V18d004a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19981218

Título: Tenemos la semilla, pero aguardamos el fruto.

Original en audio: 26 min. 20 seg.


Estamos esperando que Jesús nazca, y leemos el evangelio del nacimiento de Jesús, es que estamos esperando celebrar, un nacimiento que ya ha sucedido. Nuestra espera tiene una semejanza con la espera de los Profetas en el Antiguo Testamento, pero nuestra espera tiene también una diferencia con aquello que les tocó a aquellos y que ya no nos toca a nosotros.

Si nosotros estuviéramos esperando solamente como esperaron aquellos Profetas, nosotros no podríamos hablar del nacimiento de Cristo sino sólo en la noche de la Natividad.

Pero es que hay una diferencia, así como hay un parecido entre la esperanza de ellos y la esperanza de nosotros, y esto es lo que quiero compartir con ustedes, mis amigos, ¿en qué se parece y en qué se diferencia la esperanza del Antiguo Testamento con la que nosotros tenemos? Si nosotros sabemos que ya vino, ¿cómo es que le pedimos que venga?

Entonces fíjate, en cuanto le pedimos que venga, nos parecemos al Antiguo Testamento; en cuanto sabemos que ya vino, somos distintos de ellos.

¿Cómo es que le pedimos a Jesucristo que venga si ya vino? ¿En qué sentido? ¿De qué manera le pedimos? ¿Es que no fue suficiente esa primera venida? Pues no, no fue suficiente, así abiertamente hay que decirlo; esa primera venida no fue suficiente porque es sólo el comienzo, pero la plenitud de la obra que tuvo ese comienzo, eso es lo que nosotros aguardamos.

Entonces nosotros estamos entre el ya y el todavía no. Ya ha llegado y, sin embargo, seguimos esperando que llegue.

Ya ha llegado, porque se han decretado tiempos nuevos, porque la Encarnación del Verbo de Dios, su muerte en la Cruz, su gloriosa Resurrección y la efusión del Espíritu, todo lo cual constituye la Iglesia, es un germen finísimo, indestructible, el mismo Jesús dijo: "El poder del infierno no puede derrotar ese germen" San Mateo 16,18.

Etonces ya ha sucedido algo, ya tenemos una semilla indestructible, ya tenemos un presagio seguro, ya tenemos una primicia confiable, ya tenemos una anticipación certísima; ya eso lo tenemos, pero todavía no tenemos el fruto que nace de esa semilla, todavía no tenemos el desarrollo de ese germen, todavía no tenemos la plenitud de ese comienzo.

Entonces la Iglesia se encuentra entre el ya y el todavía no, se encuentra entre la alegría de lo que ha recibido y la súplica por lo que todavía no ha llegado; se encuentra entre la alabanza y la gratitud por lo que ve que se ha cumplido y la plegaria y la intercesión y la esperanza para aquello que todavía le hace falta.

Por eso la venida de Nuestro Señor Jesucristo no es sólo un acontecimiento en la historia. Si con la venida de Jesucristo todo hubiera quedado completo, nosotros sólo podríamos recordar el nacimiento de Cristo como el que recuerda otras fechas de la historia humana, y ahí pararía todo.

pero precisamente porque esa obra está incompleta y precisamente porque algo o alguien grita dentro de nosotros, ese es el Espíritu Santo, dice San Pablo: "Alguien gime dentro de nosotros pidiendo la plenitud que es la redención de nuestro cuerpo" Carta a los Romanos 8,9.

precisamente porque hay alguien que gime, y ese alguien es el Espíritu Santo, que se une a nuestro espíritu y ora con nosotros, porque hay ese alguien que está orando en nosotros y con nosotros, Por eso nosotros cuando miramos el nacimiento de Jesucristo, lo miramos no como algo ya sucedido sino como algo que empezó a suceder y cuyo desenlace final nos implica también a nosotros.

Es maravilloso percibir este paso del Espíritu, porque este gemido del Espíritu, esta súplica del Espíritu en nuestros corazones, por una parte nos hace cercanísimos a todos los patriarcas y sabios y profetas del Antiguo Testamento.

