Poc5001a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19960412

Título: Cruz y resurreccion se explican e iluminan mutuamente

Original en audio: 22 min. 43 seg.

Estos días de pascua, estos días de la octava de pascua, en realidad no son estos días, son este día. Es un día largo, mejor, es un día grande, mejor, es un día inmenso. Inmenso, literalmente significa que no puede ser mensurado, que no puede ser medido.

Este es el día en que actúa el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Es un día en el que hay tanto que recordar y tanto que comprender. Hay tanto de que alegrarse pero sobre todo hay tanto que amar que no caben los textos y no caben las alegrías en un solo día de 24 horas y por eso la iglesia desde hace ya varios siglos se acostumbró a celebrar la Pascua decretando domingo a toda esta semana, de manera que toda esta semana es un inmenso domingo. Toda esta semana es un solo día.

Empieza en el domingo de resurrección y termina en lo que llamamos el domingo segundo de Pascua. Eso nos da una cuenta de ocho días y ese número ocho tiene también su significado, porque la semana se repite en secuencias de siete días y en ese sentido da la impresión de que todo vuelve a empezar cada siete, como por ejemplo el lunes que inevitablemente llega y el martes que inevitablemente le sigue y el miércoles que siempre está ahí detrás y así sucesivamente.

Pues bien, de ese círculo de siete nos saca el ocho. Nos saca el octavo día, ahí te da una mística hermosa sobre lo que significa ese octavo día, es decir, ese día que está representado místicamente por el domingo segundo de Pascua, ese día en el que el círculo repetitivo, en el que el círculo rutinario de siete se rompe y de pronto resulta que hay un ocho, hay un octavo día.

Nosotros celebramos entonces la octava de Pascua como capturando, como apresando, como saboreando algo de ese octavo día. Pero puesto que los días en esta tierra siempre se repiten en ciclos de siete, tener un diciembre, tener un asomo de lo que es el octavo día es tener un asomo de lo que es el cielo.

La octava de Pascua es el tiempo en la liturgia en que más cerca podemos estar de esa realidad definitiva a la que hemos sido llamados, porque todo el cielo es como un solo día, como un inmenso día. Un día que ya no tiene horas y que ya no tiene otra medida que la infinita medida del amor de Dios.

En la octava de Pascua tenemos entonces como una imagen, como un principio de lo que nosotros queremos ser, de lo que estamos llamados a ser. De lo que podemos ser en el nombre de Jesucristo.

Y por eso durante esta octava se escuchan los relatos de como Cristo, ya presente en ese octavo día, ya presente, ya glorioso en su realidad celestial, se hace también presente en nuestros pequeños días.

El gran y eterno día, -dice uno de los padres de la iglesia- quiso visitar nuestros pequeños días y por eso en cada uno de los evangelios de esta semana, lo habrán notado las personas que han tenido la gracia de asistir a la eucaristía. En cada uno de los evangelios de esta semana de lo que se habla es de la manifestación de Cristo resucitado. De cómo Él se hace presente en la vida de los discípulos de modo diverso.

Hemos escuchado a María Magdalena llorando al pie del sepulcro y que de pronto reconoce a Jesús cuando Él pronuncia el nombre de ella. Hemos sabido también de aquellos discípulos que iban camino de Emaús y que estaban desconsolados y desilusionados pero reconocieron a Jesús al momento de partir el pan.

Hemos escuchado hoy el relato de estos discípulos que están en la ingrata y dura labor de la pesca nocturna, nada logran y sin embargo a una palabra de Cristo sucede un milagro maravilloso que empieza a abrir los ojos, pero no a todos al tiempo sino en primer lugar al que tenía más amor.

En realidad la gran enseñanza de esta octava de Pascua es esta: Cristo resucitó y esto significa que su cuerpo no está en el poder de la muerte. Cristo resucitó y esto significa algo en la vida de Cristo no solo en la vida de los discípulos.

No es solamente un acontecer en la fe de ellos, es algo que supone una victoria en el de la muerte de Aquél que estuvo crucificado. Pero Cristo resucitado se deja ver, se deja comprender.

Aparece en primer lugar a las personas que tienen más amor. Esta verdad es muy consoladora y muy profunda. Con la ayuda de Dios quisiera yo explicar algo sobre ella.

