Sbrn002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19980611

Título: "La Iglesia tiene que convertirse al Evangelio"

Original en audio: 9 min. 53 seg.


Para nuestra Orden Dominicana, este capítulo décimo de San Mateo es muy importante, porque es aquel discurso misionero que llegó a convertirse en la consigna básica de los Frailes Predicadores, un poco en respuesta a la actitud de los herejes de la época.

No debemos olvidar que el siglo en el que vivió nuestro Padre Santo Domingo estuvo marcado por lo que se ha llamado el Evangelismo, es decir, el deseo de aplicar el Evangelio al pie de la letra, sin explicaciones, sin agregados, como una prueba de autenticidad y como una prueba de verdad.

De manera que algunos de los herejes de la época tomaban el Evangelio y aplicaban estas reglas estrictas que Jesucristo le dio a los Apóstoles en ese capítulo décimo de San Mateo.

Entonces, con una gran pobreza, viviendo de la mendicancia, hospedándose aquí y allá en distintas casas, recorrían los caminos y proclamaban la Noticia. Santo Domingo de Guzmán, en cierto modo, impulsado por el ejemplo de esos herejes, pues inicia también una predicación que se inscribe dentro del Evangelio.

Y como hoy estamos celebrando a un predicador del Evangelio, al que la Iglesia felicita con amor diciendo que ha merecido ser contado en el grupo de los Apóstoles, vale la pena que nos preguntemos qué queda de este Evangelismo para la Iglesia de hoy y qué queda de este Evangelismo para nuestra Orden.

Al fin y al cabo, ¿qué tan válido, qué tan conveniente e inconveniente es tomar las palabras para aplicarlas así como ellos decían, al pie de de la letra o como también decían sine glosa? ¿Con qué actitud, con qué corazón se puede hacer esa aplicación o dejar de hacerla?

De algún modo el Evangelio supone una cercanía con las fuentes. El Evangelismo consiste en hacerse contemporáneo de Jesucristo. Es como un ejercicio en parte mental y en parte del corazón, un ejercicio de quitar todas las culturas, toda la historia, todos los siglos, toda la distancia que pudiera haber entre Jesús y yo.

Es un movimiento por el cual yo me salto toda la historia, y en ese sentido también la Iglesia, para situarme allí, allí, en Galilea, junto a Jesús; estoy ahí al lado y le escucho estas palabras como si las estuviera diciendo a mí, entonces las aplico.

Como se ve, es un movimiento ambiguo, porque indudablemente, esa búsqueda de cercanía con Jesucristo, de perfecta obediencia a Jesucristo, es muy valiosa, en cierto sentido es un criterio constante en la Iglesia; pero por otro lado, el Evangelismo supone lo que finalmente hizo el Protestantismo, eliminar la Iglesia. De fondo, de fondo, termina diciendo: "Sí a Cristo, no a la Iglesia".

Además, el Evangelismo me lleva a mí hasta Jesús; pero el Evangelismo no trae el mensaje de Jesús a mi tiempo. Y parece que en ese sentido está incompleto porque las dos cosas son necesarias. Es necesario, claro, que yo me acerque a Jesús y que yo acepte plenamente sus palabras; pero también es necesario que la palabra de Jesús dé razón para hoy.

Jesús, por ejemplo, envía a los Apóstoles en el capítulo doce de Mateo, los envía a proclamar que el Reino de los Cielos está cerca. Supongamos que yo salgo aquí por las calles de Bogotá a decirle a las personas que "el Reino de Dios está cerca". Esa sería una fidelidad material a lo que mandó Cristo, es decir, estoy cumpliendo lo que Él dice, proclamar que el Reino de los Cielos está cerca.

Entonces voy y le digo a las personas: "Oiga, el Reino de los Cielos está cerca"; es una obediencia material, en el sentido que hago lo que allí se me dice. Pero desconozco o estaría desconociendo la intención por la que eso fue dicho, las circunstancias en la que fue dicho, la aplicación que se esperaba de eso.

Efectivamente, la expresión "Reino de los Cielos", en este contexto histórico de Cristo, con ese pasado, en esa preparación de lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento, en ese fervor apocalíptico del siglo primero, esta expresión tenía que resultar muy comprensible, "el Reino de los Cielos" San Mateo 10,7, como dice Mateo, "el Reino de Dios" San Lucas 9,2, como dicen otros Evangelistas; "Dios va a reinar", eso significaba muchísimo, eso significaba todo en el tiempo en el que estaba Nuestro Señor.

Pero en este tiempo, si yo no le añado a estas palabras otras, si yo no sé explicar eso mejor, si yo no sé decirlo para él, pues entonces me voy a quedar diciendo nada, y entonces no se cumplirá la proclamación de la Buena Nueva de Jesús.

¿Entonces a qué conclusión llegamos? Que de algún modo la Iglesia necesita continuamente convertirse al Evangelio. Es uno de los últimos pensamientos profundos, brillantes del Cardenal Congar. Meses antes de morir, en una entrevista, decía: "La Iglesia tiene que convertirse al Evangelio". En ese sentido, una y otra vez volvemos nuestra miada hacia Jesús como nuestro Maestro, Amigo, Salvador, también como nuestro camino y como el gran reto para nuestro corazón.

Pero por otra parte, esa aplicación solamente material del Evangelio, que es más propia del Protestantismo hoy, resulta insuficiente para una transformación profunda, una transformación real de la sociedad hoy; y por eso, en últimas, termina siendo infiel al Evangelio, al que quería ser fidelísimamente obediente.

De Santo Domingo de Guzmán se hace un elogio parecido del que se hace de San Bernabé. Dice la Iglesia: "Feliz Bernabé que pudo ser contado en el número de los Apóstoles". Ese mismo elogio hizo el Papa Honorio III a nuestro Padre Santo Domingo: "Conocí a un hombre del que no dudo que está asociado a la Iglesia de los Apóstoles".

Ser apóstol en este sentido ya un poco amplio, llámese en sentido estricto de testigo de la Resurrección como Pedro, o Bartolomé, etc., ser apóstol aquí es estar ardiendo completamente hacia Jesús, hacia la palabra de Jesús para que también la Buena Noticia de Jesús se realice, cunda, se propague y dé su fruto en esta edad y en todas las edades.

El Evangelismo, en el fondo, carece de una teología del Espíritu Santo. Será ese Espíritu el que vaya forjando los instrumentos y abriendo los caminos para que el Evangelio hoy resuene con la misma frescura del primer día. Será ese Espíritu, en fin, el que engendre, a través de nosotros, de nuestras oraciones, de nuestras palabras, nuevos apóstoles que causen, que provoquen, que susciten la admiración, el amor, la adoración por la misericordia de Dios y por la gloria que nos está prometida.