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Fecha: 19980530

Título: Los Hechos del Espiritu Santo.

Original en audio: 23 min. 38 seg.


Queridos Hermanos:

Nos encontramos al término de un tiempo litúrgico, de un tiempo maravilloso, de un tiempo de celebración, que se llama el tiempo de la Pascua; tiempo que comenzó cuando proclamábamos la gloria de Dios en la resurrección de Jesucristo y que ahora culmina con la gloria de Dios en la efusión del Espíritu.

Este tiempo de Pascua empezó cantando que Cristo se levanta de entre los muertos, y termina cantando que el Espíritu Santo desciende desde los cielos.

Quedaría incompleta la Pascua, si nosotros solamente celebráramos que “Uno”, que se llama Jesús, se levantó y subió a los cielos; hace falta que se sepa que gracias al don del Espíritu Santo, todos nosotros, junto con Cristo, llevamos una vida nueva, llevamos el germen de una nueva vida, que es la vida del Espíritu Santo.

Eso es lo que vamos a celebrar precisamente en le día de mañana; llegamos a la víspera de Pentecostés; para que entonces sucedan en nuestro cuerpo, en nuestra mente, en nuestra memoria, en nuestra voluntad, en nuestra inteligencia, para que suceda en nosotros aquello que se nos cuenta, aquello maravilloso, aquello que se nos dice que vivió el Señor Jesucristo.

Para que Jesús complete su obra, hace falta no solamente que su humanidad se levante gloriosa, sino que su gloria descienda sobre nosotros y se comunique a nosotros.

En este día las lecturas que hemos escuchado son las propias de un tiempo litúrgico que termina, es decir, este tiempo de Pascua. La primera lectura es tomada de los Hechos de los Apóstoles y nos cuenta como el final de esa aventura misionera de ése hombre llamado Pablo.

Pero, más que por hablarnos de Pablo, este es el momento para ver qué es lo que nos han dicho los Hechos de los Apóstoles a lo largo de sus veintiocho capítulos. Porque este libro de los Hechos de los Apóstoles es bien curioso, se empieza con la Ascensión de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo, luego hay varios capítulos que nos hablan de Pedro, con algunas observaciones, con algunas anotaciones, y de otros predicadores como Esteban y como Felipe.

Luego se nos sigue contando sobre todo la aventura misionera de un hombre llamado Pablo, a quien nosotros conocemos como San Pablo.

O sea que los Hechos de los Apóstoles es un libro que tiene como distintos personajes, distintos protagonistas; primero aparece Jesús, luego aparecen: Pedro, Esteban, Felipe, Pablo; pero en realidad, el verdadero protagonista de los Hechos de los Apóstoles, no cambia.

Los Hechos de los Apóstoles se podrían llamar los Hechos del Espíritu Santo, y lo que nos están contando es la maravillosa aventura del Evangelio de Jesús, que avanza imparable, indetenible, pueblo tras pueblo, ciudad tras ciudad, región por región hasta llegar a la que era, por decirlo así, la capital del mundo en ese entonces, hasta llegar a Roma.

Y hasta ahí nos esta trayendo la lectura de hoy, nos esta contando cómo en Roma, el Apóstol San Pablo, puede predicar libremente el nombre de Jesús; pero no sólo eso, aquí se nos dice que el Apóstol Pablo vivió dos años enteros a su costa, recibiendo a todos los que acudían, predicando el Reino de Dios y enseñando la vida del Señor Jesucristo con toda libertad.

¿Por qué esa cifra de dos años? Porque en el Derecho Romano de la época, no se podía tener a un prisionero por más de dos años, sin resolverle su situación, llamémoslo así, su situación jurídica, sin que se aclarara si tenía que ser condenado o encarcelado.

