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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20011206

Título: La solidez de la esperanza

Original en audio: 24 min 22 seg.


Uno de los modos que utiliza la Iglesia en el Adviento para educarnos en la esperanza en Dios, es mostrar como la promesa se cumple, y eso se nota en estas lecturas de Adviento, porque siempre la primera lectura la encontramos en una relación muy directa con el evangelio.

Recordemos el caso de ayer: un banquete, tema de la primera lectura ; la multiplicación de los panes, tema del evangelio.

En el caso de hoy, ustedes notan, la primera lectura: "Una ciudad fuerte, bien construida" Isaías 26,1; tema del evangelio: "El que escucha la Palabra de Cristo y la pone por obra, adquiere solidez" San Mateo 7,24, es una casa firme; Isaías nos habla de una "ciudad fuerte" Isaías 26,1.

Cristo nos habla de una casa firme, sólida; Isaías ve un poco en la distancia que hay una ciudad, la ciudad de Dios. Jesús nos habla de esa casa, esa casa firme, esa casa bien construida y sólida de aquél que realmente pone por obra lo que el mismo Cristo enseña, de ese modo, lo que fue previsto en el Antiguo Testamento, adquiere su plenitud en Jesucristo.

Pero nosotros hemos dicho también que el Adviento es una escuela de esperanza, y que cada día prácticamente tiene una enseñanza sobre cómo construir la esperanza. Evidentemente, la esperanza para no caer en una ilusión vana, necesita solidez, y ese es el tema de hoy: ¿cómo adquirir solidez?

Si yo me encuentro un pobre hombre accidentado en una clínica, que ha tenido, por ejemplo, un terrible accidente de tránsito; con costillas rota, yeso por todas partes; le tienen que dar la alimentación intravenosa, y yo lo visito por la mañana y le digo: ”Tranquilo que usted por la tarde queda listo para correr los cien metros planos”. El hombre, con sus yesos y con todo, no siente esperanza, no siente fuerza, siente una burla.

Para adquirir esperanza necesitamos sentirnos consistentes, necesitamos sentirnos armados por dentro, necesitamos sentirnos construidos, necesitamos sentirnos sólidos; no se puede tener esperanza si uno no se siente fuerte, construido por dentro, con recursos.

Cuando una persona se siente fuerte interiormente, se siente sólida interiormente, es capaz hasta de afrontar obstáculos. Recordemos, por ejemplo, esas guerras, esas batallas de la independencia.

Muchas veces los ejércitos que luchaban por la independencia eran ejércitos menores, pero sentían un coraje, era una fortaleza interior que los llevó a lanzarse a la batalla, y aunque eran menores en número, y aunque tenían menos armas, vencieron.

Por eso, hermanos, la esperanza que es lo que lo lleva a uno a lanzarse a la batalla, la esperanza es lo que requiere que uno esté sólido por dentro. Igual a lo que le pasa a uno en un examen.

Un examen es un momento como de prueba, y si uno no se siente bien preparado, si uno no se siente sólido, se le olvida hasta lo que creía que sabía, de los mismos nervios de saber que "estoy mal preparado, yo no pude estudiar bien, yo esto en realidad no lo entendí, seguro que me van a preguntar algo que no voy a saber, seguro..."

Y va como oveja al matadero y entra al salón: "Y seguro que me van a preguntar y seguro que no voy a saber....", y claro, le preguntan algo y no va a saber y ahí tiene un problema.

Uno necesita sentirse sólido por dentro, y Jesús sabe esto; Jesús sabe que nosotros necesitamos sentirnos compactos, necesitamos sentirnos sólidos, esto vale para todo cristiano, pero especialmente vale para un predicador. Imagínese un predicador que estuviera inseguro, y eso ha pasado: "Bueno, aquí dice.... ahí dice eso; bueno, yo les dejo eso, porque ahí dice...."

Eso no convence, eso no llega, eso no toca. En tiempos de Jesús la gente, por ejemplo, notaba la diferencia de la enseñanza de Jesús y la enseñanza de otros maestros.

Acuérdense lo que decían de Jesús: ”Este sí enseña con autoridad, es que convence” San Marcos 1,22, ¿y cómo llegar a la solidez? Porque ya estamos convencidos de que necesitamos solidez en nuestra vocación, solidez en nuestra preparación, solidez en nuestro ministerio.

