací.

El Papa Paulo VI, el Papa que tuvo la misión de clausurar el Concilio Vaticano II y de dar los primeros pasos en su implementación, este Papa también oró fervientemente a Dios y le pidió para la Iglesia un nuevo Pentecostés, porque la Iglesia en cierto sentido tiene su partida de nacimiento en Pentecostés, es verdad que las raíces de la Iglesia se hunden en el Antiguo Testamento y que podemos reconocer en la fe de Abraham, en nuestra propia fe y por eso llamamos a Abraham “nuestro padre en la fe”.

xxxPero la comunidad que tenía que anunciar el Reino de Dios en la persona de Jesucristo, la comunidad que tenía que servir de testigo de la resurrección, esa comunidad sólo quedó consolidada, conformada cuando se cumplió aquello que Jesucristo dijo a sus Apóstoles “Quedáos en Jerusalén hasta que se cumpla lo que mi Padre les prometió" Hechos de los Apóstoles 1,4, y así le dio uno de los muchos títulos que tiene el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es la promesa del Padre, lo que Papá Dios nos tiene prometido, y en esa promesa se encierran tantos regalos que el mismo Espíritu es llamado también “el regalo”, “el don de Dios”.

El Espíritu mismo es el regalo, los teólogos llaman al Espíritu Santo “la gracia increada”, es decir, aquel que es regalo desde siempre y que por lo mismo se convierte en manantial, en fuente de todo regalo, en la Iglesia. La palabra “regalo” en griego se dice járisma y de ahí vienen los carismas, y por eso el Espíritu Santo es el que hace que la Iglesia sea carismática, es decir que esté dotada, provista, revestida, adornada y equipada de todo don perfecto para realizar su misión y para destellar con la hermosura del Resucitado.

Qué bella es entonces esta fiesta de Pentecostés y qué bien hacemos nosotros reuniéndonos, como emulando a los Apóstoles y especialmente en un lugar como este, en esta Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, reuniéndonos con María para que Ella, con su ruego, acelere la hora del Espíritu.

El Papa Paulo VI sabía muy bien de la necesidad que tiene la Iglesia de ese torrente de regalos que es el Espíritu, para que se sepa todo lo que hace el Espíritu, la Iglesia nos regala el día de hoy esta secuencia, hermosa poesía en la cual se resumen tantas cosas, tanto de lo que es el Espíritu.

Nosotros reconocemos en el Espíritu Santo de Dios aquel que riega la tierra en sequía, aquel que sana el corazón enfermo. Mira lo que dice: “Descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas”.

Estos son los regalos que el Espíritu viene a traernos, este es el que es llamado divina luz, este es el que es llamado manantial de gracia, esta es la sanación de nuestros corazones, esta es la limpieza de nuestras almas, este es el calor cuando el alma está como un témpano de hielo.

¡Son tantos los dones del Espíritu! Cuando uno empieza a conocer quién es el Espíritu Santo, cuando uno conoce aunque sea un poquito de estos regalos que trae el Espíritu, inmediatamente siente la necesidad de suplicar esa presencia: "Que venga a nosotros el Espíritu, que venga nosotros, que nos lave, que nos limpie, que nos sane, que nos vivifique".

Por eso, lo que estamos esperando en esta vigilia de Pentecostés no es poco, estamos esperando verdaderos regalos, estamos esperando verdaderos milagros, estamos esperando el poder de Dios entrando en nuestra vida y haciendo estas maravillas. El Espíritu Santo es el que rompe para siempre la distancia entre Dios y el hombre.

Hay una comparación que he hecho en otras ocasiones con el Padre, el Hijo y el Espíritu. Dios Padre es Dios para nosotros, porque es nuestro Dios; Dios Hijo es Dios con nosotros, porque ese fue el nombre que le dio el Ángel: "Emmanuel", “Dios con nosotros”.

El Dios con nosotros es el Dios que está cerca, es el Dios cercano, es el Dios que está a nuestro lado y ese fue Jesús que compartió nuestras angustias, nuestras labores, nuestras dificultades, nuestras enfermedades incluso, porque Él cargó sobre sí nuestros dolores; pero tener a Cristo todavía no es todo, porque Cristo está al lado nuestro y necesitamos que Cristo esté adentro de nosotros y eso es lo que hace el Espíritu, el Espíritu es Dios en nosotros, el Espíritu es la acción inmediata del Señor en nuestra vida.

