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Fecha: 20080628

Título: Preferir a Cristo por encima de todo

Original en audio: 29 min. 43 seg.

En la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo, recordemos a San Francisco de Asís.

San Francisco, en alguna ocasión oraba y lloraba, repitiendo esta expresión: "El amor no es amado". San Francisco se dio cuenta que Dios revela la perfección de su amor en Jesús, pero lamentablemente no todos reciben a Jesús, no todos abrazan a Jesús, no todos acogen a Jesús; "el amor no es amado".

Siguiendo esa línea de pensamiento de San Francisco de Asís, podemos volver nuestra mirada al evangelio que acabamos de escuchar. Hoy, el amor hecho presente en Jesucristo, ese amor nos formula esta pregunta, se la formuló a Pedro y nos la formula a cada uno de nosotros: "Y tú, ¿tú me amas?" Juan 21,15-17.

Esa pregunta no es obvia, y la respuesta no hay que darla por descontada; es una pregunta que hay que repetirla una y otra vez. En distintos momentos de la vida Jesús me pregunta, el Amor me pregunta si yo lo amo.

Es muy interesante, en la lengua hebrea, que el verbo "amar" equivale al verbo "preferir"; por ejemplo, cuando un hombre tenía varias posibilidades de matrimonio, digamos que varias mujeres hubieran querido casarse con él, y él escoge a una, él prefiere a una, entonces la lengua hebrea diría: "A esa la amó", la amada es la preferida, es la escogida.

El evangelio según San juan no fue escrito en hebreo sino en griego, pero Jesús cuando formuló esa pregunta a Pedro, seguramente se la formuló en arameo, con esa connotación tan profunda que tiene el verbo amar, que repito, significa realmente preferir.

Entonces cambiemos la pregunta de Jesús, escuchemos cómo suena en nuestros oídos esta pregunta: "¿Tú me prefieres?" Y "me prefieres" significa: "¿Me pones por delante? ¿Voy delante en tu vida? ¿Valgo más ante ti, valgo más que, por ejemplo, tu dinero? ¿Valgo más que tu tiempo?"

Yo creo que no estamos descaminados cuando hacemos esta interpretación de este texto, porque fíjate cómo sigue. Después de que Jesús le ha preguntado tres veces a Pedro si lo ama, entonces le dice: "Yo te aseguro" San juan 21,18, -y le da una profecía sobre cómo será el final de su vida, y de hecho, así sucedió.

El Apóstol Pedro murió crucificado. Ya siendo un hombre mayor, otro lo agarró, otro le extendió las manos, otro le ciño la cintura y lo crucificó. Así murió Pedro.

Una leyenda piadosa, que puede ser perfectamente cierta, dice que Pedro, cuando lo iban a crucificar, sólo pidió un favor: que no lo crucificaran boca arriba, como había muerto Cristo, se sintió indigno de morir como había muerto Jesús, y pidió, que si lo iban a matar, lo crucificaran boca abajo.

Es decir que Pedro murió mártir, y con qué género de martirio. Y ahora preguntémonos qué es el martirio. El martirio es dar el supremo testimonio, y el martirio es preferir a Cristo, hasta el extremo, hasta proferirlo más allá de la propia vida.

En ese tiempo de persecución, seguramente tiempo del emperador Nerón, fue en la época en la que murió mártir Pedro y en la que también murió mártir Pablo, en esa época de persecución, los verdugos realmente lo que le estaban preguntando a la gente, es decir, a estos cristianos, era: "¿Prefieres tu vida o prefieres a Cristo?"

Y si Jesús le estaba preguntando aquí a Pedro: "Pedro, ¿me prefieres?" Eso tiene muchísimo sentido. Porque tenía que llegar un momento, ese momento del martirio, en el que Pedro tenía que preferir a Cristo, y en ese momento preferir a Cristo significa perder la propia vida, es decir, amar más a Cristo incluso que la propia vida.

Es muy interesante ese modo de leer este evangelio. Para nosotros la palabra "amor" está muy ligada al sentimiento, y para nosotros aquí en Occidente casi que resulta absurdo, o por lo menos demasiado extraño eso de que un hombre le pregunte a otro hombre: "Oye, ¿tú me amas?" Eso suena casi ridículo, por no decir otra palabra.

