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LA GRACIA del Lunes 14 de Diciembre de 2015 Transcripción Una característica de la tercera semana de Adviento, es que nos permite acercarnos a la figura fascinante de Juan El Bautista. Lo llamamos así, “El Bautista”, por el oficio que Dios le encomendó, pero no se limitaba este gran profeta a bautizar a la gente; podemos decir que el bautismo que él realizaba a orillas del Rio Jordán, era como la culminación de un proceso que empezaba básicamente con la predicación. Juan era ante todo un predicador; mostraba la gravedad de la condición del pueblo; en la línea de otros grandes profetas, hacía ver con un lenguaje muy vivo, que nuestros pecados tienen consecuencias, y que la acumulación de esas consecuencias, terminará por destruirnos, si no nos convertimos. La predicación de Juan, quería mover la gente hacia la conversión, y eso era lo más duro de su tarea; lo de acompañar a quienes le habían escuchado, acompañarlos a las aguas del rio, esa era la parte fácil. El bautismo como tal no era tan difícil, pero llevar el corazón a esa actitud de humildad, de reconocimiento del pecado y de súplica de misericordia, eso era lo propio de Juan. Comento todo esto, porque el Evangelio de hoy nos habla precisamente, sobre ese bautismo; el texto está tomado del capítulo veintiuno de San Mateo, y el contexto es una discusión entre algunos de los jefes judíos de esa época y Nuestro Señor Jesucristo. Le preguntan a Jesús sobre su autoridad: ¿Con qué autoridad haces esto? La respuesta de Cristo, es a su vez una pregunta: ¿Con qué autoridad obró Juan? No es simplemente un escape a la difícil, a la incómoda pregunta de aquellos hombres; no es un escape, ni un simple recurso de retórica, hay algo mucho más profundo; la autoridad que hizo posible la misión de Juan, es la misma autoridad, es el mismo Dios que ha enviado a su Hijo (cf. Mt 21, 23-27). El que no reconoce el camino de la conversión, de la humildad, de la súplica de misericordia, el que no conoce esos caminos, tampoco podrá comprender los caminos de la Gracia, los caminos de Jesús, y tampoco podrá encontrar a Jesús como camino. Así, que esa misión tan dura de Juan, esa misión que quiere conmover nuestro corazón, hacerlo consciente de la gravedad del pecado, y al mismo tiempo abrirlo a la súplica confiada, porque solo Dios es grande y bueno, esa tarea es siempre necesaria. Allí donde haya evangelización, allí donde se propague la Buena Noticia, necesitamos de Juan, necesitamos de arrepentimiento, necesitamos de conversión. Evangelización sin conversión es un chiste, es algo pequeño y ridículo; la verdadera, la profunda evangelización siempre pasa por el camino de la humildad, por el camino del arrepentimiento y por el camino de la oración. Pidámosle a Juan que nos acompañe en este Adviento, y nos enseñe a preparar la llegada del Mesías.