El Espíritu Santo, según explica Santo Tomás de Aquino, es el único que puede escurrirse hasta el fondo del alma, es el único que puede descender hasta lo profundo de nosotros, el Espíritu Santo es el único que puede transformarnos y de esa manera hacernos plenamente nosotros mismos, esa es la hermosa paradoja del Espíritu.

La repito: el Espíritu Santo viene a mí y me transforma para que yo sea verdaderamente lo que Dios quería que fuera, es decir, el Espíritu Santo me cambia pero al mismo tiempo me hace ser más yo mismo, no me cambia para alienarme, para despersonalizarme, para deformarme, sino que me cambia para que se realice plenamente en mí el querer divino, el propósito para el que yo mismo fui creado, eso puedes decir y debes decir también tú.

El Espíritu Santo viene a ti, y llegando el Espíritu a tu vida te transforma interiormente, para que tú seas plenamente aquello que Dios quiso de ti, al mismo tiempo nos cambia y nos hacer ser más nosotros mismos, esa es la obra única del Espíritu, esa es la obra maravillosa del Dios en nosotros.

Por eso digo, el Padre Celestial es Dios para nosotros, el Hijo es Dios con nosotros, y el Espíritu Santo es Dios en nosotros, y con el Espíritu se rompe toda distancia y cuando se rompe toda distancia entre Dios y el hombre, cuando desaparece ese abismo, entonces cada uno de nosotros puede alcanzar propiamente su ser, cada uno puede realizar plenamente su vocación, y entonces el universo entero se renueva, según dice la segunda lectura de esta vigila, en el texto hermosísimo de la Carta a los Romanos.

Nosotros pedimos el Espíritu Santo de Dios para poder obrar según la mente divina, según la escala divina, según la ternura, la delicadeza, según la misericordia, según la compasión y la sabiduría de Dios.

¡Qué cosas maravillosas puede hacer el Espíritu! Realmente es más corto decir que el Espíritu hace en nosotros todo aquello que conduce a nuestra propia perfección y todo aquello que en nosotros puede llevar a la gloria de Dios, es decir, ¿qué podemos esperar del Espíritu? Todo, del Espíritu Santo podemos esperar todo, no hay nada que sea difícil.

La victoria sobre Satanás, la cura de nuestros dolores, la victoria sobre los pecados, la transformación de nuestro ser, la fidelidad al plan de Dios, la plenitud de la alegría, una vida en amor, en victoria y en paz, este es el tamaño de la obra del Espíritu.

Tenemos que implorar entonces con especial fervor la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, tenemos que confiar en esa acción del Espíritu en nosotros, y pidiendo el don del Espíritu Santo estamos recibiendo todo el bien del Evangelio. Nos explica Santa Catalina de Siena: "Cuando vino el Espíritu no vino solo sino que vino con el Hijo y con el Padre".

Todos los bienes de Cristo, toda la sabiduría de Cristo, todo el poder de Cristo quiere obrar en ti, quiere realizarse en ti, estas no son exageraciones mías, el mismo Cristo había dicho: “El que crea en mí, hará obras como las mías, y aun mayores, porque yo voy al Padre” San Juan 14,12, ¡qué frase misteriosa, profunda, provocadora! Repito: “El que cree en mí, hará obras como las mías, y aun mayores, porque yo voy al Padre” San Juan 14,12.

Asombroso es que diga Cristo que vamos a hacer obras como las de Él, porque eso significa: a la escala de Dios, y dice “aun mayores” San Juan 14,12, como indicando que el Evangelio que Él ha venido a traer a esta tierra es la semilla que luego ha de florecer y por supuesto en ese árbol florecido que es la Iglesia tienen que aparecer frutos excelsos, frutos maravillosos, que estaban solo potencialmente en la raíz, pero que llegarán a actualizarse y a realizarse en el transcurso de los siglos.

Y luego añade Cristo: “Harán cosas aun mayores, porque yo voy al Padre” San Juan 14,12. Y esta anotación de Cristo tiene dos interpretaciones por lo menos. Primera: puesto que Cristo va al Padre, en su existencia terrena Él no pudo sino revelar una parte del inmenso misterio de lo que luego con el transcurso de los siglos habría de aparecer.

Esto se parece a lo que dice el mismo Cristo: “El Espíritu Santo les conducirá a la verdad completa” San Juan 16,13, La verdad ya está en Cristo, pero el despliegue de esa verdad, como el que despliega un rollo, como el que abre y deja patente el contenido de un libro, eso toma un tiempo.