Fíjate por ejemplo en el día de la resurrección: iban Pedro y el otro discípulo, ese al que la tradición unánimemente reconoce como Juan. Iban Pedro y Juan corriendo al sepulcro. El otro discípulo, -digámosle ya Juan- Juan llegó primero pero no entró y Pedro entra, pero no entiende.

Y luego entra Juan, el discípulo al que Jesús tanto quería. Y luego entra Juan, y ese vio y creyó. El que ama entiende primero. Y luego está María Magdalena, ¿por qué está ella ahí al pie del sepulcro llorando? Porque ya no comprendía su vida sin Jesucristo.

Porque todo su amor, porque toda su esperanza, porque toda su redención, porque todo su camino estaba en Él. Y puesto que se lo habían llevado ya no entendía otra manera de vivir. Entonces llora su desconsuelo y por eso, por ser la que más ama se convierte en apóstol de los apóstoles, por estar ahí, no tanto por esas lágrimas sino por el amor que hacía brotar esas lágrimas.

Esta María Magdalena merece de Dios, recibe de Dios el regalo de escuchar su nombre. No es ella la que reconoce primero a Él, sino es el resucitado el que la reconoce primero a ella y la llama por su nombre y en ese momento ella, que por amor se había quedado y que por amor había llorado y por amor había esperado, por amor escuchó también primero y por eso se convirtió en cierto modo en el primer testigo de la resurrección.

Si miramos el caso de los discípulos aquellos que iban camino de Emaús, sucede lo mismo. Ellos van desilusionados, absolutamente aplanchados, nosotros creíamos que Él iba a ser el liberador de Israel, pero ya ves, han pasado dos días de esto y no sabemos que ha sido de ese Jesús.

Y Jesús empieza ¿a qué? A caldear, a calentar el corazón de ellos. Les va explicando las escrituras y a medida que Jesús va hablando estos se van enfervorizando y estos van comprendiendo y se les va iluminando el alma. De manera que cuando ya llegan a la aldea, Jesús hace ademán de seguir adelante y ellos le dicen quédate, quédate porque el día va de caída. Quédate con nosotros.

Y Jesús se queda con ellos y al momento de partir el pan, en ese acto tan familiar y tan amoroso de partir y repartir, en ese amor le reconocen y ¿qué es lo que le dicen?, ¿no ardían nuestros corazones mientras nos iba explicando las escrituras? Fíjate de nuevo como es el amor el que permite ver a Cristo resucitado. Otro ejemplo tenemos desde luego en el texto que hemos escuchado del evangelio de Juan. El milagro lo vieron todos pero a Jesús lo vio primero el que más amaba.

Otro tanto sucede en la eucaristía. Sucede cada vez que nos reunimos para escuchar su palabra. ¿Es posible ver al resucitado?, ¿es posible encontrarse con Él?, ¿es posible recibir de Él, como María, que diga mi nombre?, ¿es posible recibir como los discípulos aquéllos que Él me explique las escrituras?

Y todavía dice en otro pasaje: Jesús les abrió el entendimiento para que comprendieran las escrituras. ¿Es posible que algo así suceda? Sí es posible. Lo único que se necesita, el único ingrediente necesario es amor. En este, en este sentido, el que más más cree y el que más ama, ese es el que más encuentra de Jesús.

Si comparamos con la primera lectura, pues el contraste es bastante fuerte. El milagro del paralitico, que hemos venido escuchando desde ayer o desde antes de ayer. Pedro y Juan entran al templo un día y allí está un tullido que acostumbra pedir limosna. Oro y plata no tengo lo que tengo es lo que doy, en el nombre de Jesús levántate y anda. Y el paralítico que era lisiado de nacimiento se levanta y anda.

Alegría en todo el pueblo, regocijo en las gentes, menos en los sumos sacerdotes. Y vuelven a aparecer los mismos nombres de las personas que fueron responsables directos de la muerte de Jesús. Los mismos que llamaron a juicio a Jesucristo llaman a juicio a los discípulos de Cristo.

Esto también será enseñanza para nosotros. Los mismos procedimientos que utilizaron con Cristo los van a utilizar con los cristianos y el mismo Jesús lo dice: si no recibieron mi palabra no recibirán la de ustedes.

Al cristiano le van a pasar, ¡le deben pasar las mismas cosas que a Cristo! Tanto así que ¡cuidado un cristiano al que no le sucedan las cosas que le pasan a Cristo! Quizás no es discípulo del Señor.

