V014001a

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Fecha: 19951207

Título: La Ciudad de Dios

Original en audio: 3 min. 2 seg.


Queridos Hermanos:

La existencia humana, amenazada por tantos y tan graves peligros, busca descanso, busca sosiego, busca firmeza.

Si la lectura del día de ayer presentaba la felicidad como este banquete generoso y bien preparado, hoy la liturgia nos ofrece otra dimensión de la felicidad, otra dimensión de ese anhelo profundo que hay en el corazón humano.

Y es que efectivamente no puede llamarse felicidad ni puede considerarse gozo a aquello que no tiene firmeza, no tiene estabilidad.

El profeta Isaías habla de esa firmeza como de una ciudad fuerte construida por Dios, porque las ciudades construidas por los hombres pueden también ser expugnadas por los mismos hombres, pueden ser vencidas por mano humana; pero aquello que Dios realiza, aquello que Dios construye en las vidas, eso sí permanece para siempre y esa es la imagen que canta Isaías el profeta.

Es esa ciudad que Dios ha construido para su pueblo, es ese resultado de la victoria divina y no humana, en la cual, por fin, los bienes de Dios encuentran estabilidad y encuentran firmeza en el corazón humano.

Precisamente, ese anhelo es el que realiza Nuestro Señor Jesucristo poniendo conocimiento firme en nuestra vida.

Ya no se trata sólo de asuntos de palabras, ya no se trata sólo de decir "¡Señor, Señor!", sino se trata sólo de ejercer fe, se trata de afianzarse en la fe.

El cimiento de esa ciudad divina construida en el corazón humano es precisamente la fe, y concretamente, la fe en la Palabra de Jesucristo.

Él no deja de cumplir nunca su Palabra, precisamente la eficacia de los sacramentos, precisamente ese cumplirse la Palabra y hacerse Eucaristía y alimento, es prenda de que esa Palabra no dejará de cumplirse en nosotros y de que en ese cimiento sí podemos edificar nuestra vida.

Denos Dios esa fe y tengamos en Él nuestra firmeza.

Amén.