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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19971216

Título: La imagen que tendemos a tener de Dios es la verdad que tenemos en nuestros corazones

Original en audio: 10 min. 29 seg.


Las lecturas de este día nos presentan dos modos de llamar Dios, o dos llamadas de Dios. La una es la llamada que recibe ese primer hijo de la parábola de Cristo, y que responde que no va, pero luego se arrepiente y va.

Y luego la otra llamada, es la del que dice que sí va, pero luego se arrepiente de ser bueno, de ser buena persona, de ser justo, deja de creerle al bien, y no va. Parece que son dos llamadas pero, como lo destaca Cristo, en relalidad es una misma llamada.

Mire, al primero le dijo: "Ve hoy a trabajar la viña" San Mateo 21,28, y dice Cristo: "Se acercó al segundo y le dijo lo mismo" San Mateo 21,30. Lo que hace distintas las llamadas, no es que Dios cambie, sino cambia la manera como uno lo mira o como uno le responde.

Esto que parece sutil, no es tanto, porque en la primera lectura aparecen también las dos llamadas: "Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora. No obedecía a la voz, no aceptaba la instrucción, no confiaba en el Señor!" Sofonías 3,1-2.

O sea que Dios estaba hablándole a esa ciudad rebelde, manchada y opresora. Pero luego queda un pueblo pobre y humilde que confiará en el nombre del Señor, no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera.

Entonces fíjate como aparecen dos respuestas que se convierten en dos llamadas. A ver cómo es este trabalenguas. Dios en realidad llama de la misma manera, pero al que no está dispuesto a obedecer, le parece excesivo lo que pide Dios, le parece sobrecargado, le parece que esa es una barrera para su libertad.

Lo que estoy tratando de decir lo afirma un profeta, tal vez Oseas: "Los caminos de Dios son rectos para los que obedecen a Dios, pero para los impíos son caminos de tropiezo" Oseas 14,9.

Para el honrado y para el ladrón la voz es la misma: "No robe"; para el honrado esa es una buena noticia: "Estoy siendo llamado a no robar"; para el ladrón esa es una mala noticia: "Ahora me están quitando mi subsistencia, me están quitando mi pasatiempo".

Uno mira a Dios de acuerdo con lo que uno es, esto es gravísimo. Porque el ladrón sólo puede mirar los mandamientos de Dios como barreras a él; el honrado mirará el llamado de Dios como su propia posibilidad de ser. Y por eso resultan dos imágenes de Dios: para el que va por el sendero del Señor, Dios es su amigo; para el otro, Dios es un obstáculo y es su enemigo.

Dos maneras, dos llamadas. Y si les preguntáramos a las personas, unos dirían: "No, ese Dios es un amargado; y si le preguntáramos al otro, diría: "Dios es mi amigo, Dios es amor, Dios es bueno". Y es el mismo Dios.

A veces esto sucede entre dos personas distintas, pero a veces le sucede a la misma persona en dos momentos distintos. Porque cuando uno está rebelde, uno siente a Dios como un obstáculo, y a la voluntad de Dios como distinta, contraria, estorbosa a la volunatad de uno.

Pero cuando uno entra en la luz, cuando uno recibe claridad, cuando uno se da cuenta de las cosas, uno dice: "No, siempre me amó, siempre me amó. Lo que me parecía exigencia desorbitada y amarga, en realidad era puro amor de Él".

Y ese es como el llamdo que tenemos en el Adviento: a recibir como esa luz nueva para que no seamos más rebeldes, para que aprendamos a decubrir la dulzura de obedecerle, la dulzura de amarle. Muchas veces las personas tienen que aprender esto con sangre y con muchísimo dolor.

En el ministerio sacerdotal lo he encontrado sobre todo en lo que atañe a la sexualidad: "-Que las relaciones extramatrimoniales no son del querer de Dios", "-¡Ah, esa moral anticuada, eso va en contra de la libertad femenina!" Eso va enconra de no sé cuántas cosas más.

Cuando la persona queda sola, marchita, vacía, con fastidio de sí misma, empieza a volver a Dios, entonces descubre: "Ah, es que lo que Dios me estaba mandando era para defenderme, no era para atacarme; el mandamiento de Dios es una defensa para mí, es una palabra a favor mío; la Ley de Dios está es a favor mío; claro, yo no lo había visto, pero me estaba era defendiendo Dios".

Y entonce se encuentra uno el caso de la muchachita que abortó, y empiece, pues, a orar pidiendo sanación, algunas o muchas veces buscar ayuda profesional para que pueda salir de su trauma, y por ahí de vez en cuando se la encuentra uno muerta en llanto porque no logra perdonarse bien a sí misma.

¿Ves? Ahí está el ejemplo clásico; el mandamiento era para defenderte a ti, no era para hundirte.

Entonces, que le cambie a uno la imagen de Dios no es que uno haga lo que uno quiere, sino que uno haga lo que Él quiere. Que Dios hiciera lo que yo quiero, aparentemente, así me cambiaría la imagen de Dios, eso sería un Dios amigo mío, porque sería un Dios compinche mío; pero no es eso lo que me cambia la imagen de Dios. Lo que tiene que cambiar no son los rasgos de Dios, sino mis ojos, ahí está la conversión.

Cuando uno se da cuenta de esto hace un descubrimiento, que algún autor francés lo decía con lágrimas en los ojos: "Un día de mi vida me di cuenta, y estallé en llanto, me dí cuenta de que Dios era inocente, que todo el tiempo me había amado, que todo lo había pensado para mi bien, pero yo no todo se lo había recibido así".

Es una misma y eterna y maravillosa misericordia la que nos llama a través del dolor, de la dicha, a través de la aflicción o del éxito, a través de la prosperidad o de la adversidad; es un mismo Dios, Él no ha cambiado ni puede cambiar; es un mismo Dios.

Que este se el gran Adviento de ese Dios verdadero, para que nosotros sepamos, que cuando parece alejarse, o cuando parece bravo, o cuando parece duro, solamente parece. Hay que aprovechar eso que Dios parece para saber cómo están los ojos de uno, no para creer que Dios es así.

Cuando Dios parezca amargo, ve a que te revisen los ojos; cuando Dios parezca excesivo, ve a que te revisen el corazón, seguro está amarrado por la concupiscencia, por la codicia, por el resentimiento, o por lo que sea.

La imagen que nosotros tenemos de Dios es, más bien, la verdad de nuestros corazones. Por eso los santos, que tienen el corazón ya sosegado, cristalino, transparente, bello, así también empiezan ya en sus corazones a contemplar a Dios tal como Él es, no tal como nosotros quisiéramos que fuera.

Con tanto amor y con tanta piedad, que nosotros también podamos decir como ese autor frances: "Hoy me di cuenta de que Dios era inocente, que todo lo pensó con amor para mi vida".