Sjos003a

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Fecha: 19990319

Título: San Jose no parece tener otro plan sobre si mismo que vivir el plan de Dios

Original en audio: 24 min. 23 seg.


La figura de San José, yo pienso que cada vez más es acogida, amada por el pueblo fiel. Se necesitaron muchos siglos; pero, poco a poco, nosotros los cristianos vamos descubriendo quién era José.

En parte, nuestra tardanza es explicable por la misma discreción de este santo hombre, y también es explicable porque todo aquello que representa San José, de algún modo es contrario a lo que nos propone el mundo.

Si nosotros pensamos en cuál es el ideal masculino, qué es un hombre de éxito, qué es una persona respetable, qué es ser feliz, si estas preguntas las queremos responder de acuerdo con los valores de nuestro tiempo, o por lo menos con los valores que tenemos en los medios de comunicación, en la conversación cotidiana, San José quedaría muy mal calificado.

Se supone que para ser feliz, pues hay que tener gran importancia, hay que tener gran dinero, hay que tener gran poder. Todas las cosas que no tuvo San José.

Es tan fuerte esta imagen de la felicidad, es tan fuerte esta especie de estereotipo que tenemos de hombre en nuestro tiempo, que incluso nos puede parecer sencillamente imposible algunas de las cualidades, de las bondades, de las gracias que recibió San José.

Hace mucho tiempo, a los protestantes, por ejemplo, les parece imposible la virginidad de San José, les parece imposible su castidad. Se supone que si se tiene una esposa, si se tiene una mujer, entonces, lo mandado por Dios, pero sobre todo lo natural, lo normal, lo explicable es que haya intimidad con ella.

Pero si nosotros le fuéramos a aplicar este criterio de la normalidad a San José, nos quedaríamos asombrados, porque también podríamos decir que lo normal es que una persona, pues quiera tener, que sé yo, su empresa, su fábrica, quiera hacer algo para sí mismo.

Y esto es lo más sorprendente de José, que José no aparece haciendo nada para sí mismo, casi parece que no tuviera ningún plan sobre su propia vida.

Y, precisamente, porque no lo tiene, porque su único plan es hacer el plan de Dios, por eso resulta tan dócil, resulta tan obediente a las sugerencias que Dios le da en más de una ocasión, a través de los Santos Ángeles. José es obediente, y dócil, evidentemente, porque el único plan que tiene sobre sí mismo es cumplir la voluntad de Dios.

Una persona con esta docilidad, prontitud y obediencia para Dios, se convierte en una persona inútil para los intereses de esta tierra. Por eso, José con toda su discreción, por eso José con toda su humildad, tiene una grandeza que hay que saber descubrir con los ojos del corazón.

Ahí, donde lo vemos, José es una victoria de Dios sobre los valores de esta tierra, o si lo queremos decir más dramáticamente: “José es un fracaso de los valores del mundo. José es una derrota del mundo”

El mundo habla del poder que se impone, de la riqueza que siempre debe crecer, el mundo habla del placer sin límites, el mundo habla de la fama, y de la gloria. Todo esto tiene su derrota en la vida de José.

Es decir que José con la sencillez, la oración, con el amor, con la humildad, con la fidelidad, con la obediencia, es uno de los fracasos más estrepitosos de las fuerzas del mundo.

En José, en quien todo es tan silencioso, el mal fracasó ruidosamente. El mundo fracasó estrepitosamente. Satanás salió en derrota. José es una victoria de Dios, y el centro y la clave de esta victoria de Dios, está en aquello que ya hemos dicho: un hombre que no parece tener otro plan sobre si mismo que vivir el plan de Dios.

Por otra parte, es verdad que José no tiene de las felicidades de esta tierra, o las tiene de una manera muy modesta; pero José tiene otras felicidades. Tiene otras alegrías: la compañía permanente, la cercanía y el amor de la Virgen María, su conversación, la santificación de su oración, el afecto, el respeto de Ella. Eso no es tener poco, ¡eso es algo muy grande!

