Pasion de Cristo 04

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Fecha: 20073011

Título: Institucion de la Eucaristia

Original en audio: 16 min. 24 seg.

San Lucas 22,14-20


Queridos Amigos:

Estamos aquí para meditar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, que es el testamento, el mensaje de amor más grande que nos ha podido dejar nuestro Salvador. Toda la Pasión nos interesa.

Todo aquello que Cristo hizo y padeció es importante para nosotros, pero podemos decir que hay momentos culminantes dentro de ese único drama, que es la entrega que Él hizo de su propia vida por nosotros y por nuestra salvación, como decimos en el Credo.

Creo que unos de esos momentos culminantes es la institución de la Eucaristía, que precisamente es nuestro tema de meditación el día de hoy. Acompáñenme, por favor, mientras leemos con religiosa devoción el texto correspondiente del Evangelio de Lucas.

"Cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y con Él los apóstoles. Y les dijo: "Intensamente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer. Porque os digo que nunca más volveré a comerla hasta que se cumpla en el Reino de Dios. Y habiendo tomado una copa, después de haber dado gracias, dijo: tomad esto, y repartidlo entre vosotros. porque os digo que de ahora en adelante no beberé del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios" San Lucas 22,14-17.

"Y habiendo tomado pan, después de haber dado gracias, lo partió y les dio diciendo: "Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado, haced esto en memoria mía". De la misma manera tomó la copa, después de haber cenado, diciendo: "esta copa es el nuevo pacto en mi Sangre, que es derramada por vosotros"" San Lucas 22,19-20.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Este texto está tomado del capítulo 22,14-20, en el evangelio según San Lucas. Podemos decir que la institución de la Eucaristía es como un mensaje dentro del gran mensaje de amor que es toda la Pasión.

Porque toda la Pasión nos habla de entrega, toda la Pasión nos habla de misericordia, toda la Pasión nos habla de redención y liberación. Pero en la Eucaristía, en ese momento precioso y en esas palabras de Cristo, se condensa precisamente ese mensaje.

Lo maravilloso es descubrir que aquello que iba a acontecer en el Calvario ya sucedió en el Cenáculo, allí dónde Cristo se reunió con sus discípulos, allí dónde pronunció esas palabras, que constituyen el centro de nuestra fe: "esto es mi Cuerpo" San Lucas 22,19, "esta es mi Sangre" San Lucas 22,20.

Allí en el Cenáculo, ya se estaba celebrando el mismo Sacrificio y ya se estaba entregando el mismo amor que aparece luego en la Cruz. Bien podemos decir que la Eucaristía es la expresión incruenta de aquello que de modo tan cruel aconteció después en el Calvario.

O podemos decir, que la Cruz es la expresión visible de todo aquello que estaba implícito en la Última Cena. Hay como una dinámica preciosa entre esos dos momentos, la Eucaristía expresa ese lenguaje de entrega, pero deja como escondido, deja como implícito todo el drama de dolor que significa salvar a la humanidad.

Aparece todo el amor, pero queda como escondido el misterio del dolor. La Cruz, hasta cierto punto, es lo complementario, que no lo contrario. En la Cruz aparece todo el dolor, y es ahora el misterio del amor el que queda como escondido. En ambos hay amor y dolor.

En el momento de la Eucaristía hay dolor también, porque Jesús dice que su Cuerpo será entregado y que su Sangre será derramada. Hay dolor, pero ese dolor está todavía como velado por la figura, está todavía como oculto, como en parábola.

De manera que lo que sobresale, es ese momento de amor, amor de verdadero hermano con que Él reúne a sus discípulos y se convierte en el motivo de la verdadera Pascua, de la verdadera fiesta, de la verdadera alegría.

Hay amor, amor de hermano, amor de banquete, amor de fiesta y queda como oculto, queda como implícito solamente el dolor; luego vendrá el momento de la Cruz, y en el momento de la Cruz lo que sobre sale, por supuesto, lo que es más visible, evidentemente, es todo ese dolor,

Que se traduce en las lágrimas, en la agonía, en los azotes, en los esputos, en la corona de espinas, en la humillación, en las Llagas, en la Sangre, todo eso es lo más visible, pero adentro de todo ello, lo que existe es un misterio de amor.

Yo quiero, mis hermanos, que veamos esta conexión tan profunda porque se trata en realidad de un mismo acto. El mismo Jesús del Cenáculo es el Jesús del Calvario, el mismo del Calvario es El del Cenáculo, y esto lo tiene en cuenta la Iglesia cuando llega el momento del Jueves Santo, observa este detalle.

Cuando vuelvas a asistir a la ceremonia del Jueves Santo, ahí por supuesto lo que estamos es iniciando lo que se llama el Santo Triduo, el Triduo Pascual. Y observa este detalle: cuando termina la celebración de la Cena del Señor, el sacerdote que preside no da la bendición, la gente se retira silenciosamente, después de adorar la divina presencia de Cristo en la Eucaristía.

Pero no hay una bendición final ahí, ¿y sabes por qué no la hay? Porque en realidad esa Misa no ha terminado, esa Misa que empieza el jueves Santo, es la misma Misa que sigue el Viernes Santo, cuando miramos a Cristo pendiente de la Cruz, cuando nos asombramos ante el misterio de la iniquidad humana.

Pero sobre todo, nos asombramos del misterio infinito del amor de Dios; y termina la ceremonia del Viernes, y tampoco hay bendición, y la ceremonia del Viernes tampoco tiene saludo, porque es una misma celebración.

El Jesús del Jueves Santo, es el Jesús del Viernes Santo. En el Jueves Santo aparece sobre todo el amor fraterno, pero ya está presente el dolor, aunque está implícito; en el Viernes Santo aparece sobre todo el dolor, pero sigue presente el amor, aunque está implícito; es la misma Celebración, y amor y dolor, así entrecruzados, así entretejidos van a acompañar este Triduo.

De manera que viene el jueves Santo y el Viernes Santo e incluso en el silencio de ese Sábado Santo, sigue la Iglesia acompañando el misterio del amor y del dolor, hasta que todo ello se convierte, a través de la Vigilia Pascual, en la gran exultación, en la gran proclamación de la gloria de Dios, el acontecimiento más grande de nuestra historia, en realidad el acontecimiento que va más allá de la historia.

El acontecimiento que trasciende incluso la historia humana, la lleva a su puerto seguro en la eternidad. Este es el primer aspecto que quería destacar. Pero ahora miremos por un momento estas palabras que utiliza Jesús, miremos cómo no deja la menor duda cuando dice que comamos su Cuerpo.

"Esto es mi Cuerpo" San Lucas 22,19, indudablemente aquí caben las palabras de Santo Tomás de Aquino: "Hay como una doble humillación en la Eucaristía"; reconocer a Dios en nuestra naturaleza humana ya es difícil, porque supone un abajamiento, porque supone una humillación, o como diría San Pablo, un anonadamiento, volverse como nada Dios en nuestra naturaleza humana; ya es un abajamiento,

Pero ahora viene otro abajamiento, este Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, quiere darse a nosotros, y para poder entrar a nuestra vida, santificar y sanar nuestro cuerpo, santificar y sanar nuestra alma, se inventa, podemos decir, se inventa este camino completamente inédito, maravilloso, darse como Pan vivo, y Pan vivificante.

Entonces, nos dice Santo Tomás de Aquino, en ese famoso himno eucarístico "Pange Lingua", que aquí se engañan incluso los sentidos, lo único que queda frente a la Eucaristía es la fe en la palabra de Aquél que no puede engañarse, ni puede engañarnos. Con toda razón decimos: "Este es el misterio de la fe, este es el sacramento de nuestra fe.

¿Sabes una cosa? La palabra latina Sacramentum, en griego se dice Mysterium. Por eso después de la Consagración el sacerdote puede decir: “Este es el misterio de la fe”, o también puede decir: “Este es el sacramento de nuestra fe”, que seguramente es la expresión que más hemos escuchado.

Entonces, ¿qué está sucediendo? ¿Qué es eso maravilloso que está sucediendo? El doble ocultamiento. Dios, en nuestra naturaleza humana, es como un ocultamiento, y que esa naturaleza humana, que es también naturaleza divina en la persona única de Cristo, que ese Cristo, ahora se nos de bajo las especies de pan, es como un segundo abajamiento, es como una segunda, una ulterior y máxima humillación.

Y así llega Él a nosotros; no tiene nada de extraño entonces, que ante tanta maravilla, que ante tantísima generosidad, el corazón humano se confunda, y el corazón humano se sienta tentado de negar, y lamentablemente no han faltado corazones que niegan esa presencia, y entonces dicen: "Es sólo un símbolo".

Se puede decir que la Eucaristía es símbolo, pero si admitimos que además de ser símbolo es presencia real; símbolo, en cuanto a que apunta a algo infinitamente mayor de lo que podemos descubrir no sólo con nuestros sentidos, sino incluso con nuestra inteligencia.

En ese sentido la Eucaristía es símbolo, porque el símbolo, dentro de aquel lenguaje de lo que son los signos en general, el símbolo siempre apunta a algo más, en ese sentido se puede decir que la Eucaristía es símbolo.

El peligro es decir que la Eucaristía es sólo símbolo, como quien dice, no es presencia real, ahí sí hay un error. Y Dios tiene tan alto aprecio por ese regalo, que es el regalo de su Hijo a nuestras vidas, que de muchos modos ha confirmado esa presencia real, sobre todo con la acción del Espíritu Santo en el alma creyente, pero incluso a través de muchos milagros, que por eso se llaman milagros eucarísticos.

Y ustedes, seguramente, han oído hablar de algunos de ellos. Mucha gente tal vez no sabe, que las apariciones de Fátima fueron precedidas por un milagro eucarístico. Antes de que la Santísima Virgen se apareciera en los meses de mayo a octubre de 1917, un Ángel de Dios se había aparecido a los pastorcitos, y en un cierto momento les había dado la Santa Eucaristía.

Y ese fue un milagro eucarístico, entre otras cosas, porque esas Hostias tuvieron que ser llevadas de una iglesia cercana. Es un milagro maravilloso, los Ángeles no pueden consagrar, eso está reservado a los sacerdotes, y que eso sirva para humildad para los que hemos recibido ese Sacramento.

Pero hay otros milagros Eucarísticos mucho más conocidos, como el milagro de Lanciano, por ejemplo. Lo más importante para nosotros es saber que ese Dios, así como es de poderoso, así es de compasivo. Y que así como ha querido darse a nosotros, ha querido que tengamos certeza de su presencia en la Eucaristía.

Para que obtengamos también certeza de que un día nosotros lo acompañaremos en el Banquete que no acaba. ¡Tanto que quisiera yo decir sobre la Eucaristía!, pero por este momento dejemos así.

Lo mejor de la Eucaristía no es tanto lo que nosotros digamos de ella, es lo que tú vas a descubrir a los pies del Sagrario adorando a Jesús, verdaderamente presente; y es lo que tú vas a descubrir, sobre todo, recibiéndolo en tu boca, en tu corazón, comulgando santamente en su Cuerpo, en su naturaleza humana, en su naturaleza divina.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

Amén.San Lucas 22,20