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Fecha: 20000624

Título: Penitencia, ayuno y conversion

Original en audio: 16 min. 5 seg.


Ya en el siglo quinto de nuestra era, el gran Obispo San Agustín se extrañaba de esta fiesta, la fiesta del nacimiento de San Juan Bautista, una fiesta que ya en esa época era celebración en la Iglesia, y decía San Agustín: "Lo normal es que celebremos la muerte de los santos, porque es su entrada en la gloria, pero resulta que a San Juan Bautista lo recordamos y es motivo de celebración para nosotros, pero no sólo cuando muere sino también cuando nace".

La iglesia Católica celebra el martirio de Juan Bautista, pero también celebra, como lo estamos haciendo hoy, el nacimiento de San Juan Bautista, y por eso debemos detenernos un poco en esto que celebramos, mirar a Juan en su ministerio, en su significado, y mirar lo que quiere decir para nosotros el nacimiento de Juan.

Lo que nosotros sabemos de Juan es poco. Sabemos que predicaba junto al Jordán, que la gente iba allá y que Juan tuvo el encargo de bautizar a Cristo. Tal vez recordamos que después fue encarcelado por denunciarle sus pecados al rey Herodes y finalmente lo decapitaron.

Sin embargo, de este hombre, Nuestro Señor Jesucristo, que no acostumbraba hacer grandes elogios, hizo un gigantesco elogio.

Jesús mismo dijo de Juan: “No ha nacido nadie más grande entre los hijos de mujer” San Mateo 11,11, expresión que como he dicho en otra ocasión, podemos entender así: lo más grande que puede dar la carne y la sangre, lo más grande que puede dar la especie humana desde sus fuerzas, desde sí misma, es Juan Bautista.

Que esas palabras las diga Jesucristo nos están diciendo un poquito sobre quién es Juan, Juan es el precursor, Juan es el que le prepara el camino al Señor Jesús, Juan es aquel que dijo: “Conviene que yo disminuya y que Él crezca” San Juan 3,30. Juan es como esa puerta que se abre para dejar pasar al Rey de la gloria.

Juan tuvo un ministerio en el siglo primero junto al Jordán, pero sus significado no termina ahí; Juan, para decirlo de una manera breve, es una enseñanza para nosotros sobre cómo hay que prepararse para recibir a Jesucristo.

El ministerio del Jordán se terminó, pero la preparación para recibir a Jesús se necesita siempre, ya no tenemos que ir al río Jordán y echar esa agua recuerdo de la Alianza cuando Josué, ya no tenemos que ir al Jordán para echarnos de esa agua, ese ministerio terminó.

Como decía el mismo Agustín: "La voz se apaga y queda la Palabra", pero la necesidad de prepararnos para acoger a Jesús, esa necesidad sí la tenemos siempre y en ese sentido Juan el Bautista tiene un significado, tiene una razón de ser para la Iglesia en todos los siglos, en todos los tiempos, en todas las culturas.

Juan no sólo enseñó, sino que enseña cómo debe disponerse uno para que la palabra de Cristo no caiga en vano. Juan le preparó a Cristo un pueblo bien dispuesto, Juan enseña cómo ser ese pueblo dispuesto para que la obra maravillosa de Jesús no se pierda.

Y por eso, considero que el profetismo de Juan es hoy muy necesario, como en el siglo primero, ¿sabe por qué? Porque la obra de Jesús se está perdiendo. Cuando una persona vive como si no existiera Jesucristo, la obra de Cristo se está perdiendo para esa persona.

Jesús vino a anunciar sanación, liberación, perdón, amor, fraternidad, humildad y todo lo que nos cuenta el Evangelio, si eso no es verdad en nuestra vida, quiere decir que se está perdiendo la obra de Cristo. En contra de lo que recomendó el Apóstol San Pablo: “No recibáis en vano la gracia del Señor” 1 Corintios 15,10.

Si estamos recibiendo en vano la gracia del Señor, si somos un pueblo de bautizados, si somos un pueblo que acostumbra ir a Misa, pero no somos un pueblo de santos, si el Evangelio no fue echo carne de nuestra carne y vida de nuestra vida.

