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Fecha: 19980810

Título: El martirio, la gracia de las gracias

Original en audio: 19 min. 3 seg.


Lorenzo es uno de los diáconos más amados y venerados en la Santa Iglesia. Fue diácono de la Iglesia de Roma, se distinguió por su generosidad, y luego por la fortaleza en el terrible martirio del fuego.

Lorenzo fue asado vivo, y con este martirio cumplió lo que significa esa palabra: dio el supremo testimonio del amor a Jesucristo.

Entregó sus cosas a los pobres por amor a Cristo, y después entregó su vida al mismo Cristo. Y de esta manera, con su vida y con su muerte, nos dejó un testimonio de cuánto puede la gracia de Dios.

El mismo Dios que le concedió ser generoso en la vida, le concedió la suprema generosidad en la hora de la muerte. Y así también aprendemos nosotros, que el que es generoso con los bienes de esta tierra, también es generoso para entregarse entero a la hora de su muerte.

Este es el testimonio que nos da Lorenzo, y nosotros miramos con cariño su amor a los pobres, y miramos con admiración su dolorosa muerte.

La admiración y el cariño: estos son los sellos de la santidad grande en la Iglesia. Inspirar sólo cariño, o inspirar sólo admiración, es pequeño. Lo verdaderamente grande, el verdadero servicio a Cristo, está en poder inspirar las dos cosas: poder inspirar cariño, que haga sentir la cercanía de Cristo, y poder despertar admiración, que haga clara la gracia de Jesucristo.

La santidad cristiana tiene, por decirlo así, estas dos dimensiones, y despierta en nosotros, como ya lo despierta desde Jesucristo, estos dos sentimientos: la cercanía del cariño, y la distancia de la admiración.

No queramos ser solamente admirados, porque entonces seremos lejanos; no queramos ser solamente cercanos, porque entonces seremos tal vez inútiles. Hay que saber tener al mismo tiempo, la ternura y la grandeza.

Y esto fue lo que tuvo Lorenzo. ¿De quién lo aprendió? De Jesucristo, a quien encontró en los pobres, y a quien encontró en la hora de la muerte.

Hay un testimonio escrito que aparece en las antífonas de la Liturgia de las Horas para este día, un testimonio de las palabras de Lorenzo mientras se acercaba el momento de la muerte. Y en esas palabras podemos destacar tres cosas: primera, una que revisa.

Estando completamente quemado por un lado, le dice al verdugo, le dice al rey que estaba ahí cerca: "Bueno, ya esta parte está quemada; ya puedes cortar y comer".

Estas palabras espeluznantes fueron dichas muy cerca de las palabras de adoración con las que reconocía cercano el Cielo. No son entonces palabras de ironía, ni palabras de venganza. ¿Qué son? Son una predicación, una predicación hecha con su carne malograda ya para siempre en este mundo, pero preparada para los Cielos.

Son una predicación. Está mostrando Lorenzo, que así como Cristo torturado en la Cruz, pudo por fin ser digerido por nuestra miseria, así también los mártires, destrozados por la injusticia, son el alimento, la predicación, el único lenguaje que termina entendiendo el mundo.

Cristo pudo cumplir a la letra con el sacrificio, con la ofrenda de su vida en la Cruz. Los azotes, los clavos, el dolor, la tortura, la muerte, y como diría Catalina de Siena, el fuego del Espíritu, hornearon este Pan, y así podemos comerlo en la Eucaristía.

La Cruz entonces, hizo digerible a Cristo; la Cruz hizo que nosotros pudiéramos comernos a Cristo. Cuando Él habló por primera vez en la sinagoga de Cafarnaúm, "el que no coma mi carne, no tiene vida" San Juan 6,53, la gente se fue espantada, y dijo: "¿Pero este Señor nos va a dar a comer su carne?" San Juan 6,60.

¡No! Esa carne que tiene sólo la vida de esta tierra, no puede ser comida sin canibalismo. Pero la carne que ha pasado por el misterio de la Cruz, la carne que se ha hundido en el misterio del amor, la carne que ha pasado por el fuego del Espíritu, esa sí puede ser comida, y esa es la que nosotros, como Carne de Pascua, como Cordero Pascual, comulgamos en la Santa Misa.

De manera que el mismo mundo que torturó a Cristo, necesita del alimento de Cristo. Cuando Lorenzo dice esas palabras espeluznantes a su torturador, está revelando el misterio profundo del odio, y al mismo tiempo, la necesidad que el mundo tiene de mártires.

