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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19970404

Título: Hay que tener amor en el corazon para escuchar la voz de Cristo que nos anima

Original en audio: 3 min. 49 seg.


Este relato de esta tercera aparición junto al lago sin duda está llena de simbolismos: una pesca infructuosa que se convierte, por la palabra de Cristo, en una pesca milagrosa; Pedro que toma la iniciativa de pescar, que es el primero en lanzarse en la búsqueda de Cristo y que luego arrastraba hasta la orilla una cantidad inmensa de peces: ciento cincuenta y tres.

Comenta la Biblia de Jerusalén que ese número también tiene su símbolo, puesto que el número de naciones conocidas en el siglo primero, conocidas y reconocidas, era precisamente ciento cincuenta y tres. El sentido entonces es evidente, y casi se podría decir que todo este relato es como una alegoría.

Esa presencia de Cristo, que desde la orilla anima y desde la orilla hace posible la pesca, es como una imagen hermosa de la presencia del Resucitado, que desde la gloria anima y desde la gloria hace fecunda a la Iglesia.

Ya no sucede cono antes de la Cruz y antes de la muerte cuando Cristo, por ejemplo, caminando sobre el agua se acerca a la barca donde estaban los discípulos solos; ya Cristo, de alguna manera, se abstiene de participar en ese trabajo inmediato; no es Ël el que arroja la red, no está en la barca, no está pero sí está, porque su palabra, su sonrisa, su presencia, su amor, hace posible el trabajo de la barca.

Los otros discípulos van huyendo a Pedro, y Pedro es el que dirige la barca, pero no es Pedro el primero que reconoce al Señor, sino el discípulo más amado y también el discípulo que más ama.

Este discípulo, el que tiene más amor, es el primero en reconocer al Señor; porque no es la autoridad, ni la jerarquía, ni la obediencia lo que da primero los ojos para reconocer a Cristo. Los ojos que primero le reconocen son los ojos del amor, son los ojos que entonces se vuelven también ojos de la fe.

Y esa preocupación de Cristo por el alimento de sus discípulos tiene también su sentido. Terminada la labor, terminada la brega, recogida la pesca, reunidas las naciones, pues entonces se reúnen, y en esas brasas encendidas misteriosamente a tan temprana hora de la madrugada, y en ese pescado que sirve de alimento a los discípulos, pues está una imagen, sin duda, del banquete final de los tiempos.

De manera que se trata de una aparición, pero se trata también de una parábola viva, en la cual Jesucristo hace sentir su presencia no sólo para los que vivieron en ese momento, sino para la Iglesia, toda la Iglesia, todos nosotros, que en medio de la noche a veces sentimos que se pierde el tiempo echando la red, y que sin embargo escuchamos, si hay amor en el corazón, la voz de Cristo que nos anima desde la orilla.