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Fecha: 20011218

Título: El verdadero lugar que ocupa Jose en el nacimiento de Jesus

Original en audio: 29 min. 9 seg.


Como sabemos, el Adviento tiene dos partes: hasta el día dieciséis de diciembre, el tono de las lecturas lo da la primera de ellas, que es tomada casi invariablemente, creo yo, del Profeta Isaías.

Es la primera lectura la que lleva la nota dominante, y es Isaías el que nos va presentando, podríamos decir, el hambre de Dios, la necesidad de Dios, y al mismo tiempo, las hermosas promesas que el Señor hace.

De este modo, la Iglesia quiere que en nuestro corazón recuperemos la conciencia de la necesidad divina, de la necesidad de Dios. Y lo hace por medio de Isaías, recordándonos el anhelo del corazón humano, y recordándonos las grandes promesas del corazón divino.

Durante esa primera parte del Adviento, que terminamos hace dos días, el evangelio va acompañando el ritmo de la lectura profética. De manera que el evangelio va mostrando cómo en Jesús se sacia esa hambre que hay en nuestro corazón, y cómo en Jesús se cumplen las promesas que Dios había hecho.

A partir del diecisiete de diciembre, es decir, una semana antes de la Natividad, la nota principal, la melodía principal la tiene el evangelio.

Los evangelios de esta semana precedente a la Natividad, van recordando los acontecimientos que rodean el nacimiento del Mesías.

Por eso la lectura de ayer es la de la genealogía de Jesucristo según San Mateo, y la lectura de hoy nos cuenta cómo entra José en ese plan misterioso y bello por el que Dios quiso darnos el regalo de los regalos: la presencia de su Verbo en nuestra tierra, para rescatarnos del pecado y para abrir un camino y comunicarnos el Espíritu Santo.

Así Dios quería no solamente darnos a su Hijo, sino por medio de Él, abrir un camino que nos permitiera participar de su naturaleza y ser con Él y habitar para siempre con Él.

Aunque el título de la lectura de hoy, tomada de San Mateo, es: "El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera" San Mateo 1,18, lo que cuenta el pasaje propiamente de hoy, repito, no es el nacimiento como tal, sino el lugar que tiene José.

Yo me atrevo a decir que este lugar de José ha permanecido relegado, ha permanecido en la penumbra, podemos decir que ha permanecido descuidado. Y desde luego ha sido una pérdida para nosotros, porque es muy grande, muy, muy grande la santidad de José, y es muy grande lo que puede enseñarnos el lugar que quiso Dios que José tuviera en este misterio del nacimiento del Mesías.

Mucho me temo que nosotros padezcamos una ignorancia tan grave en esto del lugar de José, que miremos a José solamente como un personaje que le da cierta honestidad pública y le da cierta protección de hombre a María. Y las dos cosas son ciertas, pero no son las únicas y no son las más importantes.

Es verdad que no cabía que el Mesías fuera hijo de madre soltera, y es veradd que la protección del hombre, especialmente tratándose de un recién nacido y de su madre, es necesaria, pero esa es una visión muy empobrecida, una visión muy externa de ese misterio de amor que relaciona, que une a José con la Santísimia Virgen y que une a José con el Niño, y en últimas, que une a José con el designio de Dios.

José no estaba simplemente cumpliendo esas funciones. Tratemos de buscar un poco, guiados por la Palabra de Dios, cuál es el papel de este hombre aquí. Porque resulta mucho menos evidente, desde luego, que el de la Santísima Virgen. Y como es tan grande la santidad de Ella, la pureza de Ella, y el milagro sucedido en Ella, pues ante un brillo tan grande, casi podemos descuidar el brillo que también tiene la obra de Dios en el corazón de José.

Resulta que la genealogía que nos ha presentado Mateo termina en José, el esposo de María. Es evidente en la intención de Mateo, que si a Jesús se le llama Hijo de David, y este no es un título accidental sino esencial, como repuesta a su vocación mesiánica, como respuesta a la expectativa mesiánica del pueblo.

Si a Jesús se le llama Hijo de David, es por José. Dice la genealogía al final:" Matthán engendró a Jacob, Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús" San Mateo 1,15-16.

