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Fecha: 19990629

Título: Cristo ha revelado a su Hijo en mi

Original en audio: 8 min. 21 seg.


Queridos Hermanos:

Estas lecturas que acabamos de recibir en nuestros oídos, y espero también en nuestro corazón, no son frecuentes; estamos tomando la Misa de la Vigilia de los Apóstoles Pedro y Pablo, la Misa de la víspera. Cuando asistimos a Misa el día propio, o sea el 29, escuchamos otras lecturas que serán, desde luego, las de mañana.

Estas de hoy nos presentan en todo su vigor, en todo su esplendor el ministerio de estos dos grandes pilares de la Iglesia; Pedro que no tiene nada, sino la presencia de Jesucristo; decir: "En el nombre de Jesucristo" Hechos de los Apóstoles 3,6, es como decir: "Como representante autorizado de Jesucristo, como embajador, como presencia de Cristo para ti".

Esa es la riqueza inmensa que tiene este pobre de oro y de plata, y por eso declara abiertamente su pobreza de esta tierra mientras anuncia su riqueza de cielo: @Plata y oro no tengo; pero lo que tengo te lo doy" Hechos de los Apóstoles 3,6.

Y lo que tiene Pedro es esa riqueza inmensa, esa presencia densa, maravillosa, poderosa de Jesús que es capaz de devolverle la salud a este paralítico; este hombre paralítico de nacimiento es como una imagen de lo que somos todos nosotros.

Lo que viene por nacimiento viene por naturaleza. Nuestra naturaleza es paralítica, hay cosas que a uno no le salen por naturaleza: no sale de la naturaleza ser santo, perdonar a los enemigos, acercarse al que nos cae mal, servir al que no puede agradecer, hacer penitencia, restringirse, unirse a la cruz.

Para todas estas obras, que son las obras del Evangelio, estamos paralíticos, como este hombre estamos paralíticos. De nuestra naturaleza, de nuestro nacimiento, de nuestro papá y mamá no hemos recibido fuerza para la danza del Señor. El paralítico recibió la enseñanza de Pedro, y se pudo poner en pie, y pudo entrar a la casa de Dios, y pudo saltar y danzar en la Casa de Dios.

Esa danza, esos saltos de gozo no los tenemos, no se los pidamos al cuerpo que no los tiene, no se los pidamos a nuestra familia, no los conocen. No le reclamemos al vientre de nuestra madre, la mamá dio lo que pudo, la familia dio lo que pudo, la raza da lo que puede; el tiempo y el mundo en el que vivimos dan lo que saben y pueden, pero no es de la naturaleza de donde viene la danza del cielo.

A la puerta del Templo, pero sin poder entrar, estamos nosotros como este paralítico aguardando que llegue la palabra poderosa de San Pedro, con la presencia poderosa de Cristo, a darnos la danza poderosa del cielo. Qué bueno es reconocerse uno paralítico y que a uno por naturaleza no le salen las cosas.

Deja de estrujar tu corazón para que vaya a sentir lo que no va a sentir; deja de pedirle a tu corazón que se alegre haciendo penitencia, que se goce y sonría perdonando al enemigo, que se gaste con gusto por la Iglesia.

Esas cosas no las puede dar el corazón; ya lo puedes machacar, exprimir, estrujar, del corazón tuyo no sale eso eso, solo viene de la Palabra de Jesucristo presente en sus Apóstoles.

Que venga esa palabra de San Pedro hoy a nosotros y que nos diga a cada uno: "En el nombre de Jesucristo" Hechos de los Apóstoles 3,6.

Con la fuerza de esa salvación, que sólo Dios da, ahora sí: "Levántate" Hechos de los Apóstoles 3,6, y ahí sí el paralítico, nosotros, se puede levantar y hacer lo que antes no podía, gozarse y saltar; y todo el pueblo verá lo que Dios hace en nosotros y todos darán gracias a Dios por nosotros.

El Apóstol San pablo recoge en la Carta a los Gálatas su testimonio: "Dios ha revelado en mí a su Hijo" Carta a los Gálatas 1,16, este es el corazón del testimonio de Pablo, esta es la verdad que a nadie le puede arrebatar. A Pablo le quitaron todo: la libertad muchas veces, el alimento, el descanso, la paz, finalmente, hasta la cabeza.

A uno le pueden quitar muchas cosas, pero nadie le pudo quitar a Pablo esto: "Es que Dios reveló en mí a su Hijo" Carta a los Gálatas 1,16.

Y esta experiencia de la revelación de Cristo en la propia vida es la que convirtió a Pablo de incrédulo en creyente, de pecador en santo, de blasfemo en predicador, lo convirtió en esa maravilla que luego cuenta él mismo: "Ahora es Cristo el que vive en mí" Carta a los Gálatas 2,20.

Así como Pedro se atreve a decir: "En el nombre de Cristo, levántate" Hechos de los Apóstoles 3,6, así Pablo dirá: "Cristo vive en mí" Carta a los Gálatas 2,20.

Es Cristo entrando a las vidas, llenándolas, rebozando las vidas. Con ese Cristo adentro es que ellos recorren el mundo, convierten a cientos, levantan muertos, sanan enfermos, expulsan demonios.

Sin ese Cristo adentro hubieran sido vencidos por los demonios, las enfermedades y las dificultades, pero llevaban dentro de sí, esa experiencia preciosa que nos ha descrito San Pablo: "Es que Dios ha revelado en mí a su Hijo" Carta a los Gálatas 1,16.

Hay una manera muy hermosa de interpretar este texto: "Dios reveló en mí a su Hijo" Carta a los Gálatas 1,16, es hermoso pensar que quiere decir que el Hijo de Dios apareció como dentro de mí, como en mi realidad.

¿Qué tal tomar nosotros nuestras miserias, nuestras llagas y pensar que son las Llagas de Cristo? ¿Qué tal tomar nosotros nuestras llagas y pensar que son las Llagas de Cristo? Y como diría nuestro amigo Camilo, que predica en esta misma capilla: "Ahora dejen de pensarlo, es verdad".

Piense usted que sus llagas son las Llagas de Cristo, ese es un pensamiento suyo, pero ahora le cuento el Evangelio: Cristo tomó sus Llagas, entonces no es una imaginación suya, es la realidad.

Cuando uno descubre que Cristo tomó las llagas de su vida, cuando usted descubre sus llagas en las Llagas de Cristo, y las Llagas de Cristo en las suyas, usted podrá decir como San Pablo: "Es que Dios reveló a su Hijo en mí" Carta a los Gálatas 1,16.

Y cuando usted siente y descubre eso, aunque sucedan muchas cosas, que a todos nos pasan, aunque el pecado nos azote alguna vez, habrá un viento fuerte y victorioso que nos podrá levantar, para que se oiga el testimonio del Señor hasta el último confín de la tierra.