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De Wiki de FrayNelson
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El 29 de agosto, nuestra Iglesia Católica recuerda el martirio de San Juan Bautista. Recordemos que Juan es el precursor de Nuestro Señor Jesucristo, y el gran mensaje de Juan, es el arrepentimiento de los pecados. Como lo describió el profeta Malaquías en su momento, lo propio de Juan es llamar al arrepentimiento, para tenerle a Dios un pueblo bien dispuesto.

Efectivamente, la mejor manera de abrirnos al regalo de la gracia divina, es a través del arrepentimiento; aquella persona que no tiene conciencia de sus pecados, aquella persona a la que no le importa pecar, es una persona que tampoco siente ninguna necesidad de ser perdonado. El que se considera “ya bueno”, no encuentra mayor cosa en Cristo; en cambio, el que reconoce su pecado, ciertamente, ve en el Señor, a su liberador, a su salvador. Por eso hay una relación tan estrecha entre la predicación de Juan y la predicación de Cristo; podemos decir que la predicación de Juan, es la preparación para la de Cristo, porque el arrepentimiento es la puerta para recibir la gracia y la misericordia divina. Ahora bien, si Juan estaba predicando el arrepentimiento de los pecados, pues, tenía que hablar del pecado; no se puede predicar el arrepentimiento, solamente como un sentimiento en abstracto; el arrepentimiento siempre es de algo, y ese algo es mi pecado. Si mi pecado es la envidia, de eso me tengo que arrepentir; si mi pecado es la lujuria, de eso me tengo que apartar; y así sucesivamente. Así pues, cuando hablamos de arrepentimiento y de predicación del arrepentimiento, es indispensable predicar el pecado, es decir, predicar que somos pecadores, y predicar cuáles son los pecados que estamos cometiendo, porque decir: “somos pecadores en general”, tampoco sirve; nadie se arrepiente en general de ser pecador; uno llega a descubrir que es pecador, porque descubre pecados.

Todo esto indica que si queremos abrirle un camino a Cristo, hay que predicar arrepentimiento; si queremos predicar arrepentimiento, tenemos que reconocernos pecadores; y si queremos reconocernos pecadores, y que los demás se reconozcan pecadores, hay que hablar del pecado. Esta secuencia, que es perfectamente lógica, y que es inevitable, es exactamente la que se dio en la vida de Juan, y por eso Juan tenía que predicar lo que predicó, y por eso Juan tenía que decirle a todos, incluyendo al rey: “mira, eso no debes hacerlo, eso está mal hecho”. Juan le dijo claramente a Herodes (que era uno de los hombres más poderosos en esa época y en ese entorno): “mira, estás viviendo en adulterio; ¡eso se llama adulterio!, no te está permitido convivir con la mujer de tu hermano, no puedes vivir así con ella” (cf. Mc 6,18).

Es muy interesante este vigor del mensaje de Juan, porque especialmente con lo que tiene que ver con afectividad y con sexualidad, nuestro mundo es excesivamente tímido, o excesivamente cínico, o excesivamente cómplice, y con esa frasecita de que no se debe juzgar, y de que no se puede juzgar, entonces, pues, Juan debería haberse quedado callado. Si los que hoy repiten a toda costa, “no se puede juzgar”, “no se debe juzgar”, hubieran vivido en tiempo de Juan, seguramente, hubieran juzgado muy cruelmente a Juan Bautista por haber dicho lo que le dijo a Herodes.

Pero la realidad, es que esa secuencia de la que hemos hablado, es inevitable en la vida cristiana. La repito por última vez: “si quieres experimentar la Gracia de Cristo, tienes que empezar por el arrepentimiento; si quieres llegar al arrepentimiento, tienes que reconocerte pecador; y si quieres reconocerte pecador, es necesario que tus pecados te sean denunciados, por tu conciencia o por la predicación de la Iglesia”; por eso hay que hablar del pecado. No es el único tema del que hay que hablar; no debemos obsesionarnos con ese tema, pero tampoco debemos omitirlo. Juan predicó sobre el pecado, y el precio que pagó fue altísimo, pero su fidelidad es modelo para nosotros, y es verdadero camino para que Cristo reine en nuestras vidas. Así nos lo conceda el Señor. Amén.