P076002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19990522

Título: Hacernos testigos de Cristo

Original en audio: 21 min. 2 seg.


Un día que tiene aire de final: el final de los Hechos de los Apóstoles, el final del evangelio de Juan, el final del tiempo pascual. Miremos cómo han terminado estos libros y miremos cómo termina el tiempo de Pascua, y meditemos cómo ha sido nuestra vida durante este tiempo.

¿En que acaba el libro de los Hechos de los Apóstoles? Acaba en la victoria de Jesucristo, Él había dicho que el Evangelio sería predicado hasta los confines de la tierra, y vemos que esa Buena Noticia, saliendo de la hermosa, antigua y solemne Jerusalén, recorre la cuenca del Mediterráneo, y al término de este libro ya se predica con toda libertad en la capital del Imperio, en Roma.

Es verdad que se predica con el extraño adorno de unas cadenas, es verdad que se predica con la presión de un pueblo que no termina de vengarse de Pablo, es verdad que se predica bajo la custodia de un soldado y es verdad que se predica a propia costa.

Este predicador, Pablo, tiene que ofrecer la Palabra y al mismo tiempo sostener su propia vida, tal vez no son las condiciones más perfectas, pero es que el Evangelio no requiere de condiciones exteriores para predicarse, más bien es Él quien transforma estas condiciones cuando se predica.

El Evangelio es una extraña semilla que hace su propio terreno; ninguna tierra será suficientemente buena para esta semilla que viene del cielo, y por eso está semilla de la única de quien pudo tomar tierra para formarse, fue de las entrañas santificadas de la Virgen María.

Pero aparte de esas entrañas santificadas por la Palabra y por la obra de la gracia divina, no hay otra tierra que esté ya dispuesta, buena y apta, porque si una tierra fuera completamente buena para el Evangelio, no necesitaría el Evangelio.

El Evangelio llega siempre como una semilla extraña, hay siempre una cadena, hay siempre un soldado, hay siempre una presión y hay siempre un precio, pero aunque haya todas estas cosas, el Evangelio romperá esa cadena, convertirá ese soldado, vencerá con su fuerza a esa presión, y aunque haya habido que pagar para poder predicarlo, la cosecha y la recompensa superará todo precio.

Y se extendió el Evangelio desde la capital del Imperio y se extendió el Evangelio desde esas comunidades que Pablo había fundado, y se extendió y creció.

Resumen de esta conclusión de este libro de los Hechos de los Apóstoles, la palabra que Cristo había dicho a los Apóstoles: “Seréis mis testigos hasta los confines del orbe” Hechos de los Apóstoles 1,8, esa Palabra se declara cumplida en el último capítulo de este libro.

Pero lo que es más importante, se sigue cumpliendo ahí donde el Evangelio sigue construyendo su terreno, porque ninguna casa, ningún corazón, ninguna cultura, ninguna persona, tiene completamente dispuesto el corazón para el Evangelio.

Llegará esta Palabra siempre un poco como una extraña, siempre un poco como un reto, siempre un poco como una contradicción, pero construirá su terreno, transformará la tierra y llegara a crecer y eso es lo que veremos al concluir el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Termina también el texto del evangelio de Juan, como nos dice hermosamente San Agustín, con ese doble llamado, con ese doble camino: el de Pedro y el de Juan.

Hay una homilía bellísima de San Agustín, que seguramente conocemos, en que compara la vida de Pedro y la vida de Juan con la vida activa de misión, predicación, y la vida de reposo, de adoración y de contemplación.

Y dice San Agustín que esas palabras que Cristo le dirige a Pedro, refiriéndose a la vida de Juan, hablan de la contemplación: “Sí, quiero que se quede hasta que yo venga a ti", y dice San Agustín: “Fue voluntad del Señor que hubiera en la Iglesia algo que permanece como idéntico, como igual, como siempre dispuesto a recibirlo”.

Mientras que la vida de Pedro, la vida activa, de esfuerzo, de caridad, de predicación, tendrá su final, en cambio esta otra vida, la vida de contemplación, de adoración y de amor, aunque tenga su comienzo en esta tierra, será sustancialmente igual en los cielos.

Este gran predicador nos recuerda también cómo ese acto contemplativo, ese reconocer a Jesús, no sólo cuando va a ser traicionado, sino cuando ya es glorificado, ese reconocer las Llagas de Cristo, no sólo cuando se abren para mostrar nuestra iniquidad, sino sobre todo cuando se abren para mostrar la bondad de Dios.

Esa capacidad contemplativa del amor verdadero, es sustancialmente la misma en esta tierra y es el acto primero y fundamental de la Iglesia.