¿Cómo llegar a la solidez? Obsérvese lo que dice Cristo: ”El que escucha esta palabras y las pone en práctica, se parece al que edificó sobre roca” San Mateo 7,24.

La solidez no estuvo en escuchar, la solidez no estuvo en creer, aunque la fe es el principio último de la firmeza, pero la enseñanza de hoy es muy concreta, la solidez estuvo en que las puso en práctica, y para que no quede duda, mire lo que dice: ”El que escucha estas palabras, y no las pone en práctica es el hombre necio que edificó sobre arena" San Mateo 7,26.

Ya está claro que necesitamos solidez, ¿y cómo se adquiere la solidez? Poniendo en práctica. La solidez no es un acto solamente de ideas, no es un asunto de acto sentimental o emocional por el que yo digo a Jesús: “si esta bien, yo admito eso”.

Yo adquiero la verdadera solidez poniendo en práctica la palabras del Señor, como diríamos hoy: ”Haga el experimento, compruebe que eso funciona”. Ahí se adquiere solidez; mire que eso funciona; ahí usted adquiere consistencia; ahí usted se siente construido.

Llevemos esto a la práctica. Un evangelio que es tan práctico no es para que hagamos muchas teorías, sino que lo llevemos a la práctica. Consejos prácticos para adquirir solidez: yo les comparto un poco de mi experiencia.

Hay palabras del Evangelio que ha uno le resulta fácil creer: “Dios es un Padre compasivo”, yo creo que todos estamos convencidos de eso, que Dios es un Padre compasivo, que Jesús tiene autoridad sobre los demonios, que Jesús puede hacer milagros. Sí, estamos convencidos de eso, esa parte diríamos que es menos difícil de creer, no es por ese lado por donde nos sentimos débiles.

Mi sugerencia para adquirir solidez es esta: ¿cuáles son los textos del Evangelio que a usted le cuesta trabajo creer? Uno aparentemente cree en todo, ¿no? "No, pues claro, es el Evangelio de Jesús, ¿cómo no voy a creer en el Evangelio de Jesús?" Uno cree que cree, uno cree que cree lo que cree.

Pero si usted se va al detalle, hay una cantidad de cosas que de pronto le cuesta trabajo, por ejemplo, el perdón a los enemigos, eso es una propuesta de Jesús en el Evangelio, es un mandamiento, ¿usted cree en eso? ¿Usted le hace caso a Jesús en eso? O como decía otro predicador: "¿Usted le cree a Jesús?” No es solamente si cree en Jesús, sino si le cree a Jesús; ¿usted le cree a Jesús, todo lo que dijo, por ejemplo, en lo que dijo del perdón a los enemigos?

Para adquirir solidez la propuesta es muy sencilla: busque cuáles son los textos del Evangelio en los que le cuesta creer. Y aunque se muera, aunque se reviente, aunque le parezca imposible, ponga en práctica lo que ahí dice, usted verá que eso funciona, y ahí adquiere verdadera solidez.

Yo he tenido algunas dificultades, todos las tenemos, que la vida comunitaria, que yo no sé qué, pero yo no sabía lo que era sentir rabia que raya en odio por una persona. Este año tuve una experiencia humillante y dura, no en mi comunidad, me atracaron, me robaron dinero, me robaron el celular, me robaron un carro de la comunidad.

Tres “cobardes” con armas, un revólver en las costillas, y humille ....y humille....y uno siente –yo nunca he sido bueno para pelear, ni me interesa pelear- pero uno siente la cobardía que es un arma, y uno siente que esas personas son capaces de matarlo a uno.

Porque yo ya he conocido casos. Bogotá es una ciudad salvaje, y matan. Al hijo de un vecino le pegaron un tiro, le volaron la cuerdas vocales. Estaban haciéndole la misma operación que a mí, robarle un carro.

A otro pariente de uno que trabaja con nuestra comunidad, lo mataron a él y a la esposa por robarles un carro.

Yo no opuse la más mínima resistencia, no vayan a pensar ustedes que por la mansedumbre de Cristo, no opuse resistencia, porque yo sentí desde el primer momento: “Yo no quiero ser mártir de un carro”, que le saquen una foto al carro y que digan: “Este carro fue el que le acabó la vida a Fray Nelson Medina”, me parece que no es ningún negocio.

