Pasion de Cristo 03

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Fecha: 20070314

Título: Anuncio de la traición de Judas

Original en audio: 17 min. 3 seg.

San Marcos 14,17-21


Queridos Amigos:

Son muchas las enseñanzas que podemos recibir de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, porque especialmente en su dolorosa Pasión, Cristo nos mostró la profundidad espantosa del pecado y la profundidad admirable de su amor y de su misericordia; se trata como de dos abismos: el abismo oscuro, horrendo del pecado, y el abismo asombroso, el abismo maravilloso, increíble de la gracia y de la compasión de Dios.

Y por eso, creo que cuando nos acercamos a la Pasión de Cristo, tenemos que preparar nuestros ojos para ver grandes cosas, grandes en lo bueno, por supuesto, y grandes en lo malo; grandes en la bondad del Corazón de Cristo, pero grandes en la magnitud del mal, y el impacto terrible de ese mal en la Carne inocente, y en Alma tierna, limpia de Jesucristo.

Podemos pensar que así como su Cuerpo fue maltratado, y eso lo pueden ver nuestros ojos, y así como de ese Cuerpo se hizo salir la Sangre, así también su Corazón, su Alma fue estrujada, fue comprimida, fue sometida a todo aquello que vemos en su Cuerpo, y de pronto un poco más.

Creo que esta dimensión interior de la Pasión de Cristo no se predica lo suficiente. Pensemos, mis hermanos, que si nos quedamos únicamente en el aspecto exterior, es decir, en la Carne lastimada, en las Llagas, en la Sangre, de pronto lo único que sacamos es el escándalo de nuestros ojos, y así hay mucha gente que dice: "¿Pero para qué se muestra una película como esa de "la Pasión de Cristo", que hizo Mel Gibson?" Porque quizás esas personas sólo se quedan en el aspecto exterior.

Nosotros, como creyentes, tenemos que atender fundamentalmente al ministerio de la Pasión interior, de la Pasión íntima, dolorosa que padeció Jesús, especialmente allá en ese aantuario de sus afectos y en el santuario de sus anhelos, de sus deseos, y en el santuario de unión con el Padre.

Precisamente, lo que deseaba el demonio más que cualquier otra cosa, es destruir ése santuario interior; más que destruir la Carne de Jesús, lo que le interesaba era destruir el santuario interior de Jesús; es decir, destruir esa perfecta unión entre el corazón de Cristo y el corazon del Padre, entre la voluntad de Cristo y la voluntad del Padre.

Eso era lo que el demonio quería destruir, no es que el demonio supiera con completa certeza que Jesús era y es el Hijo de Dios; si el demonio hubiera sabido que Jesús era Dios, no se hubiera metido con Jesús; pero no lo sabía, tenía señales de la santidad de Cristo, pero no podía reconocer plenamente el misterio de la presencia corporal, de la divinidad en Jesús de Nazaret.

Por eso, nos dice el Apóstol San Pablo en su Primera Carta a los Corintios, que si hubieran sabido los poderes de este mundo, y detrás de ellos el poder de las tinieblas, si hubieran sabido a quién era al que estaban crucificando, nunca lo hubieran hecho.

Y la razón por la que sabemos que el demonio no se hubiera metido con Cristo si hubiera tenido esa completa certeza, es porque, por supuesto, el demonio sabe que en una lucha directa con Dios no le espera otra cosa sino derrota, y por consiguiente, humillación; lo que más le duele al orgullo del demonio es ser humillado. Si el demonio hubiera sabido que Jesús era Dios, no se hubiera metido con Jesús. Pero no lo sabía.

Y no lo sabía porque para descubrir a Dios en Jesucristo se necesita entrar, precisamente, por la senda de la humildad. Este es el Dios que se ha compadecido de los pobres, éste es el Dios que se pone al servicio de los enfermos, éste es el Dios que sale en búsqueda de los pecadores, y éste Dios no lo puede uno reconocer como Dios a menos que uno entre en la misma senda de la humildad y de la humillación por la que entró el Verbo de Dios en nuestra historia.

