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Fecha: 20010624

Titulo: Que sea el Espiritu Santo, el Espiritu de Cristo, el que nos de la alegria

Original en audio: 26 min. 48 seg.


Hay una palabra que aparece varias veces en la liturgia de hoy, una palabra hermosa como lo que significa, la palabra alegría.

Precisamente, en la oración que hicimos al empezar la santa Misa, la Oración Colecta, decíamos: "Concédenos el don de la alegría espiritual", esa petición tiene soporte en la Sagrada Escritura.

Porque lo que le dijo el Ángel Gabriel a Zacarías fue precisamente un anuncio de alegría: "Te llenarás de alegría y muchos se alegrarán de su nacimiento" San Lucas 1,14.

Y es importante descubrir, en este tema de la alegría, el motivo, la razón de por qué esa alegría. A ver, ¿qué nos dice el Ángel? "Será grande ante los ojos del Señor, se llenará de Espíritu Santo, convertirá a muchos israelitas al Señor" San Lucas 1,15.

Y hay una frase más adelante: "Para convertir los corazones de los padres hacia los hijos" San Lucas 1,17, esa frase sí suena extraña.

Pero esa frase la podemos entender a la luz de la segunda lectura la de la Carta de Pedro, dice aquí: "Esta salvación fue el tema que investigaron y escrutaron los profetas, se les reveló que aquello de que trataban no era para su tiempo, sino para el vuestro" 1 Pedro 1,10.

Los profetas, anhelaban, esperaban la salvación, pero comprendieron, guiados por la luz del Espíritu, que esa salvación no llegaría en el tiempo de ellos, llegaría después; los profetas corresponden al tiempo de los padres y el cumplimiento de sus profecías, es el tiempo de los hijos.

De manera que cuando dice el Ángel: "Convertirá los corazones de los padres hacia los hijos" San Lucas 1,17, es: "Reunirá el gozo de los que esperaban, con el gozo de los que poseen la alegría propia del nacimiento de Juan"; es la alegría del paso de las profecías, que todavía no tenían su tiempo, a la profecía que se cumple y que llega a tiempo.

Los demás profetas anunciaron lo que venía, Juan anunció al que llegaba, ahí está la razón de la alegría, los demás podían decir: "Vendrá", sólo a Juan se le concedió decir: "Aquí está".

Los otros profetas podían decir: “Dios es fiel y ha prometido”, sólo Juan pudo decir: “Dios es fiel y ha cumplido”, y la alegría surge de eso, de ver que la promesa se cumple, ver que lo anunciado llega, ver que lo esperado se hace por fin presente.

El nacimiento del precursor, es el nacimiento de aquel profeta que tenía ese encargo: pasar de las profecías hacia el futuro, al anuncio del presente.

En este Juan, cuyo nacimiento celebramos, estamos cantando, alabando la bondad de Dios, que así como anuncia, cumple. Y por eso también la segunda lectura habla de alegría: "No habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no lo veis y creéis en Él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando la meta de vuestra fe, la salvación" 1 Pedro 1,8.

La alegría cristiana tiene un sello, tiene una esencia y esa esencia es: "Dios me lo prometió y Dios me lo cumplió", esa es la esencia de la alegría cristiana.

Como explica San Agustín en algún lugar, me parece que es en sus narraciones sobre los Salmos, esto es lo mismo que dice un salmo: "Lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad de nuestro Dios" Salmo 48,9; la alegría es ver que se cumple lo que fue anunciado.

Con esta claridad que nos da la Escritura y que explica la oración de la Iglesia en la Misa de hoy, con esta claridad podemos también buscar los caminos de la alegría en nuestra propia vida. El camino de la tristeza es: "Me prometieron, y no me cumplieron", "yo pensaba, pero me fallaron"; "yo creía, y no resultó cierto", ese es el origen de todas las tristezas del corazón humano.

Y el origen de todas las alegrías del corazón humano es: "Me fue anunciado, y se cumplió"; "me fue prometido, y me lo realizaron"; "me dijeron que era, y sí era".

