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Fecha: 20020519

Título: El Don del Espiritu Santo

Original en audio: 23 min. 56 seg.


Qué hermoso, hermanos, encontrarnos aquí imitando de alguna manera lo que nos dice la Palabra de Dios, aquella oración unánime de María, de los Apóstoles y de otros discípulos del Señor Jesucristo, obedientes a lo que el mismo Cristo les había mandado, porque era de Cristo ése mandato.

Les dijo Él, según nos cuentan los Hechos de los Apóstoles: "Permanezcan en Jerusalén, orando por el cumplimiento de la promesa" Hechos de los Apóstoles 1,4. Y aquí estamos nosotros en esta hermosa vigilia de oración, de alabanza, abiertos a la esperanza de lo que sólo Dios puede rehacer.

Lo grande de esperar el don del Espíritu Santo, es esperar esa obra que sólo Dios puede hacer; las lecturas que hemos escuchado, entre las que nos ofrece la Santa Iglesia, nos invita a eso, a poner nuestro corazón en lo que sólo Dios puede hacer.

Qué bello es cuando levantamos nuestras manos como niños, levantamos las manos como mendigos, como el niño que pide que lo levanten, ¡tan lindos que se ven los niños que levantan las manitos y hasta se empinan para que los levanten¡-, o como el mendigo que estira su mano porque necesita un alimento que no tiene.

Así hacemos nosotros en esta noche, ponemos nuestro corazón, ponemos nuestra atención, fijamos nuestra mirada y esperamos lo que sólo Dios puede hacer.

Es una noche de dulce expectativa, es una noche de alegre esperanza, es una noche que está colmada de las oraciones de todos los siglos, es una noche que tiene el perfume de la Santa Virgen María, es una noche acompañada por el rumor de las plegarias, de las súplicas de las ansias del corazón humano que sabe que necesita de esa agua, necesita de ese fuego, necesita de esa fuerza, necesita de ese viento.

Muchos de los aquí presentes han estado acompañando en días anteriores la novena de preparación para Pentecostés, y seguramente en esos días anteriores hemos escuchado las hermosas imágenes bíblicas que nos hablan de quién es el Espíritu.

Espíritu que es viento, Espíritu que es fuego, Espíritu que es agua viva, Espíritu que es regalo, Espíritu que es fuerza de Dios, Espíritu que es Abogado nuestro y Consolador, Espíritu que es alma de la Iglesia, Espíritu que es fuerza maravillosa que se irradia desde Cristo.

Y con todos esos mensajes que hemos oído sobre el Espíritu, ¿qué sentimos en este momento? Sed, sed de ese Espíritu, anhelo de poder experimentar esa gracia.

Nos han dicho cosas tan maravillosas de la acción del Espíritu Santo, que realmente lo que sentimos en este momento es sed, nosotros, seguramente en este momento, como la mujer Samaritana, le estamos diciendo: "Dame de esa agua" San Juan 3,15, "dame de esa agua, dame de esa vida, de esa fuerza, muéveme con ese viento, abraza mi corazón con ese fuego".

"Haz que yo sienta la presencia del verdadero Abogado, Amigo y Consolador; esperar lo que sólo Dios puede hacer. ¡Es tan grande la acción del Espíritu Santo! Vamos a ver unos ejemplos sobre esta acción del Espíritu, para que crezca nuestro deseo del Espíritu, que es lo propio de esta vigilia. Pensemos en lo que estamos celebrando: estamos en la Santa Misa.

Miremos las hostias que vamos a consagrar, esto es harina y agua, si se fuera a vender valdría unos centavos, tal vez no valga un peso; y si nosotros reuniéramos a todos los científicos del mundo, o reuniéramos a todos los filósofos del mundo, y reuniéramos a los más grandes industriales, potentados, archimillonarios del mundo.

Y les diéramos este pedazo de harina y agua, así preparado, así cocinado que parece una oblea pequeñita, y les diéramos esto, todos los mencionados antes, no podrían hacer con esto, la hostia, nada; jamás podría suceder el milagro de la Eucaristía.

