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El primero de octubre la Iglesia celebra a Santa Teresa del Niño Jesús. Esta es una santa francesa; su infancia y toda su vida, están relacionadas con Lisieux, un lugar en Francia, así que ésta, también es conocida como Santa Teresa de Lisieux. No hay que confundirla, con otra también santa, y también de nombre Teresa, pero de nacionalidad española, que vivió en el siglo XVI, que es Teresa de Jesús, quien es natural de Ávila, en España, mientras que Teresa del Niño Jesús, la que celebramos el primero de octubre, es natural de Lisieux, en Francia. Otra cosa que diferencia a estas dos Teresas, es la edad: mientras que Teresa de Jesús tuvo su gran conversión casi llegando a los 40 años de edad, y luego vivió varias décadas; Teresa del Niño Jesús se santificó, es decir, acepto el poder de la gracia de Dios en su vida, podríamos decir, a temprana edad. La verdad es que su vida fue bastante breve, desde 1873 hasta 1897; falleció, así tempranamente el 30 de septiembre de 1897.

¿Cómo puede una persona, en una etapa tan difícil de la historia de la Iglesia, marcada por el racionalismo, el positivismo y las luchas políticas, y en una vida tan corta, llegar a tanta santidad? Pues ésta es, precisamente, una de las maravillas de Teresa del Niño Jesús. Podríamos decir, que con ella, Dios mostró de un modo muy claro, que la santidad es un regalo; que corresponde a nosotros anhelar, abrirnos, ser dóciles, confiar, pero que finalmente, el único que hace santos es Dios.

La conversión de Teresa del Niño Jesús, es realmente fascinante. ¡Claro!, cuando uno dice “conversión”, en una persona tan joven, tal vez lo que se piensa es que quizá era muy viciosa, o tal vez tenía amistades repugnantes, o costumbres pésimas, ¡nada de eso! La conversión de Teresa del Niño Jesús, tiene sutileza y delicadeza, como también la tienen sus escritos, pero lo mismo que sus escritos, está llena de enseñanzas para nosotros.

Los grandes y terribles pecados de Teresa, no son esa clase de cosas escandalosas, que a veces gustan en las telenovelas, y que a veces hacen populares a los temas de religión. Sabemos que la gente tiene una especial morbosidad, y le encanta encontrar escándalos y cosas así: bien difíciles de describir y de oír. Esa no fue la vida de Teresa; lo que sucedió, es que ella, de una gran sensibilidad, y de una gran capacidad afectiva, había quedado huérfana de madre desde muy niña; esto la hizo, lo que nosotros podíamos llamar “una persona hipersensible”, y una persona, tal vez consentida, tal vez mimada, demasiado centrada en sí misma. Esa especie de egoísmo, y esa especie de fragilidad, las vivió ella estando en su casa, estando en su familia.

Puede parecer que éste no es un gran pecado, pues, niñas egoístas, quizá un poquito vanidosas y muy sensibles, hay muchísimas, pero es que Dios no quiere eso de nosotros, y una de las cosas notables, en el camino de santidad que Teresa del Niño Jesús vivió y que nos enseña, es que también en las cosas pequeñas suceden grandes misterios, porque así como nosotros despreciamos las cosas pequeñas, como diciendo: “Esa conversión no es gran cosa”; así también, luego despreciamos los pequeños actos de caridad, y los pequeños actos de sacrificio. Y resulta que esta gran santa, pequeña en estatura, pequeña en la longitud de su vida, pero inmensa en su corazón y en su sabiduría, viene a enseñarnos eso: que en lo pequeño de nuestras conversiones, en lo pequeño de nuestra vida, en lo pequeño de esa oración o de ese sacrificio, ahí también estamos abriendo o cerrando una puerta a Dios. Cuando miramos una gran escultura, seguramente nos llama la atención la forma, pero, ¿Dónde reconocemos al verdadero escultor? En el detalle; el detalle de esos ojos, de ese cabello, de esas manos, es lo que nos dice dónde está el gran escultor. Pues el gran escultor es Dios: su gran escultura somos nosotros, y es en lo pequeño, y en los detalles de la vida, en las pequeñas pero consistentes renuncias, donde se muestran los grandes amores, los que llevan al cielo.