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Fecha: 20010501

Título: San Jose, el artesano, el carpintero, esposo de la Virgen Maria y padre adoptivo del Hijo de Dios

Original en audio: 18 min. 57 seg.


La figura amable, amorosa de José nos reúne en este día. José inspira paz, inspira humildad y pureza. El ejemplo de José es de una inmensa elocuencia. Una vida sin grandes maravillas, o mejor, una vida con una sola maravilla: la maravilla de la presencia viva del Hijo de Dios y la presencia viva del amor.

José, a quien recordamos hoy especialmente por su labor. Un hombre de trabajo; la Biblia lo llama el artesano, el carpintero, y por eso la Iglesia quiere que hoy meditemos un poco en esa realidad del trabajo como camino de santificación.

Cuando Dios sacó a nuestros primeros padres del Paraíso, lo hizo poniéndolos en un camino de redención de santificación. Dios no dejó de amar porque el hombre empezara a pecar. Eso es una verdad importantísima.

Sacar a nuestros padres del Paraíso no fue una manera de vengarse de ellos, sino de ponerlos en un nuevo camino para experimentar el amor. Y en ese nuevo camino, el trabajo tiene su lugar tanto para el hombre como para la mujer. El trabajo que hace fecundas las obras de nuestras manos. Hay que querer el trabajo, hay que apreciar el trabajo como bendición que me pone a mí en el camino del querer de Dios. ¡Es hermoso el trabajo, pero ¿qué trabajo es hermoso?

El Papa Juan Pablo II, que tuvo que prepararse para el sacerdocio trabajando, en una época de su vida estuvo en una cantera, echando piedra. El Papa, que supo de agotamiento físico, así como sabía de filosofía, de teología y de espiritualidad, nos ha dejado hermosísimas reflexiones sobre lo que es el trabajo.

Porque podemos decir que el Papa es un hombre de trabajo y si un pecado tiene, es trabajar demasiado. Si hay personas que se sienten decepcionadas en la vida, son los médicos de Juan Pablo II, porque no les sigue los consejos. Según los médicos, el Papa debería trabajar la tercera parte de lo que trabaja.

El Papa ama el trabajo, no es un activista, y no es el trabajo como ídolo, no es el trabajo como desfogue de una actividad desmesurada, es el trabajo como aprovechamiento del tiempo, es el trabajo como posibilidad de conocernos a nosotros mismos, como escuela de vida, como autoformación del que trabaja.

Nos ha dicho tantas cosas tan bellas y tan buenas, que yo sí quiero hacer propaganda a esos escritos del Papa, especialmente a las dos encíclicas: Laborem Exercens y Sollicitudo Rei Socialis -sobre la cuestión social, traduce la segunda, y la otra creo que la han traducido como el Trabajo humano-.

Una de las ideas que dice el Papa en estos documentos -que tienen tanto valor porque vienen de un hombre que sabe lo que es trabajar hasta con sus propios brazos-, es que él dice: "En el trabajo no sólo se transforma la naturaleza, no sólo se transforma la materia, el trabajo transforma al trabajador, el trabajo me hace distinto".

Cuando estoy modelando la piedra y el metal, cuando estoy arando la tierra y abriendo el surco, en ese esfuerzo no sólo estoy cambiando el mundo, me estoy cambiando yo. "La gran obra del trabajo, nos dice el Papa, –miren qué pensamiento tan alto y tan bello-, la gran obra del trabajo, es hacerme más persona". Y por eso nosotros, siguiendo el ejemplo de José y siguiendo la enseñanza del Papa, podemos mirar de otro modo el trabajo como una fuente de bendición.

Como no debo excederme en las palabras, quiero terminar con una casi curiosidad que tiene la lengua latina. Trabajo en latín se dice labor, loborum. Labor en latín también significa sufrimiento, padecimiento. Trabajo y sufrimiento se dicen con una misma palabra. Esto no ayuda a hacerle buena propaganda al trabajo, pero esto sí nos lleva a otra inspiración bonita sobre lo que es el trabajo.

El trabajo es algo que yo hago, pero por esa curiosidad del latín, también aprendo que hay un trabajo que se ve mucho menos y que es el trabajo del padecer. Hoy en nuestra sociedad súper tecnificada hay trabajos que consisten sobre todo en padecer, -¡quien lo creyera!