Solamente por ese camino de humildad se pude reconocer a Dios en Jesucristo, y por eso, precisamente, tantos han negado a lo largo de la historia la divinidad de Jesucristo; no es que la Sagrada Escritura deje dudas a este respecto, sino que se necesita agacharnos, se necesita abajarse y reconocer, en lo insólito de la humillación de Dios, lo insólito de su amor que lo llevo hasta ese extremo.

Como el demonio no tiene manera de aprender esa virtud de la humildad, lo único que podía ver en Jesús era como una especie de resplandor, de pureza, de sinceridad, de inocencia, un resplandor que él detestaba, y que precisamente, porque lo detestaba, no quería abajarse a conocerlo bien; y por eso, el demonio lo único que quería era destruir esa luz, destruir ese resplandor, destruir esa inocencia en lo que él estimaba era un hombre justo.

Quería destruir la justicia de ese hombre, quería destruir la inocencia de ese hombre, no por destruir solamente al hombre, sino por atacar en el hombre, que es imagen de Dios, atacar al mismo Dios; esa es la gran razón por la que el demonio odia al ser humano, porque nosostros somos imagen y semajanza de Dios.

Al perseguirnos, al querer desfigurarnos, sobre todo al querer desfigurarnos en nuestro corazón por el pecado, lo que pretende el demonio es algo así como destruir la creación, devolver la creación, tirarle la creación a Dios por la cara, eso es lo que pretende el demonio con el pecado.

Entonces, el objetivo número uno del demonio en la Pasión, era destruir la unión de este hombre justo, un hombre santo, destruir la unión de ese hombre justo con Dios; aunque podía entender que había una estrechísima relación, y aunque podía entender que podía llamarlo Hijo de Dios, no podía suponer que se tratara de la segunda persona de la Santísima Trinidad allí obrando en nuestra historia.

Porque, repito, la profundidad de la afirmación de la divinidad de Cristo, sólo se comprende por el camino de la humildad, y sólo bajo la guía del Espíritu Santo, quien es el que ha conducido a la comunidad creyente a esa proclamación de fe, ya desde los tiempos del Nuevo Testamento.

Así pues, el demonio quería destruir, ante todo, esa unión de la voluntad de Cristo con la voluntad del Padre, y por eso, si miramos cómo sucede la Pasión, lo que hace el demonio es martillar como con un ariete, como con un mazo, es martillar en el eslabón que une la voluntad de Dios Cristo con la voluntad de Dios Padre.

Trata de reventar ese eslabón sometiendo a Cristo, primero, a humillación y tortura; y luego, cuando ya se encuentra en la Cruz, sometiéndolo también a una oferta supremamente tentadora, -esa fue en realidad la última tentación de Cristo-.

Algunos irresponsables, algunos miopes dicen que la última tentación de Cristo fue relacionada con la pureza; eso es conocer muy poquito la Biblia y conocer demasiado poco a Jesús.

La última tentación, como parece en los evangelios es: "Sepárate de la voluntad del Padre; voy a producir en la gente que crea que tú eres el Mesías, -le dice el demonio-, yo voy a producir que la gente crea en ti, ¿no es eso lo que tú quieres? Que la gente crea que tú eres el enviado, y para eso te propongo que te bajes de la Cruz".

Pero en realidad esa es una oferta envenenada, de lo que se trataba era que bajándose de la Cruz, Cristo cometiera un acto frontal de desobediencia al Padre, y así se reventara ese eslabón que era el que le dolía al demonio.

Dentro de todo ese proyecto de destruir la unión de Cristo con el Padre, podemos comprender la acción del demonio en Judas, y podemos entender la manera cómo Jesús anuncia esa traición de Judas. Cristo anuncia al comienzo de la que sería su Última Cena con sus discípulos, Cristo anuncia: "Uno de ustedes me va a traicionar, uno de ustedes me traicionará, me entregará, uno que come conmigo" San Marcos 14,17.

