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Fecha: 19970605

Título: El sacerdote es administrador de la Sangre de Cristo

Original en audio: 5 min. 8 seg.


Las lecturas que la Iglesia nos propone para meditar en el sacerdocio sumo y eterno de Jesucristo, son las mismas lecturas que tiene para meditar en la Pasión del Señor.

Así, por ejemplo, hemos escuchado aquél famoso Cántico del Siervo en los capítulos 52 y hasta el 53 de Isaías, una lectura que nos acompañó en la meditación de la Pasión del Señor en la Semana Santa.

La lectura de la Carta a los Hebreos, que también fue leída, nos habla del sacerdocio de Cristo en términos del sacrificio de Cristo. Esto quiere decir que esta fiesta del Sacerdocio Eterno y Sumo de Jesucristo, no es sino una mirada especial, una mirada singular, una mirada nueva al misterio de la Cruz y de la Pascua del Señor.

O también podemos decir que el sacerdocio de Jesucristo es el fruto, este sacerdocio perpetuado en la Iglesia es uno de los frutos preciosos de su sacrificio redentor y de su Cruz.

Y aquí podemos mirar las consecuencias, dar las enseñanzas.

La primera que es cómo el sacrificio de Cristo inaugura un sacerdocio nuevo. Es la Carta de los Hebreos, pero toda en su conjunto, la que destaca este hecho.

El sacerdocio que Dios ha otorgado, que Dios ha participado en su Santa Iglesia esencialmente distinto del sacerdocio que conoció el pueblo judío porque tiene toda su referencia en la Pascua de Cristo.

Segundo: para la comprensión, para el amor a este sacerdocio en la Iglesia de Jesucristo, es necesaria la referencia continua a la Pascua y a la Sangre del Señor.

Parece bien recordar aquí a esto que decía Santa Catalina de Siena, refiriéndose a los sacerdotes en la Iglesia. Para ella la frase que inaugura la teología del sacerdocio, pero también la frase que abre el corazón al verdadero amor a la persona del sacerdote es esta: "El sacerdote es administrador de la Sangre de Cristo".

Desde este pensamiento podemos asomarnos al misterio del sacerdocio, amarlo, venerarlo, respetarlo, pero también hacer de ese amor nuestro y de esa veneración nuestra una especie de existencia de fidelidad, de amorosa exigencia de fidelidad a los sacerdotes para que sean exactamente aquello que Dios ha querido que sean, que Dios ha querido que seamos: administradores de la Sangre de Cristo, partícipes entonces de un modo singular de la Pasión del Señor

La teología enseña que, cuando el sacerdote consagra las especies eucarísticas y dice: "Este es mi cuerpo", y dice también: "Esta es mi sangre", esas palabras son más pronunciadas por Cristo como Sumo Sacerdote y esto se entiende diciendo que son palabras dichas in persona Christi.

Eso es cierto, pero para que esas palabras alcancen su efecto en toda la asamblea, no en las especies, sino en la asamblea y para que esas personas tengan su efectos saludable en la misma persona del sacerdote, es necesario que él viva de tal manera que al consagrar las especies eucarísticas pueda reconocer también su propia carne contenida en esa hostia y también su propia sangre y su vida derramada, gastada en ese cáliz.

Sólo de este modo el sacerdote podrá celebrar con plena verdad y con plena tranquilidad y plena conciencia aquello que celebra en la Eucaristía, pero también en los demás sacramentos.

Y aquí se sigue la principal petición que hemos de hacer por los sacerdotes: ¿cuántas y cuáles virtudes haya de tener el sacerdote? Pues ya lo podemos imaginar de su altísima misión; pero entre todas ellas, humanas y divinas, sobre todo hay una esencialísima que es aquella con la que alcanzamos la unión con el misterio de la Pascua de Cristo, esta es la fe.