Es muy útil tener clara la fuente de la tristeza y clara la fuente de la alegría, porque así entendemos, por ejemplo, aquella expresión tan rara del profeta Jeremías, un día que estaba fastidiado, saturado, hastiado de la gente, y dijo: "Maldito quien confía en el hombre y pone en él hombre su confianza" Jeremías 17,5.

"Bendito quien confía en el Señor" Jeremías 17,7, porque el que pone su confianza en el hombre, más tarde o más temprano será visitado por la tristeza, porque el ser humano no puede dar lo que anuncia.

¿Qué anuncia el ser humano? Como es imagen de Dios, anuncia bien; desde el tamaño de Dios, refleja bienes al tamaño de Dios; pero da bienes del tamaño del hombre, promete a la altura de Dios y cumple a la altura del hombre.

El que ponga su confianza en el ser humano, tarde o temprano descubrirá ese pavoroso desnivel; el que ponga su confianza en el ser humano, tarde o temprano descubrirá que el ser humano prometió más de lo que podía cumplir; porque prometió a la escala de Dios, porque es imagen de Dios, refleja a Dios y sólo pudo cumplir a escala de hombres; el que ponga su confianza en el ser humano experimentará tristeza, el que ponga su confianza en Dios experimentará alegría.

Ahora bien, el Apóstol Pedro, en ese texto que estamos meditando dice: “No habéis visto a Jesucristo o amáis no lo veis y creéis en El” 1 Pedro 1,8.

Fíjate el contraste con la situación del hombre, del ser humano. El hombre, como es imagen de Dios, refleja mucho y cumple poco, ¿qué hizo Dios? Exactamente lo contrario, mostrar poco y dar mucho, por eso dice: “No veis a Jesucristo" 1 Pedro 1,8, "alcanzaréis la meta de vuestra fe, la salvación” 1 Pedro 1,9.

Si el camino de la tristeza es que se vea mucho, para que luego aparezca poco; el camino de Dios es que se vea poco, pero que luego resulte mucho.

Y eso que se ve poco y que luego resulta mucho, es lo que nos dice el Apóstol Pedro: “Ahora se os anuncia por medio de predicadores que os han traído el Evangelio con la fuerza del Espíritu enviado del cielo” 1 Pedro 1,12, y esa frase, que desde luego, me fascina: “Son cosas que los Ángeles ansían penetrar” 1 Pedro 1,12.

Es decir, que a través del ministerio de la predicación aparece Jesucristo, pero aparece de lado, aparece escondido: "No lo veis, sin embargo, pero hay suficiente para que lo améis" 1 Pedro 1,8.

Camino de la tristeza, que se vea mucho, soy imagen de Dios y que aparezca poco; pero actúa a la medida del hombre, camino de la alegría, la predicación me muestra algo de Cristo, no termino de entenderlo, los Ángeles tampoco logran penetrar ese misterio, no aparece pero da, ese que no aparece, ese que sólo se anuncia veladamente en la predicación, ese es el que sí da, el que sí cumple.

En la predicación asoma el misterio de Jesucristo, no lo veo, no lo entiendo, pero ahí llega la salvación; así podemos encontrar por qué caminos se llega a la tristeza y por qué caminos se llega a la alegría.

Otra aplicación que podemos hacer de este texto, tiene que ver con la manera cómo tratamos los bienes de esta tierra; cómo me gusta esa frase de San Pablo, que luego la tomó y la hizo popular Antoine de Saint-Exupéry, el de "El Principito": "Lo esencial es invisible a los ojos". San Pablo lo dijo de otra manera: “Ponemos nuestra atención, nos fijamos en lo que no se ve” 2 Corintios 4,18.

Toda alegría tiene su expresión, tiene su exterioridad, pero el que quiera saborear toda profunda alegría, tiene que preferir, cada vez mas, el gozo que no se ve, nos fijamos en lo que no se ve, "lo esencial es invisible a los ojos".

Desde luego esto nos conduce hacia el misterio de la Cruz: "Me alegro en los padecimientos" Carta a los Colosenses 1,24, decía Pablo; "me alegro en las tribulaciones" Carta a los Colosenses 1,24, una frase imposible de entender, si no es con el Espíritu Santo que comunica la Escritura y que infunde la salvación.