Es, por José, por quien se llama a Jesús Hijo de David. Claro, está en discusión la relación de la Santa Virgen con la raíz dadívica; si María pertenecía o no pertenecía a la descendencia de David, digamos que eso no lo podemos resolver completamente con lo que nos ofrece la Biblia.

Lo que sí nos queda claro es, que en la mentalidad de Mateo, que es el que trata realmente esto, Jesús es Hijo de David por José. Y así lo llama el Ángel en ese mensaje del sueño: "Jose, hijo de David" San Mateo 1,20.

Ahora bien, ¿qué es lo que le comunica el Ángel después de llamarlo "hijo de David" y de llamar a María "su mujer"? Le dice: "La creatura que hay en Ella viene del Espíritu Santo" San Mateo 1,20, y luego dice: "Tú le pondrás por nombre Jesús" San Mateo 1,21.

Es evidente que el acto de poner el nombre es una acto paterno, lo vemos por lo que sucede en el acontecimiento del nacimiento del Bautista y por muchos otros pasajes en la Biblia. Es decir, José es veraderamente hijo de David, y el Ángel trata a José como verdadero padre de Jesús.

Este acto de darle el nombre a Jesús no es el acto, como digo yo, aunque es una expresión un poquito fuerte, "el guardaespaldas de la Virgen", no es el acto del "escolta" de la Virgen": "Usted, como protector y escolta de la Virgen, déle el nombre". Es el acto del esposo y es el acto de un papá.

De manera que el Espíritu Santo, que hace que la Virgen sea madre, es el Espíritu Santo que hace que este virgen sea padre. Y ese primer dato me parece que es fundamental y que además es hermosísimo. Es el Espíritu Santo el que hace fecunda la virginidad de María, y es el Espíritu Santo el que hace fecunda la virginidad de José.

Así como es el Espíritu, obrando con su amor en María, la hace Madre, así también el Espíritu Santo, obrando con su amor, hace de José padre.

Pero hay un poco más. Indudablemente, en José hay un amor hacia María. Dice aquí: "No quiere denunciarla" San Mateo 1,19. Esto indica una aprecio, esto indica una conciencia de la grandeza del don que hay en esa mujer, esto indica amor, una amor que va más allá de toda sombra, podríamos decir de duda, un amor que quiere ser más grande que la duda.

De modo que lo que hace el Espíritu Santo no es reemplazar a José; lo que hace el Espíritu Santo es bendecir y hacer fecundo el amor virginal de María y José. El padre de jesús no es el Espíritu Santo, el Padre de Jesús es Dios Padre, porque si no, ¿cómo queda Jesús con José de papá, con el Espíritu Santo de papá y con con Dios Padre de papá? Ya sería una paternidad compleja.

El Espíritu Santo no es el papá de Jesús, que es la mentalidad que tiene un poco la gente, o mucha gente; como que el Espíritu Santo venía a reemplazar la parte masculina en la concepción de Jesús de las entrañas de María.

Si el Espíritu Santo viniera a reemplazar la parte masculina, entonces Jesús no sería propiamente un hombre, sería un semidios, a la manera de esos mitos que tenían, por ejemplo, los griegos u otras culturas, en donde los dioses se unían a las mujeres, como Júpiter se unía a una cantidad de mujeres.

Aquí no se trata de eso, aquí el Espíritu Santo viene como una bendición de amor, una bendición celestial, una bendición del Padre, y una bendición que llega al amor de una pareja, y hace de esta pareja de vírgenes, una pareja de padre y madre.

A mí me parece que es una manera muy distinta de mirar este misterio. Porque de la manera que suele a veces presentarse, lo que uno tendría que decir es: Jesús estaba casado con una mujer; según la costumbre de la época, no vivían todavía juntos, porque primero es la unión y luego la consumación.

Estando casados y sin vivir juntos, entra el Espíritu Santo, y ése es el que engendra el Hijo, y entonces José queda excluido, como si el Espíritu Santo dijera: "-Quieto, chino, que yo soy el que tiene que resolver esto". Y entonces José tiene que decir: "-Bueno, está bien, entonces siga usted. Y ahora yo le cuido al Niño". "-Y de ahí en adelante ni se le ocurra tocar a esa mujer".

