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Fecha: 20090417

Título: Recibamos a Cristo como el Senor de nuestra vida, sabiendo que en ella hay desechos

Original en audio: 29 min. 41 seg.


Hermanos Míos,

Es un honor, es un gusto y es una bendición para mí compartir mi fe, que es la fe de la Pascua, con ustedes, y también recibir de ustedes la alegría que hoy siente la Iglesia por la resurrección de Jesucristo.

La resurrección es como un diamante que tiene muchas facetas. Un buen diamante, un diamante de alta pureza tiene la característica de que al darle la vuelta va tomando distintos brillos, destellos y colores.

El diamante nuestro, la joya preciosa que corona todo el mensaje de la Biblia está resumido en estas palabras: "Cristo ha resucitado". Ese es el diamante. Ahí está lo más bello, lo más perfecto, lo más grande, lo más esperanzador del mensaje cristiano: Cristo ha resucitado.

Y lo que hacemos durante el tiempo pascual, empezando por supuesto por estos días que se llaman de la "Octava de Pascua", lo que hacemos es girar un poquito el diamante y deleitarnos en los brillos de la gloria de Jesucristo.

Esos brillos, esa luz no solamente es la que aparece en el Nuevo Testamento; ya en el Antiguo Testamento se anunciaba la victoria de Dios sobre la muerte, y ya en el Antiguo Testamento había un lenguaje que anunciaba cómo Dios iba a vencer a sus enemigos.

Por ejemplo hay un salmo, el salmo 117, el cual canta la victoria de Dios. Ese salmo es muy propio de este tiempo de Pascua. Es un salmo de un rey victorioso que entra al templo a ofrecer sacrificios de alabanza y agradecimiento a Dios.

Y una de las frases de este salmo es la que hemos repetido en este día: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular" Salmo 117,22. Esta frase nos cuenta algo sobre cómo vence Dios, y esta frase nos cuenta algo sobre cómo podemos experimentar la victoria de Dios.

Y por eso, con la ayuda del Espíritu Santo, la predicación que en este momento quiero compartir con ustedes está basada en esa frase: "La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular" Salmo 117,22.

Observemos que en esa frase hay dos tiempos. Es una frase relativamente breve, pero tiene dos tiempos. Hay un tiempo que es el tiempo de desechar, y hay otro tiempo que es el tiempo de exaltar y honrar.

Tiempo de desechar: "La piedra que desecharon los constructores" Salmo 117,22, dice el texto. Y Cristo decía eso mismo a sus discípulos. Decía: "El Hijo del Hombre tiene que ser desechado" (véase ). Y si miramos esta imagen de Cristo crucificado, si miramos quién es Cristo en la Cruz, Cristo en la Cruz es el desecho, Cristo en la Cruz es la piedra que fue desechada.

El profeta Isaías dijo en anuncio maravilloso, en predicción maravillosa, según aparece en los capítulos 52 y 53 de su libro, dijo que el Siervo de Dios ni siquiera tenía rostro humano, aplastado, triturado por el sufrimiento, convertido en basura.

El lenguaje de la Biblia es muy fuerte cuando se refiere a lo que le sucedió a Cristo: Fue desechado. El pueblo judío en su mayoría, por lo menos, desechó a Cristo, lo desechó. Esto sucedió de manera explícita cuando Pilatos preguntó al pueblo: "¿Quieren que libere a su Rey? San Juan 19,15. Y ellos dijeron: "No tenemos más rey que al César" San Juan 19,15.

Pilatos quería dejar libre a Cristo, pero el pueblo dijo: "A ese no. Suelta a Barrabás” San Lucas 23,28. . Desecharon a Cristo, prefirieron a Barrabás. Y el Evangelio comenta lacónicamente: "Y este Barrabás era un criminal" San Lucas 23,24.

Cristo fue desechado. Y eso es lo que recordamos en la Cruz, y esa es la primera parte de esta frase: "Cristo desechado. Cristo descartado. No sirve. Descartado. Este no puede ser mi rey". Eso fue lo que dijo el pueblo judío, por lo menos la mayoría. "Este no puede ser mi rey. Deséchado, descártalo, quítalo".