"Me alegro en las tribulaciones" Carta a los Colosenses 1,24, ¿por qué? Porque cuanto más escondida, cuanto más profunda es la alegría, más cerca está de la alegría de Cristo dándole la gloria a Dios, y dando la salvación al mundo por medio de la Cruz, no es una negación de la alegría, sino es preferir la fuente más profunda, es escoger esa vena que corre más hondo.

El Espíritu de Dios ha movido a personas, yo pensaría sobre todo en un San Juan de la Cruz, para este misterio, para llevarlos hacia este misterio: "Mejor que no se vea, mejor que no aparezca". Me decía un predicador amoroso, enamorado de los Santos Ángeles, decía: "Cuanto más cerca esté una alegría del misterio de la Cruz, más protegida está de los ataques del demonio".

Por razones obvias. La Cruz es la derrota, la Cruz es el fracaso del demonio, por eso, la alegría que se acerca al gozo de Cristo dándole gloria a Dios y dando la salvación al mundo en la Cruz, la alegría que se aproxima a la Cruz, no sólo es más profunda, no sólo es más firme, no sólo es más pura, sino que también está mejor defendida.

Además, tiene menos competencia, porque las alegrías exteriores, superficiales, materiales, corporales, algunas de las cuales son buenas, nadie está ahí diciendo que haya que condenarlas, pero esas tienen mucha competencia.

Y ustedes saben que ahí, donde los mismos bienes son buscados por las distintas personas, es fácil que surjan celos, envidias, rencillas, divisiones, todo lo que da la carnalidad humana.

Pensemos, por ejemplo, en una persona que busca como alegría suya la fama, ser querido, aplaudido, reconocido, honrado, como eso lo buscan tantas otras personas, como hay tantos caciques y poquitos indios, lo normal es y lo que se espera es que van a surgir conflictos.

Si yo quiero el aplauso de todos, y aquí surgió otro que también quiere el aplauso de todos, ese otro me estorba a mí, pero supongamos que yo no quisiera la fama, que no la quisiera por un motivo recto, ese es el problema, porque a veces uno no la quiere por cobardía, o no la quiere haciéndose trampa, no la quiere diciéndose mentiras, no la quiere por evitar problemas, no me refiero a ese caso.

Me refiero a la persona que con un corazón purificado por el fuego de Dios, no prefiere la fama, sólo por una razón, porque mi Señor fue deshonrado. Yo he vivido poco de eso, pero diría una mentira si les dijera que no he vivido nada; yo he vivido un poquito de eso, poquito, porque soy pequeño, débil y sucio, pero he vivido de eso.

He vivido lo que es escoger un mal, un dolor, una incomprensión, una soledad, un silencio, una súplica no escuchada, escogerla y escogerla solamente por una razón: porque así es mi Señor.

Cuando eso me ha sucedido, que no es mérito mío sino obra de Dios, yo puedo dar testimonio, esa alegría es más grande que todas las otras.

Pero no que huya de la fama, o que yo huya del placer, o que yo huya del dinero, o que yo huya del afecto, razones turbias, por una psicología torcida, cobarde, de autocastigo; no, no es por masoquismo, no es por autocastigo, no es por cobardía.

Nietzsche se burlaba de los cristianos, y les decía: "Manada de borregos", gente con mente de esclavos”, "recua de cobardes”; ustedes no se atreven a aspirar al primer puesto, porque son cobardes y por eso ensalzan la humildad", así atacaba Nietzsche.

Y de veras hay gente que no busca sobresalir por no meterse en problemas, por cobardía, porque que tal que pierda, por egoísmo, por comodidad, ninguna de esas motivaciones tiene nada que ver con la Cruz.

El punto, cuando el Espíritu Santo susurra en el alma y deja caer una gota de su maravillosa acción, cuando deja caer una gota de esas en el alma y nos da la certeza de que Dios en ese instante, en esas circunstancias, en ese momento quiere que participemos de algo de la Cruz.

Y en ese momento, con una libertad soberana, sin presión alguna, con una paz profunda, con una gratitud, como decíamos en la otra predicación, con paz, sin recriminar nada a nadie, más bien sintiendo que uno ha sido elegido, uno dice: "sí, escojo la Cruz, sí por Él, por mi Amado, por mi Amado que me amó primero, por Él prefiero eso".