Llaman a juicio a estos hombres y Pedro, -a quien debían despreciar infinitamente todos estos eruditos y todos estos letrados- un pescador que tenía acento claramente galileo y Galilea era una región absolutamente despreciada por los judíos porque entre otras cosas estaba más allá de Samaría y ya Samaría para ellos era herética.

Pedro que no tiene ninguna instrucción les echa este sencillo discurso: bueno, en primer lugar que conste que nos llaman a juicio por hacerle un bien a un hombre. Esta es la condición del cristiano y por eso están muy bien dosificadas estas lecturas.

Si nos quedamos solo con el tema del amor, quizás nos queda demasiada miel. Sí es amor y será el amor el que nos permita reconocer a Cristo, ¿pero cuál amor? Aquel amor que me lleva a vivir, a padecer y a recorrer lo mismo que vivió, padeció, recorrió Jesucristo.

Aquella persona que quiere tener la experiencia del amor sin la experiencia de la cruz. Aquella persona que quiere tener la experiencia de la contemplación sin la experiencia del abandono y la muerte. Aquella persona que quiere tener la experiencia del milagro sin la experiencia de la tentación, esa persona está lista, preparada para ser engañada por el demonio o por cualquier doctrina extraña o llamativa.

Entonces, reunamos estas dos enseñanzas. Al resucitado lo ven más, lo ven primero, lo comprenden, lo aceptan, lo descubren, los que aman. Pero ese amor supone la participación en el tipo de vida que llevó Jesucristo. Y supone como nos dice el apóstol Pedro en el texto de los Hechos de los Apóstoles, y supone saber que no hay otro nombre por el que debamos ser salvos. No se nos ha dado otro nombre.

Yo creo que uno tarda muchos años. Uno tarda demasiado tiempo en comprender eso: que el Salvador es Él, eso es una gran cosa. Pero que el Salvador solo es Él es otra cosa. Y parar comprender lo primero uno necesita muchos golpes.

Por lo menos en mi vida y en la de todos los tercos, uno necesita muchos golpes hasta entender que Él es el salvador. Y luego viene la licuadora, luego viene la batidora y luego viene la molienda para que al fin uno descubra que el salvador es sólo Él, solo Él.

Hay una imagen que Dios le contaba a Catalina de Siena, -de la que me han oído hablar con alguna frecuencia-, hay una imagen que Dios le contaba a Catalina de Siena a este respecto. Él decía: al principio en la conversión la persona siente que está trabajando por su vida espiritual como el que trabaja en un delicioso jardín, donde todo prospera y las flores se abren y el perfume se siente.

Ahí está y la persona está trabajando y se agota, y suda y se acalambra y tiene que descansar y vuelve y trabaja, pero no siente la dureza del trabajo porque tiene la amenidad, porque tiene la amabilidad del huerto y el huerto prospera.

Dice Dios, le decía Dios a Catalina: para que la persona empiece a trabajar por mí, está bien eso. Pero para que trabaje “solo por mi hay” que quitar todas las flores, todas, todas las flores del huerto.

Para que la persona empiece: un huerto. Pero para que la persona trabaje no solo por Dios, sino “solo por Dios”, se necesita quitar todas las florecitas del huerto.

Se necesita que finalmente descubramos que no es ni mi papá, que tiene cara de superman; ni mi mamá, que siempre me ha apoyado; ni mis hijos que son la alegría de mi vida; ni mi esposo que me comprende; ni mi esposa que es tan hermosa; ni mi novia que es lo mas tierno que Dios me ha dado; ni mis amigos que están siempre ahí.

Se necesita de alguna forma que todo se caiga, se necesita que todo falle. El punto es que solo Dios sabe en qué orden va a quitar las cosas, porque si me delegara esa responsabilidad a mi yo no sabría que hacer.

Solo Dios sabe en que orden empieza a quitar cada cosita, una detrás de otra hasta que queda finalmente la persona. Es más o menos como poner aquí una tablita a la que vamos a sostener con dieciocho, por ejemplo, o veinte o veinticinco, -los que tú quieras-, palitos, ahí están puestos. Entonces Dios empieza a quitar, primero quitamos estos, luego quitamos el de allá. Finalmente quitamos este, ahora sacamos este.

Uno no se asusta al principio, cuando ya van quedando cuatro o tres apoyos nomás. Uno dice: bueno Jesús, acuérdate que Tú y yo hemos tenido buenas relaciones, nos hemos entendido muy bien y bueno, pues, yo he tratado de perseverar.

