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Fecha: 19991218

Título: Cristo no vino a arreglarnos los problemas

Original en audio: 23 min. 19 seg.


Hermanos Míos:

El pueblo de Israel recordaba como la más grande de las obras de Dios la liberación de Egipto, porque Faraón era el rey poderoso por excelencia y además de su fuerza política o militar, era hombre que se apoyaba en las artes de la magia, de la brujería.

Que Dios hubiera sacado a su pueblo de la mano del Faraón estaba indicando que Dios era el más fuerte, que era el más fuerte que todos los reinos y era más astuto que todas las artes, que todos los embrujos o encantamientos que pretendieran los asesores o consejeros del Faraón.

Por eso, la obra grande fue siempre la obra de la liberación de Egipto, y por eso la fiesta más grande del pueblo judío, incluso de quienes son judíos en nuestros días, es la fiesta de la Pascua. ¡El Señor manifestó su grandeza, el Señor nos eligió, el Señor nos salvó, el Señor nos liberó!

Pero el profeta Jeremías, que a veces parece un caso patológico de la psiquiatría por tantas tristezas que abruman su alma, por tantas persecuciones que padece, por esa misión tan extraña que Dios le puso de ser contradictor de todo el mundo.

El profeta Jeremías que a menudo parece sombrío, hoy tiene para nosotros palabras de incalculable esperanza: "Llegan días en que suscitaré a David un vástago legítimo, en sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y será tan grande la obra de ese Rey que está por venir, que va a ser una obra más grande que la Pascua que conocían esos israelitas" Jeremías 23,5.

Por eso dice Jeremías: "Ya no se dirá: "Vive el Señor que sacó a los israelitas de Egipto, sino vive el Señor que sacó a la raza de Israel del País del norte y de los países a donde los expulsó" Jeremías 23,5-8. De aquí podemos tomar una primera enseñanza para nosotros.

Los israelitas se habían quedado mirando hacia el pasado, hacia esa Pascua gloriosa. Por ejemplo, en el libro de los Jueces, oímos a Gedeón que se queja y dice: "¿Pero no dicen que el Señor hizo unas proezas tan grandes, y ahora en qué situación estamos oprimidos por los madianitas?" Jueces 6,13.

Jeremías invita al pueblo a buscar la obra de Dios adelante, en el futuro, en lo que va a suceder.

En cada uno de nosotros ha habido una experiencia de Dios, seguramente muy hermosa, hemos sentido la liberación de Dios, la sanación de Dios, el perdón de Dios.

¡Cuidado con quedarse mirando sólo al pasado! ¡Qué bellos esos tiempos cuando nos convertimos, qué hermosura cuando toda la gente en esos grupos que hacíamos, en esas vigilias que hacíamos, en esas misiones que hacíamos, en esos cánticos que cantábamos y en esas danzas que danzábamos, qué bonito era ese tiempo!". Esa manera de hablar es contraria a la de la Escritura.

¿Qué ha hecho Dios por ti? ¡Dios me liberó de una manera espectacular! Pues mira, lo que Dios haya hecho por ti es una montaña a la que tienes que subirte, y hasta donde alcances a mirar, eso es lo que Dios te promete todavía.

La manera de matar la fe es quedarse mirando al pasado: "¡Ay yo me acuerdo de ese tiempo de la conversión, me acuerdo todo lo que nosotros hacíamos, teníamos unas obras de caridad tan bonitas, tan interesantes, pero todo eso ya se acabó, ya no quedó piedra sobre piedra, ya no evangelizamos ni al celador de la cuadra, ya no estamos sirviendo para nada!"

"¿Te acuerdas esos dones espectaculares, esas profecías con poder que hacía el Señor? Ya nos desafinamos hasta arriando ganado, ya todo se acabó!" Jeremías que a veces parece de temperamento depresivo, hoy nos invita a ir más allá.

¡Qué ha hecho Dios por ti! Lo que Dios haya hecho por ti, es apenas el mirador para que tú supongas, imagines lo que Dios va a hacer. Y San Pablo en la Carta a los Efesios dice: "Y lo que Dios va a hacer está más allá de lo que tú te imaginas" Carta a los Efesios 3,20. Ése sí es el pensamiento de la Escritura.