Fue desechado, fue descartado, fue quitado de la tierra de los vivos, sin justicia se lo llevaron",hHabía anunciado el profeta Isaías. “Sin justicia se lo llevaron, descartado de la tierra de los vivos. Quítalo de la tierra de los vivos".

Y Cristo sigue siendo descartado. El presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama, tiene que dar un discurso en una prestigiosa universidad en Washington. Esa universidad, una de las universidades católicas más grandes de los Estados Unidos, se llama "Georgetown".

El presidente Barack Obama va hablar, y como suele suceder con estos mandatarios, las cámaras de la televisión estarán ahí y van a filmarlo, y seguramente va a ser transmitido en directo. Pues bien, el equipo asesor de la Casa Blanca puso una condición para que el presidente de los Estados Unidos pudiera hablar en una universidad católica: "Toda imagen de Cristo crucificado que pudiera salir en cámaras tiene que ser tapada”.

Es una universidad católica, y el presidente Obama va a esa universidad, pero va con unas condiciones: tienen que cubrir los Cristos, tiene que tapar a Cristo, tiene que descartar a Cristo. No se puede ver a Cristo, no se pueden ver las Llagas de Cristo, no se puede ver la Sangre de Cristo, no se puede ver la Cruz de Cristo. Hay que ponerle una X roja a Cristo. Y Cristo no se puede ver.

Cristo tiene que ser descartado para que únicamente se vea Barack Obama. Cristo tiene que ser tapado, Cristo tiene que ser descartado. Y esto no es en el siglo primero, estos no son los judíos; esto es en el siglo XXI, y estos son los Estados Unidos de América.

Cristo sigue siendo descartado de muchas maneras. Hay personas que se avergüenzan de Jesucristo, se avergüenzan de la Cruz de Cristo, se avergüenzan de las Llagas de Cristo.

Cristo fue descartado en la hora de su Pasión, pero Cristo sigue siendo descartado. Esa es la primera parte de la frase: "La piedra que descartaron, que desecharon los constructores" Salmo 117,22.

Pero viene una segunda frase que corresponde, precisamente, a este tiempo de Pascua: La piedra que fue desechada es ahora la piedra angular"Salmo 117,22. La piedra angular es aquella que sirve de soporte a la construcción, es aquella que sirve de seguridad al edificio. Esa es la piedra angular.

Hay distintas interpretaciones sobre cuál era la piedra angular, si ya preguntamos en términos de arquitectura. Algunos dicen que la piedra angular se refiere a esa que forma el ángulo arriba en una bóveda. Por ejemplo, si tienes un arco, las piedras van haciendo una curvatura, pero se necesita una piedra que sea prácticamente perfecta y es la que sirve como de clave de la bóveda y hace el ángulo arriba. Algunos dicen que esa era la piedra angular. Es la que hace que la bóveda no se caiga ni a un lado ni al otro.

Otros dicen que la piedra angular es la piedra que sirve para conectar dos paredes que forman un ángulo. Cada pared lleva su propio tonelaje, su propio peso y la piedra angular, puesta ahí como cimento, asegura que estas dos paredes permanezcan en la debida posición.

Yo no soy arquitecto, carezco de esa formación, no tengo ese talento, lo que yo sí sé , y en lo que estamos todos de acuerdo, es que la piedra angular es fundamental para la construcción.

La piedra que fue desechada resulta ser la piedra fundamental, resulta ser el cimiento, resulta ser el elemento constitutivo y más importante. De modo que aquello que fue desechado ahora resulta que es importantísimo y es exaltado y es honrado.

Es decir que esta frase en la que estamos meditando, hermanos amados, esta frase es una frase pascual. Esta frase con razón la estamos diciendo en este momento, porque es una frase que condensa el mensaje de la Pascua. Cuando se habla de Cristo desechado, eso corresponde a la Pasión, la muerte, el sepulcro.

Cuando las autoridades judías de aquella época metieron a Cristo en el sepulcro sentían como un respiro de alivio: "Ya nos deshicimos de Él. Ya salimos de eso". Algo parecido sintieron las autoridades comunistas en Rusia, que después vino a convertirse en cabeza de lo que se llamó la Unión Soviética.