José no es la imagen del despojo total, es lo que estoy diciendo. Despojado de sí mismo por Dios, fue enriquecido infinitamente por ese Dios. José preside, dirige la familia del hogar de Nazaret, y tiene en su hogar durante algunos años al Niño Jesús.

No sabemos cuándo murió José, pero sí sabemos que fueron años, años profundos en sus obras, años llenos de toda la bendición que Jesús puede dar a un hogar.

A veces pensamos en José como una especie de guarda espaldas de María. Pensamos en José, solamente, como el que estaba ahí, como para salvar las apariencias. Esta es una imagen muy pobre.

Así como María no fue madre de Jesús en el sentido que nos enseña la biología, sino que más bien Jesús fue como una nueva creación que el Espíritu Santo hizo de las entrañas de Ella, así también, la relación que se establece entre María y Jesús es semejante, pero es distinta a la que cualquier madre establece con su hijo.

De alguna manera, los hijos, todos nosotros, nacemos de nuestras madres; salimos de sus células germinales unidas a las células germinales de nuestros papás; pero, Jesús no fue formado de una célula germinal de María, porque Jesús que tiene una plena naturaleza humana, tiene, entonces, las condiciones genéticas y biológicas de todos nosotros.

Jesús no fue hecho de una célula germinal de María; sí fue hecho de María, pero no del modo que enseña la biología, sino del modo que conoce el Espíritu.

Lo que quiere decir es esto: que la imagen que uno tiene es: que Jesús sí era verdaderamente hijo de María, y José estaba ahí como protector, como ayuda, como guarda espalda. Estaba ahí cerquita, un poco salvando las apariencias; repito, esta imagen no es cierta. No es acertada.

Jesús nace de María de una manera distinta. Es engendrado de María de una manera distinta de todos nosotros, porque en ese caso, Jesús, repito, no es formado a partir de una célula germinal de María, sino de otro modo, a partir de la naturaleza ya creada de Ella, pero de una obra que es superior a la creación misma. Esta es la concepción de Jesús.

Esto quiere decir que María por sí misma no podía engendrar a ese Hijo. María no se siente madre de Jesús como una mamá se siente madre de su respectivo niño. María siente que ha habido una obra, una intervención de Dios en Ella que ha hecho posible esa concepción milagrosa.

De acuerdo con la mentalidad judía, la carne de la esposa pertenece al esposo, así como él pertenece a ella; él se hace una carne con ella cuando se unen en el matrimonio, pero ella le pertenece a él. Esto es como la contrapartida en ese misterio de compartir la carne.

Si nosotros miramos a José y María, entonces, tenemos que decir que desde el compromiso que ellos tenían, José sentía con serenidad, con alegría, con amor que esta carne de María, que el cuerpo de María era de él.

Esto quiere decir que Jesús es el regalo de Dios. No sólo para una mujer, es el regalo de Dios para el amor de una pareja, para una pareja que ha bendecido su amor delante de Dios, que ha recibido la bendición de Dios.

Y, por esto, aquello que sucede en la carne de María, cuando viene de Dios, José lo siente como suyo. Es lo que le dice el Ángel: “No tengas reparo en llevarte a María, porque la creatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” San Mateo 1,20.

Este argumento ¿qué quiere decir? ¿Esto que le dice el Ángel qué significa? Relativamente significa, o mejor dicho, lo que queda excluido es la infidelidad. No es de otro hombre.

Pero, meditemos el asunto. A José se le dice: “Ese niño no es de otro hombre”, y entonces José saca la conclusión: “¡Ah, entonces sí lo puedo criar yo”, eso no tiene sentido. José no cría a Jesús. José no vive como esposo de María, simplemente, porque el Niño no es de otro hombre.

