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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20080628

Título: Valoremos el recorrido del Evangelio y nuestra fe

Original en audio: 15 min. 5 seg.


Mis Hermanos:

Esta es la fiesta de los Apóstoles, podríamos decir, más grandes que tenemos en nuestra Iglesia: Pedro, que siempre aparece en primer lugar en las listas de los doce Apóstoles, y luego Pablo, el gran Evangelizador, el gran Fundador de comunidades cristianas en todo ese Mar Mediterráneo, en todo el mundo conocido de entonces.

Pedro y Pablo son como dos columnas muy firmes, y cada uno de ellos, a su manera, da un testimonio vigoroso. La voz de ellos sigue resonando. Cada vez que vamos a la Misa y escuchamos: "Lectura de la Carta del Apóstol San Pablo...", como, por ejemplo, sucedió hoy: "Lectura de la segunda Carta de San Pablo a Timoteo", ahí sigue oyéndose la voz de él.

Son cerca de dos mil años y las vidas, las voces de estos benditos testigos de Cristo siguen enriqueciéndonos, siguen alimentándonos, siguen iluminándonos. ¡Qué bella es la obra de Dios en ellos!

¡Qué bello reconocer que el mismo Dios los escogió, los educó, los preparó, los convirtió, los volvió hacia su amor, los revistió de fortaleza, los ungió con su Espíritu, los envió con misiones distintas pero con un sólo mensaje, el mensaje del Evangelio!

Realmente es un día para sentirnos felices y es un día para descubrir como esa dimensión tan profunda que tiene el Evangelio.

Nada más pensemos, hermanos, cuántos años nos separan de estos dos hombres. Pensemos qué recorrido ha tenido que hacer el Evangelio desde el momento en que salió de los labios de ellos y empezó una aventura maravillosa, atravesando culturas, pueblos, imperios, lenguas, hasta hacerse presente aquí.

Es que es fantástico cuando pensamos en toda esa aventura, en todo ese camino que ha recorrido el mensaje de Cristo hasta llegar a nuestros oídos.

Y por eso, mi primera invitación en este día, es a que nos sintamos felices de creer, a que nos sintamos felices de pertenecer a una comunidad que hunde sus raíces en hombres tan santos, en hombres tan sabios con la sabiduría de Dios, tan fuertes con la fortaleza de Dios.

Lo primero es éso: sentir y valorar nuestra fe, cerrar por un momento los ojos, ver el mapa, ver a Palestina en el siglo primero y empezar a imaginarse todo ese camino que va recorriendo el mensaje hasta llegar a Siria, después a Turquía, después a Grecia, después a Roma, después por toda Europa, después a Inglaterra, a España.

Luego vienen las misiones y luego vienen los predicadores, hasta llegar aquí, para que nosotros podamos decir hoy: "Yo creo en Jesucristo, yo creo en mi Padre Dios, yo creo en el Espíritu Santo".

Son muchísimos kilómetros, muchísimos pueblos, muchísimas culturas. ¡Bendito Dios!

Quiero que te sientas feliz de ser cristiano católico, fundado en esta fe. Quiero que te sientas agradecido del tesoro de la fe. Porque, si no valoras la fe, si no aprecias lo que has recibido, de pronto lo vendes por cualquier cosa, de pronto lo pierdes sin darte cuenta siquiera que lo has perdido.

Cuántas personas llegan a una determinada edad y se olvidan, por ejemplo, de la Eucaristía o de oír la Palabra de Dios. Se olvidan de éso; lo dejan como un recuerdo de infancia o de lo que rezaba o decía la mamá, o la abuelita.

¡Qué poco valoras lo que has recibido! ¡Qué poco valoras el tesón, la bravura, la valentía, la fortaleza, la generosidad de los misioneros, de los santos pastores, de los benditos Apóstoles!

¡Qué poco valoras dos mil años de historia! ¡Qué poco valoras el recorrido que ha hecho el Evangelio hasta llegar a tus oídos!

Por el contrario, cuando cada uno de nosotros se siente feliz, se siente sanamente orgulloso y agradecido por esta fe, entonces venimos a nuestra Iglesia: no porque nos estén arrastrando ni obligando, sino porque sabemos que ahí, en esa Palabra que es tan poderosa y en la presencia de Cristo en la Eucaristía, ahí está nuestro alimento.

Por eso te repito; el primer mensaje es: ¡Valorar! ¡Valorar nuestra fe!

Yo quisiera que sacaras pecho, respiraras profundo y dijeras: "¡Cómo me ama Dios que me ha hecho creyente! ¡Cómo me ama Dios que ha permitido que esa Palabra recorra tanto camino hasta llegar a mí! ¡Bendita la hora de mi bautismo! ¡Bendita la Eucaristía! ¡Benditos los buenos catequistas, predicadores, sacerdotes!"

Hace poco un grupo de niños salía para su catequesis dominical. Los vimos cuando hacían su fila y salían por aquella puerta. Esos niños pueden recibir la fe porque hubo un Pedro, porque hubo un Pablo, porque hubo gente que estuvo dispuesta a hacerse matar por Cristo, porque hubo gente que prefirió recibir el golpe de la espada antes de negar al Señor.

¡De esa raza somos! ¡De esa estirpe venimos! ¿Cómo voy a dejar yo perder mi Misa? ¡Por Dios! ¿Cómo voy a dejar yo que pase el Día del Señor, que pase el domingo sin alimentarme con estos tesoros que costaron sangre a los Apóstoles y que primero le costaron la Cruz y las Llagas a mi Salvador?

¡No, yo no puedo dejar perder ese tesoro! Lo primero en mi domingo será siempre la Santa Misa. Lo primero será estar con mi Señor, agradecerle que ha hecho tanto por mí, agradecerle sus santos, sus misioneros, sus catequistas.