Entonces la primera interpretación es: nosotros haremos obras como las de Cristo y aun mayores, porque Cristo nos entregó en su vida ese don del Espíritu que se ha de ir desplegando.

La segunda interpretación es esta: “Ustedes harán obras como las mías, y aun mayores, porque yo voy al Padre" San Juan 14,12, pero al irse al Padre no se desentiende de nosotros sino que desde el Padre asegura la perpetua efusión del Espíritu sobre nosotros.

Cristo no asciende a los cielos para desentenderse de este mundo, Cristo no está sentado a la derecha del Padre como espectador pasivo de los dolores, las tribulaciones y las luchas de los cristianos, Cristo está cerca del Padre, a la diestra del Padre pero mostrando sus llagas y en el palpitar de su corazón humano y divino implora y obtiene para nosotros el diluvio permanente, el diluvio sanador del Espíritu, y así las dos interpretaciones de esta frase enigmática de Cristo nos llevan al Espíritu Santo.

Por una parte Cristo, al comunicarnos el Espíritu, nos da una fuerza interior que se va desarrollando a lo largo de los siglos, y así como nos lleva a la verdad completa, así también nos lleva a conocer más plenamente, más perfectamente el poder del Dios. Esa es una interpretación. Y la otra es: Cristo se va al Padre y desde el Padre asegura la lluvia permanente y saludable del Espíritu para que nosotros seamos transformados y para que nosotros tengamos vida en su nombre.

El evangelio de hoy nos ayuda a esclarecer esta relación entre Cristo y el Espíritu, digamos una palabra sobre este evangelio de esta vigilia y después vamos a hacer oración, porque el Espíritu no puede quedar como un recuerdo, como una anécdota, el Espíritu tiene que hacerse realidad en nosotros, precisamente lo grandioso de Pentecostés es eso, cuando hablamos de nuestro Señor Jesucristo, de lo que Él padeció y de cómo finalmente resucitó de entre los muertos, en cierto sentido hablamos de algo que sucedió, algo que le pasó a Él.

Pero lo maravilloso de Pentecostés es que nos permite hablar de lo que nos va a pasar a nosotros, de lo que nos sucede a nosotros cuando nos abrimos al amor de Dios, por eso hermanos, miremos esta relación entre Cristo y el Espíritu, como está en el capítulo séptimo del evangelio según San Juan, son tres pasos. Dice Jesús: “El que tenga sed, venga a mí. El que cree en mí que beba, de su pecho brotarán manantiales de agua viva” San Juan 7,37-38.

Ahí están esos tres pasos. Primero, tener sed; segundo, creer y por lo tanto beber de Cristo; tercero, gozarse en el manantial que brota para vida eterna.

Ahí están los tres pasos: tener sed, beber y tener manantial, o dicho de otra manera, tener sed, beber y volverse fuente, son como los tres pasos por los que Cristo nos va llevando en la relación con el Espíritu.

¿Qué es tener sed? Tener sed es, por supuesto, la profunda necesidad, pero tener sed es sobre todo reconocer la propia sequía y con la sequía la esterilidad; tener sed es darse cuenta uno que sin la bendición y sin la presencia de Dios nuestra vida finalmente es estéril; tener sed es saberse desencantar de las cosas de esta tierra, si ellas fueran el único lote de nuestra vida; tener sed es poder mirar el dinero y decir: “Puede que sea necesario pero jamás será suficiente”.

Tener sed es mirar el amor humano que parece tan promisorio, y amor humano significa nuestros amigos, o en aquellos que están enamorados y tienen pareja, mirar a esa persona que les parece maravillosa, que les parece tan hermosa, tan dulce, tan agradable, es saber mirar al esposo o a la novia o a los amigos y poder decir: "Maravilloso que existan, pero en ellos tampoco está toda mi plenitud".

Fíjate que que lo de tener sed no es tan fácil, porque hay personas que parece que se sacian solamente o con las cosas de esta tierra o con los afectos de este mundo, incluso desde hace muchos años existen canciones o poesías que quieren presentar el amor humano como si fuera capaz de de saciarlo todo.

