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Fecha: 19951218

Título: Tener los ojos abiertos a las maravilla que obra Dios

Original en audio: 15 min. 48 seg.


Queridos Hermanos:

Para los israelitas el acontecimiento más grande y el más memorable, era la salida de Egipto. Porque Egipto significaba no sólo un país vecino, sino el país fuerte, soberbio, autosuficiente; además, el país del poderío de la magia, el país de los sabios.

Pero resulta que Dios, por mano de un humilde y tímido hombre llamado Moisés, había logrado sacar a su pueblo de ese país tan poderoso económicamente, tan poderoso intelectualmente y tan poderoso religiosamente, por esos vínculos, por esas relaciones con la magia.

Estará tan relacionada la magia con Egipto que todavía hoy, y lo ve uno en las calles de Bogotá, para hacerle propaganda a un saber esotérico, extraño, poderoso, se habla de la magia de Egipto.

Pero en la confrontación entre la sabiduría y la magia, y la riqueza, y la altanería de Egipto, con la humildad de Moisés, Moisés ha vencido porque Moisés ha ido en le Nombre del Señor. Y cuando Faraón ha salido a perseguir el pueblo de Dios, pues ha sucumbido arroyado por las aguas del mar Rojo.

A la vista de semejante maravilla, el pueblo de Dios tomó ese acontecimiento como su partida de nacimiento, como su partida de bautismo; porque la verdad, esas aguas del mar Rojo fueron como el bautismo del pueblo de Dios.

Y el pueblo se sintió nacido y bautizado en esa experiencia; y tomó esa referencia como identidad propia: "Nosotros somos el pueblo que Dios constituyó con su propia mano, que Dios constituyó con su propio esfuerzo, como fuerte guerrero, sacándonos del país de Egipto".

Pero fíjate que es muy fácil pasar del orgullo por las obras que Dios hace al orgullo por las obras de Dios, y de ahí al orgullo por las obras que nosotros hacemos.

Y ese caminito por el que tan fácilmente uno puede deslizarse, ese caminito lo siguió el pueblo de Israel. Comenzaron primero alegrándose de lo que Dios había hecho, luego se alegraron de ser hechura de Dios, y luego se alegraron de lo que ellos mismos hacían.

El pueblo de Dios, el pueblo de Israel, tuvo sus reyes, la mayoría de esos reyes, aunque fueran herederos de la experiencia espiritual de Egipto, ya se sentían más seguros en sus propias manos, en sus propios ejércitos y en sus alianzas políticas, y por eso sucedió o que tenía que suceder.

Dios alzó su mano del pueblo que lleva su nombre y los israelitas cayeron en manos del país del norte, de los asirios;y lugo los judíos, los del país del sur, cayeron en manos de los babilonios, con Nabucodonosor a la cabeza.

Fueron dos golpes: primero, al país del norte, un garrotazo, y cayeron víctimas y salieron desterrados allá donde los asirios; y luego, como unos casi doscientos años después, otro garrotazo, y el país del sur, Judá, salió desterrado.

De esa manera, el pueblo de Dios que había tenido su origen tan glorioso habiendo salido de las manos del Faraón, ahora caía en manos de esclavitud, en manos de los asirios primero, y de los babilonios después, de Nabucodonosor y sus secuaces después.

Pues bien, el profeta, en este oráculo que la Iglesia nos propone el día de hoy, nos invita a tomar como mayor maravilla la liberación que Dios va a hacer de su pueblo, tanto del país del norte como de Babilonia, de allá los va a sacar.

Y dice que esta va a ser una enseñanza y va a ser una maravilla tan grande, que incluso, esa primera obra de salir de Egipto, va a quedar como en la penumbra.

Yo de aquí saco una enseñanza para nuestra propia experiencia espiritual: todos nosotros hemos tenido nuestro propio Egipto. Yo creo que nuestro Egipto es esa primera conversión.