Pero por otra parte ese ruego del Espíritu Santo nos hace participar singularmente de las palabras de Jesucristo en el evangelio, concretamente, en las palabras de las bienaventuranzas: "Feliz el que tiene hambre" San Mateo 5,6; el que tiene hambre se pone en movimiento, el que está satisfecho se queda quieto.

"Feliz el que llora" San Mateo 5,5; el que llora implora consuelo, pide ayuda, el que está contento nada pide, y por consiguiente, nada recibe.

"Feliz el pobre" San Mateo 5,3; el pobre necesita salir, quiere salir de su situación, en cambio el que está contento y pleno, el que está completo, ahí se queda; el que es rico, el que está feliz, el que nunca llora, ése ya tuvo su paga, ése llegó hasta ahí.

Nosotros no somos eso, nosotros estamos en movimiento. Si nosotros sentimos el llanto, el hambre, el gemido, la súplica, sentimos también el movimiento, sentimos también que la historia se mueve en nosotros y con nosotros; ponemos la historia en movimiento y detectamos el movimiento de la historia.

Mi abuelo paterno no lo pude conocer, cuando él murió yo era muy niño entonces, y tengo apenas referencias de historias que me cuentan. Él, en su sabiduría, decía: "No hay nada más conservador que el dinero; las revoluciones se alimentan de las necesidades, es necesario sentir la necesidad".

Dicho sea de paso, esto explica por qué al pueblo siempre se le llama cuando se necesita hacer un cambio, lo que pasa es que luego no cambia la vida del pueblo, se le llama, se le convoca, se le reclama, se le enrola cuando hay que hacer un cambio.

Aquél que ya alcanzó lo suyo, aquél que está pleno y completo, ése se sació; y el que se sació, se vuelve conservador, en el sentido de que no quiere que nada cambie, en el mal sentido de la palabra.

Entonces el que ya está contento, el que ya está saciado, el que ya es rico, el que la vida le sonríe, el que ya no tiene ningún problema, ése se sale de la carretera, apaga el carro y se queda pensando en todo lo bueno que le ha ido; en cambio, este otro que siente que está incompleto, que siente que tiene hambre, que siente que está insatisfecho, ése se pondrá en movimiento.

Por eso digo, si en nosotros está el gemido del Espíritu Santo, si en nosotros está el ruego del Espíritu clamándole a Jesús que vuelva, felices nosotros porque tenemos la clave fundamental para entender el Evangelio, y sin esa clave, sin ese anhelo, sin ese sentirnos hambrientos, sin sabernos o sin reconocernos incompletos, no entendemos una palabra del Evangelio.

Le voy a dar una aplicación práctica, o es mi deseo, a estas palabras. Pensemos en lo que es el perdón a los enemigos. Si usted siente que tiene la vida tranquila y asegurada, si usted siente que no tiene problemas y de pronto resulta que en el trabajo aparece un personaje antipático que se dedica hacerle la vida aburrida a usted, y entonces se vuelve una pelea y se vuelve una tensión y se vuelve un ambiente tenso, eso se va perpetuando y eso se va enconando.

Hay veces que en las fábricas, en los trabajos en las empresas, se presenta este caso, y todo el mundo sabe que fulanito con sutanito no se pueden ni ver, se caen mal, esos son agua y aceite.

Supongamos que esas dos personas que se caen tan mal, están montadas en el mismo avión y para mayor coincidencia, como los puestos son numerados, preciso, le tocó al lado; los dos que se caen mal… revisa su boleto, "¡huy! este es mi asiento, me tocó al lado de este señor, bueno, se sienta ahí, tampoco le voy a dar el gusto de hacerle mala cara y buscar otro puesto; aquí me asignaron y aquí me siento".

Va el avión en vuelo y resulta que se presenta una lamentable emergencia y el piloto avisa que hay fuego en las turbinas, que han intentado todos los mecanismos, que han tratado por todos los caminos y que no hay nada que hacer, es decir, la situación es: el avión se viene a tierra, esa es la situación.

Ese cuadro actualizado, como lo estoy haciendo, al siglo veinte o casi al siglo veintiuno, ese cuadro lo describe Jesucristo. Él dice: "Si tú vas de camino con tu adversario, procura ponerte de acuerdo con él antes de que lleguen al final, antes de que lleguen a la ciudad, antes de que lleguen a donde tienen que ir, porque si no, de pronto te denuncian y de pronto de meten a la cárcel" San Mateo 5,25.