Yo me acuerdo de una canción de la misma época en que yo era niño, una canción que decía, y todavía suena por ahí: “Y si amarte es pecado quiero ser pecador”, ¡qué blasfemia! Es una blasfemia, porque lo que está diciendo es que es preferible ese amor que cualquier cosa, incluido el orden moral. Tener sed es como quedarse uno insatisfecho, tener sed es darse uno cuenta: El poder no me va a llenar".

Una mujer llegó a la cumbre de una empresa finlandesa más famosa, Nokia, muchos de ustedes tienen teléfonos y creo que muchos más han tenido teléfonos de esa empresa que hace celulares, Nokia. Una señora, muy brillante ella, alcanzó la gerencia general de Nokia, y después de estar en esa cumbre del mundo empresarial como por un año y medio o cosa parecida, renunció para sorpresa de todo el mundo, uno de los puestos más prestigiosos y más poderosos del mundo tecnológico actual y esta mujer renunció y le hacen una entrevista y ella responde: “No me sentía feliz, creo que encuentro más alegría en mi familia”. ¡Impresionante!

Pues tener sed es eso, tener sed es sentir que aunque uno tuviera el cargo más alto y aunque uno tuviera mucho dinero y aunque uno tuviera muchos amigos y aunque a uno le dieran muchos placeres y aunque hubiera esa persona especial que te mira a los ojos y te dice: "Te amo", pues ese "te amo" es muy bonito oírlo, pero tampoco me llena, tampoco es suficiente. Yo creo que los cristianos, y cuando digo cristianos me refiero a cristianos católicos por supuesto, porque los otros usurpan el nombre, si no creen en la Eucaristía no son plenamente cristianos.

Nosotros los cristianos somos bichos raros, yo digo, debe ser muy problemático tener una novia que sea verdaderamente cristiana católica, eso tiene que ser un problema muy horrible, porque tener una novia cristiana católica es tener en la vida una mujer a la que nadie puede contentar, bueno, eso le pasa a muchas mujeres, pero en este caso la razón es que esta mujer dice: “Sí, tengo mi esposito, tengo los hijos, tengo la casa, tengo el trabajo, tengo dinero, tengo puestos, tengo muchas cosas, pero nada de esto no me sacia”.

Ser cristiano es ser insaciable: "Nada de esto me sacia", y por eso al cristiano nada lo desarma, al cristiano nada lo derrumba, ¿por qué digo esto? Vamos a comparar a dos señoras, o digo dos señores, porque luego ustedes dicen que todos mis ejemplos son de señoras, que la mujer, que no sé que.

Bueno, dos señores, están casados ambos con excelentes esposas, fíjese que yo no estoy atacando a la mujer, son mujeres muy buenas, son mujeres muy queridas, muy agradables, no son “cantaletosas”. Bueno, ambos casados con sus respectivas esposas, uno de ellos mira a esa esposa maravillosa como un especie de ídolo: "Mi mujer es todo para mí". El otro la ama profundamente, pero dice: "Es hermosa, es buena, pero solo hay un Dios en mi vida y es el Padre de Nuestro señor Jesucristo".

Dos hombres casados con estas mujeres agradables, hermosas, hacendosas, -o sea que tienen haciendas, ¿no?- Ja..., ja... Estos dos hombres casados con estas mujeres y resulta que se mueren estas mujeres maravillosas, mujeres de las que casi cabria decir "nunca vistas", bueno, se murieron. Imaginémonos qué le pasa a ese hombre que miraba a su esposa como su ídolo, su todo, su vida, por eso yo le tengo miedo a esos hombres que dicen: “Mi vida. Tú eres mi vida", ¿y tú qué? Tú eres eres mi muerte, bueno no.

"Tú eres mi vida". Pues este era de los que se tomaba en serio el tema: "Tú eres mi vida", y se le murió la esposa, no, ese hombre ya quedó sirviendo para nada: ya no ve, ya no encuentra alegría, ya se enferma, ya le duele todo, pues es muy comprensible y de todas maneras hay que ser muy humano con esa situación.

Pero fíjate que el otro, el que dice: Sólo Dios es Dios", se le muere la esposa y tiene un terrible dolor, pero él sabe que su servicio al mundo no termina porque se haya muerto a esa, esposa y lo mismo una mujer que sea verdaderamente cristiana y católica. Eso es tener sed, tener sed es estar así incompleto, algunas veces esa clase de sed lleva incluso a la gente a entrarse en vida religiosa, algunos de estos novicios que tenemos, supongo que han tenido esa clase de experiencia: "Yo creo que el camino de mi alegría, yo creo que mi realización está únicamente en Cristo".