La razón que le da el Ángel no es: “no tengas reparo en llevarte a María, porque ese niño no es de otro hombre”. Lo que le dice, es: “Este Niño es del Espíritu Santo, esa creatura viene del Espíritu Santo”. Y José acepta a María como mujer, y José cría a Jesús, por eso, porque el Niño, porque la creatura viene del Espíritu Santo.

Y aquí descubrimos una íntima relación entre José y la obra del Espíritu. Lo que José entendió de las palabras del Ángel fue: “El mismo Dios que ha santificado el amor de ustedes, les está dando un Niño”. José entendió el Niño como un regalo de Dios, como un regalo del Espíritu para el amor de ellos.

No es que José no pudiera engendrar; no es que José tuviera que adoptar, no es que José dijera: “Bueno, quedo tranquilo; si no fue de otro hombre, entonces, sí lo puedo educar yo”. Esta es una mentalidad muy carnal para leer este evangelio.

La razón por la que José acepta su misión de esposo de María y de padre de Jesús, es porque la siente, efectivamente, como su esposa. Es porque siente que el Espíritu Santo no está como un estorbo entre Ella y él, sino como una bendición entre Ella y él.

Una mentalidad mitológica, una mentalidad carnal se queda siempre en el aspecto de que el Niño no fue engendrado por otro hombre. Esto es muy pobre. El Espíritu Santo tampoco viene a reemplazar la parte masculina, que es una de las torpezas, me parece, que se comete al hablar de la concepción de Cristo.

El Espíritu Santo no viene a reemplazar al varón dentro de esa concepción. El Espíritu Santo viene a bendecir una carne que era de María por creación, y que era de José por el amor y la unión bendecida por Dios.

El Espíritu Santo no viene a reemplazar, no viene a quitarle un pedazo al hombre y a decir: “Esto lo engendro yo”, como torpemente, me perdonan, interpretan los protestantes, cuando dicen: “Bueno, uno fue engendrado por Espíritu, y los otros son engendrados de José"

Porque como ellos hablan de los hermanos de Jesús en esos términos. Esa es una mentalidad demasiado pobre, miope, carnal.

El Espíritu Santo no quitó a José para decir: “Déjenme yo obro en este caso”, y, por lo tanto, tampoco le estaba diciendo el Espíritu por medio de la voz del Ángel: “Ya quedó engendrado el Niño, ahora sí entra usted".

José no llegó a criar un niño que sintiera como ajeno. No llegó a proteger a un niño que sintiera distinto. José no llegó a adoptar un niño. De aquí que me parece imperfecta la expresión “Padre adoptivo de Jesús”, porque queda José como: “Yo sí quería tener hijos, pero este fue el plan de Dios, pues adoptemos a este Niño”. Y llenó papeles en el Bienestar Familiar, y adoptó un Niño que no era suyo.

El Espíritu Santo no quitó a José de en medio para engendrar a Jesús. Así como el Espíritu Santo tampoco quitó de en medio a María para engendrar a Jesús. El Espíritu Santo obró más allá de las posibilidades naturales de las células germinales de José y de las células germinales de María.

El Espíritu Santo obró mucho más allá en la misma línea del amor que ellos se tenían. Es la única explicación posible sobre por qué José siente a Jesús como su Hijo. José siente a Jesús como hijo, porque el Espíritu Santo obró en la misma línea del amor que ellos se tenían, y potenció, diríamos así, potenció el amor que ellos se tenían a un grado infinito.

Entonces José sintió que lo que él amaba en María no quedaba destruido, no quedaba despreciado, no quedaba a un lado, sino que quedaba bendecido por el amor de Dios, quedaba potenciado infinitamente.

Es esa potencia infinita de Dios que había hecho en el vientre de aquella que era suya, de su esposa, como la llama el Ángel, había hecho una obra que es superior a toda la creación; por esto, José se siente verdaderamente padre de Jesús.