Esa es una visión, digamos, que respeta algunos datos, respeta sobre todo la pureza de la Virgen; pero esa es una visión que desprecia y que maltrata el amor humano, y que desprecia y maltrata a José.

Si nosotros atendemos las palabras del Ángel, y la manera como obra José, y la manera como habla María, por ejemplo, en el acontecimiento aquel de pérdidaen el Templo, lo que tenemos es distinto: María y José sienten que Jesús es el regalo que Dios les dio a los dos; Jesús es la bendición de Dios, entregada por la obra del Espíritu Santo, al amor de ellos.

Claro, Jesús es formado de las entrañas, es formado de la carne de María, no es formado de la nada, es formado de las entrañas de María. Pero es que José siente que la carne de María es carne suya, por eso dice San Pablo, en esta misma mentalidad: "Amar a la mujer es amar al propio cuerpo" Carta a los Efesios 5,28.

José siente que María es de él. Antes y más allá de toda intimidad física, José siente que María es de él. Y por eso, la bendición que el Espíritu Santo trae, bendición más grande que cualquier otra, a las entrañas de María, es una bendición para la carne de María y es una bendición para una carne que José siempre siente suya.

Entonces, José lo que siente es: "El amor ha bendecido nuestra carne; el amor de Dios ha bendecido nuestra unión". Es una visión muy distinta: "La amo, la admiro, la siento mía".

Y Dios no viene aquí a decir: "Oiga, no es suya, porque es mía". El amor de Dios viene a decir: "Ahora, yo tomo ese amor de ustedes, y ese amor de ustedes lo colmo, lo bendigo, lo elevo, lo levanto más allá de todo amor de pareja; lo tomo y lo levanto más allá de lo que ustedes hubieran podido amarse".

Por eso, José se siente bendecido sobre toda bendición; se siente amado: "Dios ha tomado nuestro amor y ha hecho de aquella mujer, que es el regalo que Él mismo me ha dado, ha hecho de Ella instrumento del regalo más grande, del don más grande que yo podría recibir".

De este modo, José está bendecido por Dios. Y es un matrimonio, un verdadero matrimonio el que recibe a Jesús. No es una mujer con un escolta, gon un guardaespaldas; es una mujer casada con un hombre casado.

Hablando en términos de las vidas de los vírgenes, esto es hermosísimo, porque cuando José y María descubren el misterio de fecundidad que Dios concede a la unión de ellos, la unión de dos vírgenes, cuando José descubre eso, entonces mira en Jesús la plenitd, podríamos decir, el fruto del amor.

O dicho de manera un poco más fuerte, la intimidad de José no queda reprimida, no queda mutilada, no queda frenada, sino que queda bendecida, queda plenificada.

A mí me parece que un hombre que siente que lo íntimo de su amor de hombre y de su deseo de paternidad ha sido colmado por Dios, es un hombre que siente una inmensa paz, una inmensa serenidad en la expresión de su ternura para la mujer que ama. Y creo que desde esa paz, y desde esa ternura, y desde esa sensación de ser bendecido como nadie ha sido bendecido, es mucho más comprensible la virginidad posterior al nacimiento de Cristo.

Es algo parecido a los que sucede con las parejas después de unos años. Después de unos años, y despúes de conocerse, y de conocerse en la intimdad, y de tener hijos, no es que no tengan la posibilidad de una relación íntima, pero indudablemente hay otros lenguajes que ya les atraen más, lenguajes sencillos, lenguajes tiernos, lenguajes que no reclaman necesariamente esta intimidad física.

Porque es que la intimidad física tampoco es la máxima expresión de unión entre las personas.

De modo que es algo así lo que sucede entre José y María. Aquellos que han sido bendecidos, plenificados, colmados por encima de toda medida; aquellos que han sentido que su amor ha sido elevado a una potencia infinita, a un regalo maravilloso; aquellos que sienten que Dios mismo ha tomado lo que ellos son y la manera como se aman para hacerlos fecundos, esos sienten que su intimidad ha quedado más que saciada.

Y desde esa intimidad más que saciada, la absoluta, la perfecta castidad, la perfecta virginidad, no sólo es requerida por la pureza de la Virgen, o todo lo que queramos decir, sino que es la expresión natural, tan natural como las parejas, repito, que uno conoce y que, aunque podrían tener muchas relaciones íntimas, encuentran muchos otros lenguajes en los que se comunican y se dan inmenso amor.