Y cuando uno ha salido de Egipto, uno no cesa de maravillarse de cómo Dios fue tan poderoso para sacarme de ese Fararón que tenía tanta riqueza y que tenía tanta sabiduría y que seguramente tenía también magia.

Porque los poderes ocultos, esos poderes de los que San Pablo dice que andan por los aires y que en últimas se refieren al demonio y sus secuaces, esos poderes ocultos también han tenido su parte en nuestra vida.

De modo que nosotros hemos tenido nuestro propio Egipto en esa primera conversión; y nosotros entonces nos quedamos mirando esa primera conversión como de la obra grande que Dios ha hecho en nosotros.

Pero también a nosotros Dios nos invita, con ese imperativo que aparece en esta y en tantas otras lecturas de Adviento, ¿cuál es el imperativo que más se repite, en la Liturgia de las horas?, sale a cada rato: "Mirad, mirad".

Adviento es un tiempo para abrir los ojos. Digámoslo en imperativo singular: "Mira, abre los ojos, no te quedes viendo sólo tu Egipto, tu primera experiencia, tu primera conversión; no creas que Dios ya hizo o que tenía que hacer y como quien dice, ya después de eso no se sigue nada más".

El profeta nos invita a que nosotros descubramos obras mayores de Dios. Hay una segunda conversión. Después de esa primera conversión, que es la conversión de la idolatría del pecado, hay una segunda conversión, que es la conversión de la fidelidad en el corazón.

Porque esa primera conversión, después de salir de Egipto, otorgó la libertad a los israelitas, pero libertad sólo exterior, en el fondo, sus corazones seguían siendo idólatras. Y ya los vemos, a poco de partir de Egipto, haciéndose con un becerro para adorar, porque la idolatría la llevaban en la sangre.

Está bien que ya sus ojos no veían ídolos, pero su corazón lo seguía buscando; esá bien que ya no ofrecían incienso a dioses muertos, pero sus manos querían todavía ofrecerlo.

Entonces se necesita esa segunda conversión, que es la que Dios en el fondo está prometiendo aquí, una segunda conversión por la cual Dios vuelve por completo nuestro corazón hacia Él. Y por eso dice el profeta que esa segunda conversión es de tal naturaleza, que deja, por decirlo así, atrás, deja en la penumbra la salida de Egipto.

¿Pero cuál es la condición para que esto suceda? Pues lo que se nos ha dicho: ""Mirad que llegan días" Jeremías 23,5; "mirad que llegan días" Jeremías 23,7, nos repite más adelante.

¿Y qué se le dice a José? "No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer". Dará a luz un hijo" San Mateo 1,20-21. Comenta el Evangelista: "Todo eso sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: "Mirad, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo" San Mateo 1,23.

Cuando uno se queda recordando el pasado, uno cierra los ojos. Cuando a uno le hablan por allá de una época, le dicen a uno: "¿Usted se acuerda cuando tenía cinco o seis años?" Muy espontáneamente uno cierra los ojos para tratar de no distraerse con lo que tiene adelante, y de evocar con la película de sus pensamientos lo que le sucedió por allá en otra época.

El Adviento es lo contrario. El Adviento no es para cerrar los ojos y quedarse uno mirando atrás. "Mirad, mira, abre tus ojos, mira lo que Dios está haciendo ahora, mira lo que promete ahora; no te quedes viendo tu primera conversión, "en los tiempos en que yo era bueno", "y los tiempos en que yo era fervoroso", "y los tiempos aquellos"; y cierre los ojos para pensar en que "yo era bueno".

¡No es así! El Adviento, por tarea hazlo, revisa tu Liturgia de las Horas, revisa los textos que la Iglesia nos ofrece en la Eucaristía; por pura curiosidad, busca cuántas veces aparece "mira, mirad", "abre tus ojos", "descubre lo que Dios está diciendo ahora".