Nosotros depositamos este pan en el altar, y oramos con la fe de la Iglesia y pedimos el don del Espíritu Santo. ¡Es una locura! ¡Es algo tan grande esto! La hostia, que no vale sino unos centavos, se convierte en lo más precioso que puede tener el universo visible, y ha habido mártires como un niño llamado Tarcisio, y tantos otros que son mártires de la Eucaristía, se hicieron matar por la Eucaristía.

Lo que no valía sino centavos, se convierte en algo más valioso que el tesoro del imperio o reino más grande que pueda haber en ésta tierra. ¿Qué podríamos hacer nosotros, si no hubiera sacerdotes, qué podríamos hacer nosotros con ese pan? Nada. Toda nuestra concentración mental, todas nuestras máquinas, ¿podrían hacer algo para que eso dejará de ser pan, para que fuera el Cuerpo de Cristo? No hay nada que podamos hacer.

¿Qué hace la Iglesia en cada eucaristía? Presenta ese pan, se lo presenta a Dios, ora y pide el don del Espíritu: “Envía, Señor, tu Espíritu sobre este pan, y éste vino”; “envía, Señor, tu Espíritu”. Cada Eucaristía es un pequeño Pentecostés, de pronto un gran Pentecostés.

En cada Eucaristía pedimos precisamente la efusión del Espíritu, y es el Espíritu el que realiza esa obra que nadie puede hacer, que no es obra del mérito del sacerdote ni mucho menos.

Los sacerdotes somos instrumentos en manos de Dios, instrumentos al servicio de la Iglesia, solamente eso, con nuestra fe, unida a la fe de la Iglesia y con nuestra intención unida al propósito de la Iglesia, que cuando celebra la Santa Misa, el milagro eucarístico se repite una y otra vez.

Hay gente que habla de milagros eucarísticos, por ejemplo, que de una hostia broto sangre, -un milagro eucarístico-, pero el milagro eucarístico no es solamente ése, –del que no dudo, desde luego-, el milagro Eucarístico es este que sucede en la discreción de la Santa Misa, en el lugar más humilde de la tierra, ahí está el milagro eucarístico, es el poder, es la gracia del Espíritu.

Eso que hacemos en la Santa Misa, eso es lo mismo que hacemos en la vigilia de Pentecostés, eso; sólo que ahora la hostia, lo que le presentamos a Dios, no es el pedacito de harina, lo que le presentamos a Dios es nosotros mismos.

"Señor, tú que puedes transformar este pedazo de harina, en el Cuerpo Santísimo de Cristo, adorado por los Ángeles; tú que haces eso con ése pedazo de pan, toma mi ser, mi cuerpo, mi historia, mi vida, tómala y haz conmigo una obra, la que tu quieras."

En la plegaria eucarística tercera del Ritual Romano, en la Santa Misa, precisamente hay una oración que dice eso: Que Él nos convierta, que Él nos transforme en oferta permanente”, en ofrenda permanente, ¡qué lindo que Él nos vuelva hostia!

Y uno dice: "Pero, ¿qué va a poder hacer Dios con mi vida, si yo tengo un temperamento tan complicado, si yo tengo una historia de pecado, si yo tengo tanto resentimiento, si yo tengo tanta ignorancia, si ya han pasado tantos años, qué va a poder hacer Dios conmigo?

¿Será que es mayor milagro transformarte a ti que transformar un pedazo de pan inanimado en el Cuerpo del Hijo de Dios? Parece que es como más milagro transformar un pedazo de pan inanimado en el Cuerpo del Hijo de Dios, y el Espíritu lo hace miles de miles de veces para alimentar con Cristo, con el Pan de Cristo, a la Iglesia.

¿Esto qué quiere decir? Que sí yo me pongo delante de un pedazo de pan y hago esfuerzos de concentración y digo: “Vuélvete Cuerpo de Cristo, vuélvete Cuerpo de Cristo”, eso no produce nada.

Es la oración de la Iglesia según la mente de Cristo y los ministros que Él quiso que tuviera la Iglesia, lo que hace posible eso, es el acto maravilloso del que la Iglesia se pone en manos de su Autor, en manos de su Amor, en manos de su Esposo, se pone en manos de su Dios, y el milagro sucede; y de ese milagro nos alimentamos todos, todos los días.