Mientras estemos enteros, resultamos incomprensibles, y en cierto modo, inútiles para el mundo. Como Cristo cuando estaba entero en la sinagoga de Cafarnaún, por ese momento fue inútil para esas personas, que no entendiendo nada, ofuscadas en su mente, se fueron, se alejaron de Él.

En cambio, el Cristo destrozado, el Cristo hecho Hostia en la Cruz, ese Cristo sí puede ser comido, ese Cristo sí puede ser digerido.

Así también nosotros, mientras estemos enteros, seremos en cierta forma, inútiles. Por eso la Lectura del Evangelio: "Si el grano no muere, si permanece entero, es infecundo" San Juan 12,24.

Es solamente eso, un grano de trigo, es infecundo, es inútil. "Destrozado el grano, deshecho el grano, brota la cosecha que es útil para el mundo" San Juan 12,24.

De manera que Lorenzo estaba predicando en medio de las llamas, estaba uniéndose a Cristo Hostia, y estaba revelando el misterio de su participación en la Pascua del Señor, allí, en medio de los dolores.

Dice también Lorenzo en ese momento, que da gracias a Dios. Esta ha sido una constante en los mártires. Sin duda es la muerte en sí misma más deseable para nosotros, los cristianos.

Porque si nosotros repasamos las vidas de los Santos, hay penitentes que son héroes de la ascética, vírgenes purísimas, doctores llenos de luz, obispos celosos del rebaño. Bueno, ¡cuántos géneros de santidad tiene la Iglesia!

Y sin embargo, cuando se estaba muriendo uno de estos monjes del desierto, hombre dedicado a la penitencia y a la oración, años, y años, los que estaban ahí cerca, otros ermitaños, le vieron postrado. De pronto hizo un gesto de temor ante la certeza de que se iba a morir, y uno de los jóvenes que estaba iniciando ese camino del desierto y de la penitencia, vio a este monje temblar de miedo ante la muerte.

Y como ellos eran así, desbaratados para hablar, todos estos monjes del desierto, entonces le preguntó: "Abbá, ¿tú también tiemblas ante la muerte?" Siempre se trataban así, de papá: "Abbá, ¿tú también tiemblas ante la muerte?"

Y el otro anciano, que llevaba no sé cuántos años de oraciones y penitencias, dice: "Mi conciencia nada me reprocha, pero quién sabe las palabras de Cristo".

Y así podríamos dar ejemplo de muchos otros Santos. En cambio, los mártires, esos sí son un grupo aparte. Recordemos el caso de Pablo Miki y sus compañeros. Ellos fueron crucificados allá en el Japón. Estaban puestos en serie, uno junto al otro en sus cruces. Y de pronto, uno le dijo al otro, recordando el momento de la Pasión de Cristo: "Hoy vas a estar en el Paraíso" San Lucas 23,43.

Uno hizo de Cristo para el otro: "Hoy vas a estar en el Paraíso" San Lucas 23,43. Y ese otro, torturado, deshecho, demacrado, con las manos sujetas al leño, tuvo todavía fuerzas para levantar sus manos, para moverlas hacia el cielo, para sonreír de gozo, para expresar con júbilo que sí iba para el Cielo.

Es lo mismo que dice Lorenzo: "Hoy me has agregado al Reino de los Cielos", le dice a Cristo. Y recordemos al primero de los mártires, Esteban: "Veo los Cielos abiertos, y a Jesucristo" Hechos de los Apóstoles 7,56.

Los Cielos se abrieron para él; en medio de una lluvia de piedras, los cielos se le abrieron a Esteban. "Señor Jesús, recibe mi espíritu" Hechos de los Apóstoles 7,59, y dice también: "Señor, no les tengas en cuenta este pecado" Hechos de los Apóstoles 7,60.

De manera que hay algo en la santidad de los mártires que hace, que siendo todos santos, sean, en cierto modo, un grupo aparte. Porque parece que a ellos, a los que mueren así, combatiendo por Cristo, Cristo les infunde una certeza tan completa de la victoria, que ni siquiera los más grandes penitentes, ni siquiera las más puras de las vírgenes, ni siquiera los más esclarecidos de los teólogos y doctores, ni siquiera los más celosos obispos han tenido.

