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Fecha: 19981001

Título: Con su estilo, Santa Teresa del Nino Jesus vuelve los ojos de la Iglesia hacia la gracia de Dios

Original en audio: 7 min. 36 seg.


Santa Teresa del Niño Jesús ha tenido fervorosos devotos, pero parece que no muchos dentro de nuestra amada Orden Dominicana. Nuestro modo de ser, quizá demasiado racional, demasiado sistemático, demasiado conceptual, se pierde un poco en el lenguaje muy afectuoso, muy simbólico, impreciso, más intuitivo, diríamos, que lógico, de esta jovencita.

Porque, precisamente, Dios la hizo santa, no aniquilando su ser de mujer, ni destruyendo su sensibilidad, ni suplantando su juventud.

Y aquí hay una primera enseñanza para nosotros: La santidad no es como un vestido prestado; la santidad nos hace increíblemente, maravillosamente ser, lo que nosotros somos.

Esto no significa que toda pretendida autenticidad sea sinónimo de santidad; pero podríamos sí decir, que la santidad, con una conciencia limpia, formada y en paz, es como la plenitud de la realización.

La realización humana y la santidad que Dios da como regalo, se identifican y se encuentran. Pero para que ese encuentro sea posible, la conciencia ha de estar formada, iluminada, serena y en paz delante de la Palabra y de los Sacramentos.

¡Santa Teresa del Niño Jesús! ¡No sólo Santa sino Doctora de la Iglesia! El Papa Juan Pablo, no autor de este Doctorado, porque el autor del Doctorado es el Espíritu Santo, pero sí proclamador del Doctorado de Santa Teresa, hace gala, en cierto sentido, del buen humor.

Los últimos testimonios que se recogen sobre el Papa Juan Pablo, por ejemplo, varios que he leído este año, cuentan del humor que él tiene, que tampoco es de ahora; humor para tener ciertas salidas graciosas, para jugar un poco con los peregrinos.

Pues ese humor no sólo se refiere a las visitas que le hacen, sino también es todo un gesto de humor, que en el siglo veinte se proclame como Doctora de la Iglesia, a esta jovencita, a esta muchachita. Porque, precisamente, todos los ideales que ha acariciado la modernidad, y todos los puentes que ha tratado de tender la posmodernidad, son los que quedan derribados por el modo de ser de Teresa del Niño Jesús.

Si la modernidad tiene esa fe tan grande en la racionalidad y en lo razonable, que tal vez se nos haya pegado mucho a nosotros, y después decimos que es parte de nuestro carisma; si la modernidad cree tanto en esa razón, aquí tenemos a una Teresa que sólo se conmueve por la fuerza del amor.

Mientras que las realizaciones humanas, y cuanto más grandes mejor, parecen ser que es lo único que atrae la atención, el Papa logra que los ojos de multitud de cristianos se vuelvan hacia un lugar perdido en Francia, para ver allí una obra prodigiosa del Señor.

Todo el mundo corriendo detrás de lo grande, de lo técnico, de lo poderoso y de lo eficiente. Y por favor, en los escritos de Teresa del Niño Jesús, ¡qué importa lo eficiente y lo tecnológico! ¡Qué importan las grandezas humanas!

Es como una especie de chiste, como una especie de gracejo al más alto nivel, que precisamente, sea una santa con esta personalidad y con este estilo, la que haya sido proclamada Doctora de la Iglesia.

Pero nadie piense que entonces con Teresa del Niño Jesús se está abriendo la puerta al infantilismo psicológico, o a una especie de romanticismo espiritual. No es muy romántica Teresa del Niño Jesús, cuando se lamenta de no conocer el griego y el hebreo.

Porque ella quería encontrarse cara a cara con la Palabra de Dios. Así como Job llamaba a Dios, casi a gritos, y quería carearse con Él, así esta muchachita no está ciertamente en devaneos ni en fantasías afectivas cuando dice: "Quisiera conocer, quisiera poder leer la Palabra en su lengua original".

Tampoco parece que esta jovencita sea falta de personalidad, o apenas un manojo de relaciones humanas y de sonrisitas aquí y allá. Si nosotros conocemos un poco sus escritos, las respuestas que da a las monjas, y los criterios de santidad que quiso inculcar en las novicias, nos encontramos con una persona que sabe de la inmensa seriedad del amor de Dios.

Cree en el amor, pero por eso mismo, ese amor es serio para ella. Es un amor que reclama la totalidad de nuestras fuerzas, y que en este sentido, sin ser rígido ni amargado, es un amor profundamente serio.

Tampoco parece falta de personalidad ni una romanticoide esta muchachita, cuando devuelve los ojos de la Iglesia hacia el centro: la gracia de Dios. Frente a toda escuela ascética o mística, frente a todo tratado y teología, por encima de toda estructura, dicasterio, curia, o lo que sea, incluso de muchas autoridades que parecen muy respetables, está el poder de la gracia de Dios.

Y por esto, el sentido que la palabra caridad tiene en ella, y el sentido que la palabra gracia tiene en ella, apenas se puede comparar con los gigantes de la Teología Católica, empezando, desde luego, por San Pablo.

Se trata de una persona que con un estilo muy suave, muy perfumado, pero no por ello falto de vigor ni de claridad, le está recordando a la Iglesia de qué amor hemos nacido, de qué costado hemos brotado, y a qué precio hemos sido comprados.

Yo he preparado con mucho cariño estas palabras, pero a mí me sigue costando mucho trabajo Santa Teresa del Niño Jesús. Me cuesta trabajo meterme en sus escritos, me cuesta trabajo leer de su biografía, me cuestan trabajo esas anécdotas simplonas, en las que, sin embargo, hay profundas enseñanzas.

Si digo que me cuesta trabajo, es porque también para mí, ella es una voz de Dios que me está llamando a convertirme, a cambiarme, a recobrar, junto con todos mis hermanos, esa médula, ese centro, esa nuez del mensaje del Evangelio, que parece lo gustó tan sabrosamente esta joven monja, Santa y Doctora de la Iglesia.