También cuando subió Lenin al poder allá en Moscú y cuando se tomaron las medidas para hacer desaparecer la religión, también ellos querían desechar a Jesucristo. Querían implantar una cultura en la que no existiera la referencia a ningún Dios. Querían desaparecer la fe completamente, pues de la tierra entera, pero empezando por su propio país, por Rusia, empezando por la Unión Soviética, y ellos también creían, una vez aseguraron el poder, ellos también creían: "Ahora sí vamos a desechar, ahora sí vamos a darle entierro definitivo a la fe cristiana".

Tal cosa no sucedió. No sucedió porque el pueblo ruso no soportaba que se destruyeran edificios, como por ejemplo, las preciosas catedrales. El arte vino hasta cierto punto a ayudar a salvar la fe. La gente no soportaba que se destruyeran iconos preciosos de la Madre de Dios, imágenes preciosas del mismo Cristo templos magníficos como los que hay en San Petersburgo, como los que hay en Moscú.

Entonces, el poder comunista, muy a su pesar, tuvo que subsistir con un remanente del Cristianismo que hay en esa parte del mundo, que se llama la ortodoxia, cristianos ortodoxos.

El arte ayudó a rescatar, ayudó a conservar la llamita de la fe, pero mucho más que el arte fueron los mártires y fueron las abuelitas. Las abuelitas, esas que nosotros a veces despreciamos en las parroquias, esas que por lo menos en mi tierra llaman "viejitas rezanderas", "viejitas beatas", pues las viejitas beatas y rezanderas conservaron la fe.

De modo que cuando el régimen comunista estaba supuestamente enterrando el Cristianismo en la Unión Soviética, las viejitas rezanderas, en susurros de amor, le repetían una y otra vez las oraciones a sus nietos, porque los hijos de esas abuelitas estaban en edad de trabajar, y Rusia lo que necesitaba era trabajo y trabajo y trabajo, obreros y obreros y obreros.

Entonces, mientras que los papás y las mamás tenían que trabajar mucho y le tenían terror al monstruo comunista, las abuelitas, las nonas abrazaban a los nietos y les susurraban el Padre Nuestro, y les susurraban el Nombre de Jesús, y no dejaban arrancar la fe. Porque hay algo grande que se llama creer en Cristo, y así alguien pretenda exterminar el poder de Cristo, primero se extermina él.

Una amiga mía fue misionera en otro país que hizo el mismo experimento: tratar de eliminar del todo a Cristo, estoy hablando de Cuba. Esta misionera, amiga mía, que después entró de religiosa de clausura, pertenecía a otra congregación de monjas, y estuvo haciendo misión allá en Cuba.

Cuando ella fue la primera vez, todavía el régimen comunista cubano era terriblemente agresivo, tenía una red de espionaje para saber quién propagaba la fe. Al igual que sucedió en Moscú, también en muchos lugares de Cuba fue imposible acabar con los edificios religiosos, y fue imposible acabar con todos los sacerdotes. Entonces en Cuba también quedó un pequeño remanente, pero el Estado comunista ateo hizo todo lo que pudo por aplastar a Cristo, por desechar a Cristo.

Mi amiga misionera, recorriendo los campos allá en Cuba, llegó un día a una casa, y era tiempo de Navidad, y ella empezó a hablar sobre la Navidad y empezó a hablar e sobre Jesús. Y el señor que vivía en esa casa o en ese pequeño campo escuchaba a esta religiosa hablar sobre Jesús y él hacía como que no le importaba el tema, como quien oye simplemente las noticias de la mañana. La dejaba hablar simplemente.

Pero no daba un verdadero asentimiento, como que no abría su corazón hacia Jesucristo, y mi amiga misionera seguía hablando de Jesús, pero el miedo que tenía este hombre ¿cuál era? Este hombre temía que esta no fuera ni monja ni misionera, sino fuera una espía, una espía que iba a averiguar si él tenía la fe cristiana, y por eso él se hacía el remiso, y se hacía como que no entendía, y hacía como que no le importaba; pero ya después de que la misionera siguió hablando, y él como que se convenció que esta no era ninguna espía, entonces le dijo: "Hermanita, acompáñeme que le quiero mostrar algo".