Mientras tanto, Pablo estuvo, por decirlo así, como en una especie de libertad condicional dentro de una casa. O sea que lo que verdaderamente nos están diciendo los Hechos de los Apóstoles es: que ni el cansancio, ni el hambre, ni la guerra, ni la espada, nada, nadie, pudo detener a Pablo; y cuando finalmente lo lograron apresar, entonces él, acudiendo a su ciudadanía romana, apela al César y llega hasta Roma para predicar el Evangelio.

Nos dice aquí la primera lectura: ”Vivió dos años completos a su propia costa” Hechos de los Apóstoles 28,30. Esto quiere decir que el final de los Hechos de los Apóstoles, que otra vez, de nuevo quedó libre Pablo; de nuevo quedó libre para quedar hablando con toda libertad sobre Jesús, es decir, es un libro que no se ha terminado de escribir, los Hechos de los Apóstoles no se han terminado de escribir.

Hay renglones, hay párrafos y páginas nuevas de los Hechos de los Apóstoles; cada vez que un cristiano acepta el Espíritu Santo, cada vez que uno de nosotros le dice: “Sí”, al amor de Dios, ahí se escribe una línea, por así de decirlo, que sigue contando, a través de todos nosotros, sigue contando cómo el amor de Dios es imparable.

El Apóstol Pablo, le tocó predicar en todo género de circunstancias; alguna vez lo echaron en una terrible mazmorra, después de molerlo a palos, estaba con un compañero de misión que se llamaba Silas o Silvano.

Y nos dice la Escritura: "A media noche Pablo y Silas cantaban himnos a Jesucristo" Hechos de los Apóstoles 16,25, a media noche, ¿a quién se le ocurre eso, por favor? En la mitad de la noche en una mazmorra, molido a palos como un prisionero, este hombre sigue cantándole a Jesús.

Esa es la victoria, ¿y quién era el verdadero prisionero? ¿Quién era el que estaba siendo vencido? ¿Quién era el que estaba encadenado? Estaba siendo encadenado Satanás, estaba siendo vencido el pecado, ese “inmundo”, el que queda en ridículo, cuando un prisionero, en medio de la noche, a media noche en una mazmorra, sigue cantando su mensaje.

El gran mensaje de los Hechos de los Apóstoles, y hay que decirlo hoy, que nos estamos despidiendo de este libro, es: nada, nada puede detener la alegría de un cristiano, nada puede detener del amor de Dios, nadie puede frenar el poder del Espíritu.

Y por eso, el mismo Apóstol Pablo, predica y dice: “Les escribo yo, prisionero por Cristo; les escribo yo, que estoy encadenado, pero estas cadenas son para mí; la Palabra de Dios no esta encadenada” 2 Timoteo 2,9.

Algo así como la mitad del libro habla de la obra de Pablo, por una sencilla razón, mis amigos, porque Pablo se dejó llevar por el Espíritu. El protagonista de los Hechos de los Apóstoles es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo.

Y es que podemos decir, y esto es una afirmación bellísima, que la obra del Evangelista Lucas se compone de dos partes, sabemos que Lucas es el autor de Hechos de los Apóstoles, y Lucas escribió un tercer Evangelio, que nosotros conocemos como Evangelio según San Lucas.

San Lucas insiste muchísimo en su Evangelio en el poder del Espíritu Santo de Jesús, dice por ejemplo: “El poder del Espíritu le hacía obrar milagros” San Lucas 5,17. De manera que lo que creo Lucas fue una sola obra que se llama: Maravillas del poder y del amor del Espíritu Santo; eso fue lo que creó Lucas.

Esa obra tiene dos partes, la primera se llama: El Espíritu Santo en Jesús, y la segunda se llama: El Espíritu Santo en los discípulos de Jesús; o si lo quieres decir de otro modo, el Espíritu Santo hizo a Cristo y el Espíritu Santo hace a los cristianos, esas son las dos partes de la obra de San Lucas.

