Pasion de Cristo 28

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Fecha: 20080615

Título: Tercera hora de agonia en la Cruz. Septima palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espiritu”

Original en audio: 19 min. 21 seg.

Lucas 23, 44-48


Nuestra Iglesia Católica tiene muchas formas de predicación; la homilía que tenemos en la Misa es sin duda la más conocida pero no es la única, es parte del ministerio de predicación de la Iglesia, lo que sucede en la catequesis y también el Magisterio de la Iglesia es una forma de predicación.

Muchas veces, cuando acudimos buscando un consejo, muchas veces lo que estamos buscando es una palabra, y esa también es una predicación.

Las devociones como el Santo Rosario, como el Vía crucis, tambien son formas de predicación hasta cierto punto, especialmente si las personas que organizan estas actividades no se limitan a seguir un guión, aunque esto sea bueno, sino que añaden alguna reflexión queriendo actualizar o aplicar lo que alli aparece.

Menciono esto de las formas de predicación porque en mi país, en Colombia, es muy frecuente para Semana Santa, lo que se llama “El Sermón de las Siete Palabras”.

Este sermón es una meditación que se apoya en siete textos bíblicos, y estos textos lo que tiene en común es que se refieren a siete palabras que Jesús dijo desde la cruz, cada una de esas palabras como que nos revelan una faceta más del alma purísima, del alma llena de humildad, de inocencia y caridad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Según ese orden de ideas, el texto que vamos a meditar hoy corresponde a lo que seria precisamente la última de estas siete palabras en el orden que suelen predicarse, está tomada del evangelio según San Lucas.

“Era ya cerca de la hora sexta, cuando al eclipsarse el sol hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona, el velo del Santuario se rasgó por el medio. Y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu; y dicho esto, espiro” San Lucas 23,44-46.

"Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: “Ciertamente, este hombre era justo”. Y todas la gente que había acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvieron golpeándose el pecho” San Lucas 23,47-48.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Se trata del momento mismo de la muerte de Cristo, y precisamente, porque esta palabra la dice Jesús, podríamos decir, a la puerta misma de la muerte, por eso se considera como la última de sus palabras. Lo que dijo Jesús está tomado del Salmo 31.

Y yo quiero destacar esto, porque nos recuerda que Jesús en la cruz estaba orando. Jesús estaba ofreciéndose a sí mismo, glorificando al Padre Celestial e intercediendo por nosotros; por eso dice nuestra Iglesia que Jesús en la cruz era Sacerdote, Víctima y Altar.

Y es maravilloso el ejemplo que nos da Jesús, porque nos muestra también cuál es la esencia del verdadero sacerdocio, ese sacerdocio del que todos participamos en el bautismo, más que ofrecer algo de nosotros consiste en ofrecernos a nosotros mismos; Jesús estaba orando, Jesús en la cruz estaba orando.

No me canso de destacar ese aspecto, porque esa es también la gran propuesta que Dios nos hace para nuestras horas de dolor; por supuesto que es necesario quejarse alguna vez, existe el dolor, existe la sed, existe la soledad, existe la ira, todo ello puede pasar por el corazón humano.

Pero todo ello tiene que convertirse de una u otra manera, tiene que convertirse en oración, porque el dolor que no se convierte en oración envenena, la rabia que uno siente, si no se vuelve oración, es una daga que atraviesa el alma; la despedaza, la tristeza que uno tiene, si no se vuelve oración, se convierte en el naufragio del alma.

Jesús orante, Jesús en oración, va delante de todos nosotros, va delante de todos los que sufren, y está mostrando el camino. El camino no es huir del sufrimiento, el camino no es escaparse del sufrimiento, el camino es tomar ese sufrimiento y volverlo oración.

Volverlo oración no significa que yo voy a dejar de sentir como me estoy sintiendo, (esta es una aclaración muy importante que la he hecho en otras ocasiones, que me parece también oportuna aquí).

A veces uno cree que si está triste, debe primero ponerse contento y ahí sí orar; que si está intranquilo, que primero se debe tranquilizar; que si está disgustado, primero se debe serenar y luego sí orar.

Por eso yo no me canso de decirle a la gente: ”Mira, ora con lo que tienes, hay que aprender a orar con rabia”, digo yo a la gente; ¿orar con rabia qué es? Que no esperes que se te pase la rabia para poder orar, que sea la oración la que le dé un cauce a ese disgusto a esa contrariedad que tienes.

