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Título: 19980319

Título: Descubrir los tesoros del misterio de Jesucristo en San Jose

Original en audio: 9 min. 28 seg.


El Apóstol San Pablo dice, que, "en Jesucristo se encuentran todos los tesoros de la gracia y de la sabiduría de Dios" Carta a los Colosenses 2,3. Lo que no dice San Pablo es cuántos siglos va a necesitar la Iglesia para ir encontrando esos tesoros.

San Juan de la Cruz, quince siglos después de San Pablo, tiene un escrito maravilloso en el que manifiesta que Jesucristo es como una especie de mina, en la cual se van encontrando venas, vetas de yacimientos.

Pero, dice también, que cada una de esas venas o vetas, se abre a otras venas, a otras galerías; y que por eso, la labor de encontrar la riqueza de Jesucristo, es una labor inacabada, y no sólo inacabada, sino inacabable.

Efectivamente, hoy los científicos toman conciencia cada vez mejor de la grandeza del universo que conocemos. Y aparecen nuevos fenómenos.

Hace cincuenta o cien años, no se oía hablar de este fenómeno de los llamados agujeros negros; es decir, esas acumulaciones casi inimaginables de materia, que implotan, que terminan congregándose en una especie de singularidad del espacio, con una fuerza gravitacional tal, que ni siquiera la luz puede salir de ahí.

Esa es como una especie de flor que no se había descubierto en el jardín del universo. Y así, aparecen otros misterios.

¿Quién ha dicho que ya tenemos el inventario completo de la materia estelar? ¿Quién ha dicho que tenemos el universo completo de las partículas subatómicas? ¿Quién ha dicho que tenemos una teoría completa sobre las fuerzas, sobre las leyes que rigen el universo que conocemos? ¡No tenemos nada de esto!

Pues, si eso sucede en el universo visible, podemos decir que en el universo de la gracia, con mayor razón, sucede lo mismo.

Que Jesucristo, Nuestro Señor, en el cual Dios ha fundado el universo visible y por el cual ha creado el nuevo universo, es doblemente inagotable. Es el Infinito al cuadrado, en el que podemos sumergirnos y tenemos que sumergirnos sin nunca alcanzar plenamente, ni el fondo ni la orilla.

Es en relación con el ministerio y con el misterio de Jesucristo, como podemos asomarnos mejor al ministerio y al misterio de San José.

Una devoción que fuera puramente externa y que se quedara sólo en una especie de piedad, de recuerdo nostálgico de aquellos días buenos de San José, no agarraría la perla, no percibiría la riqueza que se encuentra allí.

¡Es en relación con Jesucristo! No puede ser de otro modo. Toda la santidad cristiana hace referencia a Jesucristo. Y por eso, sólo a medida que van avanzando los siglos, se van descubriendo en su verdadero valor, se van apreciando como debe ser, esos dones de gracia y de redención de Cristo.

Mis hermanos; ¿saben? Yo he encontrado rostros de sorpresa en algunos ambientes cuando he debido o cuando he tenido que predicar sobre la Santísima Virgen. Y digo, entonces, que la Virgen es la obra más acabada de la Redención realizada en Cristo.

Hay personas, que por un exceso de piedad, -llamémoslo así-, creen que María no fue salvada. O creen que el misterio de la Redención se aplica a nosotros y no se aplica a Ella.

Esto muestra hasta dónde, lamentablemente, hemos separado la santidad personal de la santidad de Jesucristo. La santidad personal la hemos visto como una especie de pila de cualidades, una montaña de cualidades, mientras que la santidad en Jesucristo es la obra de la gracia del Señor operando en una persona, transformándola, transfigurándola.

Pues bien, si existe ese malentendido con respecto a la Santísima Virgen, entonces no sé cuántas décadas, cuántos siglos habrá que esperar hasta que aparezca en su plena plenitud, en su completa belleza, éso que Dios hizo en San José.

Nosotros tardaremos mucho tiempo. Y yo creo que esa especie de santidad como montaña de virtudes, esa santidad como pila de cualidades, termina alejando a los Santos de nosotros. Porque, si hay algo que nos incorporó a la vida cristiana, fue el hecho de sabernos redimidos.

Es inevitable, que si yo miro la santidad como una montaña de cualidades, pues la Virgen María está lejísimos de mí. Pero, si miro en Ella la obra acabada de la Redención, entonces la siento infinitamente cerca del misterio y de la vida que Dios me ha dado por la fe.

Algo parecido sucede con San José. A ver, en el siglo diecinueve, -por consiguiente diecinueve siglos después de que San Pablo dijera que, "en Cristo estaban todos los tesoros de la gracia" Carta a los Colosenses 2,3, la Iglesia declaró formalmente el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, que desde mi punto de vista no es otra cosa sino la proclamación de que en María está la obra completa de la Redención de Jesús.

Yo creo que se van a necesitar muchos otros siglos para que se vea todo lo que hizo el misterio de Jesucristo en este hombre, en San José. Sin embargo, el primer paso que tenemos que dar es quitarnos la idea de un hombre simplemente bueno, o de una montaña de cualidades.

¡No! José pertenece a la historia de un pueblo, un pueblo que ha celebrado y ha quebrantado una alianza, un pueblo que se ha visto humillado por la realidad, pero que se sabe depositario de las promesas de Dios.

Por tanto, en José hay al mismo tiempo, la conciencia de la elección y la humildad de la elección. No es tan "humilde", -entre comillas-, que resulte apocado, pero, tampoco es tan "consciente", -entre comillas-, de su elección, que resulte soberbio.

En José se da la medida precisa, el equilibrio preciso entre saberse llamado por Dios y saber que el que me ha llamado, el que me convoca y el que me conduce, es Dios, solamente Él. En José se da el equilibrio entre saberse sostenido por Dios y saber que no hay ningún otro apoyo, que no hay ningún otro cimiento que el mismo Dios.

De ahí que José aparezca al final de una historia, una historia de empobrecimiento, una historia de humillación, que tiene su ápice en tener que agarrar presurosamente a su Esposa y a su Niño, para salir a Egipto a repetir el destierro. ¡Al final de una historia de humillaciones y al principio de una historia de gracia!

Este es José: el final de una historia de humillaciones y el principio de una historia de gracias.

¿Qué podemos nosotros recibir de él? ¿Qué es eso? ¡Vivir nuestra propia vocación!

Desde hace mucho tiempo, -primero de una manera solamente devota; yo espero que hoy de una manera más consciente y teológica-, se sabe que José es el gran Protector de las vocaciones.

¡Aprender a vivir mi propia vocación después de una historia de humillaciones y al comienzo de una historia de gracias! ¡Saber encontrar, sin desesperación, sin maldiciones y sin lamentos, que esta historia humana, que esta tierra, que este mundo se agota!

Y desde allí, tener un oído dirigido a los Cielos para recibir la voz de un Ángel. Pero, sobre todo, para ser dirigido por el Espíritu hacia la plenitud de la realización de la gracia.

Que Dios, en este día, en nuestros corazones, en toda la Iglesia, abra más y más los tesoros que hay en el misterio de San José, y que nos haga conscientes también de lo que eso significa, en nuestro propio caminar, en nuestra propia vida.

Amén.