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Fecha: 20080629

Título: El Senor libera en el abandono

Original en audio: 12 min. 3 seg.


La palabra que más se ha repetido en las lecturas de hoy es liberación. San Pablo dice, con una fe muy grande: "El Señor me va a librar de todo", sus palabras son éstas: "El Señor me librará de todo mal y me salvará llevándome a su Reino celestial" 2 Timoteo 4,18. Liberación, de eso nos habla San Pablo.

Y el Apóstol Pedro, en la primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos habla también de liberación, lo que le sucedió a él fue eso precisamente. Herodes tenía montado un espectáculo perverso para burlarse de la fe y para hacer caer en desgracia a Pedro, que era indudablemente el jefe el primero entre los testigos del Resucitado.

Entonces Herodes tenía montado un espectáculo, tenía todo arreglado, pero hubo una intervención inexplicable: el Señor envió a su Ángel y liberó a Pedro de circunstancias humanamente inexplicables; también ahí se trata de una liberación.

Y luego lo que hemos dicho en el salmo es precisamente un eco de lo mismo: "El Señor me libró de todas mis ansias" Salmo 34,7. Es decir que esta fiesta tiene sabor de libertad, y es muy interesante la respuesta del salmo: "El Señor me libera de mis ansias, me libera de mis angustias" Salmo 34,7.

Porque la prisión más terrible no es la prisión de unos barrotes, no es la prisión de unos muros, la prisión más terrible del ser humano está siempre adentro de su corazón.

Y hay personas que pueden andar por las calles, pero van prisioneras; y hay personas que pueden atravesar países, pero están prisioneras; y hay personas que pueden disfrutar la luz del sol, pero la disfrutan desde una prisión, que no es disfrutarla, porque sienten que el sol no alumbra para ellas.

Cuando una persona, por ejemplo, está en un estado de depresión profunda, está prisionera, y aunque puede moverse, y aunque el sol salga, y aunque haya flores en el jardín, ni las flores huelen, ni el sol alumbra, ni el aire refresca.

Por eso, en esta fiesta tenemos que reflexionar en lo que significa esa liberación de las ansias, de las angustias. Pablo dice: "el Señor me librará de todo mal" 2 Timoteo 4,18; y Pedro vive algo que parece un sueño, el Señor lo libera en circunstancias totalmente adversas.

Entonces, lo primero que tenemos que reflexionar nosotros es, cuáles son nuestras prisiones, porque uno queda prisionero de un pasado, a veces queda uno prisionero de un miedo, a veces queda uno prisionero de un afán de venganza, de un resentimiento, de un odio hacia una persona que tal vez ya se murió y uno sigue prisionero de ese odio, de ese recuerdo. Eso es ser prisionero.

A veces queda uno prisionero de un complejo, uno se siente acomplejado. A veces se siente uno prisionero de un pecado que ha cometido y uno siente que está eso limitando la libertad, impidiendo la alegría, frenando la esperanza, humillando la vida.

Cada uno de nosotros yo creo que ha pasado esa experiencia y tenemos que pedir al Señor esa liberación. ¿Cómo puede Dios liberarnos? ¿Cuál fue el principio de libertad? ¿Cuál fue el motor de la libertad para Pablo o para Pedro? indudablemente la fe.

¿Y en que consiste la fe? En este contexto, la fe consiste en fiarse, ¿no les parece a ustedes maravilloso que Pedro estaba dormido, que el Ángel tuvo que despertarlo? Se estaba tramando algo espantoso contra él, parecía que le aguardaba una muerte semejante a la de Cristo, es decir, una muerte pasando por la tortura.

Y este hombre en prisión, con cadenas, y aguardando semejante tortura, dormido, que tuvo el Ángel que despertarlo, eso ya es una expresión de fe, porque es lo que se llama la fe del abandono.

Y hoy los invito, hermanos, a ese abandono, abandono quiere decir que uno deja en las manos de Dios lo que ha tenido poder sobre uno, lo que le ha tenido encadenado a uno.

Si a mí me ha tenido encadenado un miedo, lo abandono en las manos de Dios; si cuando era niño viví cosas espantosas que ningún niño debería padecer, eso que viví, esas escenas, esos dolores, esas humillaciones, eso lo voy a dejar en las manos de Dios.