Una cosa es tener uno un problema con otra persona, cuando uno siente que la vida está tranquila y que mi único estorbo es ese señor, y otra cosa es tener un problema con una persona cuando uno siente que el avión se nos está cayendo.

Cuando uno va en el avión que está a pique y uno sabe que quedan unos dos o tres minutos de vida, en ese momento y en esa angustia, qué importan todas las malas caras que yo le haya hecho a este señor o que él me haya hecho a mí; qué importan todas las antipatías, si él me saludó, si no me saludó.

Qué importa eso para aquél que tiene afán, para aquél que reconoce el final, para aquél que tiene los ojos abiertos y sabe la situación en la que se encuentra; ese tipo de problemas quedan mucho más sencillos cuando ya falta un minuto para estrellarse y desaparecer de la faz de la tierra.

Uno de esos señores se le ocurre decirle al otro, en esta angustia tan salvaje: "Yo me he dado cuenta de que lo he tratado muy mal a usted, no me quiero ir al otro mundo con esa angustia, perdóneme".

Yo estoy seguro que esa angustia le hace hablar a uno, yo estoy seguro de que esa misma angustia produce el perdón de la otra persona. Para perdonar a un enemigo no hay sino que imaginarse que uno le toque de compañero de avión en el vuelo que se va a caer, ese es un método infalible.

Ahora, llevarlo a la práctica es un poco pesado, pero es un método que le ayuda a uno entender cómo muchas de las cosas que nos parecen tan importantes, no son tan importantes, no lo son.

Entonces fíjate, Jesús dice en el evangelio, "Amad a vuestros enemigos"; "orad por los que os persiguen"; "rezad por los que os maldicen" San Lucas 6,27.

Mientras uno está cómodo y tranquilo en esta vida y no tiene ningún afán y no le parece que esté pasando nada, uno dice: "¡Tan difícil el Evangelio!” ¿Cómo hará uno para perdonar a los enemigos? Complicadas esas palabras de Jesucristo.

Cuando llega el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, cuando ese Espíritu habita en nosotros y nos trae el ansia, el hambre, el afán de Dios, uno está tan atraído, uno está tan subyugado por los intereses de Dios, uno siente que es tan grave lo que está pasando en la tierra y uno siente que es tanto lo que hay que hacer, que las buenas o malas caras, que los problemas, que los insultos y que cualquier cosa de la vida pasada ya no importan.

Lo que dificulta el perdón no es el tamaño de la herida, no; es el tamaño del recuerdo y el tamaño de la importancia que uno le de al recuerdo, eso es lo que dificulta el perdón. Las cosas más difíciles, yo estoy seguro de que ese señor metido en ese avión a un minuto de destrozarse contra la tierra, es capaz de perdonarlas.

No le estoy deseando eso a usted ni me lo estoy deseando a mí, de ninguna manera, que Dios disponga de nosotros. Lo que quiero decir es que cuando uno siente la urgencia del momento, uno entiende también el Evangelio.

Si el Espíritu Santo llega a nosotros con ese gemido del que habló San Pablo, ese gemido, ese dolor, esa angustia, esa pasión, yo no sé qué palabra utilizar, si el Espíritu Santo llega a nosotros e incendia nuestros corazones con el anhelo del Reino de Dios, mira, las demás cosas pasan a segundo, tercero o quinto plano.

Jesús no era de piedra, Jesús no tenía un corazón de palo, Jesús era una persona supremamente inteligente, increíblemente sensible, así como te lo estoy diciendo, porque toda persona que tiene mucho amor, tiene también mucha sensibilidad, pregúntale a una mamá por ejemplo, cuánto le duelen los desaires de los hijos, cuánto le duele a una mamá.

La cosa más sencilla: ese servir, por ejemplo, el alimento al esposo, a los hijos y tener que ver la cara de desprecio, que hecha por tierra todo el esfuerzo y todo el cariño de ella.

El que más ama, más sufre, esa es una ley de la vida; el que ama se vuelve sensible, el que se vuelve sensible sufre, luego, si Jesús está repleto de amor y está colmado de amor, Jesús está lleno de sensibilidad. A Jesús las cosas le duelen, le duelen muchísimo.