Estas jovencitas que están enseñando a los niños, ellas están haciendo de alguna manera también el oficio que empezaron Pedro y Pablo: están transmitiendo esa fe, están enseñando a esos niños, para que ellos desde temprana y tierna edad, aprendan a valorar a Jesús, aprendan a confiar en Jesús, aprendan a alabar a Jesús, aprendan a obedecer a Jesús.

Hermanos, los quiero felices y agradecidos por la fe, orgullosos de lo que hemos recibido, incapaces de traicionar a Cristo, presurosos para venir a este Banquete, alimentarnos, tener fuerzas para el camino, seguir adelante, transmitir a otros lo que también nosotros hemos recibido.

Y nosotros hemos recibido de los Apóstoles la Santa Misa. Porque, de ellos fue que aprendimos. Nos dice, por ejemplo, el Apóstol San Pablo en su primera Carta a los Corintios: "Yo les he transmitido lo mismo que he recibido: que Jesús en la noche en que fue traicionado, tomó pan, lo bendijo y dijo: "Esto es mi Cuerpo". Y luego tomó la copa y dijo: "Esto es mi Sangre" 1 Corintios 11,23-25.

A través de los Apóstoles viene que tengamos Misa. De los Apóstoles viene que nosotros creamos, veneremos y adoremos la presencia de Jesús en la Hostia Consagrada.

Si yo soy consciente de éso, ¿cómo me voy a dejar arrancar la Misa? ¿Cómo es que hay gente que se deja quitar la Misa y ni les duele? ¿Y se van para otros grupos donde hablan bonito?

"Que es que allá hay un buen predicador". Entonces, se van para allá a oír lo que les digan. Seguramente les hablan de la Biblia y éso está bien; yo no digo que esté mal. Pero, ¿y la Eucaristía? ¿Y la presencia de Jesús, el Alimento, el Pan de vida, el Pan de los Ángeles? ¿Cómo te dejas quitar éso? ¿No te duele y no te da hambre?

¡Si es que a un niño que esté encariñado con un juguete, uno le va a quitar el juguete y el niño llora, protesta, y es un juguete tonto que vale un par de dólares!

¿Cómo es que a nosotros, cómo es que hay católicos que les van a quitar la Misa, les van a quitar la Eucaristía, les van a quitar la presencia de Jesús, el Alimento vivo, y tranquilos?

No les hace falta, parece. Se van tranquilos y entonces ya no asisten a la parroquia. ¡Se van a otra parte, se van a otro salón, se van a otra que llaman iglesia a oír allá otras predicaciones!

¿En tan poquito aprecio tienes el sacrificio de Jesús? ¿En tan poquito aprecio tienes el amor con el que Él dijo: "Esto es mi Cuerpo"? San Marcos 14,20.

¿Es tan poquito lo que vale para ti que lo dejas de recibir y no pasa nada? ¿Estás entonces menos apegado a la Eucaristía de lo que un niño es apegado a su juguete?

¡Eso no puede seguir así! El testimonio de los Apóstoles nos da la alegría, nos da el sano y santo orgullo de ser cristianos católicos, y nos da también la firmeza: "A mí ésto no me lo quitan, a mí no me arrancan mi fe así no más".

De Pedro y de Pablo tenemos que aprender dos virtudes complementarias: Pedro habla de esa fe firme, cimiento, piedra: "Sobre esta piedra edificaré la Iglesia" San Mateo 16, 18.

Pablo nos habla del alto vuelo, del vigor, la generosidad de un misionero que atravesó cuatro veces y más, en uno y otro sentido ese Mar Mediterráneo, para sembrar, para dejar el cimiento de Jesús en nuevas comunidades.

Desde España, Italia, Grecia, Turquía, Líbano, -lo que es hoy Líbano-, todo éso lo recorrió este hombre. Él es, podríamos decir, la imagen del celo misionero, el deseo de extender la Palabra.

¡Firmeza y generosidad! Aprendamos hoy, mis hermanos, de Pedro la firmeza: somos firmes, somos estables.

Cuando venga otra persona a llevarte para otra religión , para otro grupo, para otra asamblea, tú le tienes que decir a la persona con respeto, nunca con agresividad; tienes que decirle con respeto, pero muy claro y mirándolo a los ojos: "Mi fe no está en venta, señor".

"Mi corazón católico no está en subasta. Yo no estoy aquí en venta, en bazar. Amo a mi Dios, amo mi Eucaristía y amo los sacramentos. Obedezco con religioso amor al Papa y no me avergüenzo". ¡Esa es la firmeza que tenemos que recibir de Pedro!

Pero, de Pablo tenemos que aprender el celo misionero, la generosidad. Tenemos todo un año para profundizar especialmente en San Pablo. Este es el año de San Pablo, está empezando, empezó ayer, está apenas comenzando.

Que durante las distintas actividades del año de San Pablo, nosotros nos empapemos de ese celo misionero, nos llenemos de ese fuego, porque no basta únicamente con conservar, conservar y cuidar.

La fe mía no es una vergüenza para esconderla. La fe mía no es una llaga para tenerla ahí oculta. La fe mía es una noticia capaz de renovar el mundo entero. Entonces, no la escondo; entonces la muestro; entonces la participo. Pero, tengo que aprender a hacerlo. Para eso tenemos este año de San Pablo.

Vamos a seguir nuestra celebración, hermanos, con esa alegría de ser católicos, con esa alegría de recibir la Palabra, y con una consigna: "A mí no me arrancan a Jesucristo y mi fe no está en venta. No me vengan aquí a ofrecer, o a subastar, que mi fe no está en venta. Mi corazón hace mucho tiempo le pertenece a Jesús según la enseñanza de estos santos Apóstoles".