Pero uno tiene que hacer ese acto consiente de decir: "Señor, abandono en tus manos esto que me hicieron cuando era niño", "abandono en tus manos este miedo que he tenido, "abandono en tus manos esta tristeza o este complejo que he tenido". La fe se vuelve confianza, la fe se vuelve abandono.

Y Pedro con sus dos manos encadenadas, metido en la prisión, esperando lo peor del mundo y dormido, es un testimonio de eso. Él estaba puesto en las manos de Dios: "Lo que Dios disponga de mí está bien dispuesto".

Oiga bien esto: "Estoy primero en las manos de Dios que en las manos de Herodes, estoy primero en las manos de Dios que en las manos de Pilatos, estoy primero en las manos de Dios que en las manos de los judíos, estoy primero en las manos de Dios".

Esta es una lección muy práctica para nosotros, la necesidad de la liberación, la fe que ejercemos y el abandono, la capacidad de abandonarse en el Señor, ese abandono también se convierte en esperanza.

La última encíclica, hasta ahora, del Papa Benedicto, es sobre la esperanza: "Somos salvados en la esperanza".

¿Qué quiere decir esa frase? Quiere decir que nosotros sabemos que nuestro Dios es poderoso, pero todavía no vemos con estos ojos la plenitud de lo que Él nos anuncia, por ejemplo, sabemos que Dios es el Señor, pero todavía no lo vemos reinando abiertamente, porque hay muchos crímenes, hay muchas injusticias, hay muchas privaciones, hay demasiados dolores.

Entonces, nuestra salvación es una salvación en esperanza. ¿Qué quiere decir eso? Que nuestra salvación se convierte en certeza, de que esa semilla que ya hemos recibido, va a florecer en la victoria de Jesús.

Yo invito a todos, pero especialmente a las damas que participaron en el taller de hoy, a ustedes, mujeres, las invito a que dignan en su corazón: "Yo ya soy salva en la esperanza".

¿Y eso qué quiere decir? Que lo que Dios ha sembrado en ti en este taller hoy, ya tiene la fuerza suficiente, pero tienes que dejarlo crecer, porque a veces uno se impacienta, -a todos nos pasa-, yo tenía un amigo que era muy impaciente, entonces le rezaba a Dios, claro, y le decía al Señor: "Te pido que me des paciencia pero ya".

Todos somos impacientes. ¿Qué hay que hacer con la impaciencia? Lo que hay que hacer es descubrir que la impaciencia no acelera el tiempo, tú has recibido una semilla maravillosa en este taller, esa semilla que has recibido hay que cultivarla.

Decía un famoso predicador del siglo XVI: "Las matas no crecen jalándolas"; lo que tú has recibido hoy necesita tiempo para crecer.

¿Qué haces tú para que crezca una mata? Si tú tienes una mata, por ejemplo, de manzanas, y es una matica así de un palmo de altura, tú no llegas donde la matica todas las mañana y le dices: "¿Y las manzanas?" Porque, además, dicen que las matas son sensibles a como uno les hable.

Entonces, de tanto gritar al pobre árbol de manzana, se traumatiza y los tratamientos a los árboles traumatizados son muy caros. Entonces uno no llega donde el árbol a gritarle: "¿Por qué no da manzanas?" A la otra semana tampoco, entonces lo jala y le dice: "Crezca"; no, uno lo riega, lo alimenta.

Nuestra salvación es en la esperanza, la plenitud de lo que Dios me ha dado lo voy a ver después, no lo voy a ver ahora, lo voy a ver después. Por eso dice San Pablo: "El Señor me librará de todo mal, me salvará llevándome a su Reino Celestial" 2 Timoteo 4,18.

Bueno, ese es el mensaje del día de hoy. Entonces, primero: la necesidad de liberación que todos tenemos; segundo: esa liberación sucede a través de la fe, que consiste en que tú arrojas toda tu vida, especialmente aquello que te angustia, lo abandonas, lo arrojas a las manos de Dios; pero conscientemente dices: "Ahí queda, en las manos de Dios"; y tercero: saber que el proceso toma tiempo.

¡Acoge la semilla que has recibido y dale crecimiento!.