Termina este tiempo de Pascua, indicándonos que es la noticia de amor que se pasea por nuestros corazones, es la noticia de amor que nos mueve a postrarnos y a reconocer la grandeza y la majestad de Cristo. Este acto es ya celestial, es ya comienzo del cielo, es ya un escalón dado hacia la eternidad.

Eso es importante recordarlo en nuestro tiempo, porque se cree, a veces, que todo amor ha de tener un objetivo y que el amor que no cumple una tarea no es amor y que el amor que no produce un resultado no es amor.

Es verdad que la fe esta completamente unida a su fruto propio en las obras, así lo enseña nuestra teología católica, no las obras de la Ley que criticó San Pablo y que complicaron la mente de los reformadores protestantes, sino las obras propias de un árbol, que al crecer, necesariamente da un fruto.

Si, es verdad que el amor siempre tiene sus frutos, pero también es verdad, como dice San Bernardo de Claraval, que el fruto más propio del amor está en sí mismo y la justificación última del amor es el amor mismo, y si el amor requiriera unos frutos o unos resultados o una eficiencia para ser aprobados, no sería todavía verdadero amor.

Por eso la Iglesia, mientras rehace la tarea de la predicación junto al Apóstol Pedro, tiene que educarse a sí mismo en el reposo de la contemplación.

Como el Apóstol Juan, tiene que dar unos pasos detrás de Cristo y delante de Cristo, detrás de Cristo para aprenderle, y delante de Cristo para preparar su llegada a nuevos pueblos y culturas; pero mientras da esos pasos con lo pies en la tierra, su corazón y su mirada deben tener algo del reposo de la gratuidad de la contemplación.

Porque será ese acto contemplativo el que se prolongará en la eternidad, y hay que saber también como Iglesia, participar de esa doble naturaleza que tiene la Iglesia: propagar la Palabra y adorar la Palabra; entregar a los demás una Palabra que nosotros mismos adoramos, presentar ante los demás un corazón que fascina nuestras mentes, hablar de Aquel que es capaz de hacernos callar.

Eso es ser Iglesia, repetir unas palabras, dar unas explicaciones aprendidas, hace de nosotros un libro y del libro se podría llenar el mundo. ¿Por qué no siguieron llenando páginas y páginas con obras de Cristo? Dice el evangelista que, "si se escribieran todas las cosas que hizo Cristo, se podría llenar de libros el mundo" San juan 21,25.

¿Por que no se hizo eso? Porque el camino no está ahí, porque no es repetir más páginas, sino entregar una Palabra que nosotros adoramos, presentar un Corazón que nosotros contemplamos y dar testimonio de Aquel que nos ha convertido en testigos.

No se trata sólo de contar todo lo que ha sucedido, se trata de dar lo más precioso que tiene la Iglesia, precisamente aquello que es capaz de hacerle detener. Es como misterioso eso.

Cuando nosotros damos la Palabra que ha tenido poder en nuestra vida, de alguna manera damos lo más entrañable que tenemos, y así la Iglesia en esta tierra vive como en el contínuo despojo de sí misma, vive como renunciando a sí misma; pero el día que deja de renunciar a sí misma, ese día se apaga, ese día se pierde, ese día se detiene.

Bueno, ¿qué nos deja entonces esta lectura del evangelio de Juan? Nos deja, siguiendo la explicación de San Agustín, nos deja un retrato de la Iglesia y nos deja una brizna, un camino luminoso, un destello que apunta a la naturaleza misma del amor.

Si el amor es así gratuito, si el amor es así, como enseñó San Bernardo, justificación de sí mismo, y si ese es el amor con el que hemos sido amados, quiere decir, que en las obras de Cristo, en esta historia, tenemos un rastro del amor mismo, que existe en la Trinidad antes de nuestra historia.

Para un corazón contemplativo, estas pistas son suficientes, no doy más, esto es suficiente, para que se sepa qué hay aquí y para que se sepa por dónde hay que caminar. Nos falta el ultimo punto, así terminó el evangelio de Juan y así terminaron los Hechos de los Apóstoles, ¿y nosotros cómo terminamos? En la Cuaresma se forma una preciosa unidad con la Pascua, así como la Cruz con la gloria.

En la Cuaresma varias veces la Iglesia nos puso a oír al Apóstol San Pablo: “Este es el tiempo de la gracia, este es el tiempo de la salvación” 2 Corintios 6,2, y si uno se distrajo y no lo oyó un día por allá, a los pocos días volvió a sonar San Pablo: “Este es el tiempo de la gracia” 2 Corintios 6,2.

Quienes oran con la Liturgia de las Horas, han escuchado el Invitatorio no sólo en Pascua sino en todo tiempo, y el Salmo más común para el Invitatorio es el salmo 95, el comienzo de nuestra oración: “Ojala escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón” Salmo 95,7-8-, después de mirar lo que pasa en los Hechos, después de mirar lo que pasa en San Juan, no nos queda duda de que Cristo es la manifestación del Padre, de que Cristo es su Palabra definitiva.