Y un ejemplo: los grandes ejecutivos de las grandes compañías, reciben centenares de mensajes de correo electrónico todos los días, ¡usted no puede imaginarse lo que es llegar por las mañanas al trabajo y tener “el trabajo” de cuatrocientos mensajes que están ahí esperando para que usted les dé una respuesta; muchos de esos mensajes son mensajes de propaganda, lo que llaman el famoso correo Spam, correo no deseado, de publicidad.

Y todos los grandes ejecutivos de esas grandes compañías, ahora contratan personas, de manera que al gran ejecutivo no le llegan cuatrocientos mensajes, sino le llegan tres o cuatro, porque hay una persona que tiene un oficio, revisar toda esa correspondencia y mirar todo lo que sobra y botarlo.

Claro, hay muchos mensajes que pueden ser limpiados por programas automáticos que desechan correos, pero las compañías de publicidad ya conocen esos programas, entonces envían los correos de manera que no sean detectables por esos programas y lleguen al destinatario.

O sea que, finalmente, se necesita una persona que tenga la paciencia y que padezca mirando: "A ver, este mensaje definitivamente no, este no, este no, este sí, este no, este no, este sí". El objetivo de esa persona en su trabajo es recibir una cantidad de basura y sacar de ahí lo que aprovecha, la mayor parte del día de esas personas es “aburrido”, es un trabajo muy aburrido.

Igualmente sucede en las oficinas de atención al cliente, especialmente las que tienen que ver con quejas y reclamos. Esas personas tienen que oír y oír: "¿Y a usted dónde le dolió y por qué le dolió?; nuestra compañía tratará de hacer el máximo por usted, ¿y qué más le pasó?" "-¡Ustedes son unos tales por cuales!", "-sí, señor, usted tiene toda la razón, pero espere le explico".

Como hoy el servicio al cliente es todo y el que pierde un cliente pierde todo, se necesita contratar personas para que oigan insultos, reclamos, quejas, y la compañía que no va teniendo esto, se va quedando sin clientes, porque la gente quiere ser escuchada.

Bueno, pero no se trata de hablar de correo electrónico ni de oficinas de quejas, sino de hablar de cómo el padecimiento es parte de la gran obra que Dios quiere hacer. A través de nuestro trabajo, nos enseña el Papa, nosotros nos unimos a Dios. Como dijo la oración del comienzo de la Misa: "Nosotros perfeccionamos, acabamos la obra de Dios", ¡qué bello es eso!, pero acabar la obra de Dios no sólo es hacer, muchas veces acabar la obra de Dios es padecer.

El gran trabajador, nos enseña Santa Catalina de Siena, es el Señor Jesús. Su gran instrumento en el trabajo fue la Cruz, y lo que hizo Cristo en la Cruz, lo describe Catalina de una manera tan ruda, tan dura, dice: "Cristo en la Cruz fue el yunque sobre el cual se martilló la nueva figura del ser humano".

Es decir, los golpes que le dan rostro humano y un rostro divino al cristiano, esta figura nuestra que, desde luego, no es sólo el aspecto de nuestra cara, sino el perfil que tenemos ante Dios, ¡ésta figura nuestra se forjó con los golpes que recibió Cristo en la Cruz!

¡El gran trabajador es Cristo, la gran herramienta es la Cruz y la gran obra fue la Pasión! ¡Cristo en la Cruz no estaba haciendo cosas como su padre José, -tal vez sillas-, Cristo en la Cruz estaba haciendo al ser humano, estaba reconstruyendo al ser humano, recibiendo sobre sí mismo los golpes que le daban aspecto, imagen a ese hombre, eso estaba haciendo Cristo!

Y aquí entendemos que no es una casualidad que en latín se diga trabajo y sufrimiento con la misma palabra y aquí entendemos que hay un trabajo que no es el que te ocupa de ocho a doce y de dos a seis; hay un trabajo que consiste, por decirlo de alguna manera, en absorber lo que le estorba a este mundo, en quitar todo lo que sobra de este mundo, y para eso hay que padecer mucho.

Así como las compañías necesitan alguien que absorba el correo electrónico basura, o que absorba las quejas insultantes, así el mundo necesita alguien que absorba la maldad, y absorber la maldad es propio de Cristo crucificado y de los santos.

Cuando se estaba muriendo Juan XXIII, -historia que la repetiré siempre que pueda-, ¿ustedes saben lo que dijo Juan XXIII? Él es un santo, ya declarado por la Iglesia. El beato Juan XXIII cuando se estaba muriendo, el obispo, su secretario personal, le dijo: "Santidad, es mi deber decirle que es tiempo de que reciba los últimos sacramentos", -ya estaba a las puertas, consumido por su terrible enfermedad el Papa Juan-.