Pero si pensamos en este significado de amar como preferir, no se trata de: "Pedro, ¿sientes mariposas en el estómago cuando piensas en mí?" No se trata de: "Pedro, ¿se te acelera el pulso cuando piensas en mí?" Sino: "Pedro, ¿has llegado al punto de preferirme?" Que es otra manera de preguntar: "Pedro, ¿ahora sí soy lo primero en tu existencia? Porque, ¿te acuerdas que una vez dijiste que yo era lo primero y me negaste?"

Todos los autores antiguos coinciden en decir que Cristo le preguntó tres veces a Pedro si lo prefería, porque Pedro había negado tres veces a Cristo, y por medio de esta triple confesión de amor, Cristo quería sanar esa triple negación que Pedro había cometido.

Entonces bien conviene mirar este pasaje desde ese ángulo: "Pedro, ¿me prefieres? ¿Soy lo primero en tu vida?" Y dejemos ese amar en cuanto preferir, dejemos eso como primera enseñanza en esta Eucaristía de preparación para la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo.

Primera enseñanza de hoy: amar a Cristo no es simplemente: "Me siento rico, me siento "nice" con Cristo, no; hay veces que no se siente uno muy "nice", eso de que lo lleven a uno y lo agarren, y lo descoyunten, y le den palo, y lo humillen, eso no tiene muchas mariposas en el estómago; pero eso es preferir a Cristo.

Y nosotros tenemos que salir de esta Eucaristía con una convicción: que la clase de gente que Cristo necesita no es la gente que simplemente siente cosas, cosas bonitas: "-Uyy, ese retiro en el que estuvimos allá en Chulavista, tú vieras, eso uyy, eso uyy, eso uno navegaba, eso". Y dice uno: "-Bueno, pero ¿y qué? ¿Qué fumaron? ¿O qué?"

El objetivo del retiro no es sentir cosas fantásticas, aunque Cristo a veces nos permite sentir cosa muy fuertes, muy fuertes; pero el objetivo no es sentir, el objetivo es que el amor tome en nosotros una raíz tan profunda, que nosotros digamos: "Así sienta o no sienta, prefiero a Cristo".

Lo primero que tenemos que sacar de esta Eucaristía, y lo primero que tiene que salir de este retiro, es una frase bien grabada en la mente y el corazón: "Yo prefiero a Cristo".

Entre otras cosas, uno de los grandes santos del primer milenio, San Benito, en el siglo VI, definió la suprema regla de los monjes.

Benito fue fundador de monasterios, especialmente el gran abad del monasterio de Montecasino-, y es como el Padre de toda la vida monástica en Occidente, además, es el Patrono personal de nuestro Papa, porque Benedicto es el mismo nombre que Benito, ambos vienen del latín "benedictus".

Entonces, San Benito decía que toda la vida del monje y toda la vida cristiana se resume en eso: preferir a Cristo, no poner nada delante de Cristo. Primera enseñanza.

Vayamos al ejemplo de Pablo y miremos qué podemos aprender de él. Dice Pablo: "Cuando Dios quiso revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara entre los paganos, inmediatamente, sin solicitar consejo, me trasladé a Arabia y después regresé a Damasco" Carta a los Gálatas 1,15-17.

"Revelar a su Hijo en mí" Carta a los Gálatas 1,15, es una construcción un poco rara, esto está en la Carta a los Gálatas, capítulo primero, es el pasaje que hemos leído como segunda lectura hoy. Y de aquí vamos a tomar nuestra segunda enseñanza.

Nosotros dijimos, en la primera predicación de este retiro, que Pablo tuvo un encuentro con la gracia, y ese encuentro está descrito aquí como una revelación de Jesucristo, la revelación de Jesucristo en la propia vida, el encuentro personal con Cristo, diríamos hoy.

De ese encuentro personal con Cristo dimana todo lo demás, de ese encuentro con Cristo surge la vocación de este Apóstol insigne, valiente, ejemplar. Encuentro con Cristo. pero ese encuentro tiene un nombre especial en ese pasaje de la Carta a los Gálatas, se llama una "revelación".

Y yo estoy seguro que muchos de nosotros estamos pensando: "Pues qué alegría para San Pablo, qué alegría que pudo tener esa revelación", y seguramente uno se imagina esa revelación algo así como el que va a un cine y ve en una pantalla que aparece como la imagen de Cristo.

