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¡Cuántas personas hay que dicen: "No les creo a esos curas"! Y se paralizan, se congelan en su fe por un mal que les hizo un sacerdote, por un mal que les hizo un religioso. ¡Se paralizan!
 
¡Cuántas personas hay que dicen: "No les creo a esos curas"! Y se paralizan, se congelan en su fe por un mal que les hizo un sacerdote, por un mal que les hizo un religioso. ¡Se paralizan!
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¡Cuántas personas se frenan en su fe porque sienten que Dios no los escuchó! "Teníamos una enfermedad muy grave de mi papá, de mi mamá o de un hijo. Dios parece que no nos escuchó. Yo no vuelvo a rezar". ¡Se paralizan! Son paralíticos, están congelados en su fe.
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Personas con necesidades económicas: "Dios no me oye", dicen. "Estoy en una gran necesidad y Dios no me oye. ¡Qué cuento de rezar!" Se paralizan.
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Otras personas, en cambio, fascinadas, seducidas por los ídolos de este mundo, huyen miedosos de la mirada de Dios, porque saben que están en mala conciencia.
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¡Son paralíticos! Estas personas las tenemos en nuestra casa, en nuestras familias, están en nuestro vecindario.
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Si no por otra razón, hay veces que uno también se paraliza por cansancio. Existe una palabra bien rara, poco conocida que se llama "acedia". La acedia es una especie de profunda pereza espiritual, como una especie de tedio, cansancio. No dan ganas de orar, no dan ganas de nada.

Revisión del 18:10 27 oct 2010

Fecha: 20091207

Título: Llevemos a los pies de Cristo al que se paraliza

Original en audio: 9 min. 43 seg.


Bueno, mis hermanos, estamos empezando la segunda semana de Adviento y creo que ya entendemos cómo es la mecánica, cuál es el criterio de elección de las lecturas que tenemos en la Misa.

La primera lectura tomada del Antiguo Testamento expresa una necesidad, un anhelo, una promesa. El evangelio, entre tanto, muestra cómo ese anhelo, esa promesa, encuentran su plenitud y su respuesta en Jesucristo. Así funciona el Adviento.

Las lecturas de este tiempo son muy hermosas, son muy poéticas, son profundas: quieren despertar en nosotros la conciencia de las necesidades, precisamente necesidades profundas que tenemos, necesidades de ser sanados, necesidades de ponernos en movimiento, necesidad también de alegría, necesidad de alabanza, de gozo. Todas éstas son necesidades del corazón humano.

¡Qué hermosa poesía, por ejemplo, la que nos ofrece Isaías! Isaías nos acompaña un buen trecho del Adviento: es el gran profeta del Mesías, el gran profeta de la esperanza.

Y él anuncia un Dios que viene a rescatar, un Dios que viene a curar, un Dios que viene a salvar. Por eso hemos dicho en el salmo aquella expresión: "Nuestro Dios viene y nos salvará" (véase Salmo 85,9).

Y éso es precisamente lo que encontramos en el evangelio. Vemos que Jesús es salud del alma y del cuerpo. Vemos que Jesús cura la parálisis: no solamente la parálisis del cuerpo que ya es una cosa admirable, sino sobre todo cura la parálisis del alma.

Si la parálisis del cuerpo dejaba a este hombre tendido en una camilla, la parálisis del alma frenaba su avance hacia Dios.

Y Cristo cura ambas dolencias, las que se ven y las que no se ven, las que nos detienen ante los demás y las que nos detienen ante los ojos de Dios, aquellas que inspiran lástima a los otros y aquellas que inspiran lástima ante los ojos del Altísimo.

Una cosa para destacar en el evangelio de hoy, es que este hombre estaba tan paralítico, que tuvo que ser bajado en esa camilla desde el techo. Pero, estaba tan paralítico, que la fe que trabajó ahí, al parecer, no fue tanto la fe suya sino la fe de los demás.

Fíjate lo que dice el texto: "Jesús, viendo la fe que tenían, le dijo al hombre: "Tus pecados están perdonados" " (véase San Lucas 5,20).

En este caso, la fe que principalmente obró, fue la fe de esos amigos. Y lo que hicieron esos amigos fue poner al enfermo a los pies de Jesús. Ahí hay una lección muy grande y muy hermosa para nosotros: la fe de los amigos.

Nosotros podemos hacer lo mismo. Tenemos a Jesús; lo tenemos aquí en la Misa, lo tenemos en el Altar, lo tenemos en el Sagrario. Y todos contamos con amigos paralíticos: gente que se detuvo en su fe, gente que se frenó en su caminar, desilusionados de la Iglesia, por ejemplo.

¡Cuántas personas hay que dicen: "No les creo a esos curas"! Y se paralizan, se congelan en su fe por un mal que les hizo un sacerdote, por un mal que les hizo un religioso. ¡Se paralizan!

¡Cuántas personas se frenan en su fe porque sienten que Dios no los escuchó! "Teníamos una enfermedad muy grave de mi papá, de mi mamá o de un hijo. Dios parece que no nos escuchó. Yo no vuelvo a rezar". ¡Se paralizan! Son paralíticos, están congelados en su fe.

Personas con necesidades económicas: "Dios no me oye", dicen. "Estoy en una gran necesidad y Dios no me oye. ¡Qué cuento de rezar!" Se paralizan.

Otras personas, en cambio, fascinadas, seducidas por los ídolos de este mundo, huyen miedosos de la mirada de Dios, porque saben que están en mala conciencia.

Personas que viven como decimos en Colombia, "arrejuntados", sin la bendición de Dios, y claro, la vergüenza los mantiene lejos del templo. Entonces, su fe que ya era pobre, se muere, languidece. ¡Se paralizan!

¡Son paralíticos! Estas personas las tenemos en nuestra casa, en nuestras familias, están en nuestro vecindario.

Si no por otra razón, hay veces que uno también se paraliza por cansancio. Existe una palabra bien rara, poco conocida que se llama "acedia". La acedia es una especie de profunda pereza espiritual, como una especie de tedio, cansancio. No dan ganas de orar, no dan ganas de nada.