El Espíritu Santo hizo a Cristo, -eso dice el Evangelio-, donde se cuenta precisamente todo lo que le sucede a Jesús, cómo el amor vence, cómo la Palabra llega, cómo Satanás huye, cómo la enfermedad se cura; y el Espíritu Santo hace a los cristianos.

De hecho, la palabra “Cristo”, viene de la palabra griega "Xristós", y quiere decir: ungido, untado por el Espíritu Santo. Todo lo que escribió Lucas fue para que aprendiéramos a amar, invocar, celebrar, el poder y la gracia del Espíritu Santo.

El Espíritu que tomó a Jesús y que lo hizo Ministro de la redención, de la reconciliación entre Dios y los hombres, y el Espíritu que después de la resurrección de Jesucristo, viene sobre nosotros para perfeccionar, para completar su obra. Esto podemos decir con respecto a la primera lectura.

En la segunda lectura nos encontramos la despedida del evangelio según San Juan, es una escena un poco rara, esta escena tiene lugar después de que Cristo se aparece a los Apóstoles ya resucitado; se aparece a los Apóstoles y realiza nuevamente un milagro de pesca milagrosa, es cuando Pedro arrastra hasta la orilla una red de ciento cincuenta y tres peces, y llegan allá a la orilla.

Y dice el Evangelista: “Ninguno de los que estaban allí presentes le preguntó quién era, por que todos los que estaban allí sabían que era el Señor” San Juan 21,12.

Después de esa multiplicación, Jesús le pregunta a Pedro si le ama, le pregunta por tres veces, y después le encomienda el cuidado de las ovejas y de los corderos, y finalmente, le dice esta palabra: “Sígueme” San Juan 21,12.

La misma palabra que le había dicho al mismo Pedro meses, muchos meses atrás, alrededor, a la orilla de ése mismo lago.

Yo quisiera que ustedes pudieran captar la belleza de esto, yo quisiera que ustedes pudieran saborearan lo que significa, que al final de la vida de Jesús, la última palabra para Pedro es: “Sígueme” San Juan 21,19, y ya es Jesús resucitado, no es el Jesús que está iniciando el ministerio público, como cuando lo llamó la primera vez, es Jesús que está iniciando el ministerio cósmico.

El primer “sígueme” San Juan 21,19, era para reunir a las ovejas de Israel, este otro “sígueme” San Juan 21,22, es para reunir al universo entero, en Eucaristía, en alabanza, en la gloria de Dios Padre.

“Sígueme” San Juan 21,22, le dice Jesús a Pedro; "sígueme" San Juan 21,22, le dice el Cristo glorioso, y se va poniendo en camino, y Pedro se va con Jesús, detrás de Jesús.

Este Evangelista, el discípulo amado, Juan, empieza a caminar también; él ha sentido que la invitación para Pedro es también una invitación para él, y Pedro le pregunta a Jesús: “¿Y éste?" San Juan 21,21, refiriéndose a Juan, y ¿qué va a ser de la vida de Juan?

Sobre esa escena de Pedro, Juan y Jesús, hay una predicación tan hermosa de San Agustín, que cómo yo no la sé hacer mejor, entonces yo la repito, dice: “Pedro y Juan representan dos modos, dos vidas en la Iglesia; Pedro representa el trabajo que hay que hacer, el esfuerzo, la evangelización en esta tierra; Juan representa el amor, el descanso, la contemplación en Jesucristo”.

La praxis que le dice Jesús a Juan, o que dice Jesús refiriéndose a Juan es esta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?” San Juan 21,21, eso le dice Jesús a Pedro.

San Agustín explica y dice: “Efectivamente, la contemplación de los misterios de Dios, en Jesucristo, permanecerá; la vida que representa Juan, esa vida de contemplación y de amor a Dios, eso permanecerá por amor, permanecerá en la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

Es verdad que la Iglesia tendrá que esforzarse y ponerse en camino, como hizo Pedro; es verdad que tendrá que recorrer muchas cosas y cansarse, pero también es verdad, que mientras se cansa, descansa; que mientras camina ya ha llegado a algún lado; mientras avanza se encuentra ya en casa.