Y vivir el Adviento es eso. El Adviento no es un tiempo de nostalgia, para uno darle vueltas al corazón y decir, como se intitulaba un disco, un long play, yo creo que esta generación ya ni conoce los long play de esos de larga duración, esos de 33 1/3, "¡Aquéllos Diciembres!" Para acordarse uno, "¡ay sí, tan bonito!, eso es mágico –y utilice la palabra mágico porque no tiene nada de fe sino de magia-, eso es mágico para destruir el amor.

Es lo mismo que cuando una pareja se pone a recordar: "-¿Te acuerdas cuando éramos novios, todo lo que tú hacías por mí? ¿Cómo tú, por lograr un permiso para que me dejaran ir a cine, ¿te acuerdas esa vez que casi le lloras a mi papá? "-Sí, sí me acuerdo". "-¿Y ahora que estamos aquí por qué no me sacas ni a la esquina?"'.

¡Esa es la manera de destruir el amor, y esas son las discusiones más estériles de las parejas! "Yo me acuerdo que tú tenías ese cuerpo escultural, tú eras como una escultura griega", le dice ella a él; y él le responde: "-Bueno pero, de acuerdo con mis cuentas, hay por lo menos unos dieciocho kilos con los que no estoy legalmente casado". Esas discusiones son la muerte del amor.

Hay un dicho que dice: "¡Para atrás ni para coger impulso!" Nosotros cristianos lo que tenemos que decir es: "Nosotros sí miramos atrás, ciertamente, porque la Biblia nos invita a mirar hacia atrás, por ejemplo en el Apocalipsis: "Mira de dónde has caído" Apocalipsis 2,5.

Claro que sí, uno tiene que mirar hacia atrás pero para hacer de esas glorias del pasado, el estrado, el balcón para mirar más allá, lo más grande, lo que Dios promete. Lo que Dios tiene para ti es más grande.

Decía un pensador: "Ningún hombre verdaderamente sabio ha querido nunca ser más joven". El que ama la sabiduría, -y algo de eso se parece al que ama la santidad y ama a Dios, no quiere ser más joven-, ¿por qué? Porque no quiere devolverse, no tiene interés en devolverse, quiere avanzar, ir más allá, qué sigue después, que va después.

En alguno de los "Verbos para Vivir, recuerdo haber predicado expresamente sobre eso: la nostalgia no es cristiana.

Añorar cómo era el grupo, y cómo nos comprendíamos, y cómo en esa época todos nos perdonábamos, y el Espíritu Santo abundaba por todas partes, ése uso repetitivo de lo que en gramática se llama el pretérito imperfecto, sentíamos, pensábamos, cantábamos, bailábamos, sufríamos y alabábamos, sirve sólo para destruir el amor.

El verdadero uso nuestro es: "Esto hizo Dios en mi vida y el que hizo eso, obras más grandes me promete, realidades más grandes, promesas y regalos mayores, porque Dios no vino a mi vida para arreglarme mi vida, sino para llevarme con Él. Esta es una realidad que la mayor parte de los protestantes la tienen muy clara y la predican muy bien, y la mayor parte de los católicos la tenemos muy confusa y la predicamos muy mal.

Dios no vino a mi vida para arreglarla solamente, vino principalmente para recogerme y llevarme con Él. Esto se ve muy bien en el sacramento que estamos celebrando, el de la Eucaristía.

Cuando las personas meditan en el sacramento de la Eucaristía casi siempre lo que piensan es: "Y es verdad, ¡qué maravilla, Dios viene a este pan, Dios en medio de nosotros, Dios con nosotros!, todo eso es cierto, ¿pero para qué sucede esto? ¿Por qué sucede? Porque nos ama, sí, ¿pero cuál es la finalidad de esto? La finalidad de eso es: para que comiendo nosotros de ese Pan, tengamos nosotros alimento para el camino.

La Eucaristía es banquete pero también es fiambre –no tengan miedo decirlo- es fiambre para soportar el camino, para aguantar el camino alimentándonos del Dios verdadero hasta llegar hasta donde Él está. Él vino para que yo me fuera, esa es la realidad más profunda de la Eucaristía. ¿Por qué hay que destacar esta enseñanza? Porque si uno se queda pensando: "Dios vino para arreglarme la vida", uno se vuelve un niño mimado, consentido, caprichoso.

¿Y en qué consiste el niño mimado, consentido, caprichoso? Es el niño que siente: "Puesto que me han dado todo esto, me tienen que seguir dando." ¿Qué les sucede a las personas cuando miran a Dios de esta manera? Les sucede esto: "¡El Señor hace veinte años me sanó de una enfermedad, y esa fue mi conversión, ahí descubrí a Dios! Ahora resulta que mi hijo se enfermó de lo mismo, voy a rogarle a Dios para que lo sane".