Y el asunto sigue hasta que quedan dos palitos, hasta que queda un palito y hasta que Jesús dice: ¿por qué no quitamos este palito de aquí? Y en ese momento uno descubre que todo el tiempo la tabla la estuvo sosteniendo Él.

Él fue el único que sostuvo nuestra vida. Todo el tiempo Él fue nuestra victoria y toda la gente que apareció: ese padre súper especial, ese amigo increíble, esa novia fantástica, esos hijos que son un tesoro. Esos amigos, todo, todo, todo en realidad sobraba. O mejor dicho, nada de eso era indispensable.

Quien tiene un amor así, quien busca un amor así, comprende primero el misterio de la resurrección. Es decir: Cruz y Resurrección se explican y se iluminan mutuamente.

El que quiera encerrarse en la cruz, no va a entender ni cruz ni resurrección. Y el que quiera encerrarse en la resurrección no va a entender ni resurrección ni cruz.

Pero si desde la cruz buscas luz para la resurrección mucho vas a aprender. Y si desde la resurrección buscas luz para la cruz, mucha enseñanza puede llegar a tu alma. Queridos hermanos, ¿qué puede quedar para nuestra vida de esto? En primer lugar que no se nos olvide pedir lo indispensable. Cuando la gente va llegando al final normalmente se queda con lo indispensable. Normalmente se queda con lo indispensable.

Vivió en este convento un Padre, Marco Tulio Prieto, que durante muchos años fue prácticamente el gran confesor de nosotros, los frailes estudiantes. Un padre ya bastante mayor y yo tuve, -como muchos otros- yo tuve oportunidades muchas veces de confesarme con él.

Diez días antes de morir él, -aunque ni él ni yo sabíamos que faltaban tan poquitos días-, tuve esa última ocasión para confesarme con él. Y él me dijo, después de que yo le comentaba mis faltas de todos los colores, él solo tenía un color. Yo tenía quizás azul, rojo, verde, amarillo, violeta. Pero él solo tenía un color.

Dicen los críticos que cuando se revuelve la luz de todos los colores lo que sale es el blanco. Luz blanca. Algo parecido sale con el amor. Cuando se revuelve, cuando se llega a la quinta esencia del amor ya no se necesitan ni amarillos ni verdes, ni rojos ni azules ni violetas. Entonces yo le eché mis pecados, le planteé mi triste historia, la triste historia de todas mis culpas y este padre y este padre tenía ya luz blanca.

Él sabía de mis colores y él sabía de mis faltas y sabía de mis necesidades, pero ya en su corazón no existía sino luz blanca. Por eso únicamente me tomó del brazo y me dijo: “Alita, (esa era una expresión muy de él) Alita que no se te pase el tiempo sin amar a Dios”.

La gran enseñanza para nosotros aquí es: hay que suplicarle muchas cosas a Dios, que no se nos pase el tiempo sin amarle. Hay que pedir, pedir como lo primero y como lo fundamental: amor a Dios, amor a Dios.

Santo Tomás de Aquino ratifica este parecer cuando dice que en el cielo todos ven lo mismo, pero ve más el que ama más. Así como en un estadio todos ven el mismo partido pero el que es fanático, el que le pone pasión de más y ese si disfruta ese golazo, ese tirazo que hizo ese jugadorazo, con ese balonazo, con el piezaso.

Así como todos ven el mismo partido pero disfruta más el que ama más, el cielo es exactamente así. Todos veremos al mismo Jesucristo, Él nos lo conceda. Pero aquél que llegue con ganas, el que llegue sin ningún otro soporte, el que llegue sabiendo tú eres mi todo, Señor, Tú eres mi todo. Como Francisco en aquella famosa noche de vigilia que lo único que le decía al Señor era “Mi Dios y mi Todo”. Mi Dios, mi Dios y mi Todo. Así se pasó toda la noche San Francisco, esa fue la vigilia que hizo él: Mi Dios y mi todo y no sabía salirse de ahí.

Si uno llega al cielo así: “mi Dios, mi Todo. Mi Todo, mi Dios. Si uno llega así con ese discurso así al cielo. Pues uno ve muchísimo allí. Muchísimo más. Pidamos amor, pero sepamos que el amor necesita ser depurado y santificado por la cruz.

Pidamos amor, pero entendamos que ese amor tiene que ser formado. No nos llamemos residentes, llamémonos peregrinos. Peregrinos hacia esa Patria, peregrinos hacia ese gozo.