Cristo es la verdad última y como dijo San Juan de la Cruz: “Ya Dios quedó mudo”, ya dio su Palabra, ya dijo lo que tenía que decir, y entonces ahora la pregunta se revierte sobre nosotros, Dios dijo lo que tenía que decir, y yo he escuchado lo que tenía que escuchar.

¿He recibido esa Palabra? ¿O tal vez debo reconocer con humildad, con dolor, que no le hice caso al salmo? “Ojala escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón” Salmo 95,7-8-, ¿le hice caso? Atendí esa palabra? ¿La oí?

“Ojala escuches hoy su voz” Salmo 95,7, ¿he recibido esa Palabra? Todavía quedan unas horas de Pascua, y sobre todo queda un resumen de toda la Pascua en la efusión del Espíritu, porque el mismo Cristo dijo que, "el Espíritu Santo nos iba a recordar todo lo que Él había hecho y que nos iba a conducir hacia la verdad completa” San juan 14,26.

Aquí pasa como en el colegio, de pronto no has conseguido los logros, pero hay cursos de reparación; esto tiene habilitación, la Pascua, la habilitación es esta noche, es mañana; hay un curso remedial.

La Iglesia, que es siempre tan mamá, pues tiene como una profesora, que no quiere que ni uno se le quede; la Iglesia tiene un curso extra rápido, tiene un curso remedial tiene una habilitación y nosotros, que estamos oyendo estas palabras, pensemos en todo lo que le hemos negado a Cristo en este tiempo.

“Ojalá escuchéis hoy su voz” Salmo 95,7, pues si no la hemos escuchado en estos noventa días, cuarenta de Cuaresma y cincuenta de Pascua, son más de noventa días, si no lo hemos escuchado, pues quedan unas horas para oír la voz de Cristo, para creer que ese amor es para nosotros, para no perder esta Pascua, para no perder este año.

Qué cara le sale esta Pascua a Cristo, le sale a precio de sangre, a precio de dolor, a precio de muerte, y dice nuestra amiga de Siena: “El alma, viéndose amada, no puede defenderse de amar”.

Este curso remedial no consistirá tanto en que nosotros hagamos esfuerzos sobre humanos, sino en que abramos los ojos de la mente, supliquemos como mendigos y cumplamos en nosotros lo que dijo Isaías: “Abre tu boca y yo la saciaré” Categoría:Isaías .

El alimento está preparado, como dice la Santa de Siena: “Fue cocido a fuego de Espíritu en el horno de la Cruz”. El alimento ya está preparado, no eres tú quien tiene que esforzarse en eso, el alimento ya está servido, porque hay una camarera, que es la Iglesia, que lleva hasta tu boquita y hasta tu corazoncito las palabras de este amor.

Ya está preparado, ya está servido. Los demás invitados ya sabes que han llegado, porque una asamblea inmensa de Santos te rodea, una orquesta de Ángeles te canta.

Todo está listo, sólo falta que abras la boca para que Dios sane con el alimento de su Hijo, sólo hace falta que tú recibas esta salvación y que no vayas a perder esta Pascua que Dios preparó con tanto amor, y si algo has perdido, la efusión del Espíritu, el poder del espíritu puede recordarte todo.

El mundo no puede contener los libros, no se puede poner en libros todo lo que es Cristo, Cristo no cabe ya en los libros ni cabe en esta tierra, pero sí cabe en el testimonio sublime del Espíritu; la verdad ultima sobre Cristo no está en ninguna teología, ni en ninguna encíclica, ni en ninguna obra, ni en ningún CD.

La obra última del Señor Jesucristo sólo la puede declarar el Espíritu de amor y ese Espíritu está presto para venir, está pronto para llegar, ese Espíritu está ahí para recordarte todo lo que es Jesús, para imprimir la verdad de Jesús en tu alma, para restaurar todo lo que, por descuido, tal vez perdiste, como yo he perdido tantas cosas.

Este es un día de intensa oración, es un día de súplica, es un día para irnos al Cenáculo a encerrarnos con los Apóstoles, con los demás discípulos y discípulas, y, sobre todo, con la Santa Virgen.

Y para rogar juntos que venga la verdad de Jesucristo, que venga la potencia de Jesucristo, que venga la belleza de Jesucristo, para que imprima en nosotros todo lo que Papá Dios quiso regalarnos y que tal vez no le hemos sabido recibir.

Que sea entonces este el final de nuestras palabras, una súplica, un ruego, una confianza, una esperanza: Ven, ven Espíritu Santo.

Amén.