Entonces uno ve la lucha desigual, uno ve el salvajismo, uno ve la cobardía, la cobardía, eso es lo que más ira da; la cobardía del que sabe que tú no estás armado, la cobardía del que sabe que tú no puedes hacer nada, la cobardía del que puede controlarte.

¿Y cómo te puede controlar? Dice lo que quiere y te insulta y te madrea porque sí, para tenerte humillado, y te roba y luego te deja tirado en una calle. Si eso no es un enemigo, ¿qué es un enemigo?

Bueno, en esa circunstancia hubo un agravante: yo estaba con una amiga, con una persona consagrada que es amiga mía y amiga de mi familia.

Y realmente, como estos eran tres hombres y como son capaces de todo, mi principal oración cuando estábamos en esa circunstancia y estaban en lo del robo, -a nosotros nos sacaron del carro en el que íbamos y nos pasaron en otro carro-; cuando estábamos en esa circunstancia en lo que yo más pensaba era que no le fueran a hacer nada a ella, por ser mujer, por ser amiga y por estar consagrada a Dios.

Gracias a Dios no pasó nada en ese sentido. Con ella, no hubo agresión física, mucha agresión verbal, mucha humillación, pero no hubo nada más. Nos dejaron en una calle, claro, uno queda perfectamente revuelto, con una “licuadora” en el corazón y en la cabeza; nos subimos a un taxi para ir a la casa de unos amigos. Es un shock psicológico sumamente violento, es participar en lo que está viviendo Colombia.

Así está Colombia en las ciudades y en los campos, o sea, yo tampoco pasé por la peor experiencia del mundo, creo que hay cosas muchísimo peores, lamentablemente, que están sucediendo en nuestro país, pero eso no le quita que es una experiencia violenta y es una experiencia sentir a un enemigo.

Con esa “licuadora” en la cabeza, nos subimos al taxi y nos pusimos a rezar mientras íbamos atravesando la ciudad, porque nos dejaron por allá en un rincón.

Nos pusimos a rezar el Santo Rosario, y no sé si fue en el primer o segundo misterio lo ofrecimos por nuestros enemigos, lo ofrecimos por las personas que acababan de atracarnos, el segundo misterio fue para que Dios no les tomara en cuenta ese pecado, para que Dios les diera conversión, para que nada malo les fuera a suceder a ellos, nada que no estuviera en la voluntad de Dios.

Yo creo que es de las veces en mi vida en que yo he puesto en práctica lo que dice el Evangelio: ”Orad por vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen” San Mateo 5,43-44.

Yo vi que eso funcionó porque, claro, el principal interés del demonio no es quitarle a uno un carro, el principal interés del demonio es quitarle a uno la gracia, llenarlo de odio, llenarlo de ponzoña.

En esa experiencia y en otras experiencias que son obra de mi Dios, yo he visto que lo mejor que uno puede hacer es rezar por los enemigos; yo he visto que eso es verdad, yo he visto que eso le da a uno una fuerza muy grande; he visto que eso hace de uno una persona que pueda entender a muchas otras, hasta el punto que yo ahora le doy gracias a Dios por esa experiencia tan salvaje, tan terrible.

Le doy gracias a Dios, en el sentido, en que he podido entender muchas experiencias duras que pasa la gente, muchas experiencias. Es que a veces uno está muy preservado, no le pasa nada de nada y uno siempre aconseja, pero como desde fuera, como mirando un acuario: "Este pez se metió con este otro pez", pero yo estoy allá afuera.

Haber pasado por esta experiencia y sentir que uno sí puede rezar por una persona que le hizo daño, que lo humilló, que lo perjudicó, que lo metió en problemas, me hace sentir: "El Evangelio funciona, funcionó en mí".

Y esto se ha convertido en ocasión de solidaridad y en una ocasión de unión y de solidaridad como ustedes no se pueden imaginar, y es uno de los evangelios difíciles.

Entonces, la propuesta es muy sencilla: ¿cuáles son tus Evangelios difíciles? Y empieza uno por uno, uno por uno, y no sólo el Evangelio, es decir, los cuatro libros de los Evangelios, lo demás que dice la Palabra de Dios; ¿dónde están esas palabras que son difíciles? Encuéntralas, no las rehúyas, búscalas.

Otro evangelio difícil: el servicio, qué cosa tan difícil: ”Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” San Lucas 22,27.