Dios, que hace este milagro, puede hacer algo maravilloso contigo; pero yo, un pan tan sucio, un pan tan... ¿y? ¿No has oído la primera lectura? ¿Qué tal esa primera lectura de Ezequiel? "Háblale a los huesos, háblale a los huesos secos" Ezequiel 37,4.

Uno, pensando como humano, uno piensa que es una tontería, que eso se secó, que eso ya no va más, y le dice Dios: "Háblale a los huesos, pronuncia un oráculo sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, escuchad la palabra del Señor" Ezequiel 37,4,¡qué fe la de Ezequiel!

Y hay veces que sentimos como sintieron los israelitas, que nuestra ciudad o nuestro país es eso, un hueso seco, huesos pegados, señales de muerte. Y le dice Dios: “Háblale a los huesos secos"

"Escuchad la palabra del Señor" Ezequiel 37,4, así dice el Señor a estos huesos: "Yo mismo traeré sobre vosotros Espíritu y viviréis y sabréis que Yo soy el Señor" Ezequiel 37,6.

"Y profeticé como me había ordenado" Ezequiel 37,6, –¡profeta en su patria¡ Y a la vez del oráculo, un ejército-; "los huesos se juntaron uno con otro, y brotó la carne" Ezequiel 37,8.

¡Impresionante! ¡Qué visión maravillosa del poder de Dios¡ "Sabréis que Yo soy el Señor" Ezequiel 37,6. El profeta obedece en fe a lo que Dios le ha mostrado y el poder de la palabra pronunciada en fe y en obediencia, transforma una señal de muerte en una señal de vida.

¿A cuántos lugares, por ejemplo de Colombia, tendríamos que darles este oráculo? ¿En cuántos campos? ¿en cuántas veredas tendríamos que darles el oráculo de Ezequiel y tendríamos que decir: "Yo mismo traeré sobre vosotros Espíritu y viviréis?" Ezequiel 37,5.

Esta palabra, mis hermanos, es para nosotros. Si sentimos que nuestra vida es un hueso pelado y seco, que no va más y que no va más, para nosotros es esta palabra. El Señor nos regala esta palabra para experimentar cómo la vida viene de Él, y hay que recibirla como un regalo.

¿Qué tal si Ezequiel se hubiera puesto a conseguir unos alambritos a ver si amarraba un hueso con otro hueso, y luego conseguir plastilina para hacerle un remedo de pierna, y luego tela para ponerle como un vestido? Hubiera sido un maniquí, un monumento a la muerte. Esto no es cosa que pueda el ser humano, como el ser humano tampoco puede transformar el pan en el Cuerpo de Cristo.

Esto es cosa de ponerse ante Dios y decirle: “Sólo tú puedes hacerlo, y aquí estoy con toda mi confianza, con toda mi esperanza puesta en ti, pero no es una confianza vana, porque hay toda una historia de cumplimiento de promesas, he visto tantas veces la señal de tu amor en mi vida.

"Y he visto tantas veces el poder de tu amor en mi historia, he visto tantas veces la fuerza de tu gracia en el mundo, que yo sé que tu quieres, que tú puedes y tú sabes hacerlo, y por eso me presento ante ti”. Y eso es lo que estamos haciendo esta noche.

"Por eso me presento ante ti, Señor, para que tú pronuncies tu voz, para que tú dejes oír tu Palabra, para que tú me invadas con tu Espíritu, para que tú me des la vida que nadie más puede darme. Por eso Pentecostés es la fiesta de la vida nueva.

Vida tenemos, respiramos y caminamos para adelante, algún género de vida tenemos, pero Pentecostés es la fiesta de la vida nueva.

Yo ya conozco la vida que yo pueda hacerme, Señor, ahora quiero conocer la vida que tú quieres darme, dame el don de tu Espíritu, dame una vida nueva".

Desde luego y este será el tercer ejemplo. El primero es la Eucaristía, el segundo Ezequiel y tercer ejemplo, María, tan bello pensar en María, en este momento la siento aquí con nosotros, y siento que Ella está aquí con nosotros haciendo vigilia, entre otras cosas porque hay aquí tanta gente que ama a la Virgen, eso se siente también, yo siento que Ella está haciendo vigilia con nosotros.