Pero fíjate, aunque uno esté casado pero sin idolatrar al esposa o a la esposo, o uno opte por la vida religiosa o por la vida consagrada o el sacerdocio, en ambos casos lo fundamental ¿qué es? Tener hambre y sed de Dios, ese es el primer paso.

Esta clase de sed, mis hermanos, es un regalo de Dios, esta clase de sed ya es la visita primera del Espíritu a tu vida, “bienaventurados los que tienen y hambre y sed de justicia” San Mateo 5,6, nos dice Cristo y la palabra “justicia” no se refiere solo a la economía en las bienaventuranzas, “bienaventurados los que tienen esa sed porque serán saciados” San Mateo 5,6.

¡Qué hermosa es esa sed! ¡Qué hermoso sentir uno: “Tengo buenos amigos, también tengo buenos enemigos, pero tengo gente que me ama, sí, tengo muchas posibilidades, pero eso no me llena", ahí está la primera visita del Espíritu y el testimonio de Cristo y la vida de Cristo es como un despertador de esa sed.

Quien verdaderamente se acerca a Jesucristo encuentra que Él obra con tanta libertad, con tan soberana libertad y con tan perfecta alegría que todas las cosas que han sido importantes para uno en el mundo como que quedan en el segundo o tercer plano, pero ese es solo el primer paso, ese es el primer punto, viene el segundo, hay que creer en Cristo y hay que beber de Cristo.

Creer en Jesucristo ¿qué es? Creer en Jesucristo es ver en Él al enviado de Dios, es ver en Él al Mesías, es ver en Él, como dice el Concilio de Calcedonia, al verdadero Dios y al verdadero hombre, ¿y qué quiere decir esto? Creer en Jesucristo es mirar a Cristo y decir: “Así es Dios; todo lo que yo creía saber de Dios cae por tierra delante de este bendito Cristo", es reconocerlo como verdadero Dios, como la revelación plena y perfecta del Padre, creer en Jesucristo es reconocer que ahí está la sabiduría de Dios, y el poder de Dios y la misericordia de Dios, pero ojo, Calcedonia dijo también: “Verdadero hombre”.

Creer en Jesucristo es creer que en Él se reconstituye la imagen de Dios en nuestra raza, creer en Jesucristo es admitir que ese es el verdadero hombre, el verdadero proyecto de humanidad; creer en Jesucristo es darse cuenta uno entonces de cuan equivocados hemos estado dando vueltas por otros lados, siendo así que la verdad, la única verdad, aquel que se puede llamar la verdad es Jesús.

Creer en Jesucristo es creer en la eficacia de su Sangre, es creer que uno puede ser perdonado, creer en Jesucristo es creer que esa Sangre no se derramó en vano, creer en Jesucristo es creer que cuando Él estaba orando en la cruz por cada uno de nosotros, esa oración no se fue al vacío sino que atravesó las nubes, penetró en el cielo, llegó al corazón del Padre y es la fuente de bendición y de misericordia para todos.

Creer en Jesucristo es creer que con su cruz Él ha derrotado a nuestro enemigo el demonio, Él ha derrotado a nuestra enemiga la muerte, Él ha derrotado a nuestro enemigo el absurdo, Él ha derrotado a nuestro enemigo el pecado, es creer en su victoria, es creer en su resurrección.

Nos dice Santa Catalina de Siena que Cristo mismo es como un puente y que hay que ascender por Cristo y hay que llegar al corazón y hay que llegar a la boca de Cristo, tiene una comparación tan hermosa con Cristo como puente, creer en Cristo es acercarse a ese corazón, beber de su amor y es acercarse a esa boca y beber de su sabiduría “el que cree en mi que beba”, ese es el segundo paso. Entonces, en el ámbito de Cristo, en la atmósfera de Cristo sentimos la irradiación de amor de Dios, donde mejor se nota esto es en la Eucaristía.

Creer en Jesucristo es ponerse al alcance de los rayos bienhechores de su ternura, de su compasión, de su dulzura, ¿y sabes lo que sucede cuando tú te acercas a la atmósfera de Cristo, al ámbito de Cristo? Esa irradiación de amor ya es un baño del Espíritu de Dios.