Empieza a rogarle a Dios: "-Señor, que se sane mi hijo, que se sane mi hijo; te alabo con poder, tú eres el Señor, tú todo lo puedes, tú vas a sanar, tú tienes que sanar a mi hijo, ¡cuidado con no sanar a mi hijo!" Resulta que el muchacho, después de tres convulsiones terribles, murió. ¿En dónde queda la fe de esa persona? Y ahora, ¿quién podrá defenderme? ¡El Señor Dios no ha contestado a mi súplica".

Otro ejemplo: yo tenía un resentimiento terrible contra una profesora del colegio; era una profesora que me humillaba porque era racista y yo era un negro chocolate para ella. Por eso tuve un resentimiento terrible con ella, pero Dios en un congreso me sanó y yo quedé sano, liberado de ese odio. Ya no tengo ese odio.

Tengo en cambio, una cuñada que me hace la vida imposible; todo lo que yo hago siempre tiene algún pero, siempre. ¡Qué problema invitar a esa señora a la casa! Llega la hora de la comida, se sirve, por ejemplo, una lasañita, "-¡ay, tan rico que es esto un poquito más caliente, ¡Ayyy!"

Todo tiene problema, todo tiene pero, ¡no la soporto, la mastico y la mastico pero no la paso! Un día esa persona hace un retiro espiritual y dice: "Señor, tú que me sanaste del terrible trauma de esa profesora que me odiaba, me excluía y me humillaba, ¿tú no puedes ayudarme con este problema de la cuñada? Ayúdame, Señor, con el problema de la cuñada. ¡Quién inventaría a las cuñadas! Ayúdame, Señor, alguna cosa, como decía un amigo mío, "tanto infarto que anda por ahí suelto"; ¡Ayúdame, Señor!"

La persona que cree que Dios le va a arreglar la vida, no tiene una respuesta a este tipo de problemas. "¿Y por qué a mí no se me curan ciertas enfermedades? ¿Por qué hay ciertas tentaciones recurrentes que no son las peores del mundo pero no las logro superar? Por eso decía un autor de vida espiritual: "A todo se acostumbra uno menos a madrugar".

Porque hay cosas que no se logran de ninguna manera, porque hay defectos que cuestan tanto trabajo, porque hay heridas que son menores pero están ahí, ahí, -y el negro ahí-, y no se arregla el problema. ¿Por qué pasa eso? Repito, si usted estaba pensando que Dios vino para arreglarle esta vida, se equivocó, hermano, se equivocó de religión, se equivocó de Iglesia, se equivocó de Biblia y se equivocó de Cristo.

Cristo no vino a eso, Cristo no vino a arreglar esta vida. Estimo, con toda la sencillez y con todo cariño, que esta predicación es de inmensa importancia porque mucha gente cree que Cristo vino a arreglar esta vida y no es cierto, además una vida que estuviera perfectamente arreglada también tendría el problema de que se muere.

Había un ateo que se burlaba porque en cierta iglesia se celebraban Misas de las que llaman de sanación, una Misa con oración especial por los enfermos. Y un día se encontró un cartelito que decía: "El padre fulanito de tal no puede hoy presidir la Misa de sanación porque está muy enfermo." También los del carisma de sanación se enferman y se mueren.

Dios no vino a esta vida a arreglarla. "¡Ahhh pero él curo a los ciegos, resucitó a los muertos, levantó a los paralíticos!", sí, pero eso no es arreglar esta vida. Por ejemplo, el caso de Lázaro.

Resucitadito, hermano, resucitadito de entre los muertos; ¿y qué nos dice el Evangelista Juan? Antes de que se acabe ese capítulo dice: "Y algunos judíos que fueron allá creyeron en Jesús y otros pensaron que había que matar a Jesús" San Juan 11,45-53, y rematar a Lázaro. Había que matar otra vez a Lázaro.

Los milagros de Cristo, esa es la gran diferencia entre el evangelio y un libro que se llama "Un Curso de Milagros", que ahora se difunde por aquí como por todo el mundo; es la diferencia entre Cristo y Deepak Chopra; es la diferencia entre Cristo y los métodos de superación personal; es la diferencia entre Cristo y la dieta de las proteínas, y cualquier otra cosa que se asemeje, la avena o lo que sea.