¡Cuántas ofensas recibió Jesucristo no solamente en el momento de la Pasión y de los azotes y de Pilato y de todo aquello, cuántas ofensas recibió Jesucristo, cuántos dolores, cuántos desaires, cuántas ingratitudes en toda la vida!

pero cuando Jesús nos dice que hay que amar a los enemigos, lo dice porque es un corazón que tiene prisa, porque es un corazón que está en la espera de la llegada del Reino, porque es un corazón que está fascinado por el futuro, que está atraído por lo que va a suceder.

Una persona así puede vivir el Evangelio, una persona que no esté así siempre tendrá los ojos en: “si me quiere”, “si me aceptan”, “si se puede trabajar conmigo”, "si soy importante", “si me hace caso”, “si no me hacen caso”; y a uno se le va la vida en eso, en estar pendiente si los amigos, si los enemigos, si no los enemigos.

Amigos, repasemos entonces el contenido, la enseñanza que hemos querido recibir en este día. Hemos dicho que nuestra esperanza se parece a la del Antiguo Testamento, pero que también es distinta.

Se parece porque seguimos aguardando la plenitud de la obra de Dios, pero no se parece, es distinta porque nosotros tenemos lo que ellos no tenían: un gérmen firmísimo de salvación que está precisamente en Jesús, en su Carne glorificada, en su victoria definitiva sobre el pecado, Satanás y la muerte.

Hemos dicho también que entonces nosotros, a pesar de esa certeza de lo que ya ha sucedido o precisamente por esa certeza de lo que ya ha sucedido, nosotros estamos como en vilo, estamos como en esperanza, estamos en tensión hacia el futuro; y hemos dicho bienaventurada esa tensión, bienaventurada esa pobreza, bienaventurada esa hambre que hace que nos movamos, que hace que no podamos parquearnos en la carretera de la vida.

Bienaventurada esa hambre. Aunque uno de alguna manera el cuerpo le pide una vida tranquila, una vida sin problemas, pero qué tal que Dios escuchara esos ruegos y nos diera una vida tan tranquila, tan tranquila que apagáramos el carro y nos estacionáramos en el camino de la vida, esa sí sería una desgracia, porque nos perderíamos todo lo que sigue de ahí en adelante.

Por eso Dios en su providencia, a cada persona le va dando los aguijones, los problemas, los dolores, las enfermedades, los accidentes, las tentaciones, los enemigos, las injusticias, las cárceles, las depresiones, las incredulidades, los ataques del demonio, lo que sea.

Dios conoce todo, Dios lo sabe todo y Dios no quiere que tú te detengas, por nada del mundo quiere que tú te detengas, porque tiene reservadas para ti las delicias del final del camino.

Cuando esa obra, que empezó en el nacimiento humilde de Jesucristo, alcance su plenitud, Dios no quiere que te pierdas eso; entonces nuestra naturaleza es cobarde, no queremos sufrir, no queremos tener problemas, quisiéramos tener salud, juventud inteligencia, buenos amigos, buena familia, estabilidad económica, ¿y si nos falta algo de eso? De pronto, como algunas personas, renegamos contra Dios.

Yo oí a un señor desesperado, que decía: "Pero si yo no le pido tanto, lo que le estoy pidiendo es un poco de paz, un poco de tranquilidad, un poco de estabilidad económica", y vociferaba, blasfemaba; iracundo el hombre.

Si Dios le pudiera responder a ese señor le diría: "Lo que tú me estás pidiendo, lo estás pidiendo en contra de ti mismo, porque si yo te diera toda esa estabilidad, toda esa paz, toda esa felicidad, todo eso, ni volverías a mirarme, ni volvías a mirar el futuro que yo tengo preparado para ti".

Y por eso Dios le respondería; “Insúltame si quieres, no eres el primero que lo hace, ¿quieres blasfemar? Blasfema entonces, irá en contra tuya; también hazlo si quieres hacerlo, pero yo no dejaré de amarte, yo no dejaré de llamarte a un futuro mejor, yo no dejaré de convocarte, ya sea con el aguijón, con las espuelas, con el azote o con los lazos del amor, eso sí lo escoges tú, esa partecita sí la escoges tú".