Nos dice el Evangelista San Lucas, refiriéndose a Jesús: De Él salía una fuerza que los curaba a todos" San Lucas 6,19, es la fuerza, es la unción del Espíritu, "de Él salía una fuerza, de Él sale una fuerza que los cura a todos" San Lucas 6,19.

Beber de Cristo es ya recibir esa irradiación de amor, es percibir esa energía maravillosa, es beber de ese torrente de gracia. Estando cerca de Cristo el corazón se acostumbra a sentir el Espíritu. Así como una persona está perfumada porque se ha echado una loción deliciosa, uno no puede acercarse a la persona sin sentir ese aroma exquisito, así también uno no puede acercase a Cristo sin oler al Espíritu.

¿Sabes una cosa? En Israel los reyes eran ungidos con un aceite, pero era un aceite perfumado y por eso dice el Salmo 45 refiriéndose al Mesías: “A mirra, áloe y acasia huelen tus vestidos” Salmo 45,9. Porque resulta que ese perfume, el perfume que se mezclaba con aceite de oliva y que se echaba abundantísimamente en la cabeza del rey que quedaba bañado literalmente en aceite.

Otro salmo dice “que escurría hasta la barba”, es decir, eso era perfume hasta que ya, y ese era el perfume del mesías, perfume finísimo, porque imagínate lo que vale la mirra ¿y cómo se hace un perfume de mirra, áloe y acasia? No tengo ni idea, pero ese es el perfume del Mesías, el Mesías huele a mirra áloe y acasia, el Mesías tiene su perfume que es completamente único.

Ahora hay una cantidad de estrellas de cine y de cantantes que tienen sus propias marcas de perfume, ¿se han dado cuenta de eso no? Entonces esta señora Sara Parker tiene una línea de perfumes, y Carolina Herrera tiene otra línea de perfumes, y si la cosa sigue así pues yo sacaré también mi perfume, y así cada una de estas personalidades tiene un perfume que se supone que es el perfume del gran artista.

Pues el verdadero artista, el que tiene su perfume es el Mesías y el perfume del Mesías es el Espíritu Santo de Dios y claro, imagínese en esa época en Israel cuando le echaban ese perfume que chorreaba hasta la barba, esa tenía que ser una cosa que se sentía a gran distancia, pues así sucede con Cristo, incluso a gran distancia, si uno da un pasito hacia Cristo, uno siente el perfume del Espíritu.

Y Cristo dice aquí que uno tiene que beber de Él. Imagínate como se sentirá el aroma de Jesucristo si uno se acerca al corazón y si uno aplica los labios a esa llaga de la que mana el torrente de la vida, por eso este es el segundo paso.

Fíjate, primer paso, tener sed y tener sed significa: "Nada me contenta sino Dios"; segundo paso: acercarse a Cristo y sentir su perfume y sentir los rayos bienhechores, los rayos maravillosos de su amor que nos bañan y que nos hacen sentir la confianza y que nos transforman y que nos desarman, esa irradiación de amor de Cristo lo desarma a uno, donde más se nota esto es en el capítulo 19 del evangelio según San Lucas en el pasaje de Zaqueo.

Zaqueo, el publicano, el cobrador de impuestos, un hombre endurecido que sin embargo cuando recibe a Cristo en la casa se desarma y entonces dice: “Voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres y si defraudé a uno, le voy a dar cuatro veces lo que le quité” Lucas 19,8. Y Zaqueo bota sus armas y Zaqueo se desarma como una persona que estuviera embriagada, como una persona que estuviera drogada.

Así nos dice el Apóstol San Pablo: Eembriáguense pero no de vino, ni de cerveza, ni de whisky, ni de brandy, ni de vodka, embriáguense pero de Espíritu". Y así como un borracho, así como un ebrio hace tonterías y saca su billetera y reparte a los amigos y reparte plata "y la próxima ronda la pago yo", así como el borracho se vuelve escandalosamente generoso y ni sabe lo que hace, así también nosotros cuando aspiramos el amor de Dios, cuando el amor de Dios se apodera de nosotros nos pasa lo de Zaqueo.

El pobre Zaqueo estaba borrachito, Zaqueo estaba borracho de amor, Zaqueo estaba ebrio de gracia y por eso dijo: “La mitad para los pobres” San lucas 19,8, que se vaya todo eso y voy a devolver y voy a multiplicar y voy a hacer". El Espíritu da una deliciosa ebriedad sin guayabo, sin resaca, el Espíritu Santo de Dios.

