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Fecha: 20030501

Título: Admirarse, extranarse y escandalizarse

Original en audio: 8 min. 2 seg.


Hay tres verbos que se parecen mucho en el efecto que tienen en el ánimo, pero son muy distintos en el efecto que tienen luego en la vida. Son los verbos admirarse, extrañarse y escandalizarse.

El Evangelio de hoy nos presenta admirarse, y nos presenta también extrañarse y escandalizarse. La gente decía admirada: "¿De dónde saca esa sabiduría y esos milagros? San Mateo 13,54. Pero luego dice el Evangelista Mateo: "Aquello les resultaba escandaloso" San Mateo 13,56.

¿Cuál es la diferencia entre admirarse y escandalizarse? Pues, podríamos hacer un cuadro, un cuadro de esta manera: ustedes imaginen que aquí hay un tablero, y aquí vamos a escribir el verbo extrañarse. Luego sacamos hacia arriba una liniecita, y aquí queda el verbo admirarse. Y luego, en esta otra parte, abajo, otra liniecita y sacamos el verbo escandalizarse.

Es decir, uno se extraña cuando le llega algo que uno no esperaba. Pero la admiración se da cuando prima el bien o lo bueno; el escándalo se da cuando prima el mal o lo malo. De manera que admirarse y escandalizarse son como las dos maneras de extrañarse.

Esto es muy interesante, porque Jesús provocaba esos dos sentimientos, esos dos efectos. Había gente que se admiraba y había gente que se escandalizaba.

Admirarse es descubrir un bien sorprendente. Escandalizarse es descubrir un tropiezo, un problema. Normalmente, cuando uno se admira, no entiende. Cuando uno se escandaliza, tampoco entiende. Pero el que se admira, no entiende pero confía. El que se escandaliza, no entiende y se retrae.

Jesucristo causa una tremenda admiración, y Jesucristo causa también un tremendo escándalo. Jesucristo es a la vez un puente para unos y una muralla, un tropiezo para otros. Jesucristo abre un camino, pero Jesucristo también, para algunas personas, es un tropiezo.

Estos tres verbos, pues, tienen mucho que ver con la vida de Jesús. ¿Qué tienen que ver con nosotros?

Por ejemplo, tomemos el caso de la Eucaristía. Para nosotros, que Cristo esté en la hostia consagrada, nos causa admiración; para la inmensa mayoría de los protestantes, decir que Cristo está en la hostia consagrada, les causa escándalo. Y es el mismo Cristo y es la misma Eucaristía.

Para ellos, decir que Cristo está ahí, que se le puede adorar ahí, "¡no, no, no!", eso es idolatría, eso es escándalo. Les causa un tropiezo. La admiración y el escándalo suelen estar muy juntos.

Lo mismo sucede con María Santísima. Para nosotros, decir que María es siempre Virgen, o decir que fue concebida sin pecado, o decir que nunca cometió pecado, o que fue asunta a los Cielos, eso nos causa admiración. Pero hay mucha gente a la que todo eso le causa simplemente escándalo. Se escandalizan de que se digan todas esas cosas de María.

Entre la admiración y el escándalo. ¿Qué será, qué hará que uno pase de la admiración al escándalo? Porque en la traducción que nos ofrece la Liturgia, se dice que, "la gente decía admirada" San Mateo 13,54, les causaba admiración. Pero parece que más que admiración, era extrañeza, y más que extrañeza, escándalo, porque les resultaba escandaloso.

¿Qué hará que uno pueda pasar de la admiración al escándalo, o del escándalo a la admiración? Porque Jesús también dijo en alguna ocasión: "Feliz el que no se escandalice de mí. Feliz el que no encuentre tropiezo conmigo" San Lucas 7,23.

¿Qué será lo que hace que uno pase de uno a otro? Creo que la palabra fundamental es la que ya dijimos, es la palabra confianza.

¿Cuán dispuestos estamos, cuánta disposición tenemos a confiarnos al poder de Dios, a confiarnos al poder del Señor? ¿Qué capacidad tenemos de confiar en Él? El que confía mucho, admira mucho, descubre mucho. El que confía poco, se retrae y, entonces, se escandaliza. Es la capacidad de confiar, es la capacidad de entregarse a Él. Pidámosle al Espíritu de Dios que nos dé la gracia, que nos dé la fuerza.

Mucha gente se escandalizó cuando Cristo dijo: "El que no coma mi Cuerpo, no tendrá vida" San Juan 6,52-53. Muchos se escandalizaron. Y dijo Jesús: "Nadie puede venir a mí, si el Padre no lo atrae" San Juan 6,44. Es una fuerza que viene del Padre, es la acción del Espíritu, la que hace que uno no se escandalice, sino que se admire.

Hay tantos ejemplos de esto en la Escritura, pero no los podemos mencionar. Quedémonos sólo con uno: María y Zacarías. Le dijo Dios a Zacarías que iba a vencer su esterilidad; le dijo Dios a María que iba a hacer fecunda su virginidad. Las dos cosas eran imposibles.

Zacarías se escandalizó, no se atrevió a confiar. ¿Y cuál es la pregunta de Zacarías?: "¿Cómo puedo estar seguro?" San Lucas 1,18. No se atrevió a confiar, se detuvo en sus límites, midió a Dios por el tamaño de su razonamiento, le puso un límite al poder de Dios, el límite de su propia incredulidad.

María hace una pregunta semejante, pero distinta: "¿Esto cómo va a ser?" San Lucas 1,34. Ella no pregunta cómo estará segura Ella, sino: "¿Cómo va a suceder eso?" San Lucas 1,34. María se entrega, movida por el Espíritu, confía.

Movidos nosotros por el Espíritu, descubriremos las promesas maravillosas y las realidades increíbles que Dios hace en medio de nosotros.

Pidamos ese auxilio del Espíritu, esa presencia que nos mueve a creer más y a confiar más, para admirarnos más y escandalizarnos menos.