Estas triste, pues que sea la oración la que tome esa tristeza, por eso dice alguno de los salmos: “Recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío” Salmo 56,9.

Tú no tienes que dejar de llorar para empezar a obrar, porque tu mismo llanto tiene que ya volverse oración; esta es la primera lección que tomamos de esta séptima palabra de Cristo sobre la cruz.

Y hay algo muy importante, y es que es una oración dirigida a Dios como Padre, precisamente, cuando uno está experimentando los momentos de mayor dolor, de mayor abandono, uno puede llegar a pensar que uno no le importa a Dios, que a Dios no le importa lo que le suceda a uno, uno puede llegar a pensar que lo que le importe a uno tiene sin cuidado a Dios.

Y resulta que la palabra que utiliza Jesús aquí, es su palabra favorita es la palabra que Él mismo nos enseñó, cuando quiso enseñarnos a orar: “Padre”, también en el momento del dolor la palabra que va por delante es la palabra: “Padre”.

Si yo me estoy hundiendo en el fango, puedo estar sucio, puedo estar apestoso pero mi papá sigue siendo mi papá; y el amor que me une con mi papá es el lazo más fuerte que puede sacarme de esa arena movediza.

Luego, el momento de la tribulación, no es el momento para decirle a Dios que está lejos, es el momento para recocer que Él sigue siendo el Dios nuestro, ¡sí, yo sé que algunos comentaran que hay salmos que hablan de la distancia, de la lejanía de Dios: “¿Por qué te quedas lejos, Señor, y te escondes en el momento del aprieto?” Salmo 10,1, "la soberbia del impío oprime al infeliz" Salmo 10,2.

Pero aún en esa queja, aún, aunque nos estamos quejando ante Dios, que lo sentimos lejos, sentimos que podemos quejarnos porque Él está, y este es el punto principal: que a uno no se le olvide, en medio de la tribulación más grande, que Dios sigue siendo Dios, y que el lazo de poder, de misericordia y de amor que nos une con Dios, ese lazo fundamental es el lazo que da la libertad; ese es el lazo.

Si un o pierde de vista esto, pierde todo. Dios es mi Dios, también en la hora de la prueba.

"Era cerca de la hora sexta" San Lucas 23,44, ¿qué quiere decir esto de la hora sexta, hora nona? Se refiere a cómo los romanos contaban las horas del día, tercia correspondía como a las nueve de la mañana, sexta como a las doce del día, y luego nona como a las tres de la tarde.

Hay una oscuridad en el momento de mayor luz, yo creo que aquí hay un contraste muy bello que podemos hacer: el libro de la Sabiduría nos habla de cómo, en medio de las tinieblas del mundo, Dios envía su salvación, y su salvación es luz.

Por esto precisamente los cristianos empezaron a celebrar la Navidad en diciembre, no porque constara en un registro civil que Jesús nació en diciembre, sino que la mayor parte el mundo habitado del hemisferio norte de nuestro planeta tierra, diciembre es el día del año que tiene los días más cortos y las noches mas largas.

En Irlanda, por ejemplo, te puedes encontrar con que el sol está apareciendo perezosamente a las nueve, nueve y media de la mañana, y comienza a ocultarse a las cuatro pasadas de la tarde; y si te vas más arriba del mapa hasta Finlandia, hasta Noruega, te encuentras que el día dura unas poquitas horas, el tiempo de luz es supremamente breve.

Entonces dice el libro de la Sabiduría que en lo más espeso de la noche Dios envió su salvación, salvación luminosa como un relámpago que atraviesa el confín de la tierra, y por eso los cristianos celebraron la Navidad en esa fecha, en ese día 25 de diciembre que corresponde aproximadamente a la noche mas larga y al día más corto.

Claro que con las fechas actuales, con el calendario actual ese día más corto que se llama “El solsticio de invierno”, ese día más corto corresponde como al 21 de diciembre.

Pero 25 de diciembre no es una mala aproximación, es un día muy corto y es una noche muy larga y en medio de la noche llega la luz. Menciono todo esto porque en la Pasión de Cristo se da lo contrario, en medio de la hora más luminosa del día llega la oscuridad, como que la claridad del día queda herida por la muerte de Cristo, así como la tiniebla del pecado quedó herida por la gracia luminosa de Cristo.