Como modelo, como excelso modelo y Patrono de esos que abren los ojos, está José, él preside esta segunda conversión en las almas. José es el hombre, ¿qué es lo que tenía ahí? ¿Delante suyo qué tenía? Una terrible decepción, o un acontecimiento desconcertante. ¿Dudó José de María? Seguramente no; por lo que nos dice el texto del evangelio, seguramente no.

Pero tendremos que reconocer que por lo menos tiene ante sus ojos un absurdo, algo que no entiende, que no logra comprender; pero la lámpara de su alma está encendida. Y por eso, cuando una persona, óiganlo bien, cuando una persona tiene su ojo interior encendido a la luz de Dios, Dios siempre le da la respuesta.

José cerró los ojos para dormir, por algo el mensaje le viene en sueños; José cerró los ojos para dormir, ¿pero por qué el mensaje le llega en sueños? Porque había algo en José que no dormía, porque había un ojo interno, un ojo del alma en José, un ojo de fe en José que no dormía jamás; porque José era el Adviento hecho hombre, porque José era un hombre en pleno Adviento.

Y por eso, a ese José que dormía pero no dormía, Dios le habla y le explica lo que está sucediendo: "No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, lo que hay en ella viene del Espíritu Santo" San Mateo 1,20.

Fíjate en qué momento se nos habla del Espíritu Santo. Sólo para aquellos que tienen abierto el ojo del corazón, sólo para aquellos que están en Adviento, sólo para aquellos que están esperando la respuesta de Dios, dormido o despierto, Dios le dará respuesta. Para esos llega la gracia del Espíritu Santo.

"Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús; porque él salvará al pueblo de los pecados" San Mateo 1,21. Quien vive en Adviento, hace posible la salvación para las otras personas; el que no vive en Adviento, tiene los ojos cerrados para Dios y abiertos para los problemas de este mundo.

Osea que las alternativas: o quejarnos de los males del mundo, o alegrarnos de anunciar los bienes de Dios. Esa es la alternativa ante la cual nos ponen las lecturas de hoy. O te quedas quejándote de que el mundo está muy mal, o te quedas alegrándote y anunciando que Dios está muy bien, y las dos cosas son ciertas.

Tú puede quedarte dándole vueltas a que el mundo está picho, está podrido y el mundo anda muy malo, y eso es cierto, y le puedes gastar la vida a eso; pero si eres José, si eres un hombre en Adviento, si eres María, si eres una mujer en Adviento, tú descubrirás que además de decir que el mundo está muy mal, de pronto se pueden decir otras cosas, por ejemplo, se puede decir que Dios está muy bien, y que Dios salvará a su pueblo de sus pecados.

De manera que ahora demos un pasito más y dejemos que nuestra imaginación recorra lo que debió de suceder después de que José se despierta. El ojo de su corazón había estado atento, tan atento que incluso en sueños pudo mirar el misterio de Dios. Se despierta José y se encuentra con María, hay luz en los ojos de ella, hay luz, hay claridad en los ojos de él.

Ambos entienden que lo prometido, que lo anunciado por boca de los profetas, que ese Adviento que había empezado desde el mismísimo Adán, está a punto de terminarse porque ya se acerca la Navidad, porque ya se acerca el Nacimiento del Señor.

Unamos nuestros corazones a los de ellos, pongámonos también nosotros en un Adviento muy serio, y muy amoroso, y muy alegre.

Vamos a poner nuestro corazón en Adviento, vamos a tener nuestros ojos abiertos a las maravillas de Dios; no nos quedemos mirando al Egipto, ni a Siria, ni a Babilonia; vamos a mirar lo que Dios obra, lo que Dios siempre obra en nuestras vidas. "Y Él salvará al pueblo de sus pecados" San Mateo 1,21.

Como signo de esa salvación, nos otorga la Eucaristía, como signo de ese definitivo éxodo, nos regala su presencia en la Sagrada Comunión.

Pues bien, nosotros que estamos en Adviento, recibamos a este Jesús como prenda de lo que Él mismo hará por nosotros en el día de la eternidad.

Bendito sea el Señor en Adviento; gloria a Dios en Navidad.