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Fecha: 20100624

Título: De Juan Bautista el sacerdote aprende a ser alegre en Cristo, a solamente ser precursor de Cristo y a vivir en la gratitud.

Original en audio: 12 min. 44 seg.


Esta solemnidad de San Juan Bautista, de su nacimiento, se encuentra seis meses antes de Navidad. Y la razón de esta fecha, entonces, depende de la Navidad.

Es que en el Evangelio de Lucas se cuenta que vino el anuncio del Ángel a Zacarías, -ésto que hemos oído-, y luego dice el Evangelista: "Seis meses después, el Ángel fue enviado donde una Virgen que se llamaba María" San Lucas 1,26.

Por lo tanto, éso demuestra que hay seis meses de diferencia entre la concepción, y por consiguiente, seis meses de diferencia también entre el nacimiento de Juan y el nacimiento de Cristo.

Como la Iglesia empezó a celebrar el nacimiento de Cristo en el solsticio de invierno, entonces lo normal es que se celebrara el nacimiento de Juan en el solsticio de verano, hablando del hemisferio norte.

¿Qué es el solsticio? Como la tierra gira sobre sí misma, pero está un poco inclinada con respecto al plano que forma alrededor del sol, pues, ahí surgen las estaciones en los países que están más al norte o más al sur. De éso saben más nuestros hermanos chilenos que nosotros.

Entonces, quiere decir que los días van cambiando de duración: es algo que uno no aprecia en Colombia, pero que también sucede aquí.

El día más largo del año es el solsticio de verano, día en el que el hemisferio norte queda como totalmente mirando hacia el sol. Y ese día en Colombia es algo así como treinta o treinta y cinco minutos más largo que el día más corto. El día más corto es cuando el hemisferio norte queda opuesto al sol.

La diferencia es muy pequeña en Colombia. Pero, si uno se va a otros países, la diferencia puede ser muy notable. Yo me acuerdo que fue de lo primero que me impactó, y me impactó negativamente en el tiempo que tuve ocasión de estar en Irlanda.

Irlanda, por supuesto, ya está bastante arriba, y allá sí se nota mucho. Cuando llega el solsticio de invierno, el sol se está ocultando a las cuatro y media de la tarde. En cambio, cuando llega el solsticio de verano, el sol llega, -o la claridad, pues, no directamente el sol-, hasta más arriba de las once de la noche. El contraste es muy grande.

Bueno, todo esto es para decir que los cristianos empezaron a celebrar el nacimiento de Cristo en el solsticio de invierno. Hay muchas razones para ello y éso se sigue discutiendo. Sin embargo, una teoría que es muy razonable, es que fue el reemplazo de una fiesta que tenían los romanos, la fiesta del sol invicto, del sol victorioso. El Sol Victorioso es Jesucristo.

Resulta que cuando uno pasa el solsticio de invierno, de ahí en adelante los días, cada vez, obviamente, son más y más largos. Entonces, la sensación que se tiene es de victoria. La sensación que se tiene es que después de que llega el solsticio de invierno, hay más y más luz.

Ésa era una fiesta que tenían los romanos. Los cristianos la adoptaron, pero, refiriéndola al verdadero Sol, el Sol que nace de lo alto, Jesucristo. Como la fiesta del nacimiento de Cristo quedó ahí, entonces por éso quedó esta fiesta donde quedó: la fiesta del nacimiento de Juan Bautista. Además, viene muy bien, porque resulta que queda, por tanto, en el día más largo del año; todo ésto refiriéndonos al hemisferio norte.

Y Juan, el Bautista, dijo en alguna ocasión, que, "era conveniente que Cristo creciera y que él disminuyera" San Juan 3,30. Luego, quiere decir que a partir del solsticio de verano los días se van volviendo cada vez más cortos, como recordando la humildad de Juan Bautista, que cada vez disminuye para que Cristo aumente. Es una simbología muy hermosa.

Debido a cambios que tiene el eje de rotación de la tierra, las fechas ya no coinciden completamente. Entonces, el solsticio de invierno en realidad cae el veintiuno de diciembre y el de verano lo acabamos de tener el veintiuno de junio. Ya no coincide completamente. Pero, por eso seguimos celebrando el veinticuatro de junio a Juan, el Bautista.

¿Y qué podemos aprender nosotros, religiosos, de Juan, el Bautista? Tres cosas podemos aprender entre muchas.

Primero, Juan, el Bautista, es el hombre que tiene toda su alegría puesta en Cristo. Yo digo que ése es un religioso perfecto: el que tiene toda su alegría y sóla su alegría en Jesús. Ésa es la perfección de la vida religiosa.

El Derecho Canónico nos dice que la vida religiosa surge de un amor supremo, de un amor sumo a Dios, del sumo amor a Dios, lo que significa el amor más alto; y éso fue Juan Bautista.

Juan Bautista sólo tuvo alegría cuando encontró a Cristo, y sólo tuvo alegría en entregarle sus discípulos a Cristo. Fíjese que Juan lo único que tuvo fueron discípulos. Él no tuvo esposa, no tuvo hogar, no tuvo casa, no tuvo ningún negocio, no escribió nada. Lo único que tuvo Juan fueron discípulos.

Y por Cristo perdió a sus propios discípulos. Parece que cuando algunos estaban dudosos de si dejarlo o no, los envió allá donde Cristo para que preguntaran si Ése era el Mesías. Y éstos ya se quedaron con Jesús.

Entonces, Juan es la imagen de aquel que está profundamente enamorado de Jesús, de aquel que lo pierde todo por Jesús, de aquel que tiene toda su alegría en que Jesús se luzca, en que Jesús crezca, en que Jesús llene todo. Y éste es el tipo de amor que hace perfecta la vida religiosa.