Y nadie me lo va a entender y nadie me lo va a reconocer, pero tampoco el demonio me lo echará a perder, es una sensación de un gozo profundo, duradero, limpio, luminoso y protegido, defendido, porque mientras que los otros bienes, que también son buenos, ¿y a quién no le gusta recibir de los otros bienes?

Mientras que los otros bienes están siempre sometidos a la tormenta de los celos, de las incomprensiones, y cansan, estos bienes, los bienes de cerca de la Cruz, se parecen, y así lo dice San Juan de la Cruz, se parecen a un paraíso, son paraíso del cristiano.

Porque cuando Adán se paseaba por el Paraíso, podía gozarse de toda esa belleza para los ojos, y de toda esa dulzura para el paladar, de toda esa amenidad, podía disfrutar de todo ello y no había competencia alguna, todo bueno y todo para él.

Algo así es lo que sienten los que movidos por el Espíritu Santo, no por trampas de la psicología humana, sino movidos por el Espíritu Santo, se acercan al árbol de la Cruz.

Y ahí sí, como decían los Padres de la Iglesia, "un árbol nos sacó del Paraíso y este árbol nos vuelve a entrar, y no en el Paraíso, sino en el cielo". Y uno entra un poquito, pues, yo digo que un poquito, porque sólo un poquito es lo que yo he conocido.

Pero uno sí entra, y uno entra a eso poquito y descubre que ahí estamos mejor que en el Paraíso, porque los frutos son más dulces, porque alimentan más y porque no está la serpiente maldita.

Ahí hay libertad, ese es el camino de la libertad, ese es el camino de la alegría que nunca acaba, esa es la alegría de la que dijo Cristo, "Les daré una alegría que nadie se las podrá quitar" San Juan 16,22.

Claro, porque las otras alegrías entran en competencia: "¿Tendré más dinero que aquel? ¿O menos? ¿Querrán a otro más que a mí? ¿Seré más importante que…? ¿Me durará la salud para siempre? ¿Y si me roban? ¿Y si me matan? ¿y si no me entienden?"

Todos los otros bienes están sujetos a sospecha, los bienes de la Cruz son limpios, bellos, dulces, nutritivos y no hay en ellos plaga alguna; nadie compite por ellos, nadie pelea por ellos; ahí no hay problemas de quién es más importante que quién, o a quién quieren más que a quién; está limpio, está bello.

Y lo mejor de todo, como dice otra gran amadora de la Cruz, Santa Catalina de Siena: "Todos ellos gozan del aroma, de la dulzura, de la belleza de la presencia de Cristo"; saben a Cristo. Por eso, en este día, día de la alegría, día para pedir la alegría, no cualquiera, la alegría espiritual.

Este día para pedir la alegría espiritual, rogamos del Señor que sea el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo el que nos dé la alegría, y que sea esa alegría, la alegría de la Cruz, la que nadie nos puede quitar, la que no entra en competencia con nadie, la que no tiene nada que temer, la que está protegida, alejada de todo intento del enemigo.

Por algo se puede decir, que el Santo cuyo nacimiento celebramos hoy, Juan Bautista, vivió esa alegría, porque la vida de Juan fue una vida crucificada.

No me aguanto las ganas de repetir lo que he dicho otras veces, en elogio de Juan. Un hombre que no tuvo sino una alegría: Cristo, y nadie se lo pudo quitar, y nadie se la quitará en la eternidad; en el vientre, ¿de qué se alegra? De Cristo; en el Jordán, ¿de qué se alegra? De Cristo.

Cuando lo encarcelan dice: "Que Él crezca y que yo disminuya. Mi alegría es completa" San Juan 3,30, un hombre que tenía el corazón crucificado, antes de que se anunciaran las grandezas de la Cruz de Cristo.

Que Juan el Bautista, -¡qué hombre grande!-, grande con la grandeza de Dios, que Juan Bautista interceda por nosotros y que nos conduzca, como buen maestro, a esas alegrías que nada ni nadie puede destruir.;