Esta Iglesia, este ministerio de predicación de la Iglesia, que trae fatiga, está al mismo tiempo alimentado por ese otro ministerio, en el que más que ser la Iglesia, quien sirve a Jesús, es Jesús quien sirve a la Iglesia, dándole consuelo, amor, abrazo, cariño, pan.

Son dos vidas en la Iglesia, y así el Evangelista Juan, termina su evangelio contándonos ese último testimonio. ¿Qué es lo que va a durar en la Iglesia? El amor, la contemplación, el anhelo de Jesús, todo aquello que representa ése Juan, que es el discípulo amado.

¿Qué va a cambiar en la iglesia? Pues algún día ya no tendremos que fatigarnos más con la predicación, no tendremos que buscar, como explica el mismo San Agustín: “¿Dónde hay pobres para alimentar o sedientos para darles de beber? sino que será Jesús el que sacie nuestra hambre y será Jesús el que nos dé de beber”.

Amigos, el es final también del Evangelio de Juan; Juan pertenecía a una comunidad que fue altamente contemplativa, profundamente mística unida a la Escritura.

Y los amigos que pertenecían a esa comunidad, que pertenecía Juan, dicen estas palabras: “Muchas otras cosas hizo Jesús, si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían, ni en todo el mundo” San Juan 21,25.

Es una exageración, diría uno, pero no, no es una exageración; por que si nosotros relacionamos las dos lecturas, Jesús sigue obrando en sus discípulos, acuérdense de lo que dijimos de Lucas, él tiene una primera obra que es el Espíritu Santo en Cristo, y una segunda obra que es el Espíritu Santo en los cristianos, lo que nosotros llamamos el Evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles.

Pues bien, puesto que es Jesús el que vive, el que reina, por su Espíritu en nosotros los que creemos en Él, también son Hechos de Jesús cuando un predicador logra tocar el corazón de alguien, ese es otro Hecho de Jesús; cuando usted, en lo íntimo de su alma, levanta una alabanza a Dios Padre y le dice: “Abbá”, y le dice “Papá”, y lo glorifica, y lo bendice, ese también es un Hecho de Jesús.

Cuando usted con amor atiende al necesitado, cuando usted se convierte en maestro del niño, cuando usted se convierte en bastón del anciano, ese también es un hecho de Jesús y por eso, los hechos de Jesús son inmensos, son infinitos. Esta es una interpretación de ese texto.

Hay otra interpretación que también me gusta mucho: pensemos en qué fue lo que hizo Jesús, y pensemos en el sentido de lo que hizo Jesús; póngase usted a pensar en este detalle, esta no es la primera vez que se lee en la Iglesia este pasaje que estamos leyendo, se dice este pasaje, y el encargado hace una predicación.

Aunque los hechos de Jesús son limitados en su número, puesto que su vida fue finita, los hechos de Jesús, todo lo que Jesús es infinito en su sentido, infinito en su significado, infinito en su alcance, infinito en sus consecuencias.

Y eso también son hechos de Jesús, por eso dice que si escribieran una por una, los libros no cabrían ni en todo el mundo; porque si nosotros tomáramos esa actitud contemplativa, esa actitud amorosa ante la Palabra de Dios, también nosotros descubriríamos que cada pasaje de la Escritura, y especialmente cada palabra de la obra del Señor Jesucristo se convierte como en un manantial, del que brota y brota, enseñanza, luz, sabiduría, sanación para nosotros.

En este sentido, también los hechos de Jesús son inagotables, porque su alcance, su interpretación, sus repercusiones, colmarían toda la tierra, no sólo la tierra, el universo entero.