Entonces se pusieron a hablar, en esas confidencias que son como el testamento espiritual, y le dijo Juan XXIII a su secretario: "Hemos trabajado por la Iglesia". Cualquiera diría, "todas las trasnochadas, todas las madrugadas, todos los documentos, eso es trabajo; pero mira cómo lo decía Juan XXIII: "Hemos trabajado por la Iglesia", y añadió: "A nadie devolvimos, a nadie lanzamos las piedras que nos tiraron".

El Papa, a esas alturas, padeciendo una enfermedad dolorosísima, sentía que su gran trabajo era ese: no arrojar a nadie las piedras que tuvo que recibir, las piedras que tuvo que sufrir.

Ese es el gran trabajo, limpiar de maldad este mundo, recibir entonces, como Cristo en la Cruz y con Cristo en la Cruz, recibir tanto dolor, tanta injusticia, y no arrojar a nadie las piedras que recibamos, esa es la obra de la santidad, esa es la gente que cambia el mundo, esa es la gente que transforma, y eso es lo que necesitamos en nuestras familias.

"Mi papá era un degenerado, porque mi abuelo era un depravado, porque mi bisabuelo era un criminal"; ¡rompa usted la cadena! Pero romper la cadena significa recibir una herencia que llega sucia y decir: "¡Esto no lo transmitiré a mis hijos, esto muere conmigo, hasta aquí va a llegar esto!", y eso cuesta trabajo.

Detener las cadenas de la maldad cuesta trabajo, pero no sólo eso, la persona que recibe una injusticia, un insulto injusto, la persona que pierde su matrimonio, eso es durísimo, "yo tenía mi pareja y mi pareja me engaña, se burla de mí y me deja", esa es una herida salvaje, ¿y qué es lo que pide el corazón en esos casos? "Pues yo voy a hacer lo mismo, entonces, ¡que se pudra ése o ésa! ¡Y yo hago lo mismo, yo también me conseguiré con quién vivir y qué hacer!"

Pero hay gente, sí, la hay, gente que sufre esas cosas y que le duele y se le quiebra el alma, y le duele muchísimo, muchísimo y dice: "¡Pero yo no voy a hacer lo mismo", esos son los que sostienen el mundo, esos son los santos, "yo no voy a hacer lo mismo, mí me la hicieron, pero yo no la voy a hacer."

Esa es la gente que sí se parece a Dios, porque San Pablo dice en una de sus Cartas Pastorales: "Si nosotros somos infieles, Él permanece fiel" 2 Timoteo 2,13. Esa es la gente que se parece a Dios.

Si una persona recibe una bofetada y busca a quién abofetear, si una persona recibe un insulto y busca a quién insultar, tal vez descargó, se desquitó, se sacó el clavo, como decimos, pero dejó el mundo más puerco, le abrió caminos a la maldad; el que recibe la bofetada, el que recibe el dolor, el que recibe la injusticia, y sabe que le duele, tal vez llora pero dice: "¡Yo no le voy a abrir más espacio al mal en el mundo!"

Ese es el que hace mejor el mundo, el Príncipe de todos esos es nuestro amado Señor Jesucristo, Él es el gran Trabajador, que en la escuela, en el taller de José, aprendió eso, aprendió a hacer el bien y aprendió a padecer el mal.

Hay una cosa tan hermosa. José, por el solo hecho de ser esposo de la Virgen, y por el solo hecho de su misión como padre de Cristo, fue perseguido. La Biblia nos cuenta cómo José protegió esos tesoros, protegió a esa mujer, la más bella, la más pura, protegió a ese Niño, el Santo entre los santos; hizo el bien, pero nunca buscó el desquite, nunca buscó la venganza de los que quisieron acabar con ese Niño, de los que quisieron destrozar el corazón de esa mujer.

Es decir, José se las arregló para soportar esas humillaciones, esas carreras, esas privaciones. Usted sabe que José en una ocasión tuvo que salir de noche, con la mamá y el niño y esas angustias y esos dolores, que no le tocaban, los soportó y no buscó venganza.

Esa fue la escuela en la que creció Nuestro Señor Jesucristo. De José aprendió qué significa trabajar y de José, indudablemente, recibió ejemplo de lo que significa trabajar para limpiar de maldad el mundo.