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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19980624

Título: La necesidad de un precursor

Original en audio: 13 min. 16 seg.


Este día, veinticuatro de junio, tiene una característica astronómica importante. De modo que la predicación hoy, tiene que comenzar recordando algunos datos astronómicos.

La tierra se encuentra inclinada unos cuantos grados con respecto al plano de su órbita en el sol. Y esto hace que en el hemisferio norte y en el hemisferio sur, haya días más largos que otros días.

En el tiempo de verano, el hemisferio norte tiene más horas ante el sol, y en el tiempo del invierno tiene menos horas. Desde luego están cambiados. Mientras es verano en el hemisferio norte, es invierno en el hemisferio sur.

Y resulta entonces, que tiene que haber un día que sea el día más largo, y tiene que haber otro día que sea el día más corto. El día más largo del año, el día en que el hemisferio norte tiene más tiempo de luz, es este día, el veinticuatro de junio.

Este es el día en que el sol está durante más horas dando al hemisferio norte. Es lo que se llama el solsticio de verano. Y exactamente, seis meses después, es decir, el veinticuatro de diciembre, tendremos el día con menos horas de luz, y por consiguiente, la noche más larga.

La noche más larga es la noche del nacimiento de Jesucristo, y el día más largo es el día del nacimiento de San Juan Bautista.

Esto tampoco es una casualidad. Cuando los cristianos quisieron celebrar el nacimiento de Jesús, pues no tenían datos precisos sobre cuándo pudo haber sido. Pero hay un texto muy hermoso en el libro de la Sabiduría, que dice: "Cuando la noche estaba en lo más espeso, entonces la Palabra victoriosa de Dios vino a la tierra" Sabiduría 18,14-15.

Y la noche más espesa, la noche más oscura, la noche más larga, es solamente una al año. Es la noche del veinticuatro de diciembre al veinticinco de diciembre. Entonces ellos tomaron esa fecha para celebrar el nacimiento de Jesucristo.

Esa era una fecha que ya existía en el calendario pagano, que ya tenía una característica pagana, una característica para los paganos. Ellos celebraban en esa fecha el "Dies Solis Invicti", porque siendo ésa la noche más larga del año, de ahí en adelante, de esa noche en adelante, los días son cada vez más largos, hasta llegar a este día, el veinticuatro de junio, en que la luz ocupa el máximo de horas del día.

Esto se nota más, cuanto más al norte está uno. Entonces los cristianos tomaron esa fiesta, que era una fiesta pagana, la fiesta del sol invicto, y en esa fiesta celebraron al que es verdaderamente Sol del universo, Nuestro Señor Jesucristo.

Como la Escritura dice que hubo seis meses de diferencia entre la concepción de Cristo y la concepción de Juan, primero la de Juan y luego la de Jesucristo, entonces hay precisamente una diferencia también de seis meses entre el nacimiento de Cristo y el nacimiento de Juan. Es decir, nace Juan seis meses antes de Cristo.

Por esta razón astronómica y bíblica, estamos celebrando hoy el nacimiento de Juan Bautista, veinticuatro de junio, el día más largo del año.

Entonces uno se pregunta, ¿por qué esta celebración? Como anota San Agustín, este es el único Santo del cual celebramos el nacimiento junto con Cristo, porque para todos los otros Santos, lo que celebramos es el día de su partida de este mundo, que es el día de la entrada en la gloria.

¿Por qué nosotros celebramos el nacimiento de San Juan Bautista? La palabra fundamental es la palabra precursor. La llegada de Juan a esta tierra es el anuncio certísimo de la salvación.

Celebramos el nacimiento de San Juan Bautista, para celebrarlo como precursor del Mesías. Luego, nuestra pregunta se convierte en ésta, una pregunta como de niño, una pregunta inocente: ¿Y por qué era necesario un precursor? ¿Qué hubiera pasado si no hubiera habido un Juan Bautista?

Este tipo de pregunta alude, no como a razones físicas o metafísicas, sino como a un deseo de contemplar más profundamente los designios de Dios. O sea que la pregunta mejor enunciada es: "Señor, ¿tú por qué quisiste que hubiera primero un precursor antes de que llegara el Mesías?"

Efectivamente, es lo que nos recuerda este texto de los Hechos de los Apóstoles, un discurso de Pablo: "Dios suscitó para nuestros padres a David como rey suyo, y sobre éste atestiguó: "Encontré a David, hombre conforme a mi Corazón". De su descendencia, según lo prometido, sacó Dios un Salvador para Israel, Jesús" Hechos de los Apóstoles 13,22-23.