El segundo paso es beber de Cristo, beber de Él, sentir ese aroma, sentir que nos embriaga la delicia del amor de Jesús.

Qué hermosa descripción hace San Ignacio de Loyola o hacen los biógrafos de San Ignacio de Loyola, cuando el santo recibe la aprobación del papa junto con sus primeros compañeros, lo que fue el origen de la Compañía de Jesús y después de que recibe la bendición del papa, estos hombres empiezan a caminar por Roma.

¿Y cómo celebras tú que el Papa te ha aprobado? Eran risas, eran cantos, eran abrazos, unos lloraban, otros se reían, otros se abrazaban, los que los veían decían lo mismo que en Pentecostés dijeron de Pedro y los demás: “Estos están borrachitos”, está muy bien dicho, “están borrachos” pero de Espíritu, y San Ignacio a unos los abrazaba, a otros los besaba, lloraba con los otros, se reían, cantaban juntos, estaban ebrios de Espíritu, porque el vicario de Jesucristo les había dado una bendición colmada de Espíritu y ellos se sentían rebosantes y así rebosantes cantaban y celebraban. Segundo paso.

Y la cosa no termina ahí porque viene el tercer paso: tener la fuente adentro, volverse fuente, Jesús había prometido una cosa parecida en el capítulo cuarto del evangelio según San Juan en su dialogo con la samaritana, había dicho Cristo: “El agua que yo daré se convertirá en quien la beba en una fuente que salte hasta la vida eterna” San Juan 4,14.

Volverse fuente, y hay por lo menos dos interpretaciones de lo que significa volverse fuente, la primera es la más obvia: has recibido tanto amor, tienes que dar amor. Mi amiga de Siena dice: “El alma sabiéndose tan amada no puede defenderse de amar”, me fascina esa expresión, “no puede defenderse de amar”, porque muchos de nosotros vivimos defendiéndonos de amar, como que interiormente quisiéramos amar, pero decimos: “Si amo me toman por tonto” como se dice popularmente en colombiano: “Si me pongo a ser bueno me la montan, entonces no voy a ser bueno".

Pero fíjate, nos defendemos de amar, reprimimos el amor, quisiéramos ser buenos pero ahogamos las sonrisas que se nos vuelven muecas, ahogamos las lágrimas que se nos vuelven úlceras, ahogamos los abrazos que se nos vuelven parálisis, ahogamos la ternura y se nos vuelve dureza.

Pero Santa Catalina dice: “El alma, viéndose tan amada, no puede defenderse de amar”. Llega a un punto en el que el amor es demasiado y se revientan los diques y uno deja la tontería y uno deja el miedo y empieza a amar, y en ese momento se siente libre, y en ese momento se le acaban a uno los prejuicios y los miedos, y en ese momento uno tiene una experiencia como el Pentecostés de San Ignacio de Loyola, uno siente que sería capaz de abrazar y sería capaz de llorar con el que llora y reír con el que ríe como pide San Pablo. Esa es la primera interpretación.

Volverse fuente significa: "Ahora que has recibido tanto empieza a darlo, pero empieza a darlo no con la tristeza de aquel que dice: "¡Tocará!" No, empieza a amar con la alegría y con la suavidad del que no quiere detener el torrente del amor; ya llegó a ti, déjalo fluir, deja que fluya el amor, si te deleita ese arroyo, si te gusta esa corriente, ¿por qué la vas a frenar? El agua detenida se pudre, ¿por qué vas a frenar el amor? Déjalo que fluya; si te deleita ese arroyo, déjalo que fluya.

La segunda interpretación es esta: una fuente adentro significa que nuestra alegría no depende de fuera, hay varias expresiones en el Nuevo Testamento que van en este sentido, Jesucristo, por ejemplo, nos dice: “La paz que yo les voy a dar no es como la paz que da el mundo” San Juan 14,27, y dice también: “Nadie les podrá quitar esa paz”, y uno dice: "¿Cómo será una paz que nadie me puede quitar?" Y la respuesta es: "Si el mundo no me la dio, el mundo no me la puede quitar; si aquel que me la dio fue Cristo, le pertenece a Cristo, y si la fuente está adentro, nadie me la puede quitar".