Es un regalo, es una prenda, es un abrazo o beso de Cristo, que Él reserva para los que mueren así, en medio de la persecución y la lucha.

Lorenzo da testimonio de esto, y no es el único ejemplo; es un ejemplo entre otros; es una verdad maravillosa. Santos tan grandes como nuestro amado Domingo, como nuestra amada Catalina, entendían estas cosas, sabían que hay un último coloquio, inaudible para el mundo, hay unas últimas palabras, hay unos susurros que Cristo le dice al oído al que está muriendo por Él.

Y Domingo, o Catalina, que no murieron mártires, aunque se gastaron por Cristo, sabían que hay ahí una última enseñanza que escuchan los mártires, y que tal vez no oyen otras personas.

Y como verdaderos hambrientos de la gloria divina, querían escuchar esas palabras. Así como un discípulo aprovechado no quiere perderle palabra a su profesor, a su maestro, así también Santo Domingo, o Santa Catalina, querían saber qué es lo que Cristo le dice a una persona como Lorenzo, cuando faltan minutos para recibirla en los Cielos, cuando ya no falta nada, cuando ya es Cristo el que está padeciendo.

Por eso las personas pueden predicar como Lorenzo. Lorenzo predicó desde la parrilla ardiente como si estuviera en la catedral, hablando y predicando, como si fuera otro el que padeciera.

En realidad, había tomado en serio su diaconado. Efectivamente, el que estaba padeciendo ahí en ese fuego era Jesucristo. Y el que había participado tantas veces del sacrificio de la Santa Misa, y había podido predicar del sacrificio de la Misa, podía predicar también del sacrificio de Cristo. Cristo Hostia estaba aconteciendo muy cerca de Lorenzo, en su propia carne: podía predicar.

Realmente el martirio es la gracia de las gracias. Realmente es el más grande regalo que Cristo le puede hacer a un corazón humano. Realmente la persona que muere mártir, no sólo muere con la certeza del Cielo, sino que participa de un modo especialísimo de las enseñanzas, las luces de Jesús, las luces de gracia de Jesucristo.

¡Quién sabe cuáles serán esas palabras! ¡Quién sabe qué es eso misterioso que sucede ahí cuando Cristo se acerca a estas personas faltando momentos para su muerte, y les da enseñanzas que tal vez no están escritas en ningún libro!

Lorenzo, a la hora de la muerte, habla del Cielo, y de este modo, se convierte como en un adelantado. Es decir, él, que va delante de nosotros, él, que fue adelante de nosotros enseñándonos el camino, llegó a un momento en el que encontró la puerta, y puesto que iba adelante, a él le correspondía abrirla.

Yo creo que esta dimensión del ministerio pastoral de Lorenzo, a mí me cuestiona, me toca muy profundamente. Porque yo no sé qué tiempos estamos viviendo, yo no sé qué tiempos me toque vivir a mí, y yo hablo mucho, digo muchas cosas.

Entonces voy sintiendo, por esa comunión en el Sacramento del Orden que tenemos con Lorenzo, que uno también va adelante, de algún modo va adelante.

Uno va detrás de Cristo y detrás de todos estos Santos; pero uno va adelante, delante de alguien, delante de algunas personas. Y yo digo: "Bueno, ¿y si aparece la puerta? ¿Y si llega el momento, y aparece la puerta, y hay que abrir esa puerta?"

Hay que pedir a Dios, sea esta la última enseñanza de esta Fiesta, hay que rogar a Dios por los que van adelante; es decir, hay que pedir por los ministros ordenados.

Lorenzo guió a mucha gente, convirtió a mucha gente, y consoló a mucha gente, pero iba adelante. Y cuando llegó a la puerta de la muerte, la abrió con resolución, y se lanzó a los brazos de Papá Dios.

Viene una persona como yo, que habla tantas cosas, quiera Dios que a Él le gusten; una persona como yo, cuando le toque la puerta, sólo Cristo, sólo el Señor...; me encomiendo a la plegaria de ustedes.

Les pido que oremos siempre por los que van adelante, unos más que otros, desde luego, para que el Señor nos dé a todos esa configuración con Jesucristo.

Y si Él ha pensado para alguno de nosotros la gracia del martirio, pues que la lleve hasta su plenitud. Porque, aunque toda gracia es gracia, ninguna mayor que esta gracia de configurarse hasta el último instante con Nuestro Señor y Maestro Jesucristo, a quien alabamos ahora y por los siglos.

Amén.