Y hay un tercer sentido de esa frase, que también es profundo; explicaba un profesor, especialista en San Juan, decía sobre esto de los hechos de Jesús que no caben en el mundo, si uno se va a las palabras originales a las palabras de la lengua griega, para este versículo, propiamente lo que dice es algo como esto: “Si se escribieran todos los libros, no podrían ser aceptados por el mundo”.San Juan 21,25.

Es decir, se trata aquí de la incompatibilidad entre el mensaje de Jesús, entre el amor de Jesús, y lo que se encuentra tantas veces en un mundo que no le interesa, que quiere saber el mínimo, si acaso, sobre el Señor Jesucristo. De manera que esa tercera interpretación también es buena para nosotros.

Si se quisiera decir todo lo que hizo Jesús, si quisiéramos o cuando queramos plantear, cuando queramos decir todo lo que hizo nuestro Señor Jesucristo, nos encontraremos con que el mundo no puede recibir eso; no es que físicamente no quepan, como decir el número de libros en una biblioteca, sino que el mundo no los puede recibir, no le interesa, le fastidia, le rechina, no logra con el mensaje de Jesús.

Amigos, son tres interpretaciones de este último versículo, cada una de las cuales pienso que nos ayuda a comprenderlo mejor.

Miremos entonces cómo se relacionan estas dos lecturas: la primera nos presenta a Pablo, que sale victorioso, el amor de Dios imparable, el Espíritu vencedor, el Espíritu al que nadie logra detener, y que finalmente sigue anunciando la victoria de la Resurrección del Señor, el Evangelio de Cristo.

La segunda lectura nos presenta, la permanencia del amor, ese amor de Dios, el amor incalculable de Dios que permanecerá hasta que Jesús vuelva, hasta que Jesús retorne. Y se nos ha hablado de la misteriosa fecundidad del Evangelio, que podría llenar el universo entero, y se nos ha hablado de la llamada que Jesús hace a Pedro, para que ahora congregue no solamente a Israel, sino a todo el cosmos.

¿Qué queda para nosotros de esto? Queda un sentimiento de admiración. Una vez, estaba predicando, me parece que era San León Magno, y le decía a la gente, allá en la Basílica de San Juan de Letrán, que es la Basílica del Papa, la sede catedralicia del Papa, le decía San León Magno a los oyentes: “¿Te das cuenta que tienes mejor Dios del que creías? Date cuenta de que tienes mejor Dios del que creías”.

Si se logra, yo pienso que se puede lograr con la oración de todos, la fascinación por el Evangelio, la fascinación por la Palabra de Dios. Si tú tienes ojos para estos diamantes, para estas perlas que el Señor te ofrece con su Palabra; si tú tienes amor para acoger, para recibir esa Palabra, entonces ella da fruto en ti, y se multiplica en ti. Entonces los hechos de Jesús seguirán siendo escritos a través de tu vida.

Si tú no tienes apetito para esto, si tú no tienes hambre para esta Palabra, tú la estás cumpliendo; porque la Palabra misma dice que el mundo no puede recibirla.

Esta es la Palabra indestructible del Evangelio de Jesucristo, esta es la Palabra que, incluso, cuando se rechaza también se cumple; esta es la Palabra de Jesucristo que no puede ser encadenada, como no pudo ser retenido Pablo.

Esta es la Palabra de Jesucristo que atraviesa las culturas, las fronteras, los idiomas; esta es la Palabra de Cristo que sabe escurrirse en los corazones y que va creando, como dice hermosísimamente el libro de la Sabiduría: "Hijos de Dios y amigos en todas partes” Sabiduría 7,27.

Que esta Palabra, como fruto de la Pascua, se adueñe de nosotros, y el don del Espíritu se haga fecundo, inmensamente fecundo, infinitamente fecundo en nosotros, para que todas estas glorias, para que todas estas bellezas, realizándose en nosotros, sirvan para mayor alabanza y honor de Dios nuestro Padre.

Amén.