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Hoy nuestra madre La Iglesia celebra a dos de sus más grandes apóstoles: Pedro y Pablo. Pedro es aquel que recibió de Cristo la palabra que oíamos precisamente en el Evangelio de hoy: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). Pablo es aquel instrumento elegido, como lo llama el capítulo noveno de los Hechos de los Apóstoles, para llevar el Evangelio a muchas naciones.

Es muy interesante la relación entre estos dos gigantes de la santidad, testigos preciosos del poder del Evangelio. Si los miramos, resultan muy diferentes; Pedro es un pescador de Galilea, Pablo es un hombre de letras, educado primero en su ciudad natal, en Tarso, y luego en Jerusalén. Así que Pedro tiene poca cultura, mientras que Pablo tiene una gran formación.

De aquí tomamos nuestra primera enseñanza, Cristo el Señor, con la misma facilidad hace grande la misión de aquellos que según el mundo poco cuentan, o de aquellos que según el mundo tienen una gran estatura, una gran relevancia. Cristo el Señor “necesita” de ambos; a través de la sencillez de los que tienen poca educación nos da perlas de sabiduría, que nos hacen entender que es Él quien hace sabia la vida del hombre. A su vez, llamando a hombres de tanta formación y estudio como Pablo, muestra que todas las grandezas de este mundo solo alcanzan su verdadero propósito, cuando se ponen en manos del autor de toda grandeza, es decir, del mismo Dios. Ese es un primer contraste.

Un segundo contraste está en las expresiones o símbolos que suelen utilizarse, cuando hablamos de estos apóstoles. Pedro, por supuesto, es comparado con la roca; Pablo, en cambio, es comparado con la espada que penetra, que avanza, que de algún modo representa el vigor de una predicación más allá de toda frontera. O sea, que en Pedro encontramos firmeza y en Pablo encontramos movimiento; y las dos cosas las necesita la Iglesia: firmeza, claridad en su doctrina; movimiento, vigor para llevar a otros la Buena Noticia; Iglesia que tiene que ser al mismo tiempo firme y ágil. Humanamente hablando esto no es un equilibrio sencillo, con bastante frecuencia la firmeza se convierte en inmovilidad; y con bastante frecuencia también, el movimiento, la agilidad, se convierte en banalidad, en trivialización, incluso, en infidelidad al mensaje original. Pero al celebrar al mismo tiempo a Pedro y a Pablo, la Iglesia nos está recordando algo de su propio ser; que tiene que ser fiel y firme, y a la vez tiene que ser misionera y ágil.

Ya que hemos destacado estas diferencias, conviene recordar un último aspecto que ya no es de diferencia sino de unión; ambos dieron su vida por Cristo, ambos santificaron el suelo de Roma con su propia sangre; lo cual nos indica también, como más allá de las diferencias de carismas y de misión que tenemos unos con otros, el Señor finalmente nos está llamando para que cada uno a su propia manera, y por su propio camino, dé testimonio de un amor sin límites. No hay amor más grande que dar la vida, y eso fue lo que hizo Pedro y Pablo. Cada uno de nosotros tiene también su propio camino, pero cada uno es invitado también a dar vida, a dar la vida, a ser testigo de la vida que no muere. Así nos lo conceda Dios por la poderosa intercesión de los santos apóstoles Pedro y Pablo.