Dice San Pablo en la Carta de los Filipenses: “Alegráos en el Señor; os digo otra vez: alegráos” Carta a los Filipenses 4,4. Si nosotros vivimos esta alegría en Dios y si nuestra alegría no depende del mundo, nadie nos la puede quitar y nos dice San Pablo: “Por todo dad gracias a Dios” Carta a los Filipenses 4,6, y dice uno: "¿Pero cómo voy a vivir dando gracias?" Pues claro que puedes vivir dando gracias, hermano, porque el motivo de tu gratitud no está fuera, está dentro.

Esos son los tres pasos del Espíritu: primero, tener sed: "El mundo no me sacia, los amores humanos bonitos son, pero no me llenan, el dinero jamás será mi felicidad". Segundo, acercarse a Cristo, aspirar su aroma, ponerse bajo el influjo bienhechor de los rayos de amor que brotan de su alma. Tercero, dejar que brote en tu interior una fuente, para empezar a amar al prójimo y para que tu alegría y tu paz ya no dependan del mundo.

Esa es la obra del Espíritu, esa es la maravilla de Pentecostés, esa no, mucho más que eso, ninguna palabra mía puede describir lo que es el Espíritu, lo que hace el Espíritu, cómo nos transforma, cómo nos santifica, cómo nos hace semejantes a Dios.

Pongámonos de pie mis hermanos, vamos a aclamar ese don del Espíritu: Ven, Espíritu de Dios, ven a llenarnos, ven a colmarnos, haz que podamos sentir la deliciosa influencia del amor de Cristo. Ven Espíritu Santo de Dios, ven, ven, Espíritu Santo y dame una alegría que nadie me la pueda quitar, dame una sonrisa que no dependa de cómo me trate la gente, dame la capacidad de abrazar a todos, incluso a mi enemigo, si se deja.

Dame una palabra que bendiga a todos, también al que quiere hacerme daño. Ven, Espíritu Santo de Dios y enséñame los arcanos y secretos de la Escritura;, ven Espíritu Santo de Dios, y haz de mi alma una fiesta donde los Ángeles se sientan a gusto. Ven, Espíritu Santo de Dios, y hazme semejante en algo a la Virgen, y a Domingo, y a Francisco, y a Catalina, y a Tomás, y a todos los santos.

Ven, Espíritu Santo de Dios, y enséñame cómo alabar, cómo bendecir, cómo proclamar la grandeza del Dios infinito y eterno. Ven, Espíritu Santo de Dios, y cambia mi pensamiento, dale una ruta nueva a mi vida. Ven, Espíritu Santo de Dios, ven a sanar cualquier herida que yo mismo me he causado por torpe, por ignorante y por pecador.

Ven, Espíritu Santo de Dios, ven a sanar cualquier herida que cualquier persona me ha causado queriendo o sin querer, dándose cuenta o sin ello. Ven, Espíritu Santo de Dios, y derrama sobre este corazón mío necesitado, los dones, los regalos, los carismas que son más necesarios para la realización de mi vocación y para alcanzar la plenitud para la que Dios me creó.

Ven, Espíritu Santo de Dios, para que yo reciba la misma herencia que recibió Cristo y se cumpla en mí la palabra de San Pablo. Ven, Espíritu Santo de Dios, ven y bendíceme, regálame de tu abrazo, regálame de tu fuego. Ven, Espíritu Santo de Dios, haz de mi vida un pequeño Pentecostés que sepa unirse al Pentecostés de mis hermanos.

Ven, Espíritu Santo de Dios, para que arda con tu amor y para que en el fuego de tu gracia yo sepa revelar algo de la belleza de Jesucristo. Ven, Espíritu Santo de Dios, para que todos nos podamos fundir en un solo canto de alabanza, para que todos seamos uno, para que acabe la dispersión de Babilonia y empiece la unidad en la nueva Jerusalén.

Ven, ven, Espíritu Santo. Vamos a clamar, hermanos, vamos pedirle al Espíritu Santo que venga, que haga su obra en nosotros, que haga su obra en nuestros hogares, que haga su obra en nuestra Iglesia.

Ven, ven, ven, Espíritu Santo. Ven, Señor, dulce huésped del alma. Ven, ven, Espíritu Santo, haz maravillas en tu pueblo, haz maravillas en nuestros grupos apostólicos, haz maravillas en nuestros jóvenes, haz maravillas en nuestras familias, haz maravillas, Señor, en nuestros sacerdotes, haz maravillas en nuestros obispos, haz maravillas en nuestros enfermos, haz maravillas en todos los que sufren.

Santo, Santo eres. Gracias, Espíritu Santo de Dios.