Una vez, hace muy poco, teníamos un encuentro de sacerdotes en mi comunidad, no les voy a decir mentiras, yo fui con pereza, con verdadera pereza a ese encuentro y no sólo con pereza, sino con escepticismo, tal vez es pecado, seguramente es pecado, uno va como con escepticismo.

Alguno de ustedes me decía lo mismo sobre este retiro: ”Padre, yo vine con pereza y vine como con desconfianza, con escepticismo”.

A todos nos pasa. Pues así fui yo a ese encuentro, yo no sé si será el demonio, la pereza de uno, uno teme encontrarse con ciertas verdades de la propia vida o de la comunidad, pero yo fui con pereza.

De todas maneras estaba preparando las cosas para irme para el encuentro de sacerdotes jóvenes, y se me ocurrió, ojalá no fuera una ocurrencia, sino mi norma de vida, rezar por ese encuentro, porque prepararme no es sólo hacer una maleta, voy a hacer oración por eso.

Y bueno, en mi oración, que no fue una oración humilde, yo le hice a Jesús un pregunta altanera: "Y bueno, ¿y tú para que quieres que yo vaya a eso?”

Y a veces uno como que siente que el Señor le responde: “¿Tú qué quieres que yo haga allá?” Fíjense lo vanidoso que puede ser uno, uno está acostumbrado que adonde uno va es a hablar, y donde uno va es a que lo oigan, y donde uno va es a brillar, pura vanidad, puro orgullo.

Jesús discretamente me hacía ver eso, más o menos lo que me dijo fue: ”Vea, pedazo de orgulloso, mire, bola de manteca con hábito, permítame que le explique....” Más o menos así me habló Jesús, y entonces me dice el Señor Jesucristo, después de ponerme en mi sitio, ustedes no vayan a pensar que Jesucristo todo le aplaude a uno.

Yo le preguntaba: ”¿Qué quieres que yo haga allá? Como quién dice: "¡Yo, yo, imagínate yo, qué voy a hacer allá!" Y me responde el Señor Jesús: ”Amalos, durante esos tres días, ámalos, sírvelos, ora por ellos”, y las cosas se dieron en esos tres días que yo no tuve ni una sola predicación, pero nada, nada, absolutamente nada.

Es decir, el Señor Jesús me dio una enseñanza tan bonita, porque no era el momento de: "Brille, aparezca, como a usted le encanta", sino era un momento distinto, era un momento de: "Deje su personaje, deje su espectáculo, deje su show; vuelva a lo que usted es, reciba, aprenda, ore, sirva, ame, escuche".

Esos tres días fueron muy bonitos, duros en ciertos sentidos, porque en todas partes hay problemas, pero como experiencia de transformación, yo sentí que recibí más de lo que había recibido en muchas otras ocasiones y lo que hice fue estar en medio como el que sirve.

¿Cuánto me faltará? Pues mucho, mucho. Yo me siento muy empezando, pero estos son dos ejemplos para decirles cómo yo he tomado dos evangelios difíciles, difíciles por lo menos para mí, y he tratado de ver si eso funciona o no funciona, y lo que yo he visto es que sí funciona.

Y cuando yo siento que el Evangelio sí funciona, ¿qué siento por dentro? Solidez. Uno puede predicar lo siguiente: "Esto es verdad, es verdad; la verdad acontece, la verdad no sólo se dice, la verdad sucede, la verdad acontece; es verdad, es real, yo lo he visto.

Esos son más o menos mis testimonios que les comparto, sobre todo para invitarlos a que ustedes de pronto hagan ese mismo ejercicio: ¿cuáles son los evangelios difíciles de ustedes, las Bienaventuranzas tal vez? ¿Usted sí cree que son bienaventurados los que lloran? Ahí le dejo esa inquietud.

Me parece que un santo es una persona que puede leer el Evangelio y puede ir diciendo: ”Oiga, esto es verdad, esto lo comprobé, esto me pasó, igualito”; eso es un santo.

Pero yo creo que muchos de nosotros, por lo menos en este momento, vamos repasando y: "Hummm, esto quién sabe, esto vale entre los piadosos, y esto sí no sé, menos, nunca me ha pasado". Jesús nos dice: ”Vayan a esa Palabra, tomen esa Palabra, pongan a prueba esa Palabra, comprueben esa Palabra, y ustedes sentirán solidez y en esa solidez esperanza.