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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19990610

Título: El sacerdocio de Cristo se hace perfecto en la Cruz

Original en audio: 13 min. 57 seg.


Amados Hermanos:

Creo que con el sacerdocio sucede lo mismo que con la Cruz, si uno se pone a esclarecer el misterio de la Cruz, hurgando solamente en su propia vida y en sus dolores, lo que seguramente sucede es que termina confundido, ofuscado; en cambio, cuando uno mira la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, más bien es ella la que visita las tinieblas y la que sale victoriosa, a pesar incluso de ese eclipse que robó su hora de tormento.

Algo así sucede con el sacerdocio, tratar de explicar qué es el sacerdocio, cuáles son los defectos o las cualidades de ser sacerdote, mirando a quiénes hemos recibido el Orden Sagrado, mirando a nosotros mismos o mirando el pueblo cristiano a nosotros, a veces eso lleva a confusión, lleva a ofuscación.

Creo que todos los que estamos aquí, hemos tenido ocasión de conocer sacerdotes ejemplares y también sacerdotes que nos han decepcionado, o tal vez se ha dado que una misma persona, siendo sacerdote, en algunos momentos nos ha deslumbrado y en otros momentos nos ha desilusionado.

Por eso, lo primero que hay que recordar en esta fiesta, es que estamos celebrando el sacerdocio de Jesucristo y que todos, sin distinción alguna, estamos llamados a volver nuestros ojos a la manera de cómo Cristo es sacerdote, porque es esa manera la que sirve de norma, de escuela y también de acogida, de consuelo y de hospital para todos nosotros.

Los que hace unos años hemos recibido el Orden Sagrado, al volver nuestra mirada a Cristo, encontramos cátedra, tribunal, hospital, escuela, lumbre, hoguera, encontramos un corazón en perpetuo ofrecimiento por nosotros y por el mundo entero.

Quienes van en camino de formación para el sacerdocio, en esta fiesta vuelvan su mirada hacia el modo en que Cristo es sacerdote y ahí encontrarán no sólo el modelo, sino también la gracia; no sólo la exigencia, sino también la ayuda; no sólo el deber ser, sino también el poder ser, porque esta es la maravilla que nos ofrece Jesucristo en su sacerdocio.

Además, si estamos mirando y celebrando el sacerdocio de Jesucristo, no estamos solamente celebrando a quienes en la Iglesia Católica llamamos sacerdotes, sino más bien estamos celebrando, que ese sacerdocio único del Señor, es participado de varios modos en el pueblo de Dios.

Y ciertamente, el modo fundamental del sacerdocio de Jesucristo, es el sacerdocio de la vida, es la ofrenda de la propia vida, de acuerdo con la terminología que venía del Antiguo Testamento, Cristo no era sacerdote, y esto lo expresa abiertamente la Carta a los Hebreos, Cristo era laico.

Si vamos a trasponer esos términos al tiempo bíblico, su templo, el mundo, las ofrendas durante su vida, ¿cuáles fueron? Pues la ofrenda de su tiempo, de su amor, de sus plegarias, de sus sudores, de sus lágrimas, de su decepción.

¿Y quién de nosotros está privado de ese sacerdocio? De ese sacerdocio que tiene su lugar en la sinagoga ciertamente, en el templo, pero también en la calle, en la casa, en la montaña, en el mar. Cristo estaba ejerciendo su sacerdocio en todos esos lugares, y casi podríamos decir, que su breve descanso, después de esas terribles jornadas, también era parte de su ofrenda sacerdotal.

Es ese el sacerdocio de Jesucristo, es la ofrenda perpetua del Señor, la misma ofrenda que todos nosotros, por virtud de su Espíritu Santo, completamos en nuestra carne y en nuestra vida, eso es lo que la teología llama el Sacerdocio Común.

Pero la palabra "común" que está tan cerca a ordinario o a cualquiera, le puede parecer que no significa nada, y resulta que ahí está la clave de comprensión no sólo de Cristo sacerdote, sino también del sacerdocio de los cristianos en cuanto bautizado, único soporte para comprender y para agradecer y para vivir el sacerdocio ministerial.

Jesús es sacerdote de la vida, es sacerdote en su vida, es sacerdote en todo tiempo, ahí entendemos por qué no se puede equiparar el sacerdocio, particularmente, el sacerdocio ministerial, a una profesión o a un oficio.

Es casi inevitable que nuestros parientes aólo miren nuestro camino vocacional como un oficio, de acuerdo con eso, cada uno de ustedes, mis hermanos, está haciendo el equivalente a unos estudios universitarios, y la ordenación equivale al grado.

Y por eso, luego vienen las preguntas que nos hacen: "¿Qué sigue después de eso? ¿Usted aspira a ser obispo?" Como el que hace un doctorado, "¿y de ahí aspira a ser cardenal?" No faltan las que intentan hacer como una equivalencia entre los grados de la vida militar o las posibilidades del ámbito comercial con nuestro camino vocacional.