Algunos santos han tenido revelaciones, por ejemplo, a Santa Margarita María Alacoque se le apareció Jesús y le mostró su Corazón, y de ahí viene la devoción al Sagrado Corazón. Esa fue como una revelación que ella tuvo. También a Santa Catalina de Siena.

Otras veces, parece que fueran santos los que se hubieran mostrado o revelado a otros, como San Juan Evangelista, que se apareció varias veces a un santo de mi comunidad, a San Juan Macías.

Pero la pregunta es esta: cuando San Pablo dice que "Dios quiso revelarle a su Hijo" Carta a los Gálatas 1,15, ¿realmente esa revelación es algo así como ver como en una pantalla a Jesucristo? Porque fíjate una cosa, si nos ponemos a recordar cómo fue la conversión de San Pablo, ahí él no vio nada, lo único que hubo fue una luz, una luz de hecho tan intensa, que no vio, quedó ciego.

Entonces lo que tenemos es que hay un encuentro con Cristo, ese encuentro Pablo lo llama "revelación"; pero ahora no sabemos qué clase de revelación es esa, porque resulta que cuando Pablo se encontró con Cristo, la revelación fue que se quedó ciego, la revelación fue que no vio nada.

¿Entonces qué clase de revelación es esta que aparece aquí? ¿Qué es encontrarse con Cristo? ¿Qué es que Cristo se revele en la vida de uno? ¿Cómo es esa revelación?

Hay algo muy interesante que yo creo que nos puede servir. Hay gente que ha tenido otra clase de revelaciones, por ejemplo, en el Antiguo Testamento, tal vez nos podemos acordar de un patriarca llamado Jacob. Acuérdate que Abraham fuel el papá de Isaac, Isaac fue el papá de Jacob.

Jacob, en una de sus muchas correrías, iba con los rebaños, iba con su familia, y por allá haciendo caminos, le tocó detenerse en un cierto paraje a dormir. Durmió, apoyó su cabecita sobre una piedra que le sirvió como de almohada, y tuvo un sueño, tuvo como una revelación, él veía como una escalera, que se apoyaba en esa piedra, y que subía, subía, subía y llegaba hasta el cielo.

Y vio que había Ángeles que subían y que bajaban por esa escalera, y esa escalera llegaba hasta la piedra donde él tenía recostada la cabeza. Ese fue el sueño que tuvo. Y cuando él se despertó, entonces dijo: "Qué terrible es este lugar, "si es que Dios estaba aquí, y yo no me había dado cuenta" Génesis 28,16.

Y entonces esa piedra, que había prestado un servicio tan humilde, porque había servido de almohada, se convirtió en altar. Jacob hizo un altar con esa piedra, la piedra que en el sueño tenía una escalera que llegaba hasta el cielo. Esa también fue una revelación.

Pero también hay otra revelación que le sucede a Pedro. Resulta que Pedro una vez estaba con Jesús ahí en la barca; Jesús estaba predicando a la gente, Jesús se subió a la barca de Pedro, le pidió que la apartara un poco de la orilla, y Jesús se puso a predicar, y la gente estaba ahí en la playa; era como una manera de hacer un auditorio improvisado.

Y ahí estaba Cristo predicándole a la gente, y Pedro estaba trasnochado, como algunos de los que vinieron a este retiro. Estaba profundamente trasnochado Pedro. Uno se imagina al pobre Pedro trasnochado, asoleado y sermoneado. O sea que Pedro casi no tenía ojos sino sólo una rayita.

Entonces Pedro, trasnochado, asoleado y sermoneado; bueno, ya terminó Cristo, dijo todas sus parábolas, toda su enseñanza; y Pedro, pues, seguramente le pareció muy bueno todo eso, pero él, en ese momento, no pensaría sino en descansar.

Pero a Jesús se le ocurre una idea extraña, le dice: "Oye, vamos a remar mar adentro, y era mediodía-, vamos a remar mar adentro, vamos a pescar" San Lucas 5,4. Y Pedro, que conocía bien el lago, sabía que a esa hora, con todos los reflejos de la luz en el lago, qué pescados iban a tomar. Por eso los pescadores solían hacer su faena en la noche.

Entonces Pedro dijo: "Bueno, porque tú lo dices vamos a hacerlo" San Lucas 5,5. Ahí como que le creyó un poco, y ahí sucedió una de las pescas milagrosa que se cuentan en los Evangelios.