Resulta que Cristo cuando viene a nuestra vida y hace señales como es curar a los ciegos y quitarle los resentimientos, como ese que se tenía a la profesora de primaria. Cristo cuando llega a mi vida a eso, no viene a resolverme la vida, no; viene a darme una señal.

Los milagros de Cristo, la vida de Cristo, la Carne de Cristo, la presencia Eucarística misma, son fundamentalmente señales, verdaderas señales, señales reales que apuntan hacia una plenitud que está más allá de esta historia.

Por eso nosotros no podemos coger las obras que Dios ya ha hecho y convertirlas en ídolos, ni siquiera la Pascua de Egipto, ni el retorno de Babilonia, ni siquiera eso. Bueno, ¿y en cuanto a la Pascua de Jesús, la resurrección de Cristo de entre los muertos? Depende.

Si lo miramos como un acontecimiento que queda en el pasado, así no nos sirve, es un ídolo que no salva; si lo miramos como esperanza cierta de plenitud de salvación para nosotros, esa sí es nuestra fe.

Poniendo en orden estas ideas, más allá de las anécdotas, ¿qué es lo que estamos diciendo? Todo lo que Dios nos da no es para arreglarnos esta vida; en esta vida siempre habrá problemas y problemas que escapan a nuestras soluciones, que escapan al ámbito de lo que nosotros podemos, de lo que podemos controlar, siempre habrá eso.

El hecho mismo de morir, aunque fuera solamente eso, y la vejez nos espera, a algunos ya dentro de poquito, la enfermedad, los accidentes, las contradicciones, las calumnias..., ¿por qué predicamos un evangelio irreal, un evangelio como que Cristo llegó a arreglarme la vida?

¡No, señor! ¡Cristo llegó a mi vida, puerca, sucia y pecadora, para lavar, sí, para sanar también, y para dar señales de una plenitud que está más allá de todo lo que yo alcanzaré a vivir en esta tierra, a eso vino Jesucristo!

Pero nadie piense que la vida en Cristo le va a arreglar todos los problemas, y usted va a tener entonces todo lo que anhela en su corazón. La vida cristiana es una vida en peregrinación, tenemos a Dios con nosotros, nos lo ha dicho el evangelio de hoy, pero esa presencia de Dios con nosotros, ¿qué significa? Que nosotros nos vamos con Él.

Los milagros de Cristo, las sanaciones de Cristo, la reconciliación que nos da, el perdón que Cristo nos ofrece, todo, absolutamente todo tiene una finalidad: que nosotros podamos poner toda nuestra esperanza en Él, que estemos absolutamente fascinados por Él y tengamos toda nuestra fe en Él, para que Él lleve a plenitud su obra.

La plenitud de su obra no es un mundo marchando al derecho porque hay cosas en el mundo que no van a marchar al derecho, este sería el tema de otra predicación.

Eso no significa que nosotros tengamos que ser unos mediocres y que dejemos que las cosas sucedan, no; hay que luchar, pero luchar sabiendo que el objetivo último de nuestra lucha no está en lo que se consigue en esta tierra, sino en esa calidad de amor, en esa calidad de santidad que nos lleva más allá de nosotros mismos hacia esa plenitud que solamente se encuentra en Él.

La manera más hermosa de resumir esto es lo que decían los antiguos Padres de la Iglesia: Él vino a mí para que yo fuera a Él. Él se hizo Hombre para que yo fuera hecho Dios.

¿Cómo así que hecho Dios? Pues sí, como dice San Pedro en su Segunda Carta: "Partícipes de su naturaleza divina" 2 Pedro 1,4. ¿Pero cuándo sucederá eso? Pues sucederá en la plenitud, más allá de esta historia.

Mis hermanos, tomemos todo lo que Dios haya hecho, por más hermoso que nos parezca, sólo como una señal, una degustación, un aperitivo de lo que Dios nos promete; nada de idolatrar el pasado, nada de quedarnos en ese pasado, nada de pretender que Dios nos resuelva todos los problemas y no tengamos angustia alguna en esta tierra.

Más bien, a través de las sanaciones así como a través de las angustias, a través de los milagros así como a través de las tentaciones, Dios va conduciendo a su pueblo, a cada uno de nosotros, hacia una esperanza cada vez mejor, hacia una fe cada vez más pura y hacia un amor cada vez más luminoso. ¡Qué hermoso es el Adviento!