Volver los ojos a Jesucristo Sacerdote, es descubrir en Él la clave para nuestra propia ofrenda, una ofrenda que no se distingue de la vida.

Nosotros no tenemos un oficio por unas horas, nuestro oficio no es decir una Misa, nuestro oficio no es realizar unos sacramentos; nuestro oficio empieza desde lo más profundo de nuestro corazón, en cada acto de nuestra voluntad, y en cada acto de nuestro entendimiento.

Esto también significa que el desenlace de nuestra vida no puede separarse del desenlace de la vida de Cristo. De acuerdo con el precioso texto que nos ilumina este día, de la Carta a los Hebreos, nunca fue Cristo tan sacerdote como en la Cruz.

Y es hermosa y tan completa la alegoría que nos presenta esta Carta, la ofrenda, es la ofrenda de su propia carne; la libación, es el derramamiento de su sangre, el velo queda reemplazado por su cuerpo, que ya está traspasado; el templo está en los cielos, y el vestido de este sacerdote es su dolor, son sus llagas, es su sangre.

Todos nosotros, pero especialmente los que hemos recibido el Orden Sagrado, estamos convocados a mirar entonces en la Cruz, el desenlace natural de nuestra propia vida, el desenlace propio de nuestra existencia sacerdotal, al punto, que si faltara esa ofrenda total de nosotros en la Cruz, podría decirse que nuestro sacerdocio está incompleto.

Celebrando este misterio Eucarístico, que se actualiza ante nosotros y con nosotros, el sacerdocio de Cristo, todos ejercemos nuestro sacerdocio, todos nosotros los bautizados, mirando a Cristo darse así, nos unimos a Él, de Él recibimos vida y a Él entregamos la vida.

Y nosotros, que hemos recibido el misterio sacerdotal, tomando en nuestras manos indignas, anunciando en nuestro corazón indigno las palabras que hacen semejante nuestra vida a la de Cristo, descubrimos en esa hostia, lo que nosotros estamos llamados a ser.

Agradezco a Dios en nombre propio y en nombre de mis hermanos presbíteros, el don del sacerdocio completamente inmerecido. Y quiero terminar esta reflexión compartiendo con ustedes algo sobre esa experiencia del misterio sacerdotal: indudablemente, la guía para todos, ya se ha dicho, es la ofrenda de la vida.

Pero, indudablemente, también Jesús Nuestro Señor, a quienes recibimos el Orden Sagrado, nos convoca, nos llama a ser los primeros testigos de su obra, del poder de su obra, especialmente en la celebración de los sacramentos que no es todo, pero sí es una parte esencial de nuestro ministerio.

Especialmente ahí, nosotros sacerdotes somos testigos, no tanto de lo que nosotros hacemos, que es tan cuestionable, que muchas veces es tan falible, sino de lo que Él hace, concretamente, estoy pensando en el sacramento de la Confesión y en el sacramento de la Eucaristía.

La experiencia de administrar, primero de recibir y luego de administrar el sacramento de la Confesión, aunque es pesada por razones obvias, es también sumamente gratificante para el corazón creyente.

Eso que Cristo nos ha regalado a nosotros y que nosotros no merecemos, eso que prontamente muchos de ustedes van a vivir, pronunciar de parte de Dios el perdón de los pecados y ser como el primer testigo de cuánto ama Dios al que está ahí arrepentido.

Mirar, prestando nuestros ojos a Jesucristo y escuchar, dándole nuestros oídos al Señor, cómo el pecado queda destruido y cómo la vida se renueva, esa experiencia está no sólo para que nosotros sirvamos al pueblo, está para que nosotros nos convirtamos, para que sepamos a quién estamos sirviendo, para que nos unamos estrechamente a ese al que le prestamos, por así decirlo, nuestro corazón y nuestra boca.

Y lo mismo, desde luego, hay que decir del sacramento Eucarístico, y con mucha mayor razón decimos en el momento de la consagración: "Esto es mi cuerpo", no estamos diciendo el cuerpo de Jesús, sino: "Este es mi cuerpo" 1 Corintios 11,24; San Marcos 11,22; San Mateo 26,26; San Lucas 22,19.

¿Qué es eso? Es, sino una invitación tan vehemente, como puede hacerla sólo Jesús, una invitación a que nosotros seamos Cristo y solamente Cristo en el altar y en nuestra vida.

¡Estos misterios nos desbordan, nos desbordan de grandeza, de gratitud, de alabanza!

Que la obra poderosa de Dios, que es el único que puede hacerlo, nos transforme. Y a todos los llamados al ministerio sacerdotal en este día, les conceda su bendición abundante, para que se cumpla aquello que dijo San Pablo: "Que la gente sólo vea en nosotros, administradores del misterio de Dios" 1 Corintios 4,1.

Amén.