Nota que los tres votos los podemos relacionar inmediatamente con esa actitud de Juan Bautista: la pobreza, por supuesto: "No tengo nada, porque todo lo he entregado al Señor"; la castidad, porque, "mi pensamiento, mi amor y mi alegría están en Él"; mi obediencia, porque, "mi voluntad no consiste sino en buscar su gloria".

Es "muy fácil", -entre comillas-, vivir los votos religiosos si uno de veras mira un ejemplo como éste de Juan, el Bautista.

En segundo lugar, Juan, el Bautista, es el precursor, el que iba abriendo el camino, el que iba preparando a la gente para Jesús. Y a mí me parece que éso es muy bueno recordarlo nosotros como religiosos. Quizás se aplica incluso más al caso del sacerdote, porque somos simplemente precursores.

Nosotros no podemos reemplazar a Cristo. Nosotros abrimos algo el camino. Una buena predicación no es la solución de la vida de la gente. Pero, una buena predicación sí que ayuda a que se abra el corazón, para que llegue el Señor, para que haga su obra, para que sane a las personas, para que las consuele, para que las levante.

Entonces, uno puede mirarse perfectamente, como religioso, como sacerdote, como dominico, perfectamente puede uno mirarse como precursor. Y nosotros somos siempre precursores, porque el Esperado, el que tenía que venir, no es ninguno de nosotros: el que tenía que venir es únicamente el Mesías, Jesús.

Así que todo nuestro apostolado tiene esa dirección. Si usted está, por ejemplo, en una Pascua juvenil, toda la Pascua juvenil es para que los muchachos en algún momento sientan total admiración, sientan fascinación, sientan la exhuberancia de la hermosura de Cristo, y queden fascinados por Él.

Que éso se hace con danzas, con juegos, con cantos, con aplausos, o se hace con incienso, con reclinatorios, con latín: no importa tanto lo que se utilice; ya habrá que buscar cuál es el método mejor.

A algunas personas el latín les impresiona mucho, el incienso y las capillas recogidas en penumbra: hay gente que es feliz con éso. Otros son felices manoteando: en todos los encuentros carismáticos donde vas, "¡Aleluya! ¡Aleluya!", y la gente manotea.

Pero, nosotros no tenemos que darle mucha importancia a si es capilla en penumbra, o si es aplauso en coliseo. Lo que interesa es que finalmente, al final, al final, la gente quede fascinada por Jesús, se entregue de corazón y con perseverancia a Cristo, que pertenezcan a Él. Todo lo demás es preparatorio, todo lo demás es preparativo únicamente para Jesús.

Entonces, un buen religioso, un buen sacerdote no se casa demasiado con nada. El ideal es que uno sepa varios idiomas, que sepa latín, sepa griego y pueda manejar el lenguaje de los catecúmenos. Porque, éso andan por todas partes y se meten a todas partes.

Hay que manejar el lenguaje de los catecúmenos, el lenguaje del Opus Dei, el lenguaje de los carismáticos. Uno tiene que manejar cuanto lenguaje hay; pero, uno no se casa con nadie, porque uno ya está casado con Jesucristo.

Uno no se casa con nadie. Uno utiliza todo lo que pueda utilizar como lo pueda utilizar, mas con una meta, con una obsesión: que un día llegue la hora de Jesucristo para la gente.

En tercer lugar, Juan, el Bautista, fue elegido desde el vientre de su mamá. Y ésto a mí me parece que motiva a un agradecimiento absoluto en el corazón del Bautista: saberse uno elegido. Saberse uno elegido es algo maravilloso, porque Jesús dice: "Éso no fue que ustedes me eligieron; yo los elegí a ustedes" San Juan 15,16.

No obstante, el caso de Juan es un agradecimiento aún mayor, porque es pensar: "Desde antes de que yo pudiera darme cuenta, ya Dios se fijaba en mí. Me amaba, tenía planes de misericordia y de salvación para mí y a través de mí". ¡Éso es maravilloso!

Lo anterior para el caso de Juan; pero, luego cada uno lo tiene que relacionar consigo mismo. Cuando a uno le preguntan: "¿Cuándo empezó su vocación?", uno normalmente dice mentiras, o mejor dicho, no mentiras sino lo que puede decir.

Uno dice: "No, yo me acuerdo cuando estaba allá en Garagoa, y después, de Garagoa me trajeron para Bogotá, y conocí..." Y uno asegura que ahí empezó la vocación. Éso es lo que uno se acuerda.

Pero, la vocación de uno seguramente empezó mucho antes. ¿Desde cuándo te está mirando el Señor con su misericordia, con su amor? Seguramente desde antes, desde toda la vida. Entonces, éso es mucho tiempo. Y si uno tiene una edad avanzada, pues, más tiempo todavía. Es un tiempo muy prolongado; todo es un tiempo.

¿Y éso es para qué? Para que nosotros vivamos en la gratitud. "Dios me amó desde siempre, desde mucho antes de que yo me diera cuenta". Uno siempre narra la historia desde que uno percibió el amor de Dios. Pero, el amor de Dios existió desde mucho antes.

Por lo tanto, yo les invito, hermanos, a esos tres ejemplos, o a esos tres puntos de reflexión que nos da Juan, el Bautista: tener nuestra alegría en Jesucristo, saber que somos solamente precursores de Él y que todo lo demás es relativo a que éste Señor Jesús sea conocido, sea amado y que la gente se entregue a Él de todo corazón. Sin absolutizar métodos: los métodos, para nosotros, no pueden convertirse en ídolos.

Y en tercer lugar, les invito a que vivamos en la gratitud. Porque, el que vive en la gratitud, vive en la gracia. El que vive agradecido, más fácilmente vive predicando y manifestando la gracia que es algo tan supremamente nuestro en la Orden de Predicadores.