Y entonces atravesaron una parte de la finca, atravesaron la casa y llegaron al lugar donde estaba la letrina, y por supuesto, la monja se queda absolutamente extrañada: "¿Qué me quiere mostrar este señor? ¿Para dónde vamos? ¿Qué es esto?"

El hombre la lleva a donde estaba la letrina, el inodoro que tiene un tanque para el agua, ¿cierto? Como todos los inodoros en todas partes del mundo, tiene un tanque para el agua, pero ese inodoro no se utilizaba, y ese tanque no tenía agua. Llega allá donde está el inodoro, porque eso es lo que nosotros le damos a Cristo a veces, ese es el último escondrijo de Cristo, destapó el tanque del agua, y en la parte de adentro estaba una imagen del Sagrado Corazón.

Ese fue el último rincón que le quedó a Cristo en la Cuba comunista: escondido en el tanque del inodoro. Si eso no es desechar a Cristo, ¿eso qué es? Ese es el Cristo desechado, ese es el Cristo postergado, ese es el Cristo descartado. Ahí estaba la imagen del Sagrado Corazón velando un inodoro.

Pero el tiempo pasa. Se cumplen las palabras que dijo el Gran Profeta de Nazaret: "El cielo y la tierra pasaran" San Lucas 31,33, y todos los gobiernos pasaran, del color que sean y de la forma que sean, todos van a pasar, y todos los intereses que noostros tenemos en mi país, yo soy colombiano, o en este país, o en cualquier país, todos los intereses duran un tiempo, pero sólo hay uno que permanece para siempre, así haya que esconderlo en la taza del inodoro, hay uno que vence, se llama Jesucristo.

Y Ése que vence, y Ése que se levanta, Ése que un día se ha de levantar en Cuba de la tapa del inodoro, Ése que va a salir de ahí, va a salir a reinar, y va a salir a mostrar su gloria, y va a salir a mostrar su poder. Esa es la Pascua, hermanos, eso es entender que el amor de Cristo es más grande que la muerte, y es más grande que todos los imperios y que todos los intereses que podamos tener en esta tierra, es más grande que todos.

Pero no podemos concluir estas palabras sin relacionarlas con nuestra propia vida, ¿cómo se aplica esto a nuestra vida? Ese hombre cubano que había conservado la fe, escondido y asustado, temiendo todos los días que la policía secreta les dijera: "Te vas conmigo", ese hombre cubano resultó más fuerte que el régimen que quería perseguirlo a él.

¿Pero cómo puedo aplicar eso a mi vida? Resulta que cada uno de nosotros también tiene un área, un aspecto, un pedazo de la vida que nosotros mismos desechamos. Y yo te hago esta pregunta: ¿cuál es la parte de tu vida que tú has desechado? Porque cada uno de nosotros tiene algo que ha desechado: una vergüenza, un pedazo de la vida, una época, algo de nosotros que no nos gusta, algo de nosotros donde siempre ponemos la X roja que cancela: “Esto no me gusta de mí".

Personas hay que desechan de su vida, por ejemplo, su figura. Se sienten amargados con la figura que tienen. Otras personas rechazan su clase social. Otras personas viven amargadas por algo que les sucedió en la infancia. Otras personas cargan un largo resentimiento porque su familia no les dio el amor, el cuidado o la atención que hubiera sido justo.

Lo que quiero decir es: Cristo entró a la historia de la humanidad por la puerta de la basura, y por lo menos en esa casa pobre en Cuba, por el inodoro, porque eso fue lo que le dimos a Cristo. Cristo llega por esa puerta, pero si por esa puerta Cristo quiere regresar a Cuba, si por esa puerta Cristo quiere regresar a la historia humana, por esa puerta también Cristo quiere llegar a tu vida.

¿Y Con esto qué quiero decir? Que aquello que más te avergüenza, que aquello que más te hace sufrir, que aquello que más te duele, eso es lo que Cristo quiere tomar como puerta verdadera de entrada a tu existencia.

Cristo no quiere entrar a tu vida por esa fachada en donde te sientes más orgulloso. Todos tenemos siempre algo de lo que nos sentimos muy orgullosos, y algo de lo que nos sentimos muy avergonzados. Y Vamos a suponer que esas son dos puertas: la puerta grande es aquella de la que nos sentimos orgullosos, y la puerta de la basura es aquella realidad, aquel aspecto de nuestra vida, aquel período de nuestra existencia, aquel factor que ha influido en nosotros del cual nos avergonzamos.

