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Fecha: 19990601

Título: San Justino, martir laico

Original en audio: 9 min. 59 seg.


Estamos vestidos de rojo, de fuego y de sangre, porque estamos celebrando a un mártir muy antiguo, un mártir del siglo segundo, un convertido, un laico, un filósofo llamado Justino, San Justino, mártir.

Se parece la historia de San Justino a la historia de la Tesalia, a la historia de aquellos sabios de Oriente. Y también Justino vivió muy cerca de la Tierra Santa.

También Justino vivió en el Oriente, y también Justino fue conducido, de la búsqueda de la sabiduría humana, al encuentro con la sabiduría divina.

Así como a los Magos los condujo una estrella que iba por los cielos hacia el Niño recién nacido, así, de igual manera, a Justino lo condujo la sabiduría, -en este caso la sabiduría de Platón-, al encuentro con la sabiduría de Dios.

De esta forma, este filósofo fue guiado como por una estrella hasta llegar a Jesucristo, y en Cristo encontró su sabiduría.

Justino es un laico. En la Iglesia necesitamos muchos santos laicos. Porque, muchos laicos se hacen a la idea de que la santidad está reservada para los sacerdotes, o para los religiosos. ¡Qué hermoso descubrir en este filósofo la búsqueda y la realización de la santidad!

Además, no tenemos muchos Santos filósofos, aunque sí tenemos una Santa que durante mucho tiempo se dedicó a la filosofía, aquella monja carmelita, Edith Stein.

Ella, conociendo el mundo del pensamiento, encontró en la mística de Santa Teresa como un puente entre la grandeza de la razón humana y la grandeza de las razones de Dios, las razones que están patentes en el amor de Jesucristo.

San Justino es importante también, porque conservamos algunos escritos de él, llamados "Apologías". Las "Apologías" de San Justino nos presentan como una primera confrontación en el terreno del pensamiento, entre la predicación cristiana y el mundo de la época.

Justino, podemos decir, que predicó a Jesucristo en las fronteras. Predicó a Jesucristo en la frontera, porque como laico cristiano en un mundo pagano, está en la frontera misma con el mundo.

Estaba además en la frontera, por su filosofía, porque estaba al borde de las opiniones, corrientes y creencias de todo género en aquella época. Y así, con razones, por ejemplo, en sus "Apologías"-, predicó a Jesús. Finalmente, recibió de Dios la gracia de predicarlo también con su martirio, con su propia sangre.

Tres modos de predicar al Señor: con el testimonio en medio del mundo, con la sabiduría, con la filosofía, y con el derramamiento de su propia sangre.

Justino, en su martirio, mostró cuál era la razón de su filosofía. Con su dolor, mostró el tamaño de su amor. Con su sangre, declaró qué Sangre lo había redimido a él.

Quisiera hacer una relación con una de las lecturas que coincide para el día de hoy. Aquella expresión de Ana, la esposa de Tobit, tan parecida a algunas declaraciones que hacía la esposa de Job, esa declaración de Ana, esa queja de Ana: "Tu esperanza se ha visto frustrada. Ya véis de qué te ha servido hacer limosnas. ¿En qué han parado tus limosnas? ¿Para qué sirve tu donación? ¿Para qué sirve darte?" Tobías 2,14.

Este es el gran reto, el gran reto para el mártir. Y esto es lo que detiene la generosidad de los corazones: "¿De qué te está sirviendo ser bueno? ¿Para qué te esfuerzas?" Por eso, se preguntaba algún salmista: "¿Para qué me corrijo yo cada mañana? ¿Para qué sirve el bien?" Salmo 73,14.

Lo difícil de ser bueno, y sobre todo, lo difícil de ser mártir, es esa pregunta, que es la pregunta, el grito o la queja de nuestra carne. En la Biblia aparece representada algunas veces por boca de las esposas, como ésta de Tobit o la de Job: "¿De qué te sirve ser bueno?" Tobías 2,14.

Pero, si se sostiene uno, como dice Catalina de Siena, aún en el grito de la carne y ante el sollozo de la carne, adherido a la Cruz, esa tormenta pasa, como pasó sin rastro en Tobit, como quedó atrás en Job, como quedó atrás también en Jesús.

Las quejas y los dolores de aquellas mujeres de Jerusalén, Cristo las deja atrás. Más bien devuelve a esas mujeres a su propio dolor: "Llorad por vosotras y por vuestros hijos" San Lucas 23,28.

Hay que saber pasar el lamento de la carne. Hay que dejar atrás esos sollozos y seguir como Tobit: ciego a este mundo e incomprendido por este mundo. Ni él podía mirar al mundo, ni el mundo lo podía mirar a él.

O como Job: ni él podía entender al mundo, ni el mundo lo podía entender a él. O como Jesús, que tiene que seguir su camino hasta el final.

También, Justino, en su martirio, tiene que llegar hasta el final. En los Mártires brilla, sobre todo, la fortaleza. Sin embargo, aunque nosotros no estemos llamados directamente al martirio, -éso sólo lo sabe Dios-, sí estamos llamados a implorar y a practicar la fortaleza.

De tal manera, que ese lamento de la carne que siempre va a ser el mismo: "¿De qué te sirve ser bueno? ¿Para qué te esfuerzas? ¡No vale la pena! ¡Te estás acabando! ¡No logras ningún fruto!", quede atrás, y para que podamos llegar hasta el final.

¿Y qué hay al final? Para Tobit, al final, la salud, la alegría, la luz. Para Job, al final, la sabiduría, la victoria sobre la enfermedad, la prosperidad. Y para Cristo, al final, la gloria de la Pascua, la efusión del Espíritu, y todos nosotros, pueblo suyo, como victoria de su batalla, reconciliados en Él, camino del Padre.

Que por la intercesión de este gran mártir, de este gran sabio, de este gran hombre, nosotros recibamos virtud y fortaleza, para dejar atrás todo lo que se oponga a Cristo, -llámese como se llame, tenga el tono que tenga-, y seguir con Él hasta el final, hasta su gloria y hasta su Pascua.

Amén.