De acuerdo con esta explicación, no es tan distinta la relación entre María y Jesús, y la relación entre José y Jesús. Con la visión mitológica carnal protestante lo que tendríamos que decir es: “Bueno, para este niño José quedó a un lado, porque el Espíritu decidió obrar”, como si el Espíritu Santo fuera masculino.

Para los otros niños, entonces ahí sí ya le dieron permiso a José. Esto es una especie de repugnante promiscuidad que no tiene nada que ver con la obra que hizo Dios.

José ama a María. José ama mucho a María, y en el amor de ellos obra el amor de Dios, y hace algo que está mucho más allá de lo que él, o Ella hubieran podido hacer; les regala como una nueva creación, un Niño.

Y, entonces, ¿qué sucede? Nos dice el Evangelio de hoy: “Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús” San Mateo 1,23. Este era oficio del papá, darle el nombre al hijo. “Porque Él salvará a su pueblo de los pecados. "José se despertó, hizo lo que le había mandado el Ángel del Señor” San Mateo 1,,24.

Entonces, José se sintió verdaderamente esposo. Él no era el protector, el guardaespaldas de María. No estaba ahí protegiendo, simplemente, la pureza de Ella y la santidad del Niño; proveyendo una llegada honesta del Hijo de Dios a esta tierra.

José, que contradice tantos valores de este mundo, José se sentía verdaderamente esposo, y sentía que el amor que él tenía por su esposa, había sido bendecido infinitamente más allá de toda medida por el amor de Dios.

Y que sus ansias de ser papá habían sido colmadas infinitamente más allá de toda medida por el amor de Dios, por el Espíritu de Dios.

José se siente infinitamente esposo, Infinitamente padre. Y en ese sentido, ¡feliz, intensamente feliz!" Qué distinta nos resulta esta imagen de José, cuando descubrimos estas verdades.

¿Qué distinta nos resulta de la imagen del otro José, al que la Edad Media lo tuvo que envejecer, precisamente, para que no hubiera la menor sospecha! María cada vez más niña y José cada vez más viejito. Así obraron muchos en la Edad Media, por aquello de la mentalidad carnal.

¡Qué distinta imagen nos resulta de aquello que plantea el protestantismo: "bueno, el Hijo número uno, engendrado por el Espíritu, los otros, menos mal, me los dejaron a mí". ¡Que torpezas cometemos los seres humanos, me parece, al hablar de ese modo!

Qué distinta nos resulta también de la imagen que incluso muchos católicos tienen en el sentido de que: "Bueno, está bien, sólo Jesús fue hijo directamente de María; está bien, José y María no tuvieron más que hacer ahí, sino decir: "Bueno, hasta aquí llegamos".

"Y, entonces, de ahí en adelante, voto, hermano". Aparece José, incluso como una persona reprimida, como una persona que, "bueno, yo cómo voy a tocar a la madre de Dios". Ese no era José.

José era un hombre que desde lo profundo de la humildad de su alma había recibido la bendición más grande. Ningún judío se sintió tan esposo, ningún judío, jamás, se sintió tan papá, como se sintió papá y esposo José.

Un hombre feliz, un hombre gozoso, un hombre que tenía una alegría distinta, realmente, un hombre de éxito. Un hombre al que las cosas le salieron bien. Un hombre que tenía cada día nuevos motivos para alegrarse y para bendecir a Dios.

Esta alegría perfumada de José, este maravilloso amor, este gozo, este gozo maravilloso del corazón de José, este gozo lleno de pureza, lleno de generosidad y obediencia, éste lo necesitamos hoy.

Necesitamos aprender a vivir la obediencia, la pureza, la pobreza y la fraternidad y la generosidad con el gozo de saber que la bendición de Dios está a nuestro favor.

Que venga el amor, que venga el amor grande, grande de San José; que venga su alegría a colmarnos; que venga su bendición sobre los hogares, especialmente los aquí representados, y sobre toda comunidad donde se invoca el Nombre de Dios.