Juan, antes de que Él llegara, predicó a todo el pueblo un bautismo de conversión. ¿Cuál es el sentido de que haya un precursor? Ese es el mismo sentido que tiene el hambre. Si uno tiene alimento pero no tiene hambre, no come. Jesús es el alimento; Juan es el hambre.

Jesús viene como una gran oferta de gracia, pero poco hace la gracia, si no hay un llamado a la conversión. Si se presenta una persona en un pueblo pequeño, ofreciendo todo tipo de remedios, no tiene nada que hacer ahí, si la gente no se sabe, o no se siente enferma. Pero si la gente se siente enferma y llega alguien diciendo: "Aquí están los remedios", entonces ahí sí se le recibe.

¿Por qué es necesario un precursor? Porque era necesario que alguien despertara la conciencia del pueblo y le hiciera reconocer su propio pecado, para que cada uno reconociéndose necesitado de salvación, luego acogiera al Salvador.

¡Mire lo que es la sabiduría proveniente de Dios! Era necesario un precursor, porque el precursor hace sentir el hambre de la salvación, la necesidad de la salvación. Y cuando uno reconoce que necesita salvación, se alegra cuando ella llega y la recibe.

Este fue el encargo que tuvo Juan. Pero yo no sé si dije bien, porque yo creo que no se debe decir: "Este es el encargo que tuvo Juan". ¡Este es el encargo que tiene Juan!

La misión de precursor de Juan, que es la razón por la cual celebramos su nacimiento, no es una misión que haya terminado con la muerte de él. Su nacimiento, su vida y su muerte, son una enseñanza de que sin hambre, el Pan de Dios se puede desperdiciar.

El nacimiento, la vida, la pasión y la muerte de Juan, que en todo anticipan el Nacimiento, la Vida, la Pasión y la Muerte de Cristo, nos están diciendo, que sólo el que tenga hambre de Dios, se alimentará de Dios. Sólo el que sienta que sin Dios nada es, con Dios lo será todo.

Y esta es una enseñanza siempre actual en la Iglesia, porque Jesús está siempre viniendo con la obra de su gracia, con el don de su Espíritu, con la fuerza de sus sacramentos, pero también porque la Iglesia entera espera el cumplimiento de las últimas promesas, el retorno definitivo de Jesús, su segunda venida.

Además, para que Cristo vuelva y complete su obra, es necesaria la austeridad de Juan, la predicación de Juan y hasta cierto punto, la denuncia de Juan. ¡Sí se necesita que Juan Bautista no calle su voz! Se necesita que Juan esté siempre presente en la Iglesia, porque la Iglesia no ha terminado de recibir las promesas de Dios.

Y si Jesús tarda, a mí me parece que en parte es porque falta hambre para recibirlo. Jesús no está esperando el peor momento de la humanidad para ver si logra condenarse el mayor número posible de hombres y mujeres. Jesús vendrá, Jesús volverá a culminar, a complementar su obra.

Pero para esto es necesario que haya hambre, mucha hambre de Él, un profundo anhelo de Él. Y es el Espíritu Santo el que mantiene viva la voz de Juan, según nos dice el libro del Apocalipsis, haciendo que la novia, que la Iglesia, repita: "¡Ven, Señor Jesús!" Apocalipsis 22,20.

Así como podemos decir que el amor a la Iglesia es el pulso de la vida espiritual, así también podemos decir, que el hambre de Cristo es el pulso de la vida de la Iglesia en nosotros. Porque la voz de la Iglesia, que es la novia del Apocalipsis, está muy clara: "¡Ven, Señor Jesús!" Apocalipsis 22,20

¡Cuánta vida de la Iglesia tenemos en nosotros! Hasta dónde somos Iglesia, lo sabremos por Juan y por ese grito, por ese clamor del Espíritu: "¡Ven, Jesús!"

En cada Eucaristía, esta misma voz de Juan se deja oír también en las denuncias que hace la Palabra y en las esperanzas que nos trae, en el arrepentimiento de nuestros pecados y en nuestro cántico de misericordia: "¡Señor, piedad, Señor!"

En todo ello está la voz de Juan, haciendo que anhelemos el Pan de Dios, para que teniendo hambre de Él, lo comamos, y saciados de ese Alimento mientras vamos peregrinos en esta tierra, tengamos más hambre de la consumación de su gracia en el Banquete del Reino de los Cielos.