El hecho de que José y María fueran jóvenes, hace esto un poco menos verosímil. Pero sólo menos verosímil para quien no conozca lo que significa la potencia de la bendición de Dios. Porque quien conozca un poco del tamaño de amor que Dios puede hacer experimentar, las cosas resultan mucho más creíbles.

Por eso decía Catalina de Siena, refiriéndose precisamente al don virginal, decía: "Si aquellos que viven envueltos en tantas impurezas, pudieran probar la miel de esta pureza, por gusto dejarían su pecado". Es que esa virginidad fecunda tiene la dulzura que el Espíritu Santo hace experimentar, por ejemplo, aquí, a Mará y a José.

Y desde esa dulzura no sólo es posible sino que en cierto modo es natural renunciar a lo otro. Y no renunciar desde la fuerza, desde una prohibición externa, sino renunciar desde un corazón que es libre y que sólo tien para Dios una agradecimiento infinito.

Así es como yo me atrevo a imaginar esta relación. Y creo que desde esa bendición, desde esa alegría sin límites, desde esa gratitud infinita, José siente que lo que él tiene es mucho más que lo que tuvo el Rey David; y siente que lo que él tiene es mucho más que lo que tiene el Rey Herodes, y mucho más que lo que tiene el César, el Emperador.

José siente que tiene mucho más, José siente que ha sido colmado, José siente que su ser de hombre, de esposo y de padre, ha alcanzado plenitud. Y desde ese amor se regala, se confía a la palabra del Ángel.¡Por Dios, no es un peón cumpliendo órdenes, no es un siervo siguiendo instrucciones, es un hombre amado por Dios, es un hombre bendecido, alegre en su virilidad, en su masculinidad!

¡Es un hombre feliz con lo que Dios ha hecho por él, que da su confianza, que da, podríamos decir, su alma a esa palabra del Ángel, y desde ahí dice: "Este es el camino que Dios, que me ama tanto, me ha marcado". Y por eso, cuando se despertó, hizo lo que le había mandado el Ángel, y se llevó gozoso a su mujer; se llevó feliz a ese tesoro, porque el amor de ellos había sido bendecido, había sido plenificado con la acción del Espíritu Santo.

Sigamos nuestra celebración. El Jesús que vamos a recibir en la Eucaristía, es el Jesús que produce estos gozos, es el Jesús que trae estas alegrías. ¡Llevamos a veces vidas tan opacas, tan llenas de bruma, tan faltas de gozo, tan escasas en la gratitud, tan mezquinas en la alabanza!

Los personajes que intervienen en esta lectura, son los mismos personajes que intervienen en este altar; es el mismo Espíritu Santo, es el mismo Jesús; y sabemos, por aquello de la comunión de los santos, que María y José comulgan, y sabemos que María y José acompañan, con su mirada y con su intercesión cada Eucaristía. De hecho, los invocamos al recibir a Jesús, a nuestro Santísimo Señor Jesucristo, hoy.

Yo creo que podemos atrevernos a decir, -yo, por ejmplo, como hombre, tengo que aprovechar este evangelio al máximo-; como hombre, yo tengo que decirle a ese Jesús: "Déjame experimentar de esa alegría fecunda, dulce que tú le diste a la virginidad de José"; tengo que decirle eso a Jesús, porque eso es lo que puede hacer que mi manera de amar se parezca, ojalá se parezca mucho, a la manera de amar de José.

Y creo que esa es una escuela para toda persona consagrada, para todo hombre consagrado. Y creo que de la misma manera, todos debemos pedirle a Jesús que nos deje experimentar eso hoy, pero sobre todo en esta Navidad, que nos deje experimentar eso, que nos deje vivir eso, para que haya más luz, para que la obedencia no se obediencia de peones y de siervos; no somos esclavos bajo el yugo de la ley.

Para que nuestra obediencia a las observancias, a las Constituciones, al Derecho Canónico, o a los Mandamientos; para que nuestras obediencias no sean externas, no sean cargas, sino sean obediencias ágiles, gozosas y agradecidas como la de José.

Amén.