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El Evangelio de hoy está tomado del capítulo séptimo de San Lucas. Unos discípulos de Juan se acercan donde Jesús con una pregunta que no pierde actualidad: “¿Eres tú, el que tenía que venir, o hemos de esperar a otro? (Mt 11,2-3). Esta pregunta, era propia de aquellos discípulos, era una duda que ellos tenían o esa pregunta es propia de Juan, que para ese entonces se encontraba encarcelado, Herodes lo había encarcelado. Se trata quizás de una pregunta que taladra el corazón de Juan encerrado en aquella cárcel, no tenemos elementos suficientes para responder, pero podemos creer que la fe de Juan en la persona de Jesucristo era mucho más robusta de lo que a veces pensamos, tengamos presente que fue Juan quien invitó a dos de sus discípulos a que siguieran a Cristo, según cuenta el cuarto Evangelio, la expresión que utilizó en ese momento el Bautista impacta, porque además es parte del ritual de la Santa Misa, lo que dijo Juan fue: “He ahí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Una frase que tiene su eco en la celebración eucarística, nos damos cuenta por esa expresión y por otra que dijo también el Bautista: “Conviene que Cristo crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30). Por esas expresiones podemos suponer que este gran santo, este gran profeta, este hombre de Dios no tenía dudas, pero en cambio sí le quedaban todavía discípulos, aún encarcelados sus discípulos estaban cerca de él, y en cuanto les era posible indudablemente le ofrecían alguna atención, alguna compañía, así como también querían seguir recibiendo de él alguna palabra. Lo más posible entonces es que cuando el Bautista envía a estos dos discípulos que le hagan esa pregunta a Cristo en el fondo lo que está haciendo es entregándolos como discípulos al Mesías.

La vida entera de Juan fue entregar lo suyo al Mesías, entregó su tiempo, su salud, su libertad y finalmente entregó su propia sangre, así fue como obró él, esa fue la generosidad que tuvo, por eso podemos suponer que no era que tuviera dudas él, más bien quería que desaparecieran las dudas de sus discípulos y sobre todo quería que esos discípulos se aferraran a Cristo, en cierto sentido que lo dejaran a él, a punto de extinguirse en la cárcel de Herodes, y que más bien se apegaran a Cristo el que permanece para siempre, es un acto de sublime generosidad, pero también es un acto de muy profunda sensatez, ¿De que sirve en efecto que Juan intente asegurar esos discípulos? los que todavía le quedaban, ¿De qué sirve tenerlos cerca? Siendo así que toda su misión aquello por lo que él había entregado su vida en el desierto, aquello por lo que se había puesto en peligro, aquello que lo había conducido a la cárcel, no era otra cosa sino predicar el tiempo nuevo de la redención a través del Mesías.

Es una contradicción predicar a Cristo y quitarle discípulos a Cristo. Juan no cayó en esa contradicción habiendo predicado la grandeza del Mesías, y decía: “Ni siquiera soy digno de desatarle las sandalias” (Lc 3,16). Juan predicó también que debían quedarse con Él.

El que predica a Cristo no quiera discípulos para sí, búsquelos solamente para Cristo.