Pasion de Cristo 22

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Fecha: 20080506

Titulo: Primera hora de agonia en la cruz. Primera palabra: “Padre, perdonalos, porque no saben lo que hacen”

Original en audio: 14 min. 2 seg.

San Lucas 23,33-34


Cuando uno recuerda la Pasión de Cristo, inmediatamente recuerda la sangre, recuerda las heridas, recuerda la crueldad de toda esa historia en la que se conjugan los sentimientos más bajos del corazón humano, sin excluir sadismo: el obtener morboso placer en causarle daño a otra persona.

Pero hay algo muy interesante en los relatos del Evangelio y es que, por decirlo de alguna manera, son supremamente sobrios al describir la crucifixión, al describir la flagelación, podríamos decir que se limitan a contarnos lo básico, no nos dan esos detalles que tal vez podrían conmover un poco más nuestra sensibilidad.

Esos detalles hemos tenido que descubrirlos a través, por ejemplo, de la arqueología: sabemos, por ejemplo, que los azotes que utilizan los romanos en estas circunstancias tenían pequeños garfios o tenían piedras en sus puntas.

El azote con el que fue golpeado Jesucristo terminaba como en un ramillete de huesos, pequeños huesos, piedras y piezas metálicas, de manera que cada golpe, cada azote, literalmente se llevaba un pedazo de carne del pobre que sufría ese castigo. Esta era la costumbre, era lo que realizaban los romanos como una manera de apresurar la muerte de la persona.

Y como este detalle de crueldad podríamos mencionar muchos otros, es decir, si los Evangelistas se hubieran puesto en la tarea de mover nuestra sensibilidad, pues el relato de la Pasión indudablemente les daba abundante material, porque hay que pensar en lo que significan las espinas, en lo que significan las humillaciones.

Y repito, pero todo eso nos lo cuentan de una manera que podríamos llamar “sobria”, de una manera profundamente discreta, de una manera pudorosa, podríamos decir; y lo que a mí más me llama la atención de esto es que de ese modo los Evangelistas están conduciendo nuestra atención hacia otros aspectos, por ejemplo, hacia lo que otros autores llaman la “Pasión interior de Cristo”.

No es que sea mentira, no es que sea exageración el pavoroso dolor físico que padeció Jesús, no lo es, no es exageración, tuvo que ser peor, incluso, de lo que logramos imaginar.

Pero los Evangelios quieren que no nos quedemos únicamente en ese aspecto exterior, sino que vayamos a lo que estaba sucediendo dentro de Jesús, es decir, qué clase de sufrimiento, qué clase de holocausto de sí mismo estaba haciendo el Hijo de Dios en el acto de su Pasión.

Porque en ese sacrificio de sí mismo es donde brilla mejor su acto de obediencia magnifica al Padre Celestial, y es donde aparece mejor también su acto precioso de amor redentor hacia nosotros.

De modo que en los relatos de la Pasión, la parte más sensible queda mencionada, pero sólo eso: queda mencionada, ya uno entiende lo que se está diciendo, no hay morbo, es apenas que sepamos que su carne sufrió verdaderamente hasta el extremo, como su ser entero.

Pero la atención indudablemente está del lado de aquello que acontecía en el corazón del Hijo de Dios, podríamos decir, las intenciones de ese corazón, y la manera como Él se ofrece en alabanza de la gloria del Padre y en víctima propiciatoria por nuestros pecados y del mundo entero.

Según eso, mis hermanos, podemos decir que cada una de las palabras, cada una de esas frases que quedaron grabadas en la memoria de los discípulos es como una puerta.

Yo les invito a mirar eso que llamamos “Las Siete Palabras”, les invito a mirarlas como otras tantas puertas, son puertas al corazón de Jesús, son puertas al santuario, son puertas al sacrificio interior con el cual el Hijo de Dios acogió la voluntad del Padre Celestial y se entregó sin medida, para que tú y yo pidiéramos tener vida y vida abundante, como Él mismo dijo en Juan 10,10.

Tomemos cada una de esas que llamamos “Las Siete Palabras” y encontraremos en ellas algo que atrajo poderosamente la atención de la gente, con tanta fuerza, que incluso más que las descripciones de llagas, o de la sangre, o de las espinas, o de los escupitajos.

Todo eso, que es verdad, pero que sólo es exterior, y con más fuerza que todo eso quedó grabado en el corazón de los testigos del sufrimiento de Cristo, eso quedó grabado, eso que el Hijo de Dios fue capaz de pronunciar ahí como consagrando, podríamos decir la Hostia, que era y que es Él mismo.