Necesitamos a Juan, necesitamos que nos enseñen a prepararnos, necesitamos que nos enseñen a abrir nuestros oídos para que las palabras benditas de Cristo no se pierdan, y por eso Juan tiene un significado permanente en la Iglesia, no sólo por la manera como murió, sino por eso que es él, por lo que él mismo es.

¿Y como nos enseña Juan a prepararnos? ¿Cómo podríamos sintetizar la vida de este hombre? No es fácil, Juan nos enseña a prepararnos, en primer lugar con su propio testimonio, sabemos que es un hombre que habitó en el desierto.

Cuando una persona se va de la sociedad humana, cuando se retira alguien, podría decirse que es un cobarde o es un loco; pero Juan no es un cobarde, Juan sale al desierto para recuperar la autenticidad, para recuperar el fuego, para recuperar el vigor de la palabra que se oyó en el desierto.

Porque fue en el desierto donde Dios enamoró a Israel, y por eso el mismo Dios le había dicho por boca del profeta Oseas: “Yo te voy a llevar al desierto y ahí le voy a hablar a tu corazón y te voy a enamorar” Oseas 2,14. Porque en el desierto, cuando desaparecen los apoyos, las certezas humanas, cuando la mentira de este mundo se quita, cuando la vanidad de este mundo desaparece, en el desierto recuperamos la capacidad de oír a Dios.

Cuanto fue al desierto y en el desierto oyó la Palabra de Dios y el pueblo se fue tras él, él no estaba huyendo del pueblo, le estaba mostrando un camino al pueblo, eso fue lo que hizo Juan, y nos lo está mostrando a nosotros.

El que quiera encontrar a Jesucristo necesita pasar por el desierto, pasar por el silencio, separarse un poco de todo, porque en el aturdimiento del ruido y de la multitud aplastante de propuestas, comercio, publicidad, no es posible tener el corazón abierto para una palabra nueva.

Mientras estemos sometidos al ruido continuo de todas las propuestas, de todas las publicidades, de todas la ventas, mientras estemos saturados así, Jesús aparecerá como una propuesta mas, como un ruido mas, como una palabra mas y El es una palabra mas, es la palabra de Dios. Necesitamos, por eso, cierta dosis de desierto.

Juan enseño también con su penitencia. En medio de la comodidad, en medio del regalo, en medio de la abundancia de placeres, la vida se vuelve indolente, se vuelve relajada; con razón, grupos de oración, grupos marianos y otros grupos de nuestra fe católica, están redescubriendo la gracia y la importancia de la penitencia, del ayuno.

Hay que aprender a decirle no a ciertos placeres, a ciertos gustillos, porque el que nunca se dice no, no es dueño de sí mismo; y el que nunca se dice no, no está preparado para cuando las circunstancias sean adversas o para cuando nuestras alianzas fallen.

Una persona que nunca se dice no, cuando le llega una contradicción no sabe cómo resolverla, y entra en depresión, y entra en enfermedad, y entra en ira, y entra en trastorno, como le pasó a Antioco Epifanes, el rey del que nos habla el libro de los Macabeos.

Era un hombre que estaba acostumbrado a que su voluntad se hacía siempre y en todo lugar, "y si voy a conquistar este pueblo, lo logro; y si voy a hacer esto, lo logro; y si quiero esta mujer, la tengo; y si quiero esta comida, la hago.

Un día se fue contra Jerusalén con todos sus ejércitos y la cosa le salió mal, y él no estaba acostumbrado a que nadie le dijera que no, y entonces entró a una depresión espantosa, se enfermó y se iba muriendo y se acabó.

Por eso, el alma que quiera prepararse para recibir a Jesús tiene que estar dispuesta a decirse que no en cosas pequeñas y grandes; no puedo vivir en medio del placer y dándole gusto en todo y haciendo siempre lo que se me da la gana, y pretender que así, la palabra de Cristo tenga algo que decirme.

