V013008a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Una característica bien interesante del Tiempo Litúrgico de Adviento, es que es muy estrecha la relación entre la primera lectura y el Evangelio, y como sugerencia para todos los que hemos de predicar durante esta época del año, yo pido que siempre relacionemos esas dos lecturas, porque es en la relación donde aparece claramente el mensaje que nuestra madre la Iglesia quiere para nosotros.

Mira el caso de hoy, primera lectura tomada del capítulo veinticinco de Isaías, el Evangelio fue tomado del capítulo 15 de San Mateo. ¿Qué nos dice Isaías? Que Dios va a preparar un banquete, lenguaje futuro; Dios preparará un banquete para su pueblo, un banquete delicioso (cf. Is 25, 6-10). ¿Qué nos dice el Evangelio? Cristo multiplica los panes y da de comer pan y pescado para todos en abundancia, incluso, alcanzan a recoger siete cestas con las sobras de pan y de pescado (cf. Mt 15, 29-37). Bueno, es en la relación entre las dos lecturas donde está el mensaje: el mismo Dios que en otro tiempo prometió en Cristo lo cumple; porque en realidad todo el Adviento es para que nosotros concentremos nuestra mirada, fijemos nuestro corazón, lo atemos con amor a Cristo, y descubramos en Cristo el cumplimiento de todas las promesas de Dios.

Nos dice San Juan de la Cruz que en Cristo, Dios nos dijo todo lo que nos tenía que decir; dice este gran santo carmelita: “Dios se quedó como mudo, porque ya en Cristo nos dio su Palabra y dijo lo que tenía que decir”. Ese es el propósito del Adviento: que nosotros descubramos en Cristo, la palabra definitiva, el cumplimiento definitivo, el Amén de Dios, como dice San Pablo.

Pero, hay algo interesante que un lector atento, estoy seguro que observará: resulta que Isaías, en ese capítulo 25, exalta mucho lo delicioso del banquete, y uno pensaría, bueno, pero tal vez, el banquete que Cristo prepara, es decir, la multiplicación de los panes, no es exactamente lo más delicioso que se puede imaginar; parece relativamente sobrio, en comparación con la promesa que había hecho Isaías. Pero, a esto hay que responder con dos aclaraciones: primero, como me enseñaron mis mayores, muchos años atrás, el mejor aderezo, la mejor salsa es siempre el hambre, y no solamente el hambre física, que también tenían que tener los discípulos de Cristo, sino que Cristo con su misma palabra, y Cristo con su misma presencia hace que el ser humano, hace que cada uno de nosotros recupere lo mejor de su hambre; porque cuando una persona está enferma, pierde el apetito; cuando una persona está en vías de curación, recobra su apetito, su deseo de comida.

Y por eso, Cristo, cuando llega a nuestra vida va limpiando nuestro corazón, y va haciendo que vuelva a nosotros esa hambre, esa ansia, ese deseo de Dios, que luego hace que su alimento, ya sea pan y pescado, ya sea su palabra, o ya sea sobre todo la Eucaristía, sea delicioso. Como dice la antífona eucarística por excelencia: “Este es el sagrado banquete, que contiene en sí todo deleite”. Pero, para encontrar todo el deleite, la sobriedad de la Eucaristía, o para encontrar el manjar delicioso, en la multiplicación de panes y peces, primero hay que tener esa hambre, que solo Cristo sabe despertar.

Y es entonces, su propia presencia, es la dulzura de su presencia, es la dulzura de su amor derramado sobre ese pan y esos peces, y sobre todo, la presencia suya que se adueña de tal manera de las especies eucarísticas, que ya no es pan, sino el cuerpo de Cristo; que ya no es vino, sino la sangre de Cristo; es esa presencia, la que es deleitable para nosotros.

Pidamos a Dios, que tengamos hambre, y que tengamos paladar para descubrir su dulzura, y una vez más, para ver en Cristo, el cumplimiento de toda promesa de Dios y de lo mejor de nuestros anhelos.