Ssac003a

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Fecha: 20010621

Título: El Sacerdocio de Jesucristo

Original en audio: 10 min. 41 seg.


Jesucristo no fue sacerdote según el modelo de sacerdocio que había de acuerdo a la Ley de Moisés. El sacerdocio de la Ley de Moisés era hereditario. La tribu de Leví tenía como herencia propia el sacerdocio, y por consiguiente, todos los de la tribu de Leví, y sólo los de la tribu de Leví, eran sacerdotes.

Jesucristo era descendiente de la tribu de Judá. Es decir, que en ese sentido, Cristo no era sacerdote. En los Evangelios, nunca vemos a Cristo realizando las actividades sacerdotales del Antiguo Testamento. Pertenecía a los sacerdotes la prerrogativa de ofrecer los corderos, los cabritos, los holocaustos en el Templo.

Jesús no realiza actividades sacerdotales, cosa, que desde luego, es normal, porque Él mismo no era sacerdote según ese sacerdocio, es decir, que Cristo era más bien un laico. Esta es la primera enseñanza que quiero compartirles, mis amigos: Cristo era un laico.

Eso, ¿qué quiere decir? Quiere decir, que el régimen nuevo de vida que trae Cristo, empieza no en el aislamiento que produce el Templo, sino en la realidad, en la confrontación de la vida.

El Sacerdocio de Cristo, porque sí es sacerdote, según lo explica la Carta a los Hebreos Carta a los Hebreos 4,14, es el sacerdocio de la vida; es en la vida donde Cristo va ofreciendo, hora por hora, día por día, su Vida, su Sangre, su Cuerpo.

Cristo no empezó a ofrecer su Cuerpo y su Sangre cuando llegó la hora de la Cruz, sino que su vida entera fue ofrecida, porque fue gastada, porque fue quemada por la honra de Dios y por amor a los hombres.

En ese sentido, tenemos que tener nosotros una gran valoración de lo que se llama el sacerdocio común, el sacerdocio que nos viene por el Bautismo. San Pablo nos dice en el Capítulo Doce de la Carta a los Romanos, que: "Nuestro culto propio es ofrecer nuestros cuerpos como hostias santas, como víctimas santas a Dios" Carta a los Romanos 12,1.

Es decir, que para entender el sacerdocio de Cristo, hay que mirarlo como una ofrenda de amor que sucede en la vida. Teniendo eso claro, sin embargo, debemos reconocer que la vida de Cristo no fue simplemente una vida de donación y de amor, sino que ese amor sucede dentro de un mundo, que está marcado por el pecado.

Cuando el amor está rodeado por el pecado, pueden pasar dos cosas: que el pecado destruya el amor, o que el amor eche fuera el pecado.

El pecado destruye el amor, cuando el amor es insuficiente, cuando el amor se cansa. A veces nos cansamos de ser buenos, a veces nos cansamos de ser orantes, a veces nos cansamos de ser estudiosos de la Palabra, nos cansamos, decimos: "No vale la pena". Ahí el pecado ha vencido sobre el amor, porque el amor es pequeño.

Pero el caso más hermoso y más interesante, es cuando el amor vence sobre el pecado. Ese es el caso interesante: cuando el amor echa afuera al pecado. Pero cuando el amor vence en un ambiente de pecado, el amor tiene que pasar por el dolor. Y eso lo vemos también en la vida; en la confrontación de la vida, vemos que es así.

Si una persona quiere, por ejemplo, ser honrada, pero el mundo en el que se mueve esa persona no es honrado, y la persona no quiere dejar su honradez, va a sufrir. El amor, cuando está metido en una historia de pecado, pasa, forzosamente, por el dolor. Y eso fue lo que le sucedió a Cristo.

El amor debería ser siempre una experiencia dulce, una experiencia llena de felicidad, pero el amor en medio de la tierra del pecado, necesariamente, se convierte en una experiencia de cruz, en una experiencia de dolor.

Y por eso, el sacrificio de Cristo, esa dedicación, esa donación de cada día, fue encontrándose con un muro de resistencia, un muro de desconfianza, un muro de envidia, un muro de odio. Y esa pared terrible, finalmente, pretendió frenar el amor de Cristo.

Pero Cristo no dejó de amar y siguió avanzando, y tenía que llegarle una dura confrontación. Y esa terrible confrontación fue la hora de Cristo, la hora de la Cruz. Cristo dice en los Evangelios: "No ha llegado mi hora" San Juan 7,6, San Juan 2,4.

El Evangelista comenta: "No había llegado la hora de Cristo" San Juan 7,30, San Juan 8,20. Hay varios pasajes que hablan de eso.

Pero llegó un momento en el que esa hora se cumplió la hora de Cristo, y la hora de Cristo fue la hora del choque violento, el choque fuerte contra ese muro de incredulidad, de envidia, de odio. Esa resistencia fue la hora de la Cruz de Cristo.

Y allí, el sacrificio diario de Cristo alcanzó su culminación; estamos hablando, desde luego, del misterio de la Cruz del Señor; su sacrificio diario alcanzó su plenitud, alcanzó su cima, su cumbre, ahí, en esa hora terrible. Ahí Cristo lo perdió todo, ahí Cristo lo entregó todo, y ahí Cristo nos reveló el Amor del Padre.

Es evidente, que la hora de la Cruz es la hora más importante de la vida de Cristo, y es evidente, que ese bien de la Cruz, tiene que llegar a todas las personas. Eso es lo que dice el Prefacio de la Misa de hoy, precisamente, que Cristo, con un amor inmenso, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su Sagrada Misión.

Ahí es donde viene el sacerdocio ministerial. El sacerdocio que tenemos, por ejemplo, nosotros, los obispos, los presbíteros, los diáconos, tiene su fundamento en el sacerdocio de la vida, en el sacerdocio bautismal, que todos lo debemos vivir.

Pero en nosotros hay algo más, hay una participación de un amor de hermano, que Cristo nos ha tenido, para que la Hora de Cristo esté siempre visible a través de los sacramentos, a través de la predicación, a través de la presidencia de la asamblea.

Que siempre esté presente Cristo Jesús, que siempre esté presente su Hora, que siempre esté presente su donación hasta el extremo; ese es el lugar que tiene nuestro sacerdocio en el Sacerdocio de Cristo.

Demos gracias al Señor por esta celebración. Pidámosle que renueve en nosotros el espíritu de generosidad; que nosotros, dentro de Cristo y a ejemplo de Cristo, renovemos nuestra generosidad, para que lo que anunciamos con nuestras palabras y nuestro ministerio, corresponda a la realidad de nuestro corazón y de nuestra vida.

Amén.