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Fecha: 20020628

Título: Reconocer a Dios en nuestra carne, y reconocer nuestra carne llamada a la vida de Dios

Original en audio: 14 min. 28 seg.


El nombre Ireneo, nombre del obispo y mártir que hoy celebramos, viene de la palabra griega "eirene" que significa paz. Por eso la oración que hemos dicho al comienzo de la Santa Misa, alude a la paz, y sin embargo hay una especie de contradicción, porque este hombre, con ese nombre tan bello y tan pacífico, tuvo numerosas contiendas, discusiones, contradicciones.

Tal vez su obra más conocida, que es citada con frecuencia en la Liturgia de las Horas, se llama “Contra las Herejías”. Un hombre de paz, y sin embargo, un hombre sumergido en discusiones y contiendas, ¿será eso una negación de su nombre?

No juzguemos tan rápido. En realidad, la paz está indisolublemente unida a la verdad, y no puede haber una paz estable donde hay una mentira, aunque sólo sea por aquello que dijo Jesucristo "No hay nada oculto que no llegue a saberse" San Mateo 10,26.

No se puede fundar la paz sobre la mentira, y por eso, Ireneo, que conocía las fuentes vivas de la verdad, prestó un verdadero servicio a la paz, a través de la predicación de la verdad.

Digo que Ireneo podía abastecerse de buenas fuentes, porque se le considera un nieto espiritual del Apóstol San Juan. Ireneo fue formado por Policarpo, San Policarpo de Esmirna, y Policarpo fue directo discípulo del Apóstol San Juan, de manera que es hermoso encontrarse, en los escritos de Ireneo, expresiones como ésta: “Policarpo me dijo que Juan había enseñado esto o esto otro”.

Eso significa que con Ireneo estamos presenciando un momento de los orígenes mismos de la Iglesia, el nacimiento de la Iglesia; y por eso, porque se había alimentado bien, él sabía en dónde estaba la verdad, sabía que esa verdad había sido revelada a precio de sangre, y sabía que tenía que defender esa verdad, incluso a precio de su propia sangre, como de hecho sucedió.

El obispo al que recordamos hoy, Ireneo de Lyon, del siglo II, fue obispo y fue mártir, conoció la verdad de la sangre, y defendió, con su sangre, la verdad.

Son muchas las expresiones de Ireneo que nos enseñan de esa verdad que él conoció, pero yo quiero recordar dos de las frases de más conocidas de él; una, lindísima, que la Iglesia propone para el Oficio de Lectura de hoy, es: “La gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios”.

Es una frase tan perfecta, resume de tal manera, con originalidad y al mismo tiempo con fidelidad el pensamiento del Apóstol Juan.

La gloria de Dios es el hombre viviente, porque la comunicación de la vida, como tantas veces enseñó San Juan, es presencia de la gloria divina en nuestra historia.

La gloria de Dios es el hombre viviente. Recibir la vida, vida natural, pero sobre todo vida intelectual, vida espiritual; recibir la vida, tener la vida, es manifestar la gloria, hermoso, y más hermoso todavía lo que sigue: “Y la vida del hombre es la visión de Dios”.

Algunos grupos, de los llamados de la Teología de la Liberación, buscando sustento, buscando apoyo para defender la vida humana y el valor de la vida humana, han tomado la primera parte de la frase de Ireneo: “La gloria de Dios es que el hombre viva”, pero quizá se han quedado sólo en una vida natural, o solamente en el aspecto terrenal de esa vida.

De esa interpretación incompleta, nos salva la segunda parte de la frase de Ireneo: “La vida del hombre es la visión de Dios”. Porque, ciertamente, es ahí, en la contemplación de la verdad divina, donde nosotros podemos encontrar la fuente de nuestra propia vida.

"Somos imagen y semejanza de Dios", ¿que estamos aquí oyendo si no es un eco de aquello que nos dice San Juan en su Primera Carta?: “Ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es" 1 Juan 3,2.

La visión de Dios nos hace semejantes a Dios, la visión de Dios nos comunica la vida de Dios, ver la gloria de Dios, ver la verdad divina, encontrar en la Carne de Cristo la revelación de Dios, es encontrar la fuente de la vida.

Y esto nos conduce a la segunda frase de Ireneo que quiero destacar. Dije antes que la obra tal vez más conocida de él es: “Contra las herejías”.

Pues bien, ¿cuáles son esas herejías? Pues una cantidad de confusiones que ya en el siglo II empezaban a difundirse, esas confusiones, esas interpretaciones falseadas, esas doctrinas extrañas, tienen mucho que ver con una corriente filosófica y mística que se llama “el gnosticismo”.

Ireneo, pues, tuvo que luchar contra esa amalgama de creencias, contra ese revuelto de pensamientos que no dejaba de causar confusión y que hacía estragos en el rebaño de Cristo.