Toda vida humana tiene por lo menos esas dos puertas: tiene la puerta grande y la puerta de la basura. Y uno a veces cree que Cristo tiene que entrar por la puerta grande, y la puerta grande es donde yo estoy bien presentado, satisfecho de mí mismo, orgulloso de mis logros. Esa es la puerta grande.

Por ejemplo, si soy un buen estudiante, si soy un profesional exitoso, yo pienso que Cristo tiene que ser una persona muy razonable que va a llegar un día a mi casa y va a decir: "Permiso, señor Nelson, lo felicito. Usted es muy exitoso, señor Nelson. Permiso, yo entro a su casa". Y yo le voy a decir, con una sonrisa y con esa sensación de que yo tengo controlada la situación, le voy a decir: “Claro, Jesús, sigue. ¿Qué te puedo servir?"

En Colombia tenemos una historia. Ustedes saben que nosotros hemos sufrido demasiado con el narcotráfico, demasiado, y hay la historia de personas que se han hecho ricas con ese dinero maldito de la droga. Y hay la historia de un mafioso de esos que tenía un hijo, y en Colombia existe la costumbre de escribirle cartas al Niño Dios en Navidad para pedir los regalos, entonces el niño mafioso escribió la siguiente carta: "Niño Jesús, ¿qué quieres?" Ese es el mafioso: se siente seguro de su dinero. No es: Qué necesito yo", sino: "¿Qué quieres tú? A ver, Jesús".

En la puerta grande, en la fachada queremos tratar a Jesús de igual a igual: "Sí, está bien. Si quieres ,entras a mi casa, está bien, te puedo recibir", una cortesía no se le niega a nadie.

Cuando tú recibes a Cristo como una cortesía, no lo recibes como Señor. Y Él quiere llegar a tu vida como Señor. Y señor es el que llega y limpia, ordena y manda. Es el que dice: Eesto se va de aquí, esto se va de acá, esto viene para acá".

Y Cristo no va a llegar a tu vida simplemente a felicitarte por lo que tú has hecho. Cristo quiere llegar a tu vida para cambiar muchas cosas. Entonces Cristo no suele entrar, mejor dicho digo: nunca entra por la puerta grande, la puerta donde yo soy el rey y el héroe y todo está en orden.

Cristo entra por la puerta de la basura, como lo demuestra el ejemplo de Cuba, y la puerta de la basura es el día en que tú estás enfermo y dices: "¿Qué fue lo que hice con mi vida?" Es el día que tienes un duelo espantoso porque se te murió alguien, es el día que fuiste traicionado por tu mejor amigo, o por tu esposa, o por tu esposo, es el día en el que tú no le encuentras sabor a la existencia, no sabes qué hacer con tu vida, ese día donde sientes que tú mismo eres basura, ese día Cristo entra por la puerta de la basura.

Y ese día Cristo se glorifica en tu vida, y ese día tú no le estás diciendo a Cristo muchas cortesías, sino le estás diciendo: “Por amor, por amor, ¡ayúdame! ¡Ayúdame!" Y cuando uno ruega así, cuando uno se quebranta así ante Jesús, entonces uno recibe a Cristo como lo único que Él es, como lo único que Él puede ser: como el Señor, y ahí entra Cristo como Señor. Y cuando Él entra como Señor la casa se llena de luz, porque va a ser el esplendor de Él, no el esplendor que yo le voy a dar a Él.

Por eso la invitación que surge en esta Eucaristía es muy clara, mis hermanos, es la invitación a recibir a Cristo como Señor, admitiendo que también en nosotros hay aspectos, cosas, etapas que son, nada más ni nada menos, que nuestro desecho.

Recuerda qué parte de tu vida tú has desechado, y nada más siéntate, espera un poquito, pronto llegará Jesús, y te dirá: "Listos: ¿ya podemos empezar? ¿Ya podemos empezar a organizar tu casa, o tenemos que esperar a que te pase otra peor?

Yo espero que tú hoy le puedas decir a Cristo: “Ya estuvo bien. Entra, Señor de mi alma, entra, esposo de mi corazón".

Amén.