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Fecha: 20091214

Título: Porque son muchos tus caminos," instruyeme en tus sendas, Senor"

Original en audio: 10 min. 13 seg.


El corto diálogo que tiene Nuestro Señor Jesucristo con estas autoridades judías de aquel tiempo, muestra que la acción de Dios llega de distintas maneras, y podemos decir, a través de etapas.

El mismo Dios a veces nos invita a llorar y a veces nos invita a cantar de gozo. Son acciones diferentes, como contradictorias. Pero, Dios en su sabiduría y en su Providencia, nos va llevando así por distintos caminos.

El caso es que a veces es necesario el arrepentimiento, el dolor de corazón, la contrición, las lágrimas. Mas, en otra oportunidad, es en cambio conveniente que nos alegremos, que cantemos y que celebremos, porque Dios nos ha amado.

Los caminos del Señor son múltiples, y por eso hemos escuchado en el salmo: "Enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas" (véase Salmo 25,4).

Dios tiene un sólo plan que es su amor y su salvación. No obstante, ese único plan, cuando lo vivimos, cuando entramos en él, tiene distintos aspectos, porque también el corazón humano tiene distintas facetas.

Dios se vuelve una muralla altísima, durísima, imbatible para el corazón soberbio. Dios, en cambio, se vuelve un campo dilatado, ancho y amable para el corazón humilde.

Dios se vuelve arroyo delicioso y cristalino para el que tiene sed, pero a veces el mismo Dios se vuelve como un desierto para aquel que confía solamente en sus fuerzas y que tiene que encontrar el límite de ellas antes de descubrir la riqueza del Creador.

¡Dios se manifiesta de maneras tan distintas! A veces uno tiene un gran dolor, y en ese dolor uno puede llegar hasta el punto de renegar de Dios y que Él nos libre, pero así pasa.

Sin embargo, ese gran dolor no es otra cosa sino la presencia del Señor que está invitándonos a encontrarnos con Él, a recibirle mejor.

Dios, en otras ocasiones, aparece en nuestro corazón con una profunda paz.

Él es al mismo tiempo ese cuestionamiento profundo que llega hasta a intranquilizarnos, como dice aquella canción conocida: "Jesucristo me dejó inquieto". A veces Dios llega a nuestra vida para sacudirnos, para intranquilizarnos.

Otras veces llega a nuestra vida para pacificarnos, para envolvernos y abrazarnos en su ternura.

¡Y las dos cosas las hace Dios! A veces Dios es la respuesta que uno ha estado buscando, otras veces Dios es la pregunta que uno no se esperaba.

A veces Dios aparece "vestido de majestad" (véase Salmo 93,1), como dice en varias ocasiones la Escritura; otras veces vestido de indigencia en la persona de los pobres. ¡Y es el mismo Dios!

A veces Dios parece tan sencillo y parece tan cercano como decimos en aquella canción: "Tan cerca de mí que hasta lo puedo tocar". Otras veces su infinitud, su grandeza y sus planes incomprensibles, nos hacen sentir que vive como en otra galaxia y no entendemos nada.

¿Qué actitud debe tener el corazón humano sabiendo que Dios obra de estos modos tan diferentes? Pues, la actitud nuestra ha de ser la de aquella oración que hemos repetido: "Señor, instrúyeme en tus sendas" (véase Salmo 25,4).

Como dice hermosamente aquel libro sapiencial en la Escritura: "No me des tanto que me olvide de ti, ni me quites tanto que caiga en desesperación" (véase ).

Porque, de Dios vienen ambas cosas: aquel consuelo de la victoria y aquella amargura de la derrota. Y en ambos casos es posible encontrar a Dios.

En una derrota espantosa, uno puede destruir el orgullo que lo separaba de Dios, y en una victoria glamorosa, uno puede descubrir la acción de gracias que le permite como abrazar al Padre Celestial.

Nuestra única posibilidad en este Adviento, hermanos, es repetir una y otra vez lo que dice el salmo: "Instrúyeme en tus sendas" (véase Salmo 25,4).

Que cuando llegue lo bueno, yo sepa agradecer. Que cuando llegue lo malo, yo sepa esperar. Que cuando llegue la soledad, disfrute tu compañía, Señor, y cuando esté con muchas personas, en todas vea una huella de tu presencia.

Cuando las cosas me salgan bien, que yo te dé la honra a ti, Señor, y si las cosas salen mal, que sepa humildemente reconocer mis limitaciones.

Que cuando algo malo acontezca a mi prójimo, yo sepa tener al mismo tiempo compasión para socorrerlo, y sabiduría para aprender de errores ajenos. Cuando algo bueno suceda a mi prójimo, que yo sepa tener al mismo tiempo la sencillez de corazón para aplaudir el bien, y la sabiduría para aprender de lo que estuvo bien hecho.

"Instrúyeme en tus sendas, Señor" (véase Salmo 25,4), porque son muchos tus caminos.

En el Adviento nosotros estamos aguardando la llegada del Señor. Pero, ¡cuidado! Él puede venir por distintas puertas, Él puede venir por distintos caminos.

Mal haríamos esperándolo únicamente por un camino. Y éso es lo que hacemos cuando nos obstinamos en una sóla petición. Por ejemplo, cuando le decimos a Dios: "Quiero que sanes a tal persona. ¡Quiero que la sanes! ¡Quiero que la sanes! ¡Quiero que la sanes!"

Es como manifestándole a Dios: "Tienes que entrar por esa puerta, y si no haces éso, no voy a recibirte".

¡Qué grave error! Ninguno de nosotros tiene autoridad para decirle al Rey de la gloria por cuál puerta tiene que entrar. Nosotros no somos dueños de Dios: Él es Dueño de nosotros. Nosotros no somos señores del Altísimo: el Altísimo es el Señor de todos.

Así que el corazón en Adviento tiene que estar abierto a todas las posibilidades. El corazón en Adviento tiene que saber que las puertas son muchas, las posibilidades son muchas, y por éso, las equivocaciones también son muchas.

Tenemos que tener así el corazón abierto, dilatado y amoroso, para que Dios, cualquiera que sea la puerta que utilice, cualquiera sea el camino por el que venga, nos encuentre. Éso es lo propio del que está verdaderamente prendado de Dios, del que está verdaderamente enamorado de Dios.

Aprendamos, mis hermanos, de nuestros jóvenes, nuestros adolescentes de hoy en día que se comunican por muchos caminos y tienen todas las puertas abiertas a sus amigos.

Tienen el teléfono encendido, pero están dispuestos también a recibir un mensaje de texto. Saben que el correo del amigo puede llegar por correo electrónico, o puede llegar por un correo interno de Facebook, o puede llegar por mensajería instantánea: estos nuevos sistemas que existen para chatear en el computador.

Y el buen amigo tiene todas las puertas abiertas para su amigo, porque no sabe si el otro va a iniciar una conversación, un chat, o no sabe si va a recibir un correo electrónico, si va a sonar el teléfono de la casa, o va a llegar un mensaje de texto; si va a llegar una llamada al celular, o si acaso tocará a la puerta.

Y todo está abierto, porque el amigo va a venir. Así tenemos que ser con Jesucristo.

"Jesús, todas mis puertas están abiertas, porque Tú has de venir".