Y cuando Pedro ve que van saliendo pescados, y pescados, y pescados, y que no podían subir eso, entonces mira los pescados y mira a Jesús. Porque claro, hasta ese momento Jesús era como un hombre interesante, que decía discursos interesantes, hace discursos; pero una cosa es decir discursos y otra cosa es esto, esta cantidad de pescados.

Y pedro miraba a Jesús y miraba el pescado, miraba el pescado y miraba a Jesús, y a Jesús y al pescado, y a Jesús y al pescado, y ahí ya volvió a abrir los ojos, y ya ustedes saben cómo es eso de abrir los ojos.

Abrió los ojos Pedro, esa fue una revelación: "Hola, ¿yo a quién tengo aquí en la barca? ¡Ay!, y se cayó de rodillas delante de Jesús y le dijo: "Señor, apártate de mí, yo soy un pobre pecador"" San Lucas 5,8.

Fue una revelación, Pedro se dio cuenta quién era ese Jesús; Jacob se dio cuenta que esa piedra no era cualquier piedra.

Entonces cuando San Pablo nos dice aquí en Gálatas que tuvo una revelación de Jesús, por favor, no nos imaginemos la pantalla de cine. Más bien, lo que sucede es como una luz, y esa luz trae este mensaje: "Aunque jamás te has dado cuenta, yo ya estoy en tu vida; aunque tú mismo no te lo crees, he estado siempre cerca de ti".

Esto lo expresa poéticamente esa historia que seguramente conocemos todos, esa historia de las huellas en la arena, que ustedes saben muy bien. "En los momentos más turbulentos de tu vida yo te estaba cargando". Porque la estrategia del demonio consiste en esto. Vamos a develar aquí, vamos a sacar a luz aquí la estrategia del demonio.

La estrategia del demonio es esta: que cuando uno tiene problemas, o cuando uno se siente solo, endeudado, feo o gordo, el demonio, -pero sobre todo con los problemas más que con la gordura, así que no se preocupen-.

Cuando uno tiene bastantes problemas, y cuando uno se siente bastante triste, la estrategia del demonio consiste en lo siguiente: se acerca sigilosamente por detrás y empieza a sususurrar: "¿Te das cuenta que ese tal Dios te dejó solo? ¿Te das cuenta que no puedes confiar en ese tal Dios que te exige y te exige y te exige, pero cuando lo necesitas no está? ¿Te das cuenta?" Esa es la estrategia del demonio.

El demonio que quiere que nosotros sintamos que Dios exige mucho y da poco, arruina la vida, quita la felicidad de nosotros. El demonio lo que quiere es que nosotros pensemos que la felicidad consiste en desenchufarse de Dios.

Eso es lo que quiere el demonio, que uno piense que la felicidad es desenchufarse de Dios, porque Dios no ayuda en el momento difícil, y en el momento difícil Dios lo único que hace es aprovecharse de uno, porque Dios es un enemigo de uno.

Esa es la estrategia del demonio, y por eso el demonio quiere que uno se sienta solo; el demonio quiere que uno sienta que no se puede confiar en las promesas de Dios, y que uno únicamente tiene la propia inteligencia, la propia codicia, el propio apetito y todo un mundo para aprovecharlo, para disfrutarlo, "y el que se me acerque lo saco a codazos".

Eso es lo que quiere el demonio, que nos volvamos seres rapaces, concentrados únicamente en los propios objetivos, con garfios en lo codos dispuestos a sacar ojos y despedazar cráneos, "porque mi camino es este, y yo por aquí me meto, y yo logro mis metas como sea, y aplastaré al que sea, porque yo tengo que gozar de este mundo, yo..."

-"¿Y por qué dice todo eso?" "-Porque así me lo aconseja mi manager", "_¿y cuál es su manager?", "Por ahí una voz que sale cada tanto", -"¿y qué dice esa voz?" "-¿Te das cuenta cómo te dejó solo Dios? Sooolo, ¿te das cuenta?"

¿Entonces en qué consiste la revelación? La revelación consiste en lo que describe la parábola de las huellas en la arena, la revelación consiste en que Dios nunca se fue, fui yo el que me aparté de Él. Esa es la revelación.