Y hay una frase, -esta es la segunda que quiero recordar-, una frase muy profunda de Ireneo. Él tenía que luchar, por decirlo así, con varios frentes, porque la verdad es una pero las herejías son múltiples, y por eso, porque tenía que luchar con tantas mentiras, encontró una frase en la que estaba como resumida la victoria sobre todas las mentiras.

Esa frase es muy importante para nosotros, no es una frase muy sencilla, es algo así como un resumen del Credo, y dice: “Dios murió en nuestra carne y resucitó, y nosotros resucitaremos con Él. Esto vence todas las herejías", afirma Ireneo. Que Dios tomó mi carne y que yo tendré su vida, ese es el resumen.

Dios tomó mi carne, porque todas las herejías gnósticas, todas, son una negación de la Encarnación. La versión más reciente de las herejías gnósticas es “la Nueva Era”; Cristo es cualquier cosa, pero no es Dios; es un maestro, es una luz, es un ángel, es un león, es lo que sea, pero no es Dios; una energía, una fuerza, pero no es Dios.

"Dios tomó mi carne, yo tendré su vida. Nosotros resucitaremos con El, nosotros tendremos vida junto a Él, resucitaremos, nuestra carne resucitará". Es la afirmación de la encarnación de Dios y de la resurrección de nuestra carne.

Ireneo sostiene, que si una persona se afianza, se afirma en esos dos misterios, no hay herejía que pueda contra él, y si esto lo dice uno de los más grandes Padres de la Iglesia, hay que ponerle cuidado.

"Dios tomó mi carne, yo tendré su vida para siempre". Ambas tienen que ver entonces con nuestra carne; Dios tomó mi carne, y mi carne, esta carne, va a ser divinizada, va a ser resucitada, ahí está todo.

“Dios tomó mi carne, y yo tendré su vida”, la gloria de Dios es que el hombre viva, la vida del hombre es la visión de Dios". Es como una danza el pensamiento de Ireneo, es como un diálogo en el que Cristo es la Palabra bendita que nos ha sido enviada, y Cristo es la plegaria bendita que nosotros enviamos; Cristo nos bendice, en Cristo somos bendecidos, y Cristo es la bendición con que nosotros bendecimos al Padre Celestial.

Ireneo, con su nombre, con su testimonio, nos enseña cuál es el precio de la verdadera unidad, cuál es el precio de la verdadera paz.

Orábamos al principio: “Otorgaste, Señor, a Ireneo la gracia de consolidar en la Iglesia la paz y la doctrina verdadera”. ¿Entonces cuál es la doctrina verdadera? Aunque Ireneo escribió centenares de páginas, quedémonos sólo con con las frases que hemos recordado.

Ahí está la doctrina verdadera, una doctrina que destruye el pecado, una doctrina que no permite ningún orgullo, una doctrina que proclama la gracia, una doctrina que eleva la esperanza, una doctrina que da las razones para un amor infinito a Dios para un amor inagotable al prójimo. Esa es la doctrina verdadera, y esa es la doctrina que da paz.

Reconocer a Dios en mi carne, en nuestra carne, y reconocer nuestra carne llamada a la vida de Dios, ahí está el misterio de la unión entre nosotros, ahí está la vida sacramental, ahí está la clave de la santidad, ahí está el Evangelio resumido, ahí está lo que hace patente, lo que hace evidente la obra de Cristo y lo que hace evidente la gloria de Dios en nuestra historia.

Pidámosle a Ireneo tantas cosas, pidámosle a Ireneo que nos dé amar la Teología, que nos dé amar la verdad revelada, que nos dé pasión por la verdad bien dicha, que nos dé amor a la Santa Iglesia, que nos dé amor a la doctrina verdadera, que nos consolide en el misterio sacramental que trae vida al mundo.

Pidámosle a Ireneo, también, que eleve nuestro ideal de santidad, que nos haga generosos en la lucha por lo que vale la pena.

Ireneo, que fue atacado y calumniado en su propia persona muchas veces, fue un maestro de lo que significa un verdadero contemplativo.

Porque él, teniendo la mente como embebida en estas realidades, que apenas hemos mencionado en estas palabras; él teniendo la mente embebida, él viviendo estas maravillas, sabía levantarse por encima de las mezquindades, de las envidias, de los ataques a su propia persona.

Y esa, aunque es la última lección que mencionamos de Ireneo, seguramente no es la menos importante.

Saber de dónde somos ciudadanos, saber qué vale la pena, saber a qué le damos importancia, para poder, como Ireneo, levantar el corazón, encontrar esta verdad maravillosa, y esparcirla con abundancia en el mundo.

Así lo conceda Dios por su misericordia.

Amén.