María es una imagen maravillosa del poder del Espíritu, María es la mujer espiritual por excelencia, María es testigo del Espíritu Santo, recordemos nada más la Anunciación: "Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo" San Lucas 1,31, y María con un propósito virginal en su corazón.

¿Cómo se sabe que María tenía un propósito virginal? Pues muy sencillo, María le pregunta al Ángel: "¿Cómo será esto, si no conozco varón?" San Lucas 1,34, esa pregunta sobraría porque María estaba comprometida con José, sí Ella no hubiera tenido un propósito virginal, sí Ella hubiera pensado tener relaciones con su esposo, esa pregunta sobraba.

"-Vas a ser mamá". "Ah, pues claro, me uno a mi esposo y voy a ser mamá", pero María pregunta, ¿por qué esa pregunta? Porque movida por el mismo Espíritu antes había tenido un propósito virginal, del cual sin duda era conocer y era compañero José, un misterio de amor virginal había ahí; un misterio que a mucha gente le puede parecer imposible, pero es que para Dios nada es imposible.

Entonces pregunta María: "¿Y cómo será esto?" San Lucas 1,34, y le dice el Ángel: "El poder del Altísimo vendrá sobre ti, la gracia del Señor te cubrirá con su sombra" San Lucas 1,35.

Lo que hizo el Ángel fue hablarle del Espíritu. ¡Y qué tal el tamaño de la fe y del amor de María, que tal el tamaño de la fe y del amor de esta jovencita tan bella, tan llena de fe, tan llena de gracia!

Le dice el Ángel: "El poder del Altísimo vendrá sobre ti, la gracia del Espíritu vendrá sobre ti y te va a cubrir con su sombra; por eso el Hijo que va a nacer va a ser llamado el Hijo del Altísimo" San Lucas 1,35. Y María creyó.

Ese tamaño de ese mensaje, ¿cuándo se había oído eso en el Antiguo Testamento? ¿Cuándo se había oído eso en las tierras o países el mundo?

Y Ella recibe semejante mensaje, tan absolutamente nuevo, tan absolutamente distinto, que le cambia por completo su vida y que cambia el curso de la historia de la humanidad, y Ella, parada en el borde de ese abismo de fe, confía en Dios y se lanza, y dice: ”Aquí está la esclava del Señor” San Lucas 1,38.

¡Qué bella es la Virgen! ¡Qué lindo ese sí! ¡Qué absoluta y total confianza en Dios! ¡Qué capacidad para creer! “Él puede hacerlo, yo no puedo sacar un hijo de mí, pero Dios sí puede darlo, Dios sí puede crearlo en el amor de José y mío; un amor sin unión de cuerpo, un amor sin unión de carne, un amor que sólo se une en la fe y en el amor de Dios”.

Y así el amor virginal de ellos se vuelve un amor fecundo, y María creyó eso, lo creyó. Ella va delante de todos nosotros, Ella nos acompaña en esta noche, María está con nosotros, María ora con nosotros, María, por decirlo gráficamente, nos abraza con su mano amorosa, maternal sobre nuestra cabeza y nos está diciendo: "Mira que es posible, mira que es posible”. Es como si María nos dijera: "Mírame y sabrás que es posible".

"Mírame, dice María, y sabrás que todo es posible, para el que tiene fe; mírame, mira lo que hizo conmigo Dios y verás que todo se puede, y verás que todo se realiza, y verás que no hay un límite para el amor y el poder del Espíritu de Dios".

Hermanos, por eso nosotros en esta noche, siguiendo el ejemplo de María, creyendo en el testimonio que nos da Ezequiel, y mirando todos los días lo que sucede en el altar, nosotros en esta noche le decimos al Señor: "Envía tu Espíritu, renueva, envía tu Espíritu y haz la obra que nadie puede hacer; envía, Señor, tu Espíritu y haz lo que sólo tú puedes hacer; envía, Señor, tu Espíritu y renueva y repuebla la faz de la tierra.

Amén.