Cuando uno entiende esto, entonces uno dice: "Oiga, pues bienaventuradas las tribulaciones, bienaventuradas las incomodidades; ¡qué felicidad para mí que haya problemas, que haya dificultades, que haya tentaciones en mi comunidad, en mi familia en mis amigos; ¡qué felicidad para mí las incomprensiones, las dudas!"

Por una parte son retos y por otra parte es lo que me mantiene en movimiento, es lo que me mantiene siempre en camino. Ahí empieza uno a entender ese elemento fundamental de tercera generación: ¿por qué la cruz? y ¿por qué gozarse solamente en la cruz? Porque llega un punto en el que uno comprende que sólo la cruz, como Dios la dé, es garantía del cumplimiento de las promesas de Dios en la propia vida.

Entonces uno se convierte como un loco o la gente cree que es masoquista, o la gente cree que soy un tonto y que no se da cuenta de los problemas.

A mí me han dicho así, lo cual no significa que no sea un virtuoso ni soy tampoco ningún santo, pero a mí me han dicho así, "¡Ay, ¿es que usted no se da cuenta que le están haciendo eso? ¿Y es que usted no sabe lo hipócrita que es con usted fulano de tal? ¿Y es que usted cree que sus amigos?...", como tratando de sembrarle a uno cizaña.

Hombre, yo no seré el más astuto pero yo tampoco soy ningún tonto, me doy cuenta de la gran cantidad de hipocresías que tienen muchas personas y de muchas fallas y de muchas calumnias.

Ustedes no me lo están preguntando pero a mí me han calumniado de una cantidad de cosas terribles. De las más dolorosas para mí son las que tienen que ver con la Eucaristía. Hubo quien se atrevió a decir, y eso se regó en alguna parte, allá en la ciudad donde vivo, que yo era un sacerdote falso infiltrado de la masonería y no creía en la Eucaristía.

Dijeron de mí todo lo que quisieron, y uno se da cuenta de todo eso, pero uno poco a poco, sin que le dejen de doler las cosas, porque a Jesús también le dolieron sus azotes, sin que le dejen de doler las cosas, uno empieza a entender aquí está el paso de mi Dios.

Y uno empieza a sentir, cuando llegan esos dolores, tribulaciones, calumnias, tentaciones, los problemas que uno tiene por su salud por su temperamento, por su familia, por su comunidad, uno empieza a sentir: "¡Ése es Jesús!" "Por aquí anda mi Señor"; "este es Jesús llamándome, convocándome"; "este es Jesús que por una parte quiere atraerme, pero que si no voy, pues, ¡arriado, entonces empujado!; "este es Jesús que me ama, este es Jesús que quiere que yo no me detenga".

Por eso, amigos míos, la vida cristiana es un Adviento continuo; la vida cristiana es así, es una tensión continua.

Yo le pido hoy a Dios que ustedes nunca se detengan, y que si ustedes, Dios no le permita, se van a detener, que Él mande alguna abejita, una avispita, algo pequeño, yo no deseo ningún mal a ustedes, yo no quisiera que ustedes sufrieran realmente, pero sí le voy a pedir que aunque sea alguna hormiga, algo que lo despierte a usted.

Dice la Carta a los Hebreos "Si Dios nos corrige, señal de que somos hijos, si no nos corrigiera seríamos bastardos" Carta a los Hebreos 12,8; si nos corrige es que somos de los suyos, ¿qué padre no educa a su hijo?

Entonces yo le pido eso a Dios, que nosotros, a las puertas de esta Navidad, aprendamos a vivir siempre en Adviento, siempre.

Y acuérdese de mí, de aquí en adelante, cualquier problema, que el Señor tenga piedad de todos porque todos somos tan débiles, pero de aquí en adelante, cualquier problema, que nuestro primer pensamiento sea: "Este es mi Señor, este es Jesús que me está llamando, que me está convocando, que me está atrayendo, que me está guiando".

A partir de ahí se avanza hacia esa maravilla que hemos llamado tercera generación.

Dios quiera concedernos la gracia del perpetuo Adviento, la gracia de ser siempre peregrinos, para un día presenciar la plenitud de la obra que tuvo su comienzo en el pesebre.