La persona que no es dueña de sí misma no tiene cómo entregarle la vida a Cristo, porque ¿cómo le entrego algo que no me pertenece? Sólo la persona que es dueña de sí misma puede entregarse a Cristo. Y por eso se necesita cierto grado de ascesis, de renuncia, de penitencia, de saber decir no, necesito el esfuerzo también; esto nos lo enseña Juan.

Y finalmente, Juan nos enseña la necesidad de la justicia. Cuando llegaron unos piadosos fariseos y unos delegados de los Saduceos allá al desierto, allá donde estaba Juan, Juan los recibió con un regaño espantoso, que uno se queda asombrado: “Raza de víboras, ¿qué hacen aquí?” San Mateo 3,7, vayan hagan justicia primero dejen de defraudar al pobre, porque mientras estemos viviendo.

Quienes estén en esa situación, mientras estemos viviendo del dinero, de la sangre, del sudor y de la injusticia de los pobres, es imposible que penetre la Palabra de Dios. Ahí, el que está viviendo de las ventajas del pecado, no le conviene que Dios exista. Decía San Agustín, para citarlo por tercera vez en estas palabras: “No le sirva que exista Dios a aquel que vive en contra de Dios”.

Y por eso, la sociedad se vuelve atea o se pasa a otras religiones, religiones cómodas que no se metan con la justicia. Qué fácil es encerrarme en una pieza y mirar cuartos de colores y a oler velas. Qué fácil encerrarme en una pieza y a oír música de la naturaleza y a decir que me estoy relajando y que nadie se meta con mi vida, con mi plata y con mis problemas y con mis injusticias.

Pero Juan nos muestra que un corazón que se encierra en sus intereses y que persevera en la injusticia, no es un corazón que pueda recibir a Jesucristo.

Desierto, penitencia y justicia, el mensaje permanente de Juan y en ese mensaje tendrá que entrar nuestro país. Ojala la Iglesia en este país empiece a predicar desierto, penitencia, justicia, ¡pero atención! ¿Qué clase de justicia? Porque con esa palabra también se ha jugado mucho, no es la justicia del pobre en contra del rico, como quiso Omar.

Si algo es grande en Juan, es que le habla al pecador reclamando en él su conversión. Por eso la traducción de Juan para nuestro tiempo yo la pondría en estas palabras: retiro, jornadas de oración, penitencia y llamado a la conversión.

Ese es el gran error de las mesas de negociación, que nos sentamos a hablar cada uno con su corazón retorcido. ¿Qué va a salir de ahí? De un corazón traidor que dice una cosa y no la cumple, de un corazón que promete una cosa y sigue matando y secuestrando, destruyendo, ¿qué va a salir de ahí? Mientras ese corazón no se enfrente con la luz de Jesucristo, mientras ese corazón no se rompa y sea un corazón contrito y humillado, de ahí no va a salir nada.

En el siglo catorce una Santa amiga mía, Catalina de Siena, de espantosa violencia la técnica de ella para lograr la paz, y hubo obras maravillosas a través de su predicación. Técnica de ella, la conversión. Cuando el que libera el mal se convierte, se arrepiente, llora sus pecados y se postra ante Jesucristo, le quitamos las fuerzas a Satanás.

Mientras eso no se haga, es mentira, es engaño seguir con los discursos que se repiten en todas partes, "que lleguemos a la convivencia", "que lleguemos a la tolerancia", "que soportémonos". No se pueden tolerar una cantidad de cosas que están pasando ni es asunto de tolerancia la muerte de los inocentes.

Juan es más actual que nunca, pero como Juan habló con su vida, y como su vida ya desde la infancia estuvo marcada por el desierto, la Iglesia tiene conciencia de que el nacimiento de Juan es el comienzo del cumplimiento de las promesas.

Y por eso hoy celebra este día, este día hermoso como día de luz, como día en el que nosotros repetimos con gozo las palabras de Zacarías: “Bendito, bendito sea el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo” San Lucas 1,68.

Amén.