La revelación consiste en lo que vivió Jacob. "Yo no sabía que existían elemento sagrados, espacios sagrados, palabras benditas, yo no sabía eso. Para mí el mundo era sólo un lugar de uso, o de abuso, pero no era un lugar que pudiera hablar de lo santos. Y yo pude haber pasado por encima de esa piedra mil veces, y no sabía que había algo ahí".

Y revelación es lo que tuvo Pedro en esa barca: "Sí, habla muy bonito, sí, muy interesante todo, ¡pero tengo un sueño!" En cambio, cuando pasa la pesca, a pesar de que lo ojos antes estaban como rendijas, le quedaron abiertos, muy abiertos, se le espantó el sueño a Pedro y dijo: "Y ése ¿quién es?"

La revelación es descubrir eso, la revelación no es descubrir a Dios allá, por eso dice una traducción: "Cuando Dios reveló a su Hijo en mí" Carta a los Gálatas 1,15.

La gran revelación no es ver un cuadro bonito: "¡Ay, qué rostro tan bonito de Jesús!" No. La revelación es descubrir que este Jesús, este maravilloso y bendito Jesús, es el Jesús que ya ha acompañado mi vida, es el Jesús que ya ha estado conmigo.

Jesús no esperó a que tú le dijeras: "Ayúdame", para empezar a ayudarte; hace muchos, muchos años que Jesús está amándote y ayudándote, aunque tú no lo volteas a mirar. Hace muchos años que Jesús está ahí cuidándote y aliviándote de peligros y tratando de golpear a tu puerta y de despertarte, aunque tú no has sabido de Él, aunque tú no lo volteas a mirar.

Hace muchos años que Jesús está ahí, ahí tan cercano, y la revelación ¿qué es? La revelación es que de pronto uno hace así y está Él, y uno dice: "Pero si siempre estuvo", y dice Él: "¡Pues claro que siempre estuve, menso, pero nunca me volteabas a mirar! ¡Claro que siempre estuve! ¡Claro que siempre estoy! ¡Claro que siempre te he amado! ¡Claro que siempre te he esperado! Casi que no se voltea, ¿no? Tipo terco, ¡caray!". Esa es la revelación.

La conversión no consiste en que Dios estaba lejos, y de pronto yo le digo: "-Señoooor", y Él dice: "-No se oye". No. La revelación y la conversión consiste en que de pronto caen, dice en el caso de San Pablo: "Cayeron como unas escamas de los ojos" Hechos de los Apóstoles 9,18.

La revelación es eso, que se le caen a uno como unas escamas de los ojos, y uno dice: "El Señor siempre ha estado, el Señor siempre ha amado, el Señor siempre me ha esperado, el Señor siempre ha sido eso, el Señor. El Señor siempre ha estado, y ahí es cuando uno siente una gratitud inmensa. Y esa es la segunda enseñanza del día de hoy en esta predicación.

La primera enseñanza, recuerden ustedes, -aunque sé que tienen una memoria prodigiosa-, la primera enseñanza fue la de San Pedro. "Pedro, ¿me amas?" San Juan 21,15-17 significa: "Pedro, ¿me prefieres?" amar significa preferir, y hoy tenemos que salir de aquí diciendo: "Quiero preferir a Jesucristo siempre, sienta o no sienta nada".

A veces se siente mucho y a veces uno lo siente mucho, pero en todo caso, se trata de que con sentimiento o sin sentimiento, con mimo o sin mimo, o como sea, pero preferir a Cristo. Esa es la primera parte.

Y la segunda parte es esto de Pablo: la revelación de Jesucristo, y la revelación de Jesucristo no es una imagen bonita de Cristo allá, sino es el descubrimiento de esa presencia compasiva, paciente, sabia que ha estado en mi vida.

Es como voltear a mirar, es como que caen unas escamas de los ojos y uno dice: "Siempre me amó, siempre estuvo". Esa es la revelación y esa es la conversión que aquí nos interesa.

Hermanos, vamos a pedir al Señor, por la poderosa intercesión de sus Apóstoles, que nuestra fe sea renovada, que también nosotros podamos encontrarnos así con su amor como se encontró Pablo, y que después de encontrarnos así con Él, podamos preferirlo siempre.

Ese es el mensaje: que caigan las escamas, que yo vea que el Señor ha estado siempre en mi vida, y que descubriéndole presente, aprenda a preferirlo siempre.

Amén.