Veamos, por ejemplo, la primera palabra: "Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda, Jesús decía: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen" San Lucas 23,33-34.

Esa es nuestra primera palabra, y yo creo que estamos todos de acuerdo en que esto tuvo que causar un impacto gigantesco en las personas que estaban ahí; las crucifixiones no eran algo de todos los días, pero tampoco era algo absolutamente inusual.

Un imperio tan grande, como el Imperio Romano, extendido por lo que hoy son no sé cuántos países, en una extensión de miles de kilómetros cuadrados, un imperio tan grande necesitaba medios muy rudos para hacer sentir su autoridad y conservarla, uno de los medios era la crucifixión.

De manera que los soldados, en primer lugar, que participaron en esa ejecución, pero también la gente misma de Jerusalén, de seguro que había visto más de una crucifixión, ese era el castigo de los rebeldes.

Los Hechos de los Apóstoles cuentan la historia de un hombre llamado Gamaliel, que era un hombre muy importante entre los judíos de la época.

Gamaliel, cuando empezaron a perseguir a los Apóstoles, dijo: “No es necesario hacer esto; si ese movimiento es cosa de Dios, ustedes no pueden extinguirlo, y cuidado que estén peleando contra Dios” Hechos de los Apóstoles 5,39.

Y para sostener, para argumentar su propio punto de vista, pone a recordar algunos movimientos de revoltosos. Habla, por ejemplo, de un tal Teudas, que fue un rebelde en contra de los romanos.

Todos estos rebeldes, a la manera de Espartaco, terminaban crucificados, es decir, repito, no era cosa de todos los días pero la gente sabia lo que sucedía, y sobre todo la gente sabia que además del dolor, pues habría gritos de desesperación, mil maldiciones o blasfemias, promesas de venganza, odio reconcentrado.

Esa clase de sentimientos, que podríamos decir que son perfectamente humanos, quizás serían nuestras propias reacciones, si llegáramos a una situación completamente extrema, la ira reconcentrada el anhelo de venganza, maldecir, amenazar, blasfemar.

Cuánto impactó a la gente ver este condenado que no sólo obra con gran compostura y dominio de sí mismo, sino que permanece en oración, obra con esa mansedumbre, y en el momento mismo en el que está siendo torturado, intercede por sus verdugos, eso es algo que ellos no habían visto, eso les impacto más que las mismas llagas, que el mismo derramamiento de tanta sangre y era sangre inocente, inocentísima.

Eso, esa frase les impactó más que las llagas de Cristo, son las mismas llagas o parecidas a las que tendría cualquier otra persona si se le diera un castigo semejante, pero, ¿qué otra persona sino Cristo puede orar de esta manera? ¿Qué otra persona sino Cristo puede interceder por sus propios captores y por los que están infligiéndole semejante tortura?

Esto quedó grabado en la mente de aquellos testigos, esto quedó, podríamos decir, tatuado en los corazones de ellos de un modo tal que no pudieron olvidarlo, y cuando luego se recogió ese testimonio, y por un proceso complejo pero dirigido por el Espíritu Santo, llegamos a lo que hoy son nuestros Evangelios, ahí está ese tatuaje.

El profeta Isaías dice en alguna parte que Dios nos ama de tal manera que es como si nos tuviera tatuados en su propia mano. El tatuaje siempre ha sido como una señal de pertenencia eterna, y en ese pasaje Isaías quiere destacar que nosotros somos y seremos para siempre en el Señor porque estamos tatuados en sus manos.

Pues así Cristo con este fuego de amor y con la tinta de su propia sangre, hoy nos deja un tatuaje en el corazón y esa certeza del amor que Él nos ha dado es increíblemente preciosa, sobre todo cuando uno reconoce que necesita ser salvado, que necesita ser redimido.

Hermanos, tengamos confianza en el Señor Jesús, una confianza sin limites, una alegría sin limites; tengamos confianza en esa sangre, porque sabemos de qué corazón viene; tengamos confianza en esas llagas porque sabemos con cuánto amor fueron ofrecidas para que tuviéramos vida.

Que esas llagas, que ese corazón y que la oración de Cristo traigan el don precioso de la paz a nuestras familias, a nuestra patria y al mundo entero.

Padre, perdónanos, porque muchas veces no sabemos lo que hacemos.