¡Qué simbolismo tan precioso¡ En ése eclipse que nos recuerda entonces cómo hay un cierto poder de las tinieblas, el mismo Jesús lo dijo cuando lo iban a prender allá en el jardín de Getsemaní dijo: “Esta es la hora vuestra” San Lucas 22,53, dijo a sus enemigos, a aquellos esbirros que venían dijo: “Esta es la hora vuestra, la de las tinieblas" San Lucas 22,53.

Y es saludable que recordemos que efectivamente hay una cierta fuerza, hay un cierto poder de las tinieblas, esto hay que recordarlo no para tener alguna clase de admiración por esa fuerza oscura, la fuerza oscura del pecado, la fuerza oscura de la muerte, la fuerza oscura del demonio.

No, no tenemos admiración hacia esas fuerzas pero sabemos que existen, y es necesario saber que existen para no caer en esas garras; entonces las tinieblas tuvieron su parte en la Pasión de Cristo, especialmente en la hora de la Pasión, en la hora de la muerte.

Y cuando todo se rodea de oscuridad, podemos pensar que es como ese ataque masivo de las tinieblas queriendo sofocar, queriendo ahogar para siempre la luz maravillosa del Hijo de Dios.

Pero en medio de esas tinieblas, Jesús dice su frase: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” San Lucas 23,46.

Y esa frase, que recuerda el relámpago de amor entre el Padre y el Hijo, entre el Padre que ha mandado al Hijo para que seamos salvos, y entre el Hijo que ha aceptado morir por nuestra salvación; y esa oración, esa sola frase nos está contando que el vinculo de amor entre el Padre y el Hijo está intacto.

Y si está intacto ese amor y si está intacto ese vínculo, entonces el sacrificio de Cristo no es perdido, y entonces la muerte de Cristo no es el triunfo de las tinieblas, es el triunfo del amor. Por eso dicen los grandes predicadores que Cristo vencido es vencedor, muerto da la vida, marginado, aislado, solo, se convierte en el primero entre muchos hermanos, como dice San Pablo en su Carta a los Romanos.

Mis hermanos, veneremos el misterio de la muerte de Cristo, veneremos con gratitud, veneremos con amor con regocijo la muerte de Cristo; es lo que decimos en cada Eucaristía: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”, ¿por qué la anunciamos? ¿Por qué seguimos proclamando la muerte? Porque siendo como es una muerte acontecida en el amor y desde el amor, esa muerte es la victoria.

Decía San Pablo: “Yo no me avergüenzo de la cruz de Cristo” 2 Timoteo 1,12, Carta a los Romanos 1,16, que es como decir: "Yo no me avergüenzo de la muerte de Cristo, porque en esa muerte de Cristo quedó restaurada la amistad de nuestra raza humana con Dios".

Lo que habíamos perdido por nuestra desobediencia, lo ha restaurado la obediencia de Cristo; lo que fue despedazado por nuestras idolatrías, lo ha reconstruido culto al único Dios y Padre, ese culto maravilloso, esa liturgia preciosa de la Cruz, ha restaurado el universo.

Veneremos el misterio de la Cruz, veneremos el misterio de la Sangre, veneremos el misterio de la muerte de nuestro Salvador. ¡Hay un misterio tan grande allí!

Los condenados morían asfixiados, la posición increíblemente incomoda de esa tortura de la cruz, hacía que murieran asfixiados, no podían respirar, mucho menos podían hablar, muchísimo menos podían gritar; Jesús muere gritando, es algo inexplicable, es algo inusitado, es algo que llama inmediatamente la atención de los circundantes, empezando por el centurión.

No es solamente ese grito, es la manera de padecer, es la manera de su orar, es la manera de su amar lo que lleva a que el centurión diga lo que nosotros tenemos que decir también, como dice la redacción en el evangelio según San Marcos: “Verdaderamente, este es el Hijo de Dios” San Marcos 15,39.

Alegrémonos en ese sacrifico, en ese amor de Cristo, recibamos este bien maravilloso arrepintiéndonos de nuestras culpas, confiemos en que hay vida, hay gracia y hay perdón.