Jesús comprende que la manera de destruir esa comunidad de amor, de confianza que Él mismo conformaba con sus Apóstoles era metiendo el veneno de la traición, porque Jesús sabía que mientras esa comunidad, que mientras ese grupo estuviera realmente unido, realmente compacto en la voluntad del Padre, serían indestructible.

Lo que era bastante obvio, desde esa logica sobrenatural que proviene, que emana de la Escritura, era obvio que se necesitara un golpe de traición y eso fue lo que provocó el demonio, eso fue lo que logró finalmente el demonio.

Esto no exime de responsabilidad a Judas, el hecho de que haya una instigación, una tentación, incluso una presión de parte del demonio, eso no exime de responsabilidad a Judas. No podemos decir o no debemos decir que Judas estaba poseído. Cuando la Iglesia habla de posesión diabólica, habla de que cesa en realidad la acción de la voluntad de la persona, hasta cierto punto, se convierte en un instrumento pasivo del demonio.

Cuando sucede una autentica posesión, -en el caso de Judas no se trata de eso-, de lo que se trata más bien es de una especie de instigación, es una tentación insidiosa del demonio sobre Judas, que trata de producir la traición, y a través de la traición, que Jesús sea torutado, y que en medio de ese dolor, pues en algún momento Él se separe de la voluntad del Padre.

Lo que podemos aprender de este momento tan oscuro del grupo de los Apóstoles y de la Pasión misma de Nuestro Señor Jesucristo, lo que podemos aprender es que el objetivo final del demonio, simpre va a ser separarnos de Jesús; es decir, poner nuestros intereses en conflicto con los intereses de Jesús.

Judas se separó de Jesús por muchas razones, según dicen los que han estudiado ese tema. Unos, como lo afirma el apóstol San Juan en su evangelio, dice que Judas se separó por codicia, que es un elemento que esta ahí presente; Juan dice abiertamente que judas era un ladrón, le gustaba el dinero, y utilizaba dinero del fondo común para sus propios asuntos, de manera que hubo codicia.

Pero seguramente hubo otras cosas, hubo desengaño, tal vez una sensación de venganza, porque Jesús aprecia algo que había ilusionado a Judas, y luego no correspondió con lo que Judas había soñado, había anhelado; entonces, Judas se siente traicionado y responde traicionado, como una especia de retaliación y de venganza.

Lo que sí es interesante que tengamos en cuenta es que esa clase de paralelos, es decir, tener nuestro plan al margen del plan de Cristo, tener nuestros intereses al margen de los intereses de Cristo es algo muy peligroso, porque el demonio aprovechará eso para decirnos: "Cristo no te conviene, es mejor que te deshagas de Cristo"; eso fue lo que el demonio le susurró, le sugirió a Judas Iscariote.

Y también es bueno que aprendamos de este pasaje que la traición, a pesar de lo espantosa que es, y el pecado, a pesar de lo terrible que puede ser como en este caso, nunca sale de la mirada y del plan de Dios; es decir, tenemos que tener claro que a Dios nunca lo tomamos por sorpresa, ningún pecado, ninguna tragedia, ninguna traición, ninguna tentación, nada toma por sorpresa a Dios.

Aquél Dios que nos conoce, que penetra nuestros pensamientos, y que penetra también la mente de los Ángeles Santos, y de los ángeles caidos, ése Dios no es nunca tomado por sorpresa.

Lo que a nosotros nos corresponde es adherirnos a Él y buscar, como Jesús, que aunque todo se pierda, no se pierda nuestra unión con su voluntad y nuestra absoluta confianza en su victoria.

Que el mismo Cristo nos fortalezca interiormente, el mismo Cristo nos bendiga profundamente con la unción de su Espíritu para que nosotros, con su gracia y siguiendo su ejemplo, seamos también fieles a la voluntad del Padre.